El autista y las nubesAl autista le encanta contemplar el horizonte desde la arena. Contemplar las olas, llegando una tras otra a susurrarle. Contemplar el cielo. Contemplar el sol. Y el autista siente que a todas esas cosas les encanta ser contempladas por él. La playa es casi infinita, y no tiene sombras. Pero el autista no lo sabe, porque sólo mira al frente. No sabe de la arena pálida que la brisa arremolina aquí y allá. Sólo conoce el calor que siente en sus dedos, hundidos, juguetones en esa arena que no ve. El autista está sentado sobre los talones, la espalda recta, la sonrisa eterna. Siempre ha estado ahí. Inmóvil. Dejando que el viento del sur le desordene el cabello de vez en cuando. Sintiendo como perfuma su piel con el olor del mar. La noche ha acunado las olas miles de veces ante esos dos ojos fijos. Miles de veces ha venido el día a despertarlas con reflejos de espuma. Y nunca un pequeño temblor, un mínimo parpadeo, se inmiscuyó en esta rutina de planicies cúbicas. El autista, acuclillado, único relieve en este paisaje que es sólo suyo, contempla insaciable el horizonte y sonríe. Sonríe al mirar las olas y el cielo. Y le regala esta sonrisa estática también al sol, mientras sus dedos siguen hundidos, jugueteando lentos con la arena. El brillo de la luz sobre tierra y agua es siempre cegador en esta playa inexistente, aunque en su cielo abundan las nubes. Porque son nubes que no aspiran a cubrir, sino a jugar, y así dejan tranquilo al sol. Las nubes vienen del horizonte, de donde el autista las ve partir en irregular procesión. Surge cada una como un menudo guiño de vapor, o una esquirla de cielo. Se asoman desde el abismo con una pequeña sonrisa. Después, confiadas, van creciendo poco a poco, conquistando ese espacio perfecto que no es ni del cielo ni del mar. Son nubes brillantes, menudas, blancas, hermosas. El autista espera y acepta su visita, día tras día. Cuando las nubes, muy despacio, llegan hasta donde está él, el autista no las ve allá arriba, sino aquí, ante sus ojos, girando traviesas a su alrededor. Se enredan en su pelo, le susurran al oído. Y en esa fantasía el autista siente desbloquearse sus pupilas. Su sonrisa deja de ser estática, e incluso su cuello se mueve levemente. Pero es sólo una fantasía. Hay nubes que repiten su visita cada jornada, de vez en cuando, de tarde en tarde. Hay nubes nuevas que aparecen y se quedan. O se van. Hay nubes que nunca vuelven. Hay nubes. Siempre hay nubes transparentes y jubilosas que acompañan al autista mientras contempla impasible el horizonte. Todas iguales pero ninguna lo mismo, mientras sus dedos están ahí hundidos, jugueteando con la arena. No todas las nubes prolongan de igual modo sus visitas. Algunas se acercan a su rostro, tocan traviesas su nariz y desaparecen. Otras se embarcan con el autista en juegos interminables, que continúan día tras día hasta que el sol se las lleva a descansar, cada atardecer. Algunas son blancas. Todas. Todas son blancas. Todas de algodón de aire. Todas diferentes para el autista, que las distingue en su mundo creado. Pero todas lo mismo. Así empieza también la historia de la última de ellas. Entre delirios de rutina. Aunque el autista vibre con la oscuridad profunda de los ojos de esta nube. Aunque se encienda su alma inservible cuando la nube lo acaricia en sus inocentes juegos. Pero el autista no ve. Nunca vio. Sus pupilas se quemaron de sal hace mucho tiempo. Y allí continúa el autista eón tras eón, cuando más allá de aquella playa nacen y mueren universos, nacen y mueren vidas. Allí sigue jugueteando con las nubes. Con todas las nubes que, sin él percibirlo, se van convirtiendo en la Última Nube. La Nube. La que continúa allí aunque los dedos del autista nunca abandonen la arena. Un atardecer en que juguetea con la Nube, en presencia de la brisa y el sol, siente un pequeño escalofrío en sus brazos. Como un recuerdo lejano. Una reminiscencia de movimiento. Pero allí se queda el autista, sonriente y rígido, contemplando el horizonte. La extraña sensación se repite algunas jornadas después, invadiendo de súbito los miembros dormidos. Allí está la Nube. Y la misma coincidencia vuelve a ocurrir tiempo después. Y aún una cuarta vez. Sus hombros, sus codos, sus dedos luchan por recordar el movimiento olvidado. ¿Por qué? ¿Qué le pasa a sus manos felices y distraídas? Allí sólo está la Nube. Y sucede. Un amanecer como todos los demás, con el sol decorando de reflejos las olas que la noche acunaba, la mente del autista rompe la fantasía y comprende. Comprende que ya no hay más nubes, que no desea su visita. Comprende que la Nube es la Nube, y lo demás sólo vapor errático. Y sus brazos se alzan, los dedos abandonan la arena. Crispados, torpes, tratan de acariciar la Nube. Pero ésta se escurre entre sus dedos de trapo, deshecha en jirones intangibles. El autista alza los ojos, tiembla. La Nube está demasiado lejos, ocupando su sitio entre el cielo y el mar. Allá donde están las nubes cuando no forman parte de una fantasía. La Nube se marchó tiempo atrás, mientras el autista contemplaba ciego el horizonte. Por primera vez hay expresión en el rostro del autista. La boca se torna mueca y los ojos agua. Los brazos acarician el aire, se estiran implorantes. Inútiles. Hasta que caen rendidos sobre la arena. Días después, allí está el autista contemplando sonriente el horizonte. Al autista le encanta contemplar el horizonte. Y las olas, y el cielo, y el sol. El mismo sol que dejó tatuado para siempre en su mejilla el camino de una lágrima. Madrid 12-7-2003 |