Bichitos

 Jose Jesus García Rueda

 

 

 

Ese niño me hace muecas. ¿Si no de qué iba a pegar la lengua contra los cristales? Míralo, los carrillos hinchados y la nariz aplastada, dejando una huella redondita en el vidrio. Claro, que la culpa es del que subscribe, por hacerle caso. Yo debería estar a mis asuntos, concentrado, y dejar al bebé de los vecinos que juguetee en su mirador. Pero es que, hasta que lleguen mis compañeros de soledades, me aburro. Al artículo que me he traído para leer ya hasta le bailan las palabras, enredándose en la luz del flexo. Así que sin ni siquiera darme cuenta, ya estoy otra vez poniéndole caras al retoñito travieso de los vecinos. ¡Y es que además está todo tan en silencio! Cuando dije en la sala de estar que por favor bajasen el volumen del televisor, que tenía trabajo, lo hice en la firme convicción de que no iban ni a escucharme, como siempre. Pero no, esta vez no sólo bajaron el volumen, sino que también empezaron a hablar en susurros, e incluso ahora tienen cuidado de no dar portazos. Inaudito.

 

            Me aburro. Por fortuna, desde el parque de enfrente llega un olorcillo a humedad muy esperanzador. Anuncia lluvia, lo que acelerará sin duda la visita de mis acostumbrados huéspedes. ¡Míralos! Ya empiezan a entrar. Lo cierto es que no sé qué tipo de bichitos son, así tan esféricos y oscuros, pero vuelan y se mueven de una manera muy graciosa. Parecerá patético, por descontado, pero con ellos resulta mucho más fácil pasarse las horas aquí sentado, leyendo y releyendo papeles que no van a ninguna parte. Incluso si en algún momento me sacude un arrebato sádico y decido liberar a la tan traída “bestia que todos llevamos dentro”, siempre puedo poner patas arriba a alguno de mis inocentes compañeritos, y hacerles girar hasta que se cansen de dar patadas al aire. Pero eso sólo sucede en muy raras ocasiones. Normalmente basta con que me libren de este terrible vicio de seguirle la corriente al vecinito del mirador.

 

            Un bichito, dos bichitos, tres bichitos... ¡Espera! ¿Debo pellizcarme o es muy cierto que el radio-reloj ya marca las 21:30? Señores insectos, excelentísimo bebé caritas, compañeros todos de aburrimiento, se acabó la jornada por hoy. Es hora de cenar.

 

 

 

 

Jose Jesus García Rueda

Principios de octubre de 2002

Madrid