Corriendo- Siempre corriendo...
La delgada figura de Rocío atraviesa presurosa la puerta de la facultad. Es difícil abrirse paso entre los estudiantes que se dirigen a sus respectivas clases, pero Rocío los sortea hábilmente. "La práctica", se dice.
Una mirada al reloj que vigila el hall. "Voy bien. Quedan tres minutos para empezar la clase". Pero sus pies siguen rivalizando en velocidad. Desde hace varias semanas, no saben lo que es realmente tocar el suelo: vuelan sobre él.
Las escaleras. Cuidado. El viernes pasado un tropezón casi consigue derribarla. Menos mal que no había nadie para verlo...
- Siempre corriendo...
Siente un punzante dolor en sus gemelos. Desde que empezó con su primer empleo, hace ya casi un mes, no ha podido encontrar tiempo para hacer algo de deporte, y su forma física se está resintiendo. No recuerda haber estado nunca tan ocupada: casi no tiene tiempo ni para asistir a clase. "Ya sólo te queda comer en el autobús" suele decirle Cruz. Quizá debería dejar el trabajo... pero no es el momento más adecuado para permitirse esos lujos.
Además, estas premuras ya no durarán mucho. Si todo va bien, el próximo mes de Junio terminará la carrera, y la flamante recién licenciada en Filosofía y Letras podrá dedicarse de lleno a su trabajo de... secretaria. La filosofía no parece estar de moda en el mundo laboral.
Y lo gracioso es que Rocío no se siente muy segura de desear que llegue ese momento. Lo que sí sabe es que no quiere que se presente muy deprisa; preferiría tener tiempo para darse cuenta de lo que está pasando: que los cinco años que ha permanecido en esta facultad no terminen atropelladamente, sin darle la oportunidad de cerrar este capítulo como es debido.
La puerta del aula aparece al fondo del pasillo, y Rocío aminora la marcha.
- Bueno, he vuelto a conseguir llegar a tiempo.
Cuando parte de su cuerpo comienza ya a estar bañado por la tenue luz de la clase, una voz la llama desde la penumbra de los pupitres.
- ¡Eh, chica! ¿Para qué competición te estás entrenando?
Rocío no necesita ni volver la cabeza. La voz alegre, con un tono desenfadado... Es Cruz.
- Ya puedes recuperar el aliento: acaban de venir a decirnos que el profesor no dará clase a primera hora. Vamos a tomarnos un café.
Rocío tarda unos segundos en sacar las prisas de su cerebro.
- ¿No esperamos a Marta?
- Marta ha llegado hace diez minutos y se ha ido a ver si puede hablar con esa profesora con la que quiere empezar el año que viene su tesis doctoral. Sofía, ya sabes, esa tía tan rara que nos dio clase el curso pasado. Bueno, que he quedado con Marta en la cafetería, así que vamos.
Cruz agarra a Rocío de una manga y la arrastra hacia el pasillo. "Siempre corriendo...".
La desgarbada figura de Cruz es la primera en entrar en la cafetería. Han tardado un tiempo récord en llegar. A los pocos segundos, cuando ni siquiera han acabado de sentarse, aparece la razón de tantas prisas.
- Mira Rocío, allí está. ¡No! No te vuelvas. El otro día me enteré de que a esta hora él viene todos los días a jugar al mus. Vaya, es horrible esto de no saber ni siquiera su nombre. ¡Qué lata el ser tan tímida!
¿Tímida? ¿Cruz tímida? Rocío consigue con dificultad que el asombro no asome a su rostro.
- Bueno, pero te prometo que el curso que viene voy a intentar conocerle. Claro, eso suponiendo que él no termine la carrera este año, como casi todo el mundo. Pero creo que no es así. De hecho, he oído que le quedan colgando algunas de las asignaturas que yo tampoco he podido sacar. ¡A lo mejor el año que viene hasta coincidimos en clase!
Rocío no suele hablar mucho. Quizá por eso se hicieron amigas rápidamente: con Cruz no hay que preocuparse por mantener una conversación.
Cuando ésta va a reanudar la perorata, Marta y Sofía se unen a la algarabía del local. Mientras ambas caminan hacia la mesa, Sofía permanece un poco retrasada.
- Vaya Rocío, ya estás aquí. A propósito, os presento a Sofía. Creo que de vista al menos ya la conocéis, porque el año pasado vino a suplir a un profesor durante un par de semanas. Sofía, éstas son Cruz y Rocío.
Sofía. Quizá sólo sea un pensamiento inducido por aquel nombre tan casualmente apropiado, pero para Rocío aquella mujer es la encarnación de la Filosofía, un ser que da pleno significado a la palabra "filósofo". Ya lo notó el curso pasado, cuando en sus clases se dejaba columpiar por las ideas de aquella personita.
La profesora, pequeña y sonriente, se acerca para saludar. Su pelo blanco, lacio, enmarca una mirada limpia, que siempre consigue sembrar serenidad en el alma de Rocío. Las recién llegadas ocupan las dos sillas que quedan vacías, y Marta trata de romper el hielo.
- Sofía es la profesora con la que he estado preparando los artículos de los que os hablé. Parece ser que a la editorial le han gustado y estarían dispuestos a financiar un libro sobre el tema. Y lo mejor es que el contenido de ese libro probablemente saldría de... ¡mi tesis doctoral! ¡Sofía ha aceptado ser mi tutora!
La joven "filósofa vocacional" parece desbordada por su propia alegría. Ni Rocío ni Cruz recuerdan haberla visto nunca alejarse tanto de su aséptico equilibrio. Por vez primera, al menos para ambas, Marta siente más que piensa. Rocío busca de nuevo la mirada de Sofía. Quiere volver a tratar de averiguar qué se esconde tras aquellos benévolos ojos.
No tiene tiempo. Cruz ya lleva demasiados minutos callada.
- Vaya, otra que empieza a asegurarse su futuro. De verdad que me estáis acomplejando. A este paso, voy a tener cargo de conciencia. No sé, a lo mejor debería empezar a preocuparme yo también...
- Tranquila. Siempre hay tiempo.- Al principio tardan en localizar el origen de la voz. Rocío es la primera en darse cuenta de que lo que oyen es la mirada amable de Sofía, hecha palabras a través de su boca.- ¿Qué prisa hay por cambiar? Tienes todo el aspecto de ser una persona feliz. En el momento en que empieces a pensar en el futuro en lugar de en el presente, eso podría terminar. Y no hay razón para ello.
Silencio. Cruz no está acostumbrada a hablar en serio, porque la profesora parece hablar en serio, pese a que una dulce sonrisa permanece aferrada a su rostro, y no encuentra palabras con qué responder. Sofía continua.
- ¿Qué prisa tienes por empezar a morir? No hace falta que tú misma provoques los cambios en tu vida. Ellos vendrán por sí mismos. Y entonces tú morirás, y nacerá otra Cruz. Será traumático, ¿no crees?. Pero también inevitable. Ahora bien, ¿por qué precipitarlo? ¿Por qué estar siempre corriendo, como huyendo del presente? Estás aquí, ¡pues vive aquí! El futuro ya llegará, y traerá una pequeña muerte consigo. Y no es lógico tener prisa por morir.
Cruz mira a Marta, buscando una explicación. Ésta sonríe pícara: conoce a la profesora y sabe que siempre merece la pena escucharla. Por eso empezó a trabajar con ella, porque quería aprender todo lo que pudiera enseñarle. Pero hay algo que no entiende. Normalmente, Sofía es una persona muy natural, no es corriente oírla hablar como acaba de hacerlo. Además, si sus palabras se dirigían a Cruz, ¿por qué miraba fijamente a Rocío?. Se vuelve hacia esta última, tratando de hallar una respuesta. Los ojos de su amiga parecen fundidos con los de la profesora.
El silencio se prolonga: Cruz y Marta no saben qué decir; Rocío y Sofía se están diciendo muchas cosas. La muchacha lee ávidamente en las pupilas de la profesora. No se conocen, pero allí, en la profundidad de aquellos ojos, están sus propios pensamientos, como si en su oscuridad se reflejasen sus ideas y dudas, su vida y su muerte.
Rocío es quizá la única de las tres estudiantes que ha entendido las palabras de Sofía. Se da cuenta de que está matando su presente, y con ello traicionando su existencia. Ella es una estudiante. El futuro, ése en el que trabajará y los libros no serán sino un recuerdo, llegará mañana. Hoy en día, su deber es respirar el olor que rezuman las viejas paredes de la facultad. Vivir despacio, andar sin prisa. Dentro de unos cuantos meses, tendrá que empezar a preocuparse por cómo ganarse la vida, saliendo al mundo real a luchar y ganar. Pero ella no quiere que eso le ocurra sin ni siquiera darse cuenta. Rocío acaba de descubrir que quiere vivir cada momento de esa muerte y ese nuevo nacimiento haciendo que penetre hasta el fondo de su mente. Ella es una persona y, como tal, no quiere que simplemente las cosas le ocurran. Quiere enroscarse con los acontecimientos y sentirlos en su totalidad. Quiere...
- Bueno chicas,- es Cruz la que habla- ¿quién se acerca a la barra a pedir unos cafés?
Abril de 1996 |