Destinos
Al principio no se dieron cuenta de lo que sucedía. Caminaban a gritos susurrados por el andén, ella incesante en sus reproches y él buscando refugio en palabras de defensa. Entonces llegó el revuelo, alcanzándoles de inmediato, transportada de curiosidad en curiosidad, la razón de los sollozos y carreras: un hombre se había tirado al metro.
Hoy el hombre enfermo ha amanecido desde una noche sin sueño, con la angustia presionándole las sienes. “Me voy a morir”, ha pensado aún antes de terminar de abrir los ojos. La luz del sol no puede entrar por la persiana echada, quedando en penumbra el desorden del dormitorio. Las sábanas, oscuras de sudor, están frías. Hay un teléfono sobre la mesilla de noche. El hombre lo mira un instante. “Hoy voy a morir”.
Un par de horas antes del incidente en el metro, ella entró en el despacho de él. Le gusta contemplarlo mientras mueve sus dedos ágiles en el orden matemático del escritorio. Es meticuloso y exacto. “Incluso para mentir”, piensa ella. Él levanta la vista y le sonríe encantador tras el nudo perfecto de su corbata. Pero el gesto de ella hoy no es el habitual. Algo ha pasado. La mirada de su mujer no brilla. “¡Mierda!”, se dice cuando en un descuido dobla una esquina del papel que está leyendo. Las palabras de ella lo encuentran con los ojos aún bajos. “Acabo de hablar por teléfono con Lina”, dicen.
El hombre enfermo procura no mirarse mientras se lava frente al espejo del baño. Su rostro ya no es suyo, sino de la enfermedad. Ésta lo utiliza para recordarle que la batalla casi terminó. Su mal es pálido y huesudo, famélico. Él vuelve a preguntarse si tuvo sentido someterse a la prueba, si no fue un dolor más, tan gratuito e inservible como todos los anteriores. ¿Es que aquel médico nunca va a dejar de hundirlo con nuevas esperanzas? “Sabe que me voy a morir”, piensa, “pero él quiere que siga luchando. Es un buen hombre”. Pero la lucha está perdida. Al fin.
Escuchó esas palabras y todos sus sentidos comenzaron a trabajar en una nueva mentira. “Acabo de hablar por teléfono con Lina”. Le inquieta escuchar ese nombre en los labios de su mujer. Él mismo se escucha patético. “¿Qué Lina?” Ella parece estallar, pero la explosión no llega al exterior. “Lina, la mujer a la que llevas a cenar al restaurante del casino una vez por semana. La señorita a la que desnudas en un pequeño apartamento del centro, para después olvidarte en ella de mí. Lina. Acabo de hablar por teléfono con ella”.
El hombre enfermo ha vuelto a sentarse en la cama, junto al teléfono. Su médico ya debe de tener los resultados. No está nervioso. Los resultados no van a ser positivos. No pueden ser positivos. La lucha terminó. La muerte es lo único que queda. La muerte que mata el dolor. No más dolor. Llamar a su médico, escuchar el acostumbrado no. Y terminar de una vez. No dejar que las palabras de aliento del doctor le mantengan con vida, como ha ocurrido siempre antes. Su enfermedad está muy avanzada. Esta prueba era el último disparo a ciegas. Si no da en el blanco, podrá morirse por fin. Y no va a dar en el blanco. No puede dar en el blanco. No pueden negarle el permiso. Por favor.
Su mujer estaba apunto de empezar a gritar. El nudo se desataría en unos segundos, y para entonces él ya debiera haber encontrado en su memoria la excusa que siempre tuvo preparada. De improviso un móvil comienza a sonar, junto a la lamparita de mesa. Es el suyo. En una traición de la costumbre alarga el brazo para alcanzarlo. “No toques ese teléfono”, dice ella. “Pero querida, es mi trabajo, debo...” “¡Deja ese trasto en paz! ¡Desconéctalo! Sabes de sobra que es Lina, para contarte nuestra conversación. ¡Apágalo!” Y él lo apaga. A tientas, sin mirarlo. Pulsa un par de botones y el teléfono desaparece de la escena.
El hombre enfermo ha intentado desayunar, pero no ha podido. Está tan cerca el descanso... Camina por toda la casa, encerrado en el silencio. Recorre el salón, la cocina, el baño, los dormitorios... Tropieza con muebles, abre y cierra puertas, ventanas. Hay tres teléfonos en el apartamento, y todos permanecen mudos. ¿Por qué no lo llama? ¿Dónde está la voz del médico? ¿Para eso le paga tan caro? Ante la tardanza, lo ha llamado él. Una vez. Dos veces. No hay respuesta. ¿Dónde está la voz de su médico? ¿Buscando una nueva mentira para mantenerlo vivo? Pero ya no va a escuchar más mentiras. El camino se agotó. Y sin embargo esa voz podría... Ha vuelto a llamarlo. Una vez. Mil veces.
La mujer salió del despacho y él, confuso, la persiguió entre balbuceos. “¡Vuelve! ¿De qué estás hablando? ¿Qué pasa?” Pero ella llora, y no escucha. Llora mientras se viste, mientras se arregla. Hermética y altiva se ha puesto una falda, una blusa, unos zapatos. Él la sigue del baño al dormitorio, y otra vez al baño. Se ve a sí mismo en el espejo, tras ella, hilvanando incoherencias. Una chaqueta, unos pendientes. “¿Dónde vas?” “Voy a ver a Lina”. Y la persecución ha continuado en la calle. “Espera un poco, hablemos primero. No puedes ir allí y...” “Déjame” “Pero querida, ¿cómo vas a llegar? Tu coche está en el taller. Sentémonos un momento...” Las calles están llenas de ruidos a estas horas de la mañana. Ella se ha dirigido hacia el metro.
El hombre enfermo tiembla y suda sobre el banco de una estación de metro. Harto de la marginación de los teléfonos bajó a la calle. Su médico vive cerca, a una parada. Hasta allí caminó. Con pasos rápidos, eficientes. Con rabia de permiso que no llega. Su esfuerzo no sirvió de mucho: el portero automático estaba tan mudo como los teléfonos. Se detuvo un instante, la mirada extraviada. Da igual. Ya no necesita permiso para la muerte. Le había dado también, en secreto, una última oportunidad a la voz, al aliento, y no vino. En su cabeza reafirmó el conjuro: “Hoy voy a morir”. Corriendo entre lágrimas ha llegado al metro, a sentarse en aquel banco. Su aspecto debe de ser horrible. Nadie se le acerca. Está solo, en el fondo del anden, viendo como, a lo lejos, un tren penetra en la estación. No ha habido voz. Es libre para rendirse. Se levanta y camina. No va a coger ese tren. Un par de pasos más tarde, todo desaparece.
Ella se retorció furiosa cuando él la agarró por el brazo. “Suéltame, tú ya no pintas nada aquí” “Pero detente un momento, mírame...” Ella se detiene, lo mira. Sólo un segundo, un instante, para no dar tiempo a que él construya una farsa en sus ojos. Así avanzan por las calles, en medio de un torbellino de hojas. Ella se pierde un par de veces. ¡Oh, Dios! ¿Dónde quedaba la boca del metro? Cuando por fin la encuentra, él la retiene una vez más. La estrategia es diferente ahora. Él le reprocha mil historias del pasado. Desatenciones, devaneos, risas falsas... “No tienes derecho a criticarme por lo de Lina”. La mujer no esperaba esto. No puede evitar una sonrisa incrédula mientras atraviesan los tornos de acceso.
Cuando ya en el andén el revuelo trajo la noticia del hombre tirado en la vía, ambos quedaron en silencio. Ella, paralizada, vió dispararse en su marido un viejo instinto. Éste, dejando el pasado distraído en cada codazo y cada empujón, se abrió paso hasta el extremo del andén, gritando “¡Soy médico! ¡Soy médico!”. Atrás quedaban, sobre la mesa de su consulta, un informe clínico y un teléfono móvil repleto de llamadas perdidas.
Jose Jesus García Rueda Marzo de 2003 Madrid |