El árbol
Ha de ser hermoso morir a los dieciséis, pensó Sibila, mientras miraba a un grupo de adolescentes tontear al otro lado de la calle. Era la última hora de luz de un día de noviembre sin nubes. Por todas partes una luminosidad áurea y densa endulzaba paredes, escaparates, transeúntes… Había de ser hermoso morirse a los dieciséis.
Dentro de la pequeña chocolatería las lámparas estaban aún apagadas, y una neblina sin sabor aletargaba los objetos. Sibila, en una pequeña mesita redonda junto al ventanal, dándole la espalda a la vitrina repleta de bombones, trufas, tartas y figuras de chocolate, rodeaba con ambas manos un vaso de agua, como queriendo calentarlo. La temperatura en el local era agradable, pero el mármol de la mesita se mantenía demasiado frío. Sibila, con expresión de cansancio, miraba al exterior.
Hola, cielo, escuchó junto a su oído, justo antes de sentir un beso pequeño en la mejilla. Hola Jaime, no te vi entrar. Ella lo miró un instante, antes de bajar la vista hacia el vaso de agua. Jaime era grande. Más grande aún dentro de su gabardina gris. Abrazaba con fuerza pero sin apretar, y sus besos eran lentos y suaves. Podía resultar atractivo. Sí, era atractivo. Demasiado calvo para seducir a menudo, pero también con una carga de honestidad en los ojos que no se podía ignorar. Se sentó junto a ella y pidió un té. Ya nunca tomaba café cuando estaban juntos. Demasiado fuerte, su sabor. Demasiado punzante. Podía llegar a ser amargo. El té era menos agresivo, más suave en el paladar, sobre todo si se tomaba como él había aprendido a tomarlo, con bastante azúcar y un poco de leche.
Hoy es la gran noche, dijo Jaime, mientras removía el té sin que la cucharilla llegase a rozar los bordes de la taza. Sonreía tranquilo. Parecía conservar aún en el rostro algo de la luz exterior. Ella levantó la mirada, poniendo en sus labios una pequeña forma también sonriente. Una sonrisa arrugada en las comisuras. Las adolescentes seguían allí fuera, al otro lado de la calle, armando un alocado revuelo que el grueso cristal detenía. Bebió un sorbo de agua. No le gustaba el agua mineral, pero siempre era mejor que el de un grifo desconocido. El agua no debía tener sabor, y aquellas aguas embotelladas sabían demasiado tras sus bonitas etiquetas. Todas ellas. Cada cual diferente, distinguible. Unas más densas, otras muy frescas, las más ciertamente metálicas. Ésta era de las densas, de las que parecían embarrarle la boca antes de desaparecer demasiado lentas por su garganta. Los ojos grises de Sibila también tenían arrugas. Sí, dijo, tengo que ir a casa a prepararlo todo. Él le tomó la mano y se la apretó con suavidad. Miraba sus mechones pelirrojos, su carita pecosa y la nariz respingona y menuda como soñando. Sibila pensó que aquel adulto de treinta y cinco años, los mismos que ella, la estaba mirando con amor. Sí, él debía de estar sintiendo, en aquel mismo instante, amor. Un sentimiento de amor… Mientras se acercaba el vaso de agua de nuevo a la boca, se volvió hacia el ventanal. Allí seguían aquellas adolescentes, distraídas, exaltadas, juguetonas, malcriadas, con sus cuerpos sin terminar, y sin aún saber siquiera cómo usar bien el maquillaje. Qué hermoso morirse a los dieciséis…
¿Qué tal hoy en el trabajo?, preguntó, tratando de recuperar la comodidad. Él, volviendo a su taza de té, ya menos humeante, respondió que el día había sido más o menos relajado, por lo que se ve la clientela se lo ha gastado todo en el puente, y no está para muchas compras, así que hemos aprovechado para ir avanzando con el inventario. Parece que no terminamos nunca con él. Es pesadísimo. Tener que llevar registro de cada cosa que entra o sale, de cuándo, de quién… ¿De veras es necesario guardar memoria de todo? Ella se rió, aunque se sintiese triste. Jaime y Sibila se encontraban cada tarde en aquella chocolatería, al regresar él del almacén y ella de su turno en el museo. Se habían conocido dos meses atrás, y ese día terminaban la tercera semana saliendo juntos. A ella le gustaba su actitud tranquilizadora, aunque aún, en ocasiones, él parecía querer abrazarla para siempre. En las primeras citas, Jaime acostumbraba a tomarse una taza de café solo, muy cargado, casi sin azúcar. Luego, por consideración hacia ella, empezó a tomar té. Un té corriente, sin ningún aroma especial. Nada de texturas afrutadas o especias. Trató de evitar sobre todo el omnipotente sabor de la canela, y el empalagoso gusto del clavo. Una simple bolsita de té de cafetería, rebajado con leche y azucar.
El local estaba extrañamente vacío y silencioso. No había columnas de humo y conversación sobre las mesas, ni se escuchaba el entrechocar de las tazas con sus platos. Al fondo, una camarera barría sin hacer ruido, mientras otra colocaba nuevas bandejas de bombones en la vitrina. Había docenas de tipos diferentes, cada uno con su particular promesa de sabor. Desde su rincón de mármol frío, Sibila y Jaime no alcanzaban a verlos. Allí, un hábito de novedad antigua mantenía sus manos unidas. Tenían que irse. Esa noche, Sibila había invitado a cenar a algunos de sus amigos más cercanos, para presentarles a Jaime, y aún quedaba mucho que cocinar. Antes de levantarse, Jaime le dio un beso en los labios. Sibila, cerrando los ojos, pensó que aquel beso sabía tranquilizadoramente a nada.
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¡Sibila es una grandísima cocinera!, le fueron diciendo a Jaime uno por uno, según llegaron a la casa. El primero fue Enrique, mientras ambos ponían la mesa. Después lo corroboró Vane, su mujer, cuando regresó de la cocina tras comprobar que la anfitriona no necesitaba ayuda. Quince minutos más tarde lo escuchó también de Rocío según entraba por la puerta, al igual que un instante después de Ángel, su novio eterno, que se había quedado aparcando el coche. Los cinco, ellos cuatro y Sibila, eran amigos desde el colegio. Desde mucho antes de que comenzase la enfermedad, agregó Rocío, con una copa de vino en la mano, al igual que el resto, mientras aguardaban a que Sibila apareciese con sus siempre sabrosos platos. No es una enfermedad, aclaró Vane, es tan sólo una peculiaridad. Pero llegó a estar en tratamiento, ¿no? Enrique creía recordar que sí, aunque Ángel no lo tenía claro; por aquella época andaba estudiando fuera. Pobrecilla, prosiguió Vane, hubiese preferido quedarse ciega. Jaime no intervenía; no sabía si era un tema que él debiese tratar con terceros. Pero le gustaba escucharlos. Al fin y al cabo, Sibila casi no hablaba del asunto. Muy bueno este vino, por cierto. Un poco seco, pero agradable al paladar. Lo eligió Sibila.
Jaime deseaba preguntar. Preguntar cómo sucedió. Cómo era ella antes. Cómo había sido todo después. Pero eso equivalía a colarse con un carné falso en su intimidad. La imaginó tras la puerta de la cocina. Eficiente y metódica. Callada. Sí, saber era burlar su intimidad. Aunque el sabía tan poco… Que su paladar sufría de una hipersensibilidad que multiplicaba por cien la percepción de los sabores, llegando a hacerlos dolorosos en extremo. Que esto no siempre fue así. Que antes, en su adolescencia, Sibila había poseído un paladar de excepción, sofisticado, sutil, insuperable, capaz de descomponer un sabor como Mozart niño una sinfonía. Ahora, sin embargo, cualquier manzana tenía un insoportable sabor a pecado del Árbol del Conocimiento.
La noche era fría fuera, pero en el interior acurrucaba un calor íntimo y de media luz que empañaba los cristales de la terraza. Jaime no necesitó preguntas. Tampoco quiso evitar escuchar. ¿Os acordáis en el instituto, cuando empezó a aprender cocina? Las reuniones en su casa, después de clase… ¡Ummmmmm! Rocío, ¿de qué era esa tarta que a mí me gustaba tanto? De mousse de fruta de la pasión sobre una base de chocolate blanco de Venezuela. ¡Qué memoria! Sí, y también recuerdo que estás a régimen, así que más vale que te abstengas de tener más “pensamientos impuros” de los que estrictamente exige la velada. ¿Estás a régimen, Ángel? ¿Pero no eras tú el que no engordaba nunca? Esa época se terminó. Ahora ya empieza a tener tripita, como todos… Hubo un instante de silencio. Después, Vane comenzó a hablar. Pareció que lo hacía para sí misma. A mí lo que me maravillaba era la facilidad con que, tan joven, creaba todos esos platos, la soltura con que se manejaba en la cocina, la intuición para la medida de los ingredientes, la elegancia en cada detalle de la presentación. Aprendía tan deprisa. Yo llegaba a su casa expectante; nunca he probado más ni mejores sabores en mi vida… La voz sonora de Enrique, tras apurar un nuevo sorbo de vino, rompió el monólogo. Bueno, digo yo que Damián también tendría algo de mérito, ¿no? Todos los ojos lo miraron con alarma acusadora. Al fin y al cabo, era muy posible que Jaime aún no supiera quién fue Damián…
Desde la cocina llegaba el murmullo de cacharros, platos, fuentes, vasos y cubiertos. En el exterior comenzó a caer una nieve ligera que borraba la nitidez del paisaje nocturno. Sibila había preparado la reunión con especial meticulosidad. Luz tenue pero suficiente, con lámparas suaves en los rincones y velas en el centro de la mesa. La anfitriona confiaba en que las llamas realzarían los contrastes de color de sus platos. La música rítmica, cálida, invisible pero presente en el paladar al cerrar los ojos. Bossa nova a poco volumen. Y después de la cena, tendría que elegir: si sus invitados se mostraban alegres y con ganas de risas, café irlandés con un punto de fuerza; si, por el contrario, preferían cederle sus ojos a la nostalgia, entonces chocolate caliente con un poco de pimienta negra, para favorecer los sueños sin llegar a dormir.
Jaime ya sabía quién fue, o quién era, pensaba a veces, Damián. Se le había escapado hacia poco a la madre de Sibila, en una ocasión en que casualmente pasaba por delante del almacén y entró a saludar. Damián había sido el primer novio de Sibila. El único novio de Sibila. Damián fue el que le enseñó a cocinar, ¿no es cierto?, preguntó, a fin de mostrar que todo seguía bien en el diálogo.
Aquella noche de nieve, la conversación prosperaba confiada y robusta. Sí, Damián y Sibila habían congeniado con rapidez. Él lo sabía todo sobre cocina, y en ella aguardaba el talento, el don que comenzaba en su paladar superior y concluía con su extraordinaria habilidad para transmitir sensaciones a través de sus platos. En esos breves años, Sibila aprendió todo lo que merece la pena ser aprendido. Aprendió a comer y a dar de comer. Aprendió a saborear sin límite con los ojos cerrados, y a crear sabores en el paladar de otro. Sus manos se hicieron sabias, su boca conoció. Jaime escuchaba crecer la historia, sus oídos la imaginaban en su cabeza. Entonces el diálogo se hizo más lento. Algunos comenzaron casi a susurrarle a sus copas de vino. Otros perdían las palabras en el vaho de los cristales. Nadie podía acordarse de qué había sucedido primero, pero todos recordaron y supieron que las cosas cambiaban. Quizá comenzó con los problemas entre Damián y Sibila. O a lo mejor llegó antes la hipersensibilidad de ella. Una tarde, otra tarde, el grupo se reunió para ser de nuevo sorprendido por la mejor cocinera de su mundo, y aunque las sorpresas aparecieron tan excepcionales como siempre, Sibila no probó su propia obra, y Damián no estaba. El aire mismo se sentía roto, y las causas concretas carecían de importancia, porque a la postre, sólo las consecuencias se quedaron. Luego hubo otras tardes, otras reuniones y otras sorpresas, y también hubo lágrimas, noches sin dormir, días sin hambre ni palabras. El paladar sabio que conoció todo se convirtió en una tortura. Y Sibila lo encerró. Sí, era mejor encerrarlo, clausurarlo. El sabor dolía. El sabor terminó.
Llegó el silencio y Jaime dejó de imaginar las palabras. La nieve caía más densa, comenzando a cuajar sobre las macetas y el suelo de la terraza. El frío, cada vez más nocturno, se colaba en la casa atravesando los cristales. Entonces la puerta de la cocina se abrió, y en las manos de Sibila aparecieron los protagonistas de la cena. Sonriente, apagada, no tuvo tiempo de mostrarse alegre. Todos se pusieron en pie, una multitud de brazos la rodeó. Espera, mujer, que te echamos una mano. Alguien tomó el acompañamiento (ensalada de escarola, granada y nueces, aliñada con aceite de oliva y vinagre balsámico de Módena). Otro le arrebató el plato principal (roti de pavo con pasas, ciruelas y piñones). El postre lo traemos luego, ¿verdad? El postre: crepes Alaska (chocolate fundido con una bola de helado de nata). La mesa se llenó de rojos, de dorados, de verdes; de ocres, rosados, naranjas… Cinco minutos más tarde, los paladares invitados también. Todo fueron elogios y maravilla, mientras Sibila tragaba sin masticar una rodaja de pescado a la plancha. Jaime le estrechó la mano bajo la mesa. Ella no apretó.
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Algunas horas después, mientras recogían fuentes, platos, vasos y cubiertos, con lo poco que había quedado en ellos, Jaime y Sibila convinieron en que había resultado una velada agradable. Nunca faltaron las risas sobre la mesa, el vino supo encender las miradas, y sólo hubo presente feliz y pasados inofensivos en las palabras. Los invitados se habían marchado sinceramente alegres y agradecidos, recordando pensar que quizá la felicidad existía. Después Sibila había apagado la música mientras Jaime encendía la lámpara del techo. Fuera todo era nieve, pero ya no nevaba.
En un momento en que él acababa de terminar de apilar los platos sucios y ella regresaba de dejar las botellas vacías en la cocina, el tiempo hizo una profunda pausa en los ojos de Jaime. Entonces tomó a Sibila por la cintura y la atrajo hacia sí. La abrazó, fuera de todo, y con una sonrisa apenas nacida pero plena, le dijo que la quería. El rostro de Sibila, asustado, tensó todo su cuerpo, y por un instante quiso separarse, romper el abrazo que era nuevo. Pero el instante pasó, y de aquel rostro, que ahora miraba a Jaime casi feliz, pareció que desaparecían las arrugas. Entonces algo se encendió en ella, le besó apresurada y salió corriendo hacia la cocina. Él, sintiendo por primera vez desde hacía tres semanas la seguridad y el sosiego de quien le da la espalda a una puerta cerrada, reanudó su tarea.
Comenzaba la pila de platos en sus manos el camino hacia la cocina y el fregadero, cuando desde allí le llegó el grito de ella. El mundo pareció romperse en el instante en que la eternidad se detuvo y los platos estallaron contra el suelo. ¡Sibila!, gritó, y sus pies atravesaron sin tiempo el pasillo. Tras abrir la puerta de la cocina, la encontró sentada en el suelo. Había restos de comida en sus labios y manchas de aceite en su barbilla. Los dedos aún guardaban fragmentos de escarola y de pavo. Jaime vio también manchas escupidas en la blusa y en los pantalones. Sibila sollozaba con todo el dolor de una mueca retorcida. ¿Qué ha pasado?, preguntó él. Aunque la respuesta no tenía importancia, y se apresuró a arrodillarse a su lado y abrazarla. Ella siguió llorando contra él.
Horas después, ya acostados, Sibila miraba al techo sin poder dormir. Recordó a las adolescentes de la tarde repletas de sol, y cerró los ojos, apretando con fuerza los párpados. Cuando volvió a abrirlos, sentía sed. Alargó la mano hacia la mesilla de noche, buscando la botellita de agua filtrada que siempre dormía con ella. Bebió un sorbo muy pequeño, carente de ganas, y continuó mirando al techo, sin parpadeo ni expresión. Jaime, vuelto hacia el otro lado de la cama, adivinó todos estos movimientos.
Tampoco podía dormir.
Jose Jesus García Rueda 18-11-2005 Alcorcón “Para Sybil Vane” |