El buhonero en el camino de barro
No, no creo que nunca otro buhonero vuelva a aparecer por el camino de barro. Ya es muy tarde, y los buhoneros no abundan. No esperes ver aparecer otro carro de magias y promesas. Ahora el camino está ahí tan sólo para que lo mire. Para que lo miremos. Aún cuando, lo quieras o no, sabemos de sobra que ya nadie nuevo utilizará el viejo camino de barro. El que me he pasado la vida contemplando desde la ventana de mi cuarto. Por el que apareció mi buhonero una mañana de sol en la mañana soleada de mi vida. Por el que lo vi llegar de nuevo al medio día, muchos años después. Por el que nunca se marchó cuando regresó por tercera vez, cuando el atardecer comenzaba en mis años. Cuando comencé a sospechar de tu existencia. Ahora por el camino sólo pasan las noches y los días.
No sé si de pequeña, de muy pequeña, antes de la llegada del buhonero, tenía un plato favorito. Al fin y al cabo todos los niños lo tienen, y yo era aún tan minúscula, que todavía nadie me había mirado nunca con ojos de extrañeza. Pero si lo tuve no lo recuerdo. La primera comida que aparece en mi memoria la había cocinado el propio buhonero, y él mismo me la sirvió, con sus manos grandes y peludas, en uno de esos platos de mil colores que llevaba en su carromato. Fuera lo que fuese estaba delicioso. Mágicamente, milagrosamente delicioso. Pero nunca volví a comerlo. El buhonero nunca cocinaba dos veces el mismo plato. Al menos no para el mismo comensal. Saltaba con gracia por toda la cocina, de sartén en sartén, de alacena en alacena, tomando una pizca de sal de aquí y unos granitos de pimienta de allá, entre teatrales aspavientos y fórmulas casi de abracadabra. Hasta que el estómago empezaba a dolerme de tanto asombro y tanta risa. Entonces el buhonero giraba sobre sus talones, como una perfecta y rechoncha peonza, con un plato escondido a su espalda y una expresión misteriosa en su rostro de mago árabe. Y siempre estaba delicioso. Distinto y delicioso. ¿Recuerdas? ¿O tú no estabas aún allí?
Quién sabe a qué acuerdo había llegado mi viudo y enlutadísimo padre con el maravilloso buhonero, pero todos los fines de semana de todas las semanas de todos los meses de todos los años de mi infancia recordada, el buhonero venía a cocinar para mí. Supongo que algo tenía que hacer mi padre en lo referente a mi alimentación, los días en que no había escuela que se ocupase. Así el buhonero llegaba cada sábado temprano en la mañana, arrastrando con sus propias manos y pies el cargadísimo carromato por el camino de barro, más firme entonces que ahora, dedicándole canciones y risotadas a toda la creación. Pasaba las mañanas y las tardes llamando a puertas y vociferando a los balcones, a fin de vender sus encantos y chucherías. Pero a la hora de comer, todo su musical exotismo se desplegaba sólo en mi cocina. Tan sólo para mí.
Aquel extraño y errante ser era un grandísimo cocinero. Aunque entiendo que, precisamente por ser extraño y por ser errante, era un grandísimo de todo. Pero esto lo fuimos aprendiendo después, ¿verdad? En aquellos años tan tempranos, me bastaba con disfrutar entre risas su magia de sabores, y con amar, en el más absoluto desenfado y cuando aún la palabra secreto no existía, a sus hermosas hijas. ¿Quién desea recordar sus nombres, cuando tengo sus ojos y sus rostros siempre asomándose desde la perpetuidad de mi memoria? Vestidas siempre con vestidos vaporosos, llenos de colores y brillos, siempre gráciles, encantadoras siempre. Traviesas, recatadas, protectoras… hermosas. Tan sólo hermosas. Acompañaban al buhonero allá donde éste fuese, desde los mundos fantásticos más allá del camino de barro, hasta los secretos de mi cocina. Fueron desde la primera vez mi fantasía, mi aventura. Se quedaban en mi casa mientras su padre recorría el pueblo repartiendo sartenes, chales y bisutería. Pronto mi padre les permitió compartir la mesa conmigo, y yo se lo agradecí como nunca pude agradecerle nada, puesto que mis horas no vivían si no las pasaba junto a aquellos dos bellos deseos. Las tres juntas jugamos todos los juegos y reímos todas las risas. Ellas, algo mayores, pintaban y sostenían nuestro mundo. Yo, de su mano, lo habitaba. ¿Sabes? Me alegro mucho de que tú no estuvieses allí, con tus cuestiones, tus desprecios y tus dudas. Me alegro mucho.
Por ellas empecé a tocar el piano. Les encantaba pasarse las horas reviviendo en el piano de la sala, el que dicen que solía tocar mi madre, las innumerables melodías que su padre les había enseñado. Y yo, por seguir a su lado, por no apartarme de sus largos cabellos, de sus adornos y de sus mejillas blancas, me dejé enseñar por ellas. Aprendí por sus manos cada nota, cada canción. No me llevó mucho tiempo descubrir que el piano y su música me gustaban aún más que ellas mismas. Porque el piano y su música eran, aún cuando las dos niñas no estaban, mi piano y mi música, y con ellos mis risas y las de ellas llenaban siempre todas las estancias, todos los rincones. El piano y yo soñábamos con las dos hijas del buhonero cuando ellas no estaban. Y nada, ni la criatura más sutil y hermosa, puede compararse con un sueño…
Un fin de semana el camino de barro quedó vacío de mi buhonero, y no hubo despedida ni la necesité. Tampoco regresaron sus hijas, con las que no volví a jugar ni a reír, a las que siempre eché y echaré de menos, aunque nunca las haya necesitado a mi lado. Supongo que un día mi padre decidió que ya tenía años y estatura suficientes como para cocinar mi propia comida. A mí me quedó un minuto para la pena y muchos años de alegre olvido. Incluso, siempre enmarañada con nuevas recetas y nuevas melodías, olvidé que había un camino de barro en el que de continuo nacían y morían viajeros de paso. Nunca, en esos años, miré el camino de barro desde la ventana de mi dormitorio. Nunca pensé en un posible regreso del buhonero y sus hijas. Nuestro tiempo, nuestros años, los tuyos y los míos, pasaron lamentando con el piano mil pequeñas tragedias inmensas, y alborotando entre especias, harinas, fuegos y hornos la memoria de nuevas invenciones culinarias. Amé mucho durante esos años, aunque siempre estuve sola y aunque nunca llegué a saberlo, porque nadie había acuñado aún el amor.
Pero el camino de barro, aunque olvidado, seguía allí, desgastándose con cada nueva estación de lluvias, haciéndose más profundos los surcos que esculpían sin prisa los vehículos. Y un día en que yo tampoco lo había mirado, lo miré, y el conductor que reía como un trueno mientras agarraba con manos fuertes y peludas el volante de un pequeño autobús de colores, era un mago de oriente que regresaba. Mi mago. Mi buhonero. Preferiría que tú no lo recordases. No me sentí dichosa ni desgraciada. El buhonero estaba allí; yo también; nada era diferente. Recuerdo que sonreí. Una sonrisa simple, sin cariño producto de nostalgias escondidas. Me brillaron los ojos, y sonreí.
Me hubiera gustado descubrir a mi buhonero en soledad, pero para cuando el autobús se detuvo en medio de la plaza, sus risas y su megáfono habían atraído a una curiosa multitud. Me perdí en aquella maraña de conocidos anónimos y observé. De pie, regodeándose en sus gestos de maestro de ceremonias, el buhonero no parecía haberse dejado atrás gran cosa. Quizá algo de pelo, que sin duda había cambiado por unos cuantos kilos, y a lo mejor un poco del brillo de su piel de cobre. Pero sus ojos eran los mismos que me habían alimentado de niña, y los ojos eran todo lo demás. No me vio, no me miró, y yo preferí que no lo hiciese. Creo que estaba asustada, no sé. Y me gustaba.
Un rostro más en aquella multitud, quise conocer las cabriolas que en todos aquellos años la vida y mi buhonero habían saltado juntos. Ese conocimiento nunca llegó, aunque siempre estuvo a la vista de todos: la vida del buhonero viajaba con él. Antes en un carromato de madera tallada, ahora en un autobús pequeño y pintado de estridencias, seguía trayendo historias vírgenes que repartir a otras historias menos brillantes. Tú estabas en aquella plaza. Yo no lo sabía, pero tú estabas allí. Me pregunto si venías dentro del autobús, o si fui yo quien te llevó de la mano.
Apartando la vista del buhonero y sus hechizos de teatro, miré hacia el nuevo vehículo de la magia. No buscaba a las dos hermosas hijas, que ya sólo existían en algunas, pocas, de las notas de mi piano. No buscaba nada salvo descubrir algo. Y encontré belleza. Belleza de carne, de ojos, de labios. El buhonero regresaba para volver a alimentar de hermosura la caldera de mis días. En el minibús viajaban doce bailarinas de pieles perfectas y cabello largo, a las que miré y no me miraron. Sentí un dolor tan intenso y agradable al ver descender aquellas doce sonrisas de primavera, que sólo pude quedarme paralizada y caminar, despacio, de regreso hacia mi piano. Al salir de la plaza, cuando comenzaba a despegarme de aquella multitud a la que nunca había pertenecido, me pareció ver a mi padre, oculto por la sombra de una esquina. Durante todos los años que el buhonero estuvo repitiendo su mensual visita, él y su luto nunca acudieron a ver el espectáculo.
Yo sí. Cada sábado por la noche, una vez al mes. Primero vigilaba la llegada del buhonero desde la ventana de mi cuarto, cuando la mañana ya no era tan joven. Después corría a espiar los preparativos en el viejo teatro. El buhonero nunca me reconoció, pero debió de ver en mis ojos algo que aún no eras tú, algo que quiso alimentar, y nunca censuró mi espionaje consentido. Allí, desde la oscuridad de la última butaca de la última fila observaba los juegos de los cuerpos al bailar, sus esfuerzos, sus aciertos y sus fallos. Les oía reír y, en ocasiones, a alguna tuve la suerte de ver llorar. Debían de tener más o menos mis mismos años, y nunca se repetían. Nunca una misma bailarina pisó dos veces aquel escenario. Supongo que el buhonero no hubiese aceptado algo así. Siempre diferente, siempre mágico. Las doce bailarinas clásicas eran tan delicadas como sensuales las gitanas de rizos negros o salvajes las africanas con cuerpos fuertes y oscuros. Siempre imposiblemente hermosas. No hubo un solo par de aquellos ojos para el que mi piano no crease una melodía nueva. A todas las soñé. De muchas sentí que alguien había escrito la palabra “amor” en mi diccionario. Con algunas, sólo con algunas, con las que me habían mirado o hablado o tocado, caminé hasta el arroyo en la media noche, a mojar de la mano nuestros pies juntos en la corriente.
Cuando llegaba la hora del espectáculo, no tenía que abandonar mi butaca. En algún momento yo fingía disponerme a hacerlo, en incluso hacía ademán de levantarme, en un gesto educado y cortés. Entonces la mano enorme del buhonero se posaba grácil, sin peso, sobre mi hombro, y me devolvía a la hermosura. Yo lo miraba, una y otra vez sin descanso en mi desconcierto, y una y otra vez me devolvía la mirada con una sonrisa, y yo pensaba que de su mano oculta tras la espalda iba a sacar un nuevo y delicioso plato. Poco después las luces del escenario se encendían, y las diosas de mi carne comenzaban a jugar en el aire de música. Yo sentía que el espectáculo me era extraño y maravilloso, al mismo tiempo que lo sabía bien conocido. Cada salto, cada gesto, los había visto repetirse un millón de veces en las horas de aquel nuevo sábado eterno, y aún así cada uno hacía vibrar mi sorpresa, mostrándose único e instantáneo.
Espero que disfrutases de todo aquello como a mí me sucedió. Espero que aguardases con mis nervios hechizados junto a la salida de artistas, ya oscuro. Y que murieses conmigo cuando la puerta se abría, concediéndome permiso para acceder al mundo que adoraba, y ser también nosotras mismas adoradas. Convertirme en otra risa más, otra piel más y otra palabra más en aquel pequeño Olimpo de doce. Después, secreto y silencio en mi diccionario.
Así continuaron los años, hasta que, por segunda vez en mi vida, llegó un sábado que no tuvo buhonero. Ni tampoco teatro. Ni bailarinas. Y en esta ocasión sí deseé que hubiera habido una despedida. No volví a cocinar. Sólo componía y componía y componía. Nunca he creado piezas tan bellas como las que confabulé con mi piano en miles de jornadas inacabables. Lloré tantas notas tristes, tantos acordes furibundos y desesperados, que un día abrí los ojos y mi cuaderno de música estaba empezando a enmohecerse. Entonces acepté como alumnos a los primeros niños a cuyas familias mi padre había logrado convencer de que su hija no era, como se decía, rara, huraña y quién sabe qué más, y que si salía poco de casa era precisamente por su irreprimible talento y pasión musicales. Supongo que a ti no te gustó que lo hiciese. Tú seguro preferías mirar hora tras hora hacia el camino de barro, diciéndonos que en algún lugar más allá de él estaba la vida que nos correspondía, que nos había abandonado. Recriminándome por no convertirnos a ambas en viajeras de ese mismo camino. Y yo ni siquiera sabía que estabas allí.
Los años y la sobriedad fueron llegando juntos, mientras dormía en mis clases y soñaba en mis composiciones. Si el buhonero volviera, si un día viese su figura inundar el camino otra vez... ¿Qué traería? ¿Qué nuevo sueño en carne suave, qué nuevo conjuro al que estrechar mi mano? ¿Tan imposible era? ¿Tan lejos quedaba nuestro camino de barro de las rutas que gustan a los buhoneros? Lo malo de hacerse tantas preguntas es que, si alguna vez llega una respuesta, nunca se puede saber a qué responde exactamente. Las preguntas son tan inútiles...
La tercera vez que el buhonero regresó a mi camino de barro, la última, lo hizo un sábado al atardecer. Yo, con mis manos en las de un nuevo aprendiz y mi cabeza en una nueva melodía, sólo escuché el rugir furtivo de una furgoneta que resultó no tener ventanillas. Ni siquiera lo vi llenar de nuevo el camino. Él tampoco soltó su alegre risotada. De hecho, no supe que había llegado hasta que una de mis alumnas me contó la discusión que sus padres habían tenido la noche anterior, en la que al parecer tanto el uno como la otra no sabían qué pensar de ese nuevo negocio de señoritas de compañía recién abierto a las afueras, ni de su dueño, un socarrón botarate con enormes manos peludas y piel de cobre.
¿Recuerdas cuando la conocimos a Ella? Hermosa como una flor lacia, con ojos que ya nunca volverían a estar vacíos y toda la belleza de una sonrisa ganada para siempre. Nunca fue gratis, claro, pero al menos siempre encontró un hueco para mí. Cortesía de mi buhonero, que cuando me vio valiente y perdida en aquel salón de hombres vestidos y mujeres desnudas, descubrió en mí a una extraña que le recordaba a alguien y, acercándose con su rostro de mago algo más turbio y sus ojos árabes un poco más esquivos, rió como el viejo hechicero que era, y de la mano que ocultaba detrás de su espalda extrajo la llave que nos llevó hasta Ella. La dulce y eterna piel que acaricio un par de veces al año. Que siempre me espera, que no se marchará nunca. A la que no echo de menos cuando salgo del cuarto a la mañana siguiente.
Los días andarines de mi buhonero lo acabaron sentando para siempre en la poltrona escarlata de este salón absurdamente rococó. Allí, desde hace años, su magia engorda y se hace menos saltarina. A veces cuenta dinero. A veces grita, entre vítores, los nombres de unas chicas que nunca se renuevan. Siempre los mismos nombres. Salvo el de Ella, cuando estamos nosotras. Yo no participo en la fiesta. Me atreví a ir a ese lugar, desde un primer momento, porque, pese a lo que digan sus bocas, entre esas paredes a nadie le importa nada, y fuera... cada vida es anónima y no existe. Pero no me gusta ver, año tras año, a mi buhonero chapoteando en su propia vejez. Vengo por Ella, la que él me ofreció en lugar de la magia por la que vine a preguntar. El último abracadabra de un mago árabe que quizá, viéndose sin fuerzas, quiso alimentarme para siempre.
A veces, de allá para cuando, me he encontrado con la figura negra y esquelética de mi padre arrastrando sus ojillos por la puerta del local. Ojillos dudosos, hundidos. Nunca ha entrado.
Creo que no la amo, pero espero impaciente mis noches con Ella, que bebo a sorbos porque queda tanto tiempo por beber… Ella no toca el piano, pero bailó una vez; hace tiempo que prefiere comer a cocinar, aunque es sincera cuando aprecia las viejas recetas que le llevo de mi cocina. No salimos nunca de su cuarto, porque fuera de él a lo mejor no existimos. Un par de veces al año. Mi plato favorito cuando casi no tengo hambre.
Podría haber vivido así todos los años que aún me quedan por envejecer, contenta si no alegre, la esposa del mundo si no su amante… y nunca habría dudado. Pero hoy, bajo la lluvia, mientras llevábamos el cuerpo muerto de mi padre hacia el cementerio, fuera del pueblo, por el camino de barro, he sentido tu presencia a mi lado. ¡Por primera vez te he sabido dentro de mí! Lo que antes intuí como una bruma ha sido hoy certeza. Y aunque me insultabas, aunque despreciabas a gritos mi vida y tratabas de herirme, y me herías, con el odio de tu venganza de palabras, yo te he amado. Un amor tan antiguo, tan desconocido… Aún así, no voy a hacerte caso. El día ha terminado. Sentada en un sillón, frente al espejo, te contemplo. Voy a ignorarte a ti, que eres mi reflejo cuando me miro. Que imitas mis posturas y mis gestos, que mueves los labios cuando hablo. A ti, que usas mis ojos con una mirada distinta, no te haré caso cuando dices que debo morir, que es tu momento. Que sólo si yo desaparezco podrás partir a buscar un nuevo buhonero, al otro lado del camino de barro. No voy a creerte. Porque los buhoneros no abundan y porque, ya ves, soy tan débil que prefiero languidecer a morir. El camino de barro, tan gastado, tan erosionado y cubierto de piedras, tiene ya una única dirección. Y hacia allí voy a seguir caminando, en tu recién descubierta compañía. Para que me insultes y yo finja reír. Ahora te quiero conmigo, amantes y solas. Aprenderás a estar contenta, ya lo verás. Yo lo estaré. Bienvenida, Amor mío.
Jose Jesus García Rueda Madrid 18-5-2006 |