El escritor y la piedra

Jose Jesus García Rueda

 

 

 

 

Con una piedra en la mano, el joven escritor recorría divertido, de aquí para allá, y otra vez de allá para aquí, el piso de madera de la buhardilla. Mirando con ojos trascendentes aquella piedra, él mismo se reconocía como una imitación espontánea de Hamlet, y hasta de vez en cuando le soltaba, entre diversión y orgullo, un afectado “Ser o no ser” a la pobre roca. Ésta, ya curada de espantos y sabedora desde hacía tiempo de que no era a ella, a la piedra redondeada y suave, a quien se dirigía la meditación de chirigota, sino a la calavera amarillenta que el escritor imaginaba en su mano y que nunca estuvo allí, aguantaba los vaivenes y los paseos con más aburrimiento que nausea, aunque de esta última tampoco faltaba.

 

            La piedra, profunda conocedora ya, después de tantos meses, de todos los callejones y recovecos de la mente de su dueño, contaba resignada sus pasos. Veinticinco. Veintiséis… Esta vez la inspiración vendría con la número treinta. Veintisiete. Qué novedad. Veintiocho. Casi que se preguntaría por la naturaleza del rayo que apunto estaba de golpear la cabeza del joven, pero… qué pereza, ¿no? Veintinueve. Bueno, pues ya estaba, ahí venía…

 

            -Ser o no ser…

 

            Justo cuando el tacón de la pantufla comenzaba el paso número treinta, el pie se detuvo, los puños se apretaron, estrujando a la sufrida piedra, la mandíbula se quedó rígida en una mueca de ojos alucinados, y el cuerpo entero se paralizó. No tardó en lanzarse hacia la mesa prefabricada para tomar una nota muy breve, pero extensa. La piedra, desechada en un rincón de la madera, se inclinó un poco para alcanzar a leer la nueva ocurrencia de su aprendiz de genio y… Tentada estuvo de decir que se lo temía, pero pensó a tiempo que la experiencia por fuerza ha de ahorrar temores: ese chico caminaba hacia la tragedia.

 

            Una pena, sin duda, se dijo la pobre piedra, a la que se le fundía su duro núcleo al ver a aquella joven promesa, que de seguir por ese camino acabaría por perder la cualidad de ambos términos antes de tiempo, escribir con toda la ilusión puesta en su pluma, o aporrear con la fuerza de todas las musas una Olivetti  de principios de siglo, restaurada para funcionar como nueva pareciendo vieja, con un destino tan poco acertado. Así que, invadida por instintos maternales, volvió a tropezar en sí misma y bueno, venga, pobre chico, a ver si por fin me deja echarle una mano, giró lo justo para que la luz de la vela se reflejase con la mayor sensualidad en su piel pulida. Vamos, muchacho, olvida tus rancios papelotes y mírame. Úsame. Ve qué juegos de luz hago sólo para ti. ¿No quieres acariciarme? Vamos, piensa un poquito en mí. Suelta la pluma y préstame atención. Estoy aquí. Para ti solo. Para que me metas en tu interior, para que me hagas parte tuya. ¿No te gusto? Mírame, anda. Y sobre todo, por tu propio bien úsame, ¡úsame!

 

            Nada. Debía haberlo sabido. Era una tonta. O mejor, una piedra inteligente que no podía controlar su propia blandenguería. ¡Estúpida! ¡Tonta! ¡Tonta! ¡Tonta! ¿Cuándo iba a dejarlo por perdido, a verlo tal cual era, un completo tarugo que sólo tenía ojos para esa novela que lo llevaba al desastre? Nunca va a reparar en ti. Tú no existes. Eres una piedra que su mano agarra para poder pensar mejor. Eres un hábito, solamente un hábito. Una costumbre sin razón en esta buhardilla de razones enmohecidas. ¡Imbécil!

 

            La piedra se quedó taciturna y con los brazos que no tenía bien cruzados. Allí la localizó el rabillo del ojo del joven cuando todo él, aspirando profundamente el aire olor a incienso de la buhardilla, dio por concluido de forma satisfactoria l ataque de ls musas. De inmediato cogió la piedra otra vez y, con ella, regresó a sus paseos por la estancia. Una zancada. Dos zancadas… Ahora jugaba a lanzar la roca al aire, para recogerla una y otra vez con gesto de malabarista eufórico y una sensación de peligro ficticio que lo emborrachaba. Su madre ya lo decía cuando él no era más que un renacuajo rubio en una familia de morenos que habitaba una ciudad con predominio pelirrojo: este niño va a hacer algo grande, grandísimo, ya lo veréis; no hay más que mirar esos ojitos avispados, ¡dicen que mi bebé será el autor de una gran obra! Así quedó asegurado el brillantísimo futuro del retoño.

 

            Con una nueva nausea asomándosele por las pocas grietas que la roca tenía, ésta soportaba el castigo del manteo, que pronto provocó aún una tercera nausea, justo ocupando los breves descansos que le permitía la segunda. Y como en toda su vida de piedra nunca fue capaz del vómito, por dificultades propias de la fisiología mineral, se conformó con distraerse en la nostalgia de su juventud bajo la superficie de un lago del norte.

 

            De un país del norte. De la universidad de un país del norte, que este detalle siempre le pareció fundamental a la piedra. Cerca de su orilla, mostrando sobre el agua una porción sexy de su superficie con cada flujo y reflujo ligero de las olas, pasó la mayor parte de sus años conscientes dejándose acariciar por los pensamientos y las palabras de todos aquellos estudiantes que gastaban las tardes de verano sentados en el césped, junto a ella, con un fondo pintado de largos abetos, montañas con nieve y un cielo de luz fría. Cuando, soñando en la suavidad de la arena, sentía la vibración de unas pisadas con ansia de bello paisaje, se sacudía al momento la pereza y se disponía a escuchar lo que fuese que pasase por la mente de su desapercibido visitante. La piedra tenía sus gustos, claro, que no cualquier papanatas con unas cuantas neuronas bailándole en el cráneo iba a conseguir embelesarla. Pero aún así, rara era la ocasión en que no hubiese algo interesante que escuchar. Desde los tormentos amorosos de unos, hasta la metafísica de media tarde de otros; desde risas a varias bandas con visitas numerosas, hasta caricias solitarias en la intimidad de la presencia única. ¡Había escuchado tanto, la manteada piedra, en los días húmedos entre invierno e invierno! Realmente había escuchado tanto, que no necesitaba adivinar el tremendo batacazo que aguardaba a su escritor: aquello era, simplemente, un hecho obvio. Que siguiese paseando arriba y abajo, y otra vez abajo y arriba, por su rancio ataúd abuhardillado con ella, la piedra, ignorada entre sus dedos; los gusanos ya estaban dentro.

 

            ¡Se lo merecía, claro que sí, por haberse creído con derecho a sacarla de su de universidad y país del norte! Mira que cuando una mañana de agosto, tan temprano que los pensamientos interesantes aún no se habían ni despertado, sintió temblar la tierra con la seguridad de unos pasos que aspiraban a volar, ya le pareció que la sombra de su madrugador visitante era demasiado larga y demasiado oscura sobre los pequeños brillos del lago, produciéndole esto un desconcierto tan poco habitual que prefirió, por una vez, acurrucarse en su lecho de arena y continuar con su sueño, o al menos simular que lo hacía. Así, al no estar escuchando, juraría que la mano llegó en silencio, que ni el agua removió al agarrar aquella piedra tan pulida porque necesitaba manosear algo para mantener su pensamiento en marcha. ¡Botarate insulso, que ni las montañas ni los abetos miraste, salvo para ver si descubrías en ellos alguna inspiración prefabricada, pues allí decían tus libros que había que buscarla! ¿Para qué querías una piedra, si nunca supiste de ningún gran autor que se inspirase con una? La roca, en desconcierto, ya ignorada y aún ignorante, comenzó en ese momento a contar los pasos que la estaban alejando de las palabras del lago. Uno, dos, tres, cuatro… En su nerviosismo, no pudo evitar sentirse casi tan excitada como miedosa. Cinco, seis, siete, ocho… Aquel joven que la lleva hacia el sur tenía un pensamiento claro y poderoso. Nueve, diez, once, doce… Pensamiento que hablaba de felicitaciones a un chicuelo rubio y minúsculo que escribía sus propias versiones de los cuentos clásicos para niños, si bien con más pocos cambios que muchos. Trece, catorce, quince, dieciséis… Que see regodeaba con la imagen de un adolescente entregado a la vocación del escribir, capaz de imitar con acierto el estilo de cualquier gran literato. Diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte… Que sonreía por dentro al recordar toda la preparación del joven adulto, que se sabía ya en disposición de abordar la gran obra para la que estaba destinado, tras no dejarse un autor de importancia por leer, no existir corriente literaria que no hubiese experimentado, y sobre todo, tras haber invertido todas las horas del mundo en estudiar cuanto manual de creación literaria toparon sus manos. Veintiuno, veintidós, veintitrés, veinticuatro… La piedra casi creyó, aún aturdida, que a lo mejor había sido seleccionada por la mano de un joven genio. Veinticinco, veintiséis, veintisiete, veintiocho, veintinueve… Al llegar la zancada número treinta, su raptor se detuvo, miró la piedra por primera vez, y exclamó con gesto mimético y ojos irónicos: “Ser o no ser”. Después continuó su camino, olvidándose de la roca por completo. Ésta se encogía, adivinadoramente decepcionada. “Ser o no ser”. No, ella no era un cráneo amarillento.

 

            Hubo más ramalazos de genialidad aquella tarde en la buhardilla, decorada con fragmentos de grandes literaturas. El joven, que de un tiempo a esta parte había dado en vestir de negro para, según él, reforzar una mística figura de espectro, sólo escribía a la luz de una vela, porque nadie escribió nunca algo atemporal bajo la luz de una bombilla. Para cuando buscaba dar un sesgo romántico o vanguardista a sus inspiraciones, también disponía de una lámpara de aceite y hasta de un anticuado candil de finales del XIX, respectivamente. No tenía ordenador, y el bolígrafo sólo lo empleaba para hacer la lista de la compra y para rellenar papeles oficiales. Todo lo demás se sentía en el deber de escribirlo a la manera casi mágica de la tradición: rompiéndose los dedos contra las teclas de la Olivetti o, en sus atardeceres más druídicos, con su larga pluma de ave y la tinta de un coqueto tintero. A la piedra, después de compartir creación con su genio de artificio durante meses, aún le salía sarpullido ante tanta sandez.

 

            Por fortuna, ya no quedaba mucho para la hecatombe. La gran obra estaría concluida en semanas, ¡si lo sabría ella! Casi se atrevía a calcular, con un error de horas como mucho, el momento exacto en que ese enclenque de negro escribiría la última frase, la releería, la volvería a leer, los ojos cada vez más inundaditos de lágrimas al darse cuenta de su absoluta perfección, para luego levantarse, y tras quedarse unos segundos distraído por algún suceso invisible en el infinito, bajar los párpados y respirar tan hondo que no quedase un solo átomo de satisfacción en este mundo fuera de sus pulmones. ¡Ja! Luego vendrían los meses de relecturas, modificaciones, retoques, páginas eliminadas, párrafos añadidos… Todo muy según los cánones, que otra cosa no sería apropiada para autor tan genial y obra tan magnífica, llamada a ser un faro para las nuevas generaciones de escritores y… ¡Ayyyy! Pobrecito, no iba a haber psiquiátrico sobre la tierra capaz de volver a ponerle un simple “2+2” en su cabeza, después del descalabro. ¡Pero bueno! ¡Para pobrecita ella! Ella, sí, teniendo que soportar a aquel estúpido manoseándola sin llegar siquiera a mirarla, o mirándola a veces pero nunca viéndola. Ella, que tenía que morderse la lengua y apretar con fuerza los labios para no gritarle de una pedrada lo nastuerzo que era. Porque ella sabía, ¡claro que sabía! Pero ni un indicio, ni un aviso pequeño iba a darle. ¡Que abriese esos ojos tan especiales suyos, coño, y mirase por sí mismo! A ella, que la mirase a ella. Y con aire tierno, a ser posible. Como se ha de mirar a una musa. Que la acariciase, que descubriese que su superficie reunía decenas de colores diferentes en centenares de tonos diversos, que era muy suave, gracias a las caricias de su lago del norte, y que cuando se la besaba, hasta una historia había detrás de ese beso. ¡Ay, patético pirado, que en unas semanas te ibas a romper los dientes contra tu ceguera, cuando ella estaba tan cerca y sabía tanto! ¿Para qué todos esos paseos por bosques y montañas, tantas excursiones a los barrios peor encarados de la ciudad? Venga a salir una y otra vez a buscar, siempre con libreta, a la Muerte, a la Vida y, por supuesto, al Amor. ¡Ay, diosecito de las pobres piedras que viven felices en lagos de universidades de países del norte! ¿Por qué permitiste que ella, tan sabia y tan sexy, acabase formando parte del atrezzo de toda esta fantochada? ¡Ayyyy! Si por lo menos el rubito de negro la mirase alguna vez…

 

            La piedra, entre manteo y manteo, sintió que una vena inexistente se le hinchaba en una sien que, por su parte, no tenía mayor existencia. Se acabó. Bien sabía la Gran Madre Roca que por ella no había quedado, pero aún así era obvio que aquella relación no había alcanzado nunca a tener sentido. Llevaba aguantando allí, entontecida creyendo en no sabía qué absurda noción de esperanza, demasiado tiempo. Más que demasiado. El fin debía llegar en aquel mismo instante, antes de que en la buhardilla empezase a oler a podrido.

 

            Aprovechando un nuevo lanzamiento de la mano que la ignoraba, se las arregló para desviar su trayectoria hacia el ventanuco de la buhardilla, por el que desapareció tras romper el cristal. El joven, perplejo, detuvo sus pasos. De repente se sintió pequeño y desatinado, al pensar que el cristal lo había roto su torpeza. Aunque no le costó mucho rescatar al gran escritor: se fue de un salto a por la pluma y el tintero, que no se podía dejar escapar ese sentimiento de pesadumbre sin llenar con él unos cuantos párrafos.

 

            En la calle, la vena hinchada de la piedra se iba enfriando en el charco sobre el que había caído. Le pareció que toda la mierda del mundo flotaba en ese charco, o descansaba en su fondo. ¡Ciego estúpido! Sigue con tu novela, que esté donde esté no dejaré de escuchar el estruendo de tu cacharrazo. ¡Así te erosiones, cabrón!

 

            Llovió mucho en los días que siguieron a su escapada. ¡Gran Creadora Rocosa, cuánta agua en aquella calle a oscuras! Con esos nubarrones tan negros, en el charco pasaban las noches y los días casi sin diferencia. En aquel lago en miniatura, entre la acera y el asfalto, construyó la piedra un humilde rinconcito de vagabundo inmóvil. ¡Qué dura era la vida en la calle, no teniendo ni un tonel siquiera donde guarecer toda su filosofía! Aunque oportunidades de partir no habrían de faltar: perros curiosos, niños con ganas de dar una sorpresa a su mamá… Con sólo empujarse a la corriente bastaría para desaparecer por la cuesta calle abajo y ¡adiós, escribano de pocas luces, continúa redactando tu epitafio! Pero lo cierto es que pasaba el tiempo, y la piedra no dejaba su rincón entre la cochambre. Está bien, no quería irse, ¿y qué? Podía reconocérselo sin vergüenza, pues, ¿cómo imaginarlo siquiera?, por descontado que no eran pensamientos sentimentaloides los que le anulaban el deseo de olvidar los días pasados. Que era muy rocosa ella para vivir aquel desprecio sin reírse la última. Nada más.

 

            ¡Qué largos se hicieron los días espiando el ventanuco desde su lodazal, que parecían no ir a dejar nunca de ser vísperas y sólo vísperas! Hasta que una tarde aún con más lluvia y menos luz, una gabardina con paraguas salió del edificio, justo cuando comenzaba a anochecer. La mano gabardin llevaba un paquete. Un paquete rectangular, cuidadosamente envuelto en precauciones y plástico. La piedra, al verlo, dio un brinco, si no aparente, al menos imaginado. ¡Por fin! ¡Por fin terminaste tu adiós con forma de novela! Casi llegué a pensar que te retrasarías… ¿A dónde la llevas? ¿A casa de ese editor que te presentaron?  Haces bien; siempre es mejor suicidarse sobre seguro. Pues corre, ¡corre! No te pares, no vaya a ser que todavía te de por mirarme. Tú al trote y con la cabeza bien alta, aunque llueva, para que no tengan problemas al cortártela. Cuando el escritor, tras esquivar el charco, se difuminó entre coches y peatones, la piedra sintió una inesperada tristeza, así que, haciéndose un ovillo, cerró los ojos y se quedó dormida con cara de no saber cómo llorar.

 

            Tan pronta respuesta de la editorial no se la esperaban ni el escritor ni la piedra: tan sólo diez días después ya estaba la carta en su buzón. Tampoco fue largo el tiempo que tardó en acabar la misiva echa un guiñapo en el charco de la entrada. Tres minutos y veinte segundos, en total: un minuto para subir los escalones de cuatro en cuatro, diez segundos para buscar la llave y abrir la puerta, dos segundos más para mirar la carta con la reverencia y la emoción propias del momento, otros tres segundos para localizar el “NO”, un nuevo minuto para leer el resto del texto entre sudores, otro más para acongojar a todo el barrio con un grito de desgarro y, para finalizar, cinco segundos para hacer adoptar al papel su forma definitiva de guiñapo y arrojarlo por el ventanuco. A la piedra, distraída, casi le sorprendió el alarido, aún si esperado, al que siguió el aterrizaje de la carta junto a ella. Llena de un miedo que ahora, tan cerca de la victoria, no acertaba a justificar, se inclinó sobre las arrugas de la hoja y comenzó a leer:

 

“Querido amigo:

 

Viniendo de tan prometedor literato, autor de maravillosos cuentos que siempre nos han hecho recordar a los mejores escritores de todas las épocas, no podíamos por menos que romper nuestro procedimiento habitual, leyéndonos el manuscrito que usted nos ha confiado. Incluso, en virtud de la amistad que doy por establecida entre nosotros, lo hemos leído con la presteza y eficiencia que sólo empleamos en situaciones muy especiales. Así, permítame que le diga que ha escrito usted una novela magnífica. Una novela que recoge toda la herencia de los grandes maestros, todo el saber acumulado sobre el arte de escribir, mezclándolo hábilmente con el carácter propio de nuestra época. ¡Bravo! ¡Bravísimo, señor mío! Mis más enardecidas felicitaciones. Por desgracia, el Comité de Evaluación de nuestra editorial me informa de que NO podemos publicar su novela, tal como desearíamos: al parecer, nuestra filial nórdica compró hace cosa de un año los derechos sobre esa misma novela a un joven autor sueco o finlandés. Le ruego disculpe mi falta de precisión. Lo que sí puedo confirmarle es que la novela de este chico y la de usted son idénticas. I-den-ti-cas. Palabra por palabra y coma por coma, desde el título hasta el letrerito de “Fin”. De hecho, de no estar escrita en un idioma diferente, se podría decir que su novela es un clon perfecto de la original. No se exalte, por favor, que no pretendo acusarlo de plagio. Bien sé que la novela ha surgido enterita de su esfuerzo, y sólo de su esfuerzo. A decir verdad, el suyo es un caso muy frecuente en los últimos tiempos. Fíjese, usted es ya la quinta persona que nos envía esta misma novela. ¡Y no es la única obra con la que nos está ocurriendo esto, no crea! Abundan, señor mío. A-bun-dan. En cuanto al autor de la novela original, le comento que es un joven más o menos de sus mismos años, muy versado también en la obra de los grandes genios y gran conocedor de todo lo concerniente a la narrativa literaria. Él, como usted, tiene una merecida reputación de promesa en su país. Claro que el chico ha tenido suerte, porque en cuanto la novela llegue a las librerías, dejará su estatus oficial de “promesa” para promocionar al de “realidad consolidada”. Pero no se me vaya a derrumbar, ¿eh? Como le digo, teniendo talento, lo demás es tan sólo cuestión de fortuna. Así que le animo a que de inmediato comience otra novela, que nosotros leeremos de mil amores. Pero dese prisa, porque con toda seguridad ya habrá por ahí un par de docenas de escritores pergeñando esa misma obra futura. Póngase a la tarea sin tardanza y no desista: antes o después, usted será el que llegue primero con su manuscrito a una editorial.

 

            Quedando a la espera de recibir el resultado de sus nuevos y geniales esfuerzos, me despido.

 

            Suyo afectísimo,

 

                        El Editor.”

 

            A la piedra, mientras recorría una línea tras otra de la carta, se le iban haciendo un lío los sentimientos. El “yo lo sabía, imbécil” se mezcló con una lástima renovada y, todo junto, empezó a dar vueltas en la añoranza de su lago norteño y universitario. Hasta que su sólido cerebro, en prevención, lo mandó todo a paseo sin que ella se diese cuenta, dejándola tan sólo con un suspiro y el recuerdo sonriente de un muchacho aún más rubio y con los ojos más azules, que durante meses estuvo yendo a la orilla del lago a escribir su primera novela. Enterita se la había leído ella, según su autor la iba dibujando sobre el papel…

 

            Distraída en estos pensamientos, la piedra se fue dejando ir, entre queriendo y no queriendo, de su rincón en el charco. Las lluvias habían cesado, y el cielo parecía tener vocación de luminosidad. Aprovechando un último torrente se marchó calle abajo, con dirección a un parquecito que había aparecido en el horizonte tras limpiarse de nubes. Mientras se dejaba arrastrar, dedicó una última mirada a la buhardilla, preguntándose cuándo alguno de esos escritorzuelos vería la luz, y se atrevería a escribir una novela sobre una simple piedra. ¡Ingratos!

 

 

 

 

Jose Jesus García Rueda

9-1-2007

Alcorcón