El hombre de las fotografías

 Jose Jesus García Rueda

 

 

 

Nunca vi personas en sus fotografías. Era excepcional captando la luz, las texturas, la atmósfera. Pero nunca se encontraba nada vivo en sus composiciones. Nada susceptible de cambios. Nada que pudiese moverse. Y mucho menos le interesaba una imagen en que apareciese él mismo. Nunca vi un retrato suyo. “Así puedo saber cómo será el mundo cuando yo no esté”, me dijo el día que me enseñó su colección. Y yo lo creí.

 

            Lo encontré por vez primera junto al Auditorio Nacional, una tarde de sábado en que recordé cuánto tiempo hacía que no presenciaba un concierto de clásica, aunque al parecer no el suficiente como para que a alguna de mis amistades le apeteciese acompañarme. O quizá un sexto sentido les avisó que no era el momento adecuado. En el futuro deberé aprender a tener en cuenta los pálpitos de los demás, sobre todo cuando los míos propios se empeñan en no estar de acuerdo con ellos. Metafísicas aparte, lo cierto es que aquella tarde no hubo concierto. No al menos para mí, que me topé con la taquilla cerrada y un moderno letrero luminoso mostrando el más arcaico de los mensajes que una taquilla puede mostrar: “no hay localidades”. El cielo estaba despejado, la temperatura permitía moverse aún con aires veraniegos y el universo todo arrastraba los espíritus hacia el interior de la sala de conciertos. Salvo al mío, que no tenía entrada. Sentí una comezón no sé muy bien dónde, que me hizo sonreír de rabia y de derrota insignificante. Supongo que por eso me quedé durante un rato patrullando por allí, a la espera de que la comezón restaurase la continuidad de la tarde, a la espera de un sustituto para mis planes en cortocircuito. Caminaba despacio, esquivando gentes vestidas de domingo aun siendo sábado, y que en sus pensamientos ya habían saltado la hora y media de serenata, aún por comenzar, preparando sus mentes la tertulia posterior. No sé lo que esperaba, pero esperaba algo. Ese algo que se espera con más ahínco cuanto más luce el sol, cuanta más calma hay y, en definitiva, cuanto más nada va a pasar. Esa tarde, en el Auditorio Nacional, no iban a echarme de menos. La música sonaría igual sin mi presencia. Incluso en los prolegómenos yo ya no estaba. El río de espectadores me atravesaba sin mojarme. Supongo que llevaba escrito en la cara que yo estaba fuera, que no había sido capaz de conseguir localidad. Yo no estaba esperando a nadie. Yo no conversaba con otros colegas espectadores. Yo era invisible. In-vi-si-ble. Tan invisible como el hombre de las fotografías, en el que aún no había ni reparado.

 

            Para ser riguroso, tampoco entonces reparé en él. En realidad escuché su música. Me di cuenta de que hacía ya mucho rato que lo percibía, sin darme cuenta de que lo estaba haciendo. Era como la banda sonora de la escena, y todo el mundo sabe que la banda sonora “enfatiza” pero no “protagoniza”. Es un destino cruel, desde luego. Sin ella ninguna película puede transmitir sentimiento alguno, pero... Un decibelio de más, una estridencia mal contenida, un acorde con ínfulas de protagonista, y entonces la historia se convierte en una audición con imágenes. No, la banda sonora nunca debe aparecer en la foto. De hecho creo que fue mi propia invisibilidad la que me permitió entrar en conexión con los sonidos de fondo, y a partir de allí y por extensión de los sentidos, con el hombre de las fotografías. O, bien mirado, el que en el futuro se iba a convertir en el hombre de las fotografías. De inmediato me extrañó el ritmo inconexo de su interpretación. Algo no me encajaba, ni siquiera podía reconocer la pieza, aunque por momentos me pareciese muy popular, de esas que hasta el más alienado de los tele-adictos tararea. No presumo de tener amplios conocimientos musicales, pues con mis orejas eso sería un lujo poco realista, pero aún así... Supongo que mi confusión era culpa de una interferencia de los sentidos: en nuestro plano común de los secundarios, la vista de aquel hombrecito pequeño, de coronilla calva y sienes blancas, con expresión aún más sencilla y apacible que la ropa que llevaba, camisa blanca y pantalón de pana, hizo vagar mi oído por el camino de las piezas facilonas, cuando lo que su violín generaba era la complejidad propia de la suma de los sencillos. Estaba ejecutando una suerte de popurrí de piezas famosas, de forma que cambiaba de una a otra cada pocos segundos, no dejando nunca tiempo suficiente al oyente como para sumergirse en uno cualquiera de los fragmentos. Cinco segundos del brindis de “La Traviata”, cuatro más de “El lago de los cisnes”, seis o siete de “La bella durmiente”... Costaba acostumbrarse a la rápida sucesión, tanto que llegó a parecerme, en un principio, que la calidad como intérprete del anciano no estaba a la altura del escenario escogido. Que pedir a las puertas del Auditorio Nacional ha de imponer un cierto nivel a los ejecutantes. Pero me equivocaba. Sin tener el grado de virtuosidad requerido para tocar en el lado tangible de la pared en lugar de en nuestra compartida “dimensión de los invisibles”, el futuro hombre de las fotografías lograba dotar a cada vibración de un cariño, una suavidad que, misterios de la percepción, hacía que el letrero luminoso de las taquillas escociese algo menos. Lo que no alcanzaba a comprender era que tan estrambótica y cambiante muestra sonora no hubiese extrañado a mi cerebro mucho antes. Con el tiempo, este hecho no ha conseguido mantenerme su misterio: lo que tocaba el hombrecito era la banda sonora perfecta para la escena del momento. Un constante girar de melodías para una perenne amalgama de conversaciones, personas, pasos, miradas... Heterogeneidad para la heterogeneidad. Confusión para la confusión. El músico había dado con la banda sonora perfecta. Y lo que menos deseaba es que alguien le otorgase un Oscar por ella.

 

            Parecerá de persona poco agradecida, pero es tan sólo una cuestión de hábito: no favorezco la mendicidad. Así que me marché con su música en mis oídos, y ninguna de mis monedas en la funda de su violín. Además, en aquel caso... Bueno, espero no mentir mucho al afirmar que me pareció violento e inapropiado romper la conexión entre ambos, la cohabitación de nuestra esfera solitaria, agachándome para hacer sonar unos míseros céntimos de euro. Prefería marcharme con el recuerdo intacto de esa tarde escrita a trompicones, que su música había contribuido a significar.

 

            Supongo que esta última frase, tan lírica en su particular forma, tan conclusiva, podría muy bien servirme para poner el punto y final. Y tentado estoy de hacerlo, pues el sol se oculta con rapidez, y con él parece marchitarse el impulso que, hace ya casi un par de horas, me llevó a coger este lápiz que me está haciendo sudar los dedos. Pero la tranquilidad no debe abandonar al conjunto de mis lectores, por favor, que no pienso, al ignorar sus deseos finalistas, hacerlos penetrar en la “dimensión de los invisibles”, donde las cosas que pasan están fuera de todo alcance. Además, ni siquiera hemos dado oportunidad al hombre de las fotografías para convertirse en el hombre de las fotografías. La narración, pues, aún debe extenderse un poco más. Al menos si con mis palabras logro que este manuscrito permanezca ante los ojos lectores. ¿O será capaz mi audiencia de enviarme a la dimensión donde yo, por buena voluntad, no quise enviarlos antes?

 

            Por fortuna para la historia, volví a encontrarme con el anciano en una ocasión posterior. De hecho, y si estrujo con cierta fuerza mi memoria, estoy por jurar que no era la primera vez que ambos compartíamos tiempo en el nuevo escenario que describiré en breve. Lo que no negaré es que nunca antes había advertido su presencia, hasta no reconocerlo una noche, sin luna y sin nada, como el violinista del Auditorio Nacional (permitámosle al personaje disfrutar al menos por un instante de este título de alcurnia, aunque su verdad no sea completa, pues ya queda poco para que pase a convertirse, de manera irreversible, en el hombre de las fotografías) Era mi época de semi-bohemio, de esos que piensan que vivir la vida como ésta llegue significa tan sólo seguir una rutina diferente a la del resto de hormigas, en la que tomé por costumbre bajar a cerrar los bares después de cenar. Aunque como nunca logré romper esa esclavitud que supone el tener que madrugar, me conformaba con cerrar un único bar, una tabernita cutre pero con cierto aire de tertulia desconchada que, para mayor comodidad, cerraba cuando la media noche era aún una promesa. (Discúlpenme otra vez si introduzco aquí un nuevo paréntesis. No es mi intención aparecer como un narrador engreído, tan sólo considero que la aclaración que me dispongo a hacerles puede ayudar a comprender mejor lo que aquí se relata. Habrán notado que el primer párrafo de este cuento auguraba una historia tendente a un final con lagrimita. Sin embargo, el tono de mi prosa se vuelve más y más desenfadado con cada línea que escribo. Bien, digamos que me estoy arrepintiendo, que no me gustaría que me guardasen en su memoria como un cuentista de ojos tristes. Prefiero contar esta tragedia con cierto desparpajo, con una gracieta agridulce, para que luego ustedes puedan buscarle, si les apetece, la tristeza que yo no les diré. Y aquí cierro el paréntesis, que me temo que a este paso vayan a perderle el hilo al argumento) Pues una de esas noches estaba yo sentado en la barra de la tabernita, mirando en silencio las espirales de una nueva reencarnación de mi café, cómodo en ese silencio que incluso el camarero había aprendido a respetar, cuando de refilón vi una camisa blanca y unas sienes a juego reflejadas en el espejo que cubre por completo la pared de las botellas. Me giré medio ilusionado, como quien ha reconocido a un compatriota y, aún sin saber muy bien de qué le va a servir haberlo hecho, siente un forúnculo de regocijo que no pidió sentir. Lo observé con atención durante bastante tiempo, esta vez sin banda sonora, pues por lo que podía contemplar las manos del hombre ya no manipulaban un violín, sino que pasaban las hojas de un libro grueso, de gran formato. Pero por lo demás, y salvo por el hecho de que ahora estaba sentado y no de pie, el hombrecito era sin duda el hombrecito. Si antes arañaba cuerdas, ahora pasaba páginas. Si antes sonreía con los ojos entornados, ahora lo hacía con ellos abiertos. Pero era el mismo hombre, que había cambiado las monedas por un té con leche. Mi cabeza cabalística comenzó a escribir, con mayúsculas, la palabra “casualidad” entre mis neuronas. Aquello olía a casualidad, sí, a casualidad cósmica. Nombrar al destino sería mucho atrevimiento pero... “casualidad cósmica” es un término que sí que me creo con derecho a emplear aquí. ¡Que no saben ustedes lo lejos que queda el Auditorio Nacional de mi casa!

 

Si el párrafo anterior olía a un clímax cercano, casi inmediato, lamento ser portador de una decepción. Desde ya advierto que este relato no tendrá clímax. Este relato sólo tiene tiempo pasando, personas que no están, cosas que no suceden. Vacío, mucho vacío en definitiva. Aquella noche, por ejemplo, el anciano recogió sus bártulos y abandonó el lugar unos veinte minutos antes de la hora del cierre. Se levantó del rinconcito, sin más, pasó a mi lado, sin más, salió por la puerta, sin más. Un rato después yo también me marché, aunque primero le eché un último vistazo al rinconcito, en el que nada parecía haber cambiado. Sin más.

 

El ya casi casi hombre de las fotografías resultó tener, al menos desde la pobreza de mi percepción, una rutina bastante variable. No visitaba la taberna según un patrón reconocible. En el instante previo a atravesar la puerta del local, tenía yo la sensación de que que el violinista estuviese al otro lado era un fenómeno cuántico que se estaba decidiendo en ese mismo momento. Algo así como el gato de la paradoja. No sin cierta sorpresa, pronto me di cuenta de que su falta de rutina estaba generando un nuevo hábito en mí: mirar hacia el rincón era ya un acto reflejo, la primera de mis acciones en cada noche de semi-bohemia. Y si el conjunto de anciano más librote y té estaba allí, pues me tranquilizaba de una intranquilidad sin razón ni motivo, y si no estaba... me sentaba en la barra como si tal cosa, sin que esa intranquilidad llegase a manifestarse. A veces sus ausencias eran duraderas, dejando el rinconcito desierto. Con un vacío de esos que no se van por mucho que uno se empeñe en mirarlos. Un vacío poco dado a vergüenzas y sonrojos, en suma. Tampoco es que yo me pasase el tiempo mirándolo, que uno ha tomado el café toda su vida de la misma manera, observándolo con fijeza y en silencio. Y ningún rincón, con anciano o sin él, puede cambiar eso. O quizá sí, no sé. Porque el caso es que una noche como todas las anteriores, y como todas las venideras, una noche sin luna y sin nada, me acerqué al rinconcito, que esta vez sí tenía violinista dentro, y le pregunté, al violinista, no al rincón, sobre el voluminoso libro. “Son mis fotos”, dijo, sin cambiar la sonrisa. “¿Puedo verlas?”. Y pude, claro, que los músicos suelen ser gente educada, y mucho más cuando se encuentran con alguien con quien una vez compartieron la dimensión de los invisibles. Casi no pronunció palabra, pero al menos nunca dejó de responder a mis preguntas. Así fue como entre ambos me contó su manía por las fotos sin gente. Era un álbum muy completo, la verdad. Contenía imágenes de cada estancia de su casa, eligiendo siempre el ángulo más representativo de su vida en ella, de las calles por las que solía moverse, incluyendo, como no, la fachada desierta del Auditorio Nacional, de algunos parques donde iba a tocar algún domingo que otro por la mañana, que ya se sabe que ese es el día en que las familias descubren que los parques existen, y... Sí, claro, una foto de su rinconcito en el bar. Este hombre era todo un artista, sin duda. El rinconcito allí estampado era... el rinconcito, tal y como se presentaba a mis ojos los días en que al gato le tocaba estar muerto en la caja. Más aún, era SU rinconcito. No sé explicarme mejor, lo siento. Ya se habrán dado cuenta de que uno, como narrador, se defiende con uñas y dientes, aunque eso no siempre sirve para disimular las carencias de estilo. Como decía, ese era su rinconcito. Y no es que el sillón, la mesa y el ventanal fuesen diferentes a cualquier otro sillón, mesa y ventanal. Simplemente era el suyo, y eso la instantánea lo sabía. “Así veo cómo será mi mundo cuando yo no esté”, me dijo (creo que esto ya lo mencioné antes) Y yo me lo creí. Teniendo delante aquella foto, y me lo creí. Esa noche, antes de marcharse, se acercó a mí y me mostró los versos que había escrito en la última de las páginas del álbum, una que mantenía libre de imágenes. Eran de Juan Ramón Jiménez, creo:

 

                        Y yo me iré.

                        Y se quedarán los pájaros cantando;

                        y se quedará mi huerto con su verde árbol,

                        y con su pozo blanco.

 

Ya sé que ahora tendría un intenso efecto dramático si yo dijese que desde aquella noche todo cambió. Pero déjenme al menos no tener que sacrificar mi rigurosidad ante efectos de segunda clase. No cambió nada. Yo continué con mi rutina y él sin la suya. No volvimos a hablar, ni a saludarnos. Tampoco hubo miradas. Habitantes invisibles de la dimensión de los invisibles. Todo lo más, yo sentía una extraña seguridad al contemplar su rinconcito vacío. Rescataba el recuerdo de la foto, lo comparaba con el original y... cierto, seguía sin existir la duda. No importaba el tamaño de las ausencias; ese continuaba siendo su rincón.

 

Antes he prometido tomarme a broma esta seria historia, pues con sinceridad me preocupo del estado de ánimo de mis lectores. Pero permítanme, en esta recta final del relato, ponerme al menos hierático, si no serio. Y no sólo en aras de recuperar ese tono del principio, y proporcionar cierta “redondez” a mi trama. Lo hago más bien por respeto. Han adivinado, espero: el final de todo esto es trágico. Pero no se preocupen en exceso, que ya trataré de suavizarlo, al menos en parte. Aunque a cambio me gustaría obtener algo de ustedes. No se alarmen. Sólo deseo una promesa. La promesa de que, tras finalizar la lectura, no pasarán página como si nada hubiese ocurrido. Que al menos le dedicarán unos minutos a buscar ese significado oculto que yo no les he explicado. Que no olvidarán de inmediato esta historia, mi historia. Que su vida no será la misma, que algo habrá cambiado en ella, aunque sea algo ínfimo, tras la lectura. Proseguiré la narración, pues les tengo a ustedes por gente de palabra.

 

Una noche, que, como no, era sin luna y sin nada, entré a la taberna y el violinista no estaba en su rincón. No me pregunten, pero el rincón ya no era su rincón. El sillón seguía allí. La mesa seguía allí. El ventanal no se había movido. Y no era su rincón. No lo era. Lo comparaba con la fotografía, o, al menos, con la imagen que yo guardaba, en mi memoria, de la fotografía, y algo era diferente. Aunque mis ojos no acertaban a captar la diferencia, algo era distinto. Por eso no debí creer al anciano. Porque se equivocaba: él no podía saber cómo sería su mundo cuando ya no estuviese.

 

 

 

 

Jose Jesus García Rueda

Madrid

7-10-2003