El mal tiempo
Me había incorporado en el lecho como en mitad de una pesadilla, sin haber estado soñando. Recuerdo la angustia, la falta de la respiración. Mis ojos dolían de tan abiertos, y sin embargo me moví como ciego, sin ver, sin mirar la lluvia cayendo como una ola interminable al otro lado de la ventana. Sin escuchar el trueno de sus gotas al golpear contra el cristal. Salí del cuarto a trompicones, con prisa, aun sin ser consciente de estarme moviendo, aunque yo sólo fuese una masa informe que buscaba la salida sin pensar en buscar nada. Sin pensar nada. Una piel brillante de sudor tambaleándose. No miré hacia atrás.
Supongo que así comenzó el terror, pues en realidad no tengo conciencia ni recuerdo de cómo llegué a estar en mitad de la calle, bajo la lluvia, lejos de casa. Frente a la catedral. El agua me empapaba el traje de dormir, pegándolo a mi piel. La intensidad de la tormenta aturdía la razón e inutilizaba la vista en la más oscura de las noches. El gran edificio era una mole negra sobre fondo gris oscuro. Sólo tras el escalofrío de un relámpago mis ojos entornados vieron por un segundo sus altas espiras, los rostros obscenos de las gárgolas riéndose de mí; los arcos apuntados, las enormes cristaleras. El rosetón que iluminaba las grandes ceremonias creyendo resquebrajarse ante el posterior trueno. La catedral. El trono del dios de los vivos y de los muertos. Del creador de la carne, el alma y el tiempo. Del dios del amor. Un refugio contra la lluvia.
Nunca cierran las puertas de la catedral, quizá porque nunca entra nada de noche. El miedo secreto protege sus columnas, sus naves, su bóveda. Nunca ocurre nada dentro de la catedral, por la noche. Nunca nada se mueve. Nada vivo respira. Todo es nada en esas horas, mientras los ciudadanos duermen en sus camas, seguros, felices, tras haber dejado su miedo guardando la nada junto a las altas puertas de roble. No fue fácil abrirlas. Me sentía torpe en mitad de la inundación del aire. Demasiado torpe para unas puertas tan pesadas. ¡Tan torpe, en este cuerpo que no encontraba sus propias fuerzas! Conseguí separar mínimamente la hoja de su marco, no más de lo que hubiese logrado una pequeña brisa, y penetré en la oscuridad de las velas.
La penumbra parecía recitar salmos de niebla en el aire ya seco de gotas, pero empapado de humedad, de la inmensa sala. Cada llama unía su luz a las demás a través de finos ríos de éter, creando una iluminación difusa y fantasmagórica. El olor de la cera al derretirse sin prisa espesaba las sensaciones y los pensamientos. Sentí frío mientras mi espíritu se escondía en el interior de un corazón detenido por el miedo. El gran altar mayor brillaba a lo lejos, sumidero de todas las luces, proyectando inmensas sombras sobre la gran bóveda. En su dirección comencé un primer paso, cargado de ropas mojadas. El silencio, que recorría la catedral a su antojo, no retrocedió ni un ápice cuando mi pie desnudo regresó a la roca. Tenía frío. Mucho frío.
Abrazado a mí mismo, temblando como si todos los miedos guardianes se hubiesen enganchado a mis piernas, conseguí avanzar despacio, hasta alcanzar el coro. El coro hermoso y magnífico, desde donde las mejores voces, las más fuertes y melodiosas, ensalzan en las grandes ocasiones el nombre del dios que posee el poder del alfarero sobre lo existente. Las altivas sillas labradas, las cenefas de figuras enredándose mientras avanzan bordeando las paredes. El enorme y pesado libro de cánticos, ahora tan silencioso y muerto como todo el resto. Todo armonizándose para ser admirado por mí, como en tantas ocasiones precedentes. Sonreí, maravillado, una vez más. Aquella estancia finita, abierta en medio del vacío inabarcable de la catedral, ofrecía consuelo. Entré y acaricié. Primero con la vista las figuras, después con la mano la madera. Así, sin sentir ya las piedras bajo mis pies, llevé mi embobada sonrisa hasta la última fila de sillas donde, tumbado en el suelo de madera, me quedé dormido. Ningún trueno de los que fuera seguían flagelando la carne del mundo consiguió abrirse paso hasta aquí para despertarme.
En su lugar me despertó, no sé cuánto tiempo después, el tintinear de un par de lágrimas de fino cristal veneciano entrechocando con suavidad. Abrí los ojos, como llamado por la magia en mitad de un bosque de elfos. Y mágico había de ser, sin duda, lo que mis ojos vieron tras incorporarme. ¿Qué era aquello? ¿Qué brujería del demonio me había raptado en mi sueño? ¿Qué hada macabra había plantado la semilla de la locura en mi mente? Con ingenuidad y tradición inevitable me froté los ojos. Pero nada desapareció del encantamiento. Nada renunció a continuar atacando mi cordura. Frente a mí, en el centro del coro, había una gran mesa de banquete, repleta de los restos de lo que parecía haber sido un grandioso festín. Los restos de lujosos licores descansaban en el fondo de jarras y copas; las bandejas sostenían los despojos de los faisanes, corderos y reses; los encajes y filigranas de servilletas y manteles se mostraban mil veces manchados, bajo la luz esparcida por mil lágrimas de araña. ¿Qué había ocurrido allí mientras cedía a las tentaciones del agotamiento? ¿Qué fuerza malévola había retorcido los estímulos de mis sentidos? Porque algo irreal rodeaba aquellos enseres, algo intangible que reafirmaba su imposibilidad. Sentí un escalofrío que ya no provenía de mis ropas, ahora secas. Aunque aún no era miedo. Al menos no el miedo hirviente, el terror sin medida que estaba apunto de sentir. Primero se escuchó ruido de pasos. Por un instante soñé con la presencia de algún religioso al que suplicar la salvación. Pero nunca hay nadie en la catedral durante la noche. Nunca hay nada en la catedral cuando falta la pureza del sol. Sin llegar yo ni siquiera a pensar nada, mis piernas se doblaron buscando refugio tras las sillas del coro.
Entonces sí apareció el verdadero miedo. Cuando los pasos, suaves, femeninos, dejaron de aproximarse y se detuvieron ante la gran mesa, mostrándome la figura de su dueña. ¡Era Isabel! La mil veces hermosa Isabel, la doncella de mis ensoñaciones. ¿Qué hacía en aquel tenebroso lugar, a la hora de las oscuridades, la materia de los más dulces pensamientos? ¿Qué sortilegio maligno la traía a donde yo no deseaba estar? Sentí un escalofrío. Noté viajar el pánico por cada gota de mi sangre. ¿Qué temer de la salvación de mis desdichas, de la redención de mis pesares? ¡Oh, bella Isabel, divina Isabel! Quise salir de mi escondite, revelar mi presencia a la más deseada de las apariciones. Apariciones. ¿Qué hacía allí mi Isabel que no era mía? ¿Qué tenía ella que ver con aquellos restos imposibles de una fiesta ya terminada? A lo lejos se escuchó la alegre música de las bodas. ¡No podías ser tú, Isabel! ¡No podías ser tú! El miedo es la más inteligente de las sinrazones. El miedo, que nos hace dudar cuando nuestros sentidos afirman. Eran tus grandes ojos oscuros los que yo veía. Eran tus mismos movimientos de seda en el aire. Tus rizos negros crujiendo suaves sobre tu espalda. Tu boca, tus mejillas, tu cuello, tus manos, tu piel… Tu piel. ¡No era ella, dios de todos los demonios! ¡No era ella! Su piel no brillaba con la luz, no reunía en su textura los colores del jardín de su palacio. Ceniza y nada más era su piel. ¡Ceniza! Ceniza gris y polvorienta. Tierra muerta, quemada, seca. ¡Isabel! No pude gritar. Permanecí en mi escondite, con mis músculos paralizados, repitiendo en mi cabeza una y otra vez las voces de su nombre. Aquella figura ataviada de novia gris que mi alma se resistía a adorar siguió su camino alrededor de la mesa. Muy despacio, con el deslizarse noble y sereno de la verdadera Isabel. Sus delicadas manos muertas acariciaban el mantel al recorrerlo. Su expresión era triste, de una tristeza aún mayor que mi miedo. La derrota de sus hombros y su cuello la enterraba tanto en la melancolía como hasta hacía no mucho tiempo debía de haberlo estado en el reino de los muertos del que sin duda había venido. ¡Señor! ¡Qué incontenible deseo de consolar en abrazos a aquella farsa de mi amada! ¡Qué impulso también de huir, de romper aquel hechizo escapando hacia la lluvia, lejos de aquellas sillas, lejos de aquellas piedras y de la luz encantada de las velas! ¡Isabel, qué triste tu destino! La intensidad de los desencuentros de mi alma estaba apunto de quebrarla cuando el sonido de nuevos pasos me devolvió a mi condición de espectador cautivo.
-Isabel, querida esposa, estáis aquí. ¿Qué hacéis tan lejos de todos aquellos que no dejan de brindar por la felicidad de los recién casados?
Isabel, o aquel ser de luz grisácea que tanto se le asemejaba, cambió el pesar más profundo por una sonrisa inventada casi sin tiempo.
-Ricardo, esposo mío. Gozaba del placer de imaginar nuestro futuro, la dicha que hoy ata nuestras manos para siempre. -¿A solas, ajena a las luces de la fiesta? Escucha la música… Todos bailan y desean ver bailar a los reyes de este día. No debemos ser egoístas, Isabel. Es obligación de buen cristiano compartir nuestra felicidad con aquellos que tan amablemente vinieron a contemplarla y a hacerla crecer aún más, de ser eso posible.
¡Ricardo! ¡También Ricardo aquí! ¿Qué significaba esta macabra representación? ¿Qué demonio deseaba mi sufrimiento? Eran esos sin duda sus ricos vestidos, sus joyas de la corte. Todo gris, todo muerto, pero aún así, ¡él!
-Disculpadme, amado esposo. Resulta difícil bañarse en la felicidad cuando todos los demás están chapoteando. No era mi intención ofender la alegría de esta jornada. Regresemos de inmediato a contentar los brindis de nuestros invitados.
Él la atrapó cuando Isabel trataba de salir de la estancia más rápido de lo que había entrado, abrazándola en un cepo.
-Os amo, Isabel. Os entrego mi dicha en la certeza de que nadie como vos sabrá hacerla crecer y madurar. Por mi parte, haré de vuestra felicidad mi estandarte y mi propósito. Decidme cuánto me amáis. Decidme una vez más cuánto me amáis, os lo ruego.
Ella lo observó un instante, en silencio, luchando por no resquebrajar su sonrisa, antes de bajar la mirada.
-Os a…
Entonces mi mano resbaló en su sudor y golpeé a mi pesar el respaldo de la silla que me ocultaba.
-¿Qué ha sido ese ruido? ¿Qué viene a perturbarnos a mi esposa y a mí en el comienzo de nuestra vida? No estamos solos, Isabel. No estamos solos. ¡Salid, quien quiera que ose acechar nuestra dicha desde las sombras! ¡Salid y presentaos de inmediato, que no hay escondite posible para el que espía, amenazando nuestra intimidad! ¡Salid!
El terror exprimió mis pulmones como una roca aplasta un odre vacío. Hizo estallar mis sienes y encogió mi cuerpo en un amasijo suplicante. Rogaba porque aquel portador de la desgracia no viniese a buscarme. Rogaba por el abandono presto de mi conciencia si es que aquello había de ocurrir. ¡Cómo el horror más absoluto quemó cada fragmento de mi carne y de mi alma en aquellos instantes! No ha de ser la muerte tan horrible como aquellos segundos de vida. Entonces, cuando mis oídos se estremecían con el sonido de los imperiosos pasos de aquel Ricardo de los infiernos acercándose, cuando ya casi podía sentir con mis ojos cerrados la pronta aparición de su rostro furioso sobre la silla que me cobijaba, se escuchó la voz de Isabel. Nerviosa, apremiada, como si temiese una presencia conocida, como quien desea impedir un descubrimiento inminente.
-No es nada, amor mío. Nadie nos espía ni amenaza. Fue tan sólo el quejido de un palacio viejo en una noche de baile. Todos están en el gran salón, celebrando nuestra felicidad y la suya. Ven, ven a mí, mi esposo, que esta noche mi único deseo es abrazarte. Ven, regresemos con los demás, o pensarán que los nuevos esposos se retiraron antes de lo debido a compartir sus aposentos. Ven…
¡Mi dulce Isabel! ¡Mi encantadora niña! Hasta en esa forma que no eras tú me protegías y salvabas. Una eternidad permanecería escondido si esa fuese la condición para poder adorarte. Con la última de sus palabras cesaron los pasos, y con ellos cualquier otro sonido. El silencio regresó a reclamar sus posesiones. Tardé mucho tiempo en detener el temblor en mi alma y en mi cuerpo, y aún más en separar mis párpados fundidos. Retrasaba el momento como quien retrasa la apertura de una puerta tras la que sabe que el horror aguarda. Cuando por fin abrí los ojos, todo vestigio de aquella terrorífica pantomima había desaparecido. Ya no había ni mesa, ni finos tejidos ni sobras del ágape. Ni siquiera la luz mortecina de las mil lágrimas había dejado el más mínimo rastro tras su marcha. La única luz presente volvía a ser la de las velas, la de las eternas velas, y los únicos objetos visibles aquellos que no hacía mucho habían provocado la admiración de mi vista y de mi tacto. Las hermosas sillas labradas, las expresivas figuras de las paredes. El libro de cánticos. En apariencia, el infierno nunca había estado allí, nunca me había amenazado con la herida de sus imágenes. Me hubiese creído el protagonista de un sueño, de una pesadilla ya caduca, de no sentir aún en cada uno de los vellos de mi cuerpo la impronta de la escena recién vivida. La impronta de una angustia de mil caras. Me incorporé y corrí hacia las enormes puertas, dispuesto a recobrar la cordura que al parecer había dejado olvidada en la tormenta.
Corrí por mi alma entre el río de pequeñas luces. Corrí como un único pensamiento, insensible a las piedras que arañaban mis pies, dando la espalda al altar lejano. Corrí sin tener noción ni de respirar siquiera hasta que mis manos sintieron el roble entre ellas. La enorme puerta continuaba en la misma posición. Aún se sentía la tormenta castigando las calles tras sus tablas. Fuera del recinto sagrado todo seguía igual. Todo continuaba como siempre. Isabel… Entonces detuve mi prisa. ¿No llegaba a mis oídos un leve susurro? ¿No se había emborronado la pureza del silencio de roca? Cerré los ojos para escuchar. No debía volverme. No cuando un único paso bastaría para sacarme de aquella aberración de la noche. Pero era música, era música lo que flotaba entre la luz y el olor de las velas. El ronroneo tierno de un arpa cuando es acariciado por sus manos. ¡Isabel! Pero no, no era ella. Era la llamada de esa espectral sirena que mi sueño impío había invocado. Mis dedos se crisparon, aferrando la puerta. Isabel… Allí dentro aún podía buscarte. Isabel, no me llames a tu lado, que acudir es mi único deseo y hoy debo escapar de esta demencia. Mi Isabel… Giré la cabeza despacio, con los músculos ya rendidos y los ojos ahora abiertos. De las entrañas de la inmensa nave partía un resplandor grisáceo muy tenue, casi muerto al alcanzarme. Su origen estaba más allá del coro, bajo el cuerpo central del edificio. En la cripta. ¡Qué fatídico presagio pareció aquello a mi razón enflaquecida! Nunca encontré gusto alguno en descender a las entrañas de aquel sacrosanto lugar. Sólo hay muertos en la cripta. Sólo muertos. Pero hacia allí encaminé mi voluntad perdida, aferrándome con desesperación a los hilos de aquella música para no regresar a cada instante. Mis piernas caminaban vacías de fuerza, mis brazos colgaban tan agotados e inermes como mi expresión, y sólo la repetición interminable del nombre de mi amada me mantenía fijo en el camino. Isabel…
Los contornos del acceso a la cripta se difuminaban en la nube de luz gris, dificultando el descenso de los escasos escalones que llevaban al corazón pétreo de aquella residencia sin vida. Allí el sonido que me guiaba aumentó de intensidad sin perder ni un ápice de su dulzura. La doncella que da vida a mi alma había de estar cerca. Cerca. Tras esa puerta baja que había aparecido ante mí de entre la neblina de luz. Luz que escapaba por los mismos bordes de aquella pesada puerta metálica. Acerqué mi rostro hechizado al pequeño ventanuco abierto en su parte superior. No sé lo que esperaba encontrar, pero daba por cierto que, fuese lo que fuese, volvería a poner a prueba la solidez de mi razón. Miré. Con el corazón detenido miré a través del ventanuco. Y no fue el interior de la cámara central de la cripta lo que vi. No estaban allí los santos y obispos de otro tiempo, cobijando su descanso bajo losas labradas en mármol. No había piadosos cirios ni esculturas fúnebres. En su lugar apareció ante mi visión extraviada una gran cámara, quizá una sala de estar, iluminada sin comedimiento por ricos candelabros y pebeteros grises. Y en el centro de la estancia el gran arpa que había trazado mi camino. Y ella. Ella, mi adorada Isabel, sentada a su lado, acariciando las cuerdas con la misma ternura con que yo soñaba que acariciase mi piel. Posé la vista en su rostro deseado, y me pareció extrañamente envejecido. Muerto más allá de la irrealidad muerta de aquella visión. Sus manos detuvieron la música, dejándose caer vencidas sobre su regazo.
-¿Por qué no continúas tocando?
La voz provenía de un gran sillón de madera noble, que me ofrecía su espalda desde el otro extremo de la estancia. No necesitaba ver el rostro del que habían surgido esas palabras para adivinar con certeza su poseedor. Era Ricardo.
-¿Por qué detienes el deleite que proporcionas a tu amante esposo? Con qué poca cosa provocas mi felicidad, y no prosigues. ¿No deseas verme feliz? ¿O simplemente no deseas verme? Reanuda tu concierto, te lo ruego. Tu esposo te lo ruega. ¿Será suficiente?
Aquella no era la voz de un ruego. Había algo fétido en el sonido. Rencor amargo, saliendo de detrás de aquel sillón como de una herida abierta que supura. Un estremecimiento puso en alerta a la encantadora intérprete. Un temor esperado apareció en la tristeza de sus ojos.
-Claro, esposo mío. Tu felicidad guía el tiempo de mis jornadas.
Pero apenas un par de acordes llegaron a nacer. La figura ahora erguida de Ricardo volvió aún más pálido el gris de las mejillas de Isabel.
-¡Qué magnífico placer para el esposo, saberse tan bien cuidado por el ser al que más ama! ¡Qué hermosa noticia, qué maravillosa ilusión! El ángel de la dicha debe de haber decidido habitar en mi sombra. Supera ya el año desde los faustos de nuestra boda, y aún soy el objeto adorado, el sol que hace germinar la abnegación en mi bella consentida. ¡Venid, Isabel! Venid y abrazadme. Bailemos. ¡Sí, bailemos! ¿No deseáis bailar conmigo? ¿Por qué apartáis la vista? ¿Qué ocurre? ¿Hay algo en mí que os desagrade? ¿Mis rasgos ya no os parecen bellos? ¿Encontráis en mis maneras cosa alguna que no os plazca, quizá? ¿Me he convertido en algo que no amáis? ¡Pero estáis temblando, muchacha! ¿Os doy miedo? ¿Es eso? ¿Esa es la naturaleza de vuestra frialdad y vuestro descuido? Me entristecéis. ¿Qué mal podéis temer de mí, si os amo como los antiguos amaron a sus musas? ¿Qué daño podría yo causaros, cuando a ciencia cierta sé que vos también me amáis fiel y tiernamente? ¿No es así, mi abnegada esposa? ¿No es así? ¡Contestad! -Sí… sí, claro, mi amado Ricardo. De sobra sabéis en qué manera os amo, y que sólo en vuestra cercanía pueden mi corazón y mi alma sentirse gozosos. -Bien, mi Isabel, bien respondido. Pero entonces… ¿¡Por qué seguís temblando!? ¿¡Por qué!?
Ricardo asió con violencia la muñeca de Isabel. En medio de mi incomprensión, del aturdimiento, superando el miedo que volvía a congelar mis músculos, la contemplación de aquella escena estaba sembrando en mi alma la semilla de una rabia por largo tiempo agazapada. Aquella ilusión demoníaca me absorbía, alejaba mi razón del mundo tangible. ¡Maldito Ricardo! Isabel… ¡Isabel!
-Quizá es que mi corazón no quiere comprender. Quizá es que ya no me amáis. A lo mejor es que ya sólo soy una carga para vos. Un lastre que os impide encontrar la felicidad donde de hecho la buscáis. ¿Qué os parece este pensamiento? ¿Lo creéis posible? ¿Qué opináis vos? ¿Qué opináis, mi amantísima esposa?
Isabel, ahora arrodillada, descomponía su bello rostro en sollozos de súplica.
-Yo os amo, mi señor. Os amo… -¡Mentira! Eres falsa, como cualquier mujerzuela de taberna, capaz de regalar sus halagos de amor por una jarra de cerveza. ¿Me amáis? ¿De veras me amáis? Pues entonces respondedme una pregunta, os lo ruego, pues ciertamente es algo que no entiendo, ¿me amáis tanto como a ese mal nacido con el que secretamente os citáis cada noche junto a la tapia del jardín? ¿Tanto como para escribirme misivas de amor tan encendidas y apasionadas como ésta que encontré en manos de vuestra aya? ¿Tanto? Respondedme, os lo ruego, esposa mía. ¡Respondedme!
Ricardo sostenía entre sus dedos un pedazo de papel bellamente decorado. Se detuvo unos instantes, con la respiración agitada, antes de proseguir su airado discurso, aumentando la violencia de sus palabras y la presión de su mano sobre el brazo de Isabel. Mientras tanto, el sudor empapaba cada porción de mi cuerpo. Sufría por esa Isabel cuya falsedad mi razón ahora se negaba a aceptar.
-¡A él es al que amáis, al que se decía mi amigo! Al que compartió mi infancia, a mi compañero de armas, al que incluso fue el receptor de mis primeras confidencias sobre el amor que yo os profesaba. ¡Ese traidor que ha de arder en los infiernos cuando mis manos sientan el placer de poner fin a su vida! ¡A él es al que amáis! ¡A él!
Aquella masa enfurecida descargó un golpe terrible sobre el femenino rostro. No sé si fue la rabia o el miedo, pero sin ni siquiera ser consciente de mis movimientos empujé la puerta, que extrañamente cedió sin resistencia alguna, y me precipité en la sala gritando:
-¡Isabel!
El odio era uno con los ojos de Ricardo. El odio que me miró sorprendido por un instante, antes de aparecer con mayor vigor, reavivando su hoguera mi presencia.
-¡Tú! ¡Tú aquí, atreviéndote a invadir el dolor de este lugar de desgracia! ¿Has venido buscando la victoria? ¡Pues sólo la más terrible de las derrotas aguarda aquí! ¡Aquí te espera la muerte!
Entonces, soltando a Isabel, la furia abalanzó a Ricardo hacia mí. Puede que fuese la demencia voraz de sus ojos la que me hizo huir, reanimando unos músculos que parecían encadenados al terror, o quizá fue la conciencia repentina de que era una criatura de los infiernos la que en realidad me amenazaba. Un ser más allá de todo entendimiento y razón. Corrí por mi vida. Atravesé el umbral de la puerta, subí con toda la rapidez de que fui capaz los escalones que habían de sacarme de aquella cripta hechizada. Esta vez no sólo me movía el pánico en mi carrera. Esta vez corría por salvar mi existencia, por librarla de una eternidad entre demonios. Aunque no era yo plenamente consciente de esto, sino mi cuerpo que huía. Yo tan sólo podía difuminar mi raciocinio en la mueca de pavor que deformaba mi rostro. Accedí de nuevo a la nave central y seguí corriendo hasta alcanzar el altar mayor. Allí, las sombras parecían haber aumentado su tamaño, alargándose hacia mí deformes y amenazantes; ni mártires ni apóstoles cederían a darme refugio, y en aquellas circunstancias, cualquier oración al dios de todas las fuerzas incomprensibles hubiese sido ignorada. Los gritos iracundos de ese Ricardo gris se extendían como truenos por todo el recinto sagrado. Cada piedra de la catedral repetía sus amenazas. No cesé en mi demente carrera. Es torpe el instinto de los hombres. Cuando la inteligencia, amedrentada, se niega a salir de su escondrijo para prestarnos buen servicio, nuestro instinto se siente desbordado, y sólo un loco le confiaría su salvación. Pero yo era un loco. Un semihombre loco y aterrado que corría sin volver la cabeza, temiendo encontrar junto a su nuca al mismísimo rey de los infiernos. Así, en lugar de dirigirme a la salida, me introduje por la primera puerta que se mostró abierta de par en par ante mí. Dentro sólo hallé un angosto camino de oscuridad y silencio. Pronto mis pies tropezaron con los primeros escalones; estaba en la escalera que sube hasta el campanario. Aunque el destino y el lugar me eran indiferentes, en realidad. Aquel caracol húmedo y resbaladizo sólo significaba espacio y distancia. Espacio para proseguir mi huída. Distancia para espolearme pensando que tras ella se quedarían los odios de los reinos muertos. Corrí y corrí escaleras arriba, tropezando y cayendo una vez tras otra, probando una y otra vez mi piel la caricia hirviente de la piedra. Sólo cuando una larga hilera de escalones había ya sentido mi delirio al pasar, comenzó a disminuir el brío de mi paso, hasta detenerse. Hasta que el ahogo del agotamiento lo detuvo, en realidad, y no mi conciencia. Jadeaba impotente, tratando mis pulmones de encontrar el aire que parecía haber abandonado aquella estrechez tenebrosa. Me dolía terriblemente el corazón, mis sienes exprimían el dolor de mi cabeza. Ya no se oía nada. Volvía a no escucharse nada. La cólera había desaparecido del aire. Sentí como mi alma se relajaba, y aproveché el momento para cerrar los ojos y mentirme: todo había terminado. No pude sostener el engaño más que unos escasos segundos. Estaba atrapado por la oscuridad y el silencio, entre las piedras curvadas de aquella espiral. Hubiese debido descender con prudencia el largo tramo que me había llevado a esta jaula de locura. Retroceder, salir de allí y recuperar mi vida, mi vida antes del desvarío. Pero no pude forzar mi voluntad al regreso. ¿Cómo saber que tras la puerta de la escalera, entre el río de velas, no aguardaba el horror del que sentía que había escapado como por milagro? No había retorno para mi alma cansada. Existen caminos que, una vez caminados, nos prohíben la vuelta atrás. Sentí en el centro mismo de mi pecho la viva tentación de sentarme allí, en aquella tumba de soledad, a esperar que alguna fuerza más allá de mi derrotado espíritu decidiese mi destino. Quizá la muerte. Sí, quizá la muerte. No la muerte cenagosa y gris de la que había escapado, sino la muerte redentora, la que me libraría de mis cargas y daría de beber a mi cansancio. La muerte… Entonces me puse en pie y, como hipnotizado, proseguí el ascenso.
Muchos metros más arriba, la escalera comenzó a inundarse de la niebla gris. Otra vez la niebla gris. Supe que caminaba hacia un nuevo error del espacio y del tiempo. Supe que allí arriba, en el campanario, en el origen de la nueva luz grisácea, me estarían aguardando aquellos Isabel y Ricardo de éter. Y también supe que aún podía retroceder, que aquel era el momento. Podía elegir no volver a perturbar la historia de los dos tristes esposos. Que quedase allí toda mentira, toda traición, toda esperanza absurda. Que siguiesen ellos su camino penitente mientras yo regresaba, en paz, al mío, no más aliviado de sufrimiento. Algo le hizo saber a mi alma que aún había una opción, que aún estaba a tiempo, que podía elegir. ¡Y bien saben todos los ángeles del cielo que por un momento estuve convencido de hacerlo! ¡Sí, tomar la oportunidad que se me ofrecía y redimirme, salvarme de la condenación eterna! Deseé aceptar agradecido el misericordioso perdón de todos mis horribles pecados. ¡Pero no pude, Isabel, no pude! El deseo de arropar tu cuerpo con mis brazos me hizo seguir subiendo, escalón tras escalón, hacia el desenlace fatal y definitivo de tanta infamia acumulada. ¡No era posible para mi torturado corazón encerrar por toda la eternidad el amor que te tengo, Isabel! No era capaz de despedirme para siempre de tu presencia y de tu vida. No tenía valor para dejarte allí, tan sangrante tu alma como la mía misma; allí, encerrada en tu cruel destino. ¡A Dios mismo reté en aquel instante! Con cada paso, con cada latido, con cada respiración. ¡Negaba su oportunidad para no tener que negarte a ti! Hasta que me encontré a la entrada del campanario.
Vano es decir que no había rastro de campanas en aquel lugar, ni de las vigas donde habitualmente se sostienen. Esta vez era la visión de un hermoso jardín, un hermoso jardín de luz grisácea, lo que se representaba ante mí. Era de noche y llovía sobre rosales y trepadoras, embarrándose los estrechos caminos de tierra. La lluvia caía con tal fuerza que borraba toda la belleza que yo tan bien conocía. La exuberante belleza del jardín elevado, la joya del palacio de Ricardo. Los relámpagos iluminaban el cielo nublado segundo tras segundo, repetidos, incansables, arrojando sobre los naranjos del jardín sus cargas de trueno. Pensé que realidad e ilusión se confundían y mezclaban, contagiándose entre ellas sus terrores. Tal fue el asedio al que mis sentidos se vieron expuestos de repente, que en mi aturdimiento aún tardé unos segundos en reconocer una figura ennegrecida que avanzaba frente a mí, dándome la espalda, hacia la tapia baja del jardín. La silueta de negras vestiduras caminaba con pasos resignados y temblorosos, pero aún así erguido, solemne, repleto de orgullo maltrecho. Llevaba algo en sus brazos, un bulto aplastado por el agua. Una masa inerme y pesada. Un cuerpo, quizá. Sí, un cuerpo es lo que la espectral figura portaba. Algo alertó mi conciencia. ¡Aquella figura que arrastraba su empapada deformidad era Ricardo! No hay furor de la naturaleza ni horror del alma capaz de doblegar su orgullo, el orgullo que yo veía en aquellos mortecinos pasos. ¡Ricardo! Entonces comprendí lo que mis ojos me mostraban, aunque no fuese comprensión en realidad, sino un entendimiento repentino y fatídico. El bulto informe, la masa silenciosa y muerta que Ricardo cargaba… ¡era Isabel! Como en la peor de las pesadillas sin sueño, un relámpago de furia divina iluminó sus negros rizos y su rostro apagado. ¿Dónde la llevaba? ¿Qué horror planeaba añadir a todo aquel espanto? Ricardo se detuvo junto a la pequeña tapia, la que asoma el jardín a la gran plaza. Un balcón triunfal situado a muchos metros sobre el suelo, por encima de calles y tejados. Frente a la catedral. Ricardo extendió los brazos y yo grité, grité una negación capaz de acallar todos los truenos, puse en mis labios el sonido mismo de un alma al quebrarse. Comencé una febril carrera, me lancé a detener aquel despropósito. Corrí para no perder mi espíritu, para salvar a aquella mi Isabel que no era mía. Corrí, ¡corrí! Sin dejar a la extenuación entorpecer mis piernas, sin permitir la distracción del pensamiento. Los brazos de Ricardo ya se apartaban, ya comenzaban a librarse de su carga. ¡Noooooo! Era tanta la distancia que me separaba de Isabel, ¡tanta! Corrí aún más rápido, quise volar entre las gotas de lluvia. ¡Isabel! Ya estaba cerca, ya estaba muy cerca… Mi amada abrió los ojos justo al iniciar su caída, y el inmediato conocimiento llenó de pavor su rostro. Tan sólo un instante tardó en desaparecer en el vacío. Los truenos escondieron el eterno grito con el que la fuente de mi vida y de mi razón se despidió de esta tortura y de mí. Isabel estaba muerta. ¡Muerta, muerta, muerta, muerta! No sé cómo, no sé qué demonio hizo aparecer una daga gris en mi mano, ni me lo pregunté tampoco. No miré aquella arma embrujada. Como si hubiese estado allí siempre me limité, furibundo, a hundir su hoja de hielo en el corazón de Ricardo. Era mi rabia la que le arrancaba su vida, prestada a aquel sinsentido. Todo mi odio en una herida sin sangre. Las piernas de Ricardo se doblaron. Ni siquiera intentó volver la cabeza para contemplar a su asesino. Simplemente quedó allí, herido de muerte, dejando que la lluvia empapase su último aliento.
Retrocedí con horror. ¿Qué había pasado? ¿Cómo había ocurrido aquello? ¿Por qué retorcido juego de mi débil voluntad contemplaba ahora la muerte de un inocente a mis manos? No, no podía haber sucedido. ¡No podía suceder! Y sin embargo… En ese instante, un terrible estruendo detuvo el curso errático de mi mente. La ilusión grisácea comenzó a disolverse, tragada por la realidad que había suplantado. En poco tiempo me vi rodeado de resonantes campanas. Doblaban a mi espalda, frente a mí, a mis flancos. Doblaban por encima de todos los truenos de la tormenta exterior. Rompían mi cabeza y mis oídos. Me tapé estos últimos con las manos, enmarcando de ese modo la expresión desesperada de mi rostro. Las campanas doblaron aún con más fuerza. Las vigas que las sustentaban comenzaron a temblar, chirriantes. Tenía que salir de allí. ¡Tenía que salir de allí! Me precipité hacia la puerta, hacia las oscuras fauces de la escalera. Parecía ésta ir a venirse abajo a cada instante, con cada nuevo tañido. Avanzaba guiado por el tacto de mis manos, a trompicones, sacudido por el resonar de las piedras y el vacilar de mis propios pasos. En varias ocasiones apunto estuve de caer. Diría aquí que tanto entorpecían mis piernas los terribles temblores de la escalera como el propio terror que las agarrotaba, pero no quiero repetirme aún más. De sobra es ya sabido que el miedo y sólo el miedo había sido mi única compañía tangible en la soledad de aquella noche espantosa. Pero en esta ocasión el terror era distinto. Ya no eran los demonios del infierno los que venían a martirizar mi alma. Ya no eran las tinieblas de ángeles expulsados. ¡Ahora era el mismísimo Dios el que me mostraba su ira! El amo mismo del lugar que mis pecados mancillaban. ¡Dios el Altísimo! ¡Dios el Omnipotente! ¡Dios el perseguidor de los errados! Él me atormentaba en la angostura opresiva de la escalera. Y las campanas seguían atronando. Y mi miedo aún fue mayor.
Tardé muchos largos minutos en alcanzar de nuevo la gran nave y, en ese tiempo, el hombre que yo era dejó de serlo. Lo que fue vomitado al suelo de piedra de la catedral era tan sólo una masa temblorosa, un espíritu doblegado al que sólo le aguardaba más destrucción. Allí abajo también había llegado el caos. Las grietas crecientes de las columnas amenazaban con derrumbar el edificio. Todas las velas y sus soportes se esparcían, derribadas, por el suelo. La tierra misma rugía, temblaba. Entre lágrimas, caída tras caída, temiendo a cada instante ser tragado por los infiernos, perseguido por las sombras siempre crecientes del gran altar mayor, llegué hasta la puerta. Cerrada. ¡Cerrada, cerrada, cerrada! Retrocedí, consciente de que mi castigo había de ser definitivo e irreversible. Al tronar de las campanas se unió el propio de los truenos exteriores, permitida ahora su presencia en el sagrado recinto. Detuve mis pasos, y girando sobre mis talones le grité a las alturas:
-¡No puedo arrepentirme! ¡No puedo! ¡Y tú no puedes pedirme que lo haga!
Sollocé, sollocé como el niño que ahora era, y el caos se detuvo. La tierra dejó de rugir, las campanas cesaron sus enloquecedores tañidos. Durante un instante mi alma volvió a vivir en paz. Durante un instante. Entonces se escuchó el más horrible de los truenos, el trueno destinado a destruir la vida. En el silencio de la nueva calma, ese trueno desgarró el tejido de todo lo creado. El veredicto no me había sido favorable. A mi espalda, a muchos metros sobre mí, algo crujió. Me giré despacio, consciente de que lo hacía para recibir la pena. El crujido provenía del inmenso rosetón que presidía la nave central. A continuación estalló. Miles de cristales atravesaron mi carne. En pocos segundos, mi cuerpo estático, aún erguido, sólo fue una inmensa mancha de sangre. Pero en el círculo ahora vacío que antes ocupara la más hermosa de las vidrieras, aún quedaba un fragmento de su anterior belleza por desprenderse. En su precario equilibrio, parecía esperar mi atención para iniciar su caída. Sus vacilaciones terminaron cuando la obtuvo. Cayó entonces, mansamente, sostenido y guiado en su viaje por manos divinas, hasta alcanzar mi pecho. Allí se hundió el frío cristal, partiéndolo. Todo desapareció.
Muchas horas debieron de pasar antes de que mis ojos volviesen a abrirse, porque cuando lo hicieron, la luz de la mañana ya había tenido tiempo de posarse con firmeza en cada rincón del recinto, adornada de bellos y festivos colores. Bajo aquella luz viva y sin sombras, mi piel y mi ropa me parecieron grisáceas, apagadas. Desde mi posición, tendido en el suelo entre dos bancos cercanos a la puerta, no hallé restos de mi pesadilla. Todas y cada una de las velas ocupaban de nuevo su lugar; no había grietas, ni polvo, y el rosetón adornaba la nave como en los mejores días. Tampoco descubrí señales de violencia ni marcas del pavor en mi cuerpo. Antes de poder siquiera extrañarme, las enormes puertas se abrieron, y de la cascada de luz que las empujaba surgió la comitiva. ¡La comitiva nupcial, claro! ¡La comitiva nupcial! ¡Hoy era la boda! Allí avanzaban, presidiéndola, los dos bellos contrayentes, vestidos de hermosos colores; allí avanzaba Ricardo, orgulloso y triunfante, su piel brillando de satisfacción; y a su lado la eternamente maravillosa Isabel, con su rostro ligeramente sonrosado, tan lleno de vida. Y tras ellos yo mismo, mi cuerpo, ejerciendo de padrino. Intenté incorporarme, gritar, avisarles y avisarme de nuestro terrible fin. Pero mi ser no tenía fuerza, y ellos no podían oírme. El padrino disimulaba la más honda de las tristezas en un paso firme, mientras miraba ahogado por el dolor a su adorada Isabel. Ella, furtiva, le devolvía la mirada, acompañándola de una sonrisa cómplice y esperanzadora. ¡Noooo! ¡Deteneos! ¡Deteneos! Pero la comitiva ya se alejaba, camino del altar, donde les esperaba el mismísimo obispo para oficiar la ceremonia. La ciudad entera había acudido a presenciar el enlace de su hijo predilecto. Las celebraciones se prolongarían. Cerré los ojos cuando me sentí desaparecer, resignado a mi destino de personaje trágico para cuentos de abuelas.
Escribo esto, sin motivo ni razón aparente, la tarde de la víspera. Releyendo las palabras que amontonó mi puño, me convenzo de que son el dolor y el delirio los que han de ser honrados con su autoría. Isabel… Mis mejores galas ya están listas. Esta noche habrá tormenta. Es tiempo de acostarse.
Jose Jesus García Rueda Madrid 19-5-2005 |