El muerto entre los lirios

 

 Jose Jesus García Rueda

 

 

Sabe que si ahí arriba, en la loma, encuentra lo que busca entonces quizá muera, y que si no lo encuentra seguirá muriéndose despacio. Se fuerza a no caminar demasiado deprisa, aunque no le sobra el tiempo, porque si bien por ahora el camino es bastante llano, la cuesta no tardará en irse pronunciando y él, que no tiene el hábito del campo, teme agotarse antes de alcanzar la cima. Él, al contrario que la mayoría de sus vecinos en el pueblo, no labra la tierra ni cuida ganado. Él va gastando su tiempo en hacer cuadrar las cuentas de una pequeña fábrica de harinas que no le pertenece, dejando que su pensamiento, entre deberes y haberes, no llegue a formarse más allá de los números.

 

            Se lo dijo anoche Arturo, el guardia forestal, que lo encontró donde siempre a esa hora en que ya no hay luz pero tampoco le ha llegado el sueño, sentado en un rincón del bar todavía vestido con su traje de la oficina, mirando la televisión mientras cenaba un poco de sopa. Debía conformarse con ver el movimiento de las imágenes en la pantalla, puesto que el ajetreo, las risotadas y los hablares alegres y vocingleros del atestado local no le dejaban oír las noticias. Arturo había saludado a todos con la misma familiaridad que si no llevase puesto el uniforme, si bien fue bajando el tono de la voz y lo espontáneo de sus gestos según se acercaba al contable y su sopa. Aún así, al sentarse frente a él su rostro no sólo era cordial, sino que en sus ojos había una expresión de amistad vieja y silenciosa. Marcos, le dijo, esta tarde he encontrado un cadáver enterrado allá arriba, en lo alto de la loma grande, la de las flores; parece llevar allí décadas, porque sólo quedan huesos y jirones de ropa podrida; quizá sea tu hermano. Arturo hablaba con voz muy tenue. Después el guarda bajó la vista y se marchó, mientras los ojos de Marcos el contable, ahora enrojecidos y casi líquidos, volvían a las imágenes sin voz. Quiso seguir comiendo su sopa, pero las lágrimas que no se decidía a llorar se le derramaban en forma de temblores en las manos.

 

            Pese a ello continuó sentado, mirando la televisión sin atenderla hasta que terminó el noticiero, como siempre hacía. Entonces se fue sin despedirse de nadie, aunque de él sí se despidiese, a sus espaldas, alguna mirada breve, entre rencorosa y compasiva. En la calle, notó como la noche se le pegaba a la piel, indistinguible de sus propios sudores. Se desabrochó despacio los botones de la chaqueta. ¿Y si después de dos décadas su hermano por fin regresaba? ¿Y si su hermano a la postre estaba muerto, como todos habían creído antes de que se olvidasen de él? En vez de caminar hasta su puerta, como cada noche, se dirigió a la de Arturo, con pasos lentos y apresurados. Arturo tenía que contarle más cosas sobre ese cadáver. Pero con un poco de suerte, el guarda ya se habría acostado. La curiosidad le precipitaba los pensamientos antes de formarse, y el miedo le paralizaba los deseos mientras afloraban. El contable apretó el paso y caminó más despacio.

 

            Arturo estaba sentado a la mesa de la cocina. Tras invitar al contable a acompañarlo, puso a un lado lo que había estado comiendo. Los montes están muy alterados, Marcos; las últimas trombas de agua han arrancado muchos pinos jóvenes, y hasta algunas encinas viejas; los arroyos bajan desbordados, como torrentes, desprendiendo las rocas; hacía muchos años que no llovía así, desde el verano de… Arturo miró el rostro envejecido del contable, que sólo se expresaba a través de sus ojos hinchados. Hace días que nadie se atreve a acercarse al monte, por miedo a los desprendimientos y a las riadas; yo mismo he preferido pasarme por allí lo menos posible estos días; la lluvia ha removido la tierra, desnudando raíces y enterrando animales; a última hora de la tarde he visto asomar como un bulto entre el fango; parecían los restos de un lobo o un jabalí, pero había tela en ellos y me he puesto a cavar; no he dado parte aún, Marcos; al fin y al cabo, la Guardia Civil no iba a subir hasta mañana, con luz. Entonces Arturo se inclinó sobre la mesa, acercándose al contable. El lugar está desierto y nadie sabe aún lo que hay allí; he dejado el cuerpo cubierto con una lona; la noche es oscura, y el camino sigue intransitable para vehículos, pero mañana, al amanecer… el paseo hasta allí no es muy largo.

 

            El contable se sienta sobre un tronco, junto al camino. Ya no hay barro; el enorme sol de ayer, tras los días de lluvia, lo ha transformado en baches, aristas y desniveles. Sólo quedan algunos charcos de agua oscura, que no deja ver nada. Aunque el sol apenas se separa aún del horizonte, el contable intuye que hoy va a ser un día de calor y luz para quemarlo todo. Mira hacia el final del camino, en lo alto de la loma. Aún no ha empezado a subir. Aún podría regresar a casa, tomarse el café de siempre y marcharse en silencio a la oficina, mientras sigue aguardando un desenlace para la espera y su duda. Pensando de repente en que no hay brisa esta mañana, el contable se pone en pie y reanuda su camino hacia la loma.

 

            Anoche marchó de casa de Arturo sin pronunciar ninguna de las preguntas que se le habían ido agolpando en las sienes mientras el guarda hablaba, y que seguían doliéndole en los ojos al tiempo que, ya en su propia casa, se iba desnudando para acostarse. ¿Por qué habían de pertenecer a su hermano aquellos huesos? Aún si ciertamente resultaban ser los restos de un niño, no los de un adulto, que Arturo no se equivocaría en eso, ¿por qué no los de cualquier otro niño? Arturo era inteligente y tenía experiencia. Suficiente incluso como para acertar con la edad de la muerte, y que aquel desgraciado de la colina no hubiese sobrepasado tampoco los diez años que tenía su hermano cuando desapareció. Pero eso no confirmaba nada. Quizá el guarda se estaba excediendo en su celo. Arturo era una buena persona, la mejor de todas. La única que se había apiadado de los ojos muertos del contable, que comprendía su angustia por el destino de su hermano nunca muerto, nunca regresado. Simplemente desaparecido. Pero eso no afinaba su criterio. Su hermano podría en ese mismo instante estar tan vivo como lo había estado en los últimos veinte años. O tan muerto. No, muerto no.

 

            Sentado en la cama, con los pies sobre las baldosas frías, alargó el brazo para coger la foto de la mesilla. Era un mundo color sepia, corroído por el tiempo como el marco que lo limitaba. Un mundo habitado por dos niños idénticos, con los mismos ojos llenos y plagiadas risas, vistiendo ambos pantalones cortos, camisa de raso, que se abrazaban apretando sus rostros, fundiéndose el pecho y los brazos. Atrás algunas figuras adultas, desenfocadas, prontas a evaporarse. ¿Cuál de los dos niños era Iván, su hermano gemelo? ¿Cuál era él mismo? Nunca le preocupó no recordarlo. Lo importante era mantener el recuerdo de aquella tarde en que se tomó la foto, que en su memoria era ya la suma de todas las tardes de felicidad junto a su hermano. En aquella tarde sepia que era todas las tardes retratadas en una fotografía, no sabe si Iván y el montaron en bicicleta, pero se recuerda haciéndolo. Con la misma duda sin importancia tampoco olvida las carreras, el juego del aro compartido, la contemplación de las nubes con sus cuerpos muy juntos, sobre la hierba... Recuerda los juegos con los otros niños, las madejas de risas y jadeos, aunque ahora no podría ponerles un nombre y un rostro. Marcos tiene una imagen muy nítida en la que se ve a sí mismo quitándose por fin la venda en un juego de Gallinita Ciega, y a su alrededor hay un corro de niños y niñas felices que gira y grita y ríe. Y él, que también es feliz entre ellos, busca al príncipe del mundo, a aquel que es otro pero es él mismo, que tiene su mismo cuerpo y hasta su misma mente, y lo encuentra cogido de su mano, también quitándose la venda y también sonriendo en el centro del corro que gira. Luego, en un descuido del resto, los dos hermanos se escapaban, y en un rincón apartado se intercambiaban flores. Entonces todavía estaba vivo. Ayer Marcos, el contable, se acostó con la fotografía junto a su pecho, por debajo del pijama, para olvidar que a la mañana siguiente iba a amanecer. Cuando por fin se durmió, aún no sabía si todos estos recuerdos eran tristes o alegres.

 

            Hoy, en esta mañana tan nueva, el camino deja ver las primeras piedras peladas por la lluvia, resbaladizas unas y picudas otras, que se unen a la pendiente, ya apreciable, para entre ambas angustiarle la respiración. Antes, cuando ha pasado frente a la casa de Arturo, el cielo aún no había decidido si iba a volver atrás, a repetir los días de lluvia, o si el sol que regresó ayer seguiría marcando las próximas jornadas. Ahora sabe que hoy ninguna nube vendrá a limpiar el vacío del cielo. Arturo, de pie tras los cristales del balcón, lo aguardaba. Cuando Marcos se ha detenido a mirarlo el otro, ya de uniforme, ha asentido con la cabeza y el rostro sereno. Las calles estaban vacías, mientras en las casas aún acariciaban las mantas y los desayunos. El contable ha seguido caminando por el pueblo desierto. Como en este instante camina por el monte barrido de lluvia. Sólo que ahora cada arruga del fango endurecido se marca a través de sus zapatos, y él cierra los ojos porque sabe que sus pies no tienen al hábito del campo y de la tierra.

 

            Cuando esta mañana ha abierto los ojos, sin haber dejado el sol completamente la noche atrás, se ha visto, o soñado, o ambas cosas al tiempo, delante de un espejo que no le devolvía el rostro del contable, sino el de un niño que veinte años antes, frente al mismo espejo, intuía que la muerte andaba cerca. Fue la mañana en que la Guardia Civil vino a comunicar a sus padres que, después de quince días rastreando cada rincón del monte, entre los ladridos de los perros y las llamadas de los voluntarios, la búsqueda se había dado oficialmente por concluida. Él, que desde el día en que su hermano no había regresado a casa estuvo metido en la cama, consumiéndose entre fiebres, se levantó para observarse flaco y grisáceo en el espejo, y así comenzar la espera de su hermano.

 

            Desapareció un fin de semana de lluvias y torrentes que llegaron de improviso, en un día que ni siquiera amaneció nuboso. Su madre envió al hermano a comprar leche fresca a una granja cerca del pueblo, mientras él debía permanecer en el establo, ayudando a su padre a limpiar. Entonces, en algún momento de la mañana el sol se escondió y los cielos se rompieron. Hubo inundaciones en las calles, ganado arrastrado por las aguas, árboles derribados y hasta corrimientos de tierra. Nunca había llovido así. Hasta ahora, que de nuevo, tanto tiempo después, el agua ha regresado con nuevas pretensiones de cambiarlo todo. En aquella ocasión, su hermano no volvió a casa para comer, ni tampoco a la hora de la cena. La tormenta era tan intensa que hasta tres días más tarde no pudieron salir en su busca. Para entonces todo se había transformado en el pueblo y en el monte, y Marcos ya estaba en cama, olvidado de juegos y de tardes color sepia.

 

            Apunto ya de alcanzar la cima de la loma, el terreno es tan escarpado y ha perdido tanta tierra que el contable apenas puede avanzar si no es a cuatro patas. Se pregunta si finalmente será muerto como su hermano vuelva a él, si veinte años de penas no son suficientes para merecer la resurrección. Tras un último esfuerzo de sus dedos rasgándose contra las piedras, por fin alcanza el pequeño llano sobre la colina. La tierra está cubierta con algunos, muy pocos, pétalos de lirios, restos pegados en el barro removido y ya seco de las flores que siempre adornaron la loma. Allí nace un pequeño arroyo. Bajo un cielo tan claro que no puede esconder nada, el contable cree revivir su rostro de niño durante el entierro fingido de su hermano. Entonces no pudo averiguar quién era el muerto al que estaban sepultando en aquel ataúd vacío. Recuerda que permaneció horas junto a la tumba, mirando lo que no estaba, aunque sabe que eso no es posible, que ha de ser una invención de su memoria, como tampoco es posible que ningún adulto pudiese apartarlo de allí. Sólo tiene la certeza de que en algún momento Arturo, un Arturo mucho más joven, lo tomo de la mano y se lo llevó.

 

            Ahora, de pié sobre los pétalos y el barro, tampoco sabe quién es el muerto que va a descubrir. Cansado, con la vista deslumbrada por el exceso de luz, se sienta junto a la lona que cubre el cadáver agarrándola suavemente, con mucho cuidado para no moverla. Allí permanece durante largo tiempo, con los ojos sin abrir y su cabeza en cada minuto de los últimos veinte años. También, con una mueca contraída y el corazón acelerado por el miedo, piensa en cada minuto de los próximos veinte años, y afloja aún más la presión de sus dedos sobre la lona. Hasta que escucha voces aproximándose, y entre todas la de Arturo, que se eleva sobre las demás buscando ser oída a gran distancia. Marcos entonces abre los ojos, tiembla y, como despertándose de un hechizo o de un sueño, da un fuerte tirón de la lona y descubre los restos enterrados. El sol empieza a estar alto en esta mañana sin brisa.

 

 

 

 

Jose Jesus García Rueda

24-1-2008

Madrid