El sonajero
Nunca se le ocurrió que alguna vez terminaría regresando a la casa. Mientras el taxi se acercaba a la puerta de la finca, descubrió que, de alguna manera, hacía muchos años, su mente había retirado la casa de entre las cosas existentes. Quizá había dejado de tener sentido, o a lo mejor es que, cuando se marchó, hacía ya toda una vida, no se dio cuenta de que lo había hecho. Y cuando por fin lo entendió era tarde y no importaba, porque entonces su cuerpo y su cabeza estaban ya en otro sitio. El taxi se detuvo, y tras esperar a que el anciano, abstraído, se apeara, marchó por el mismo camino de tierra por el que había venido; no tenía orden explícita de aguardar el regreso de su pasajero.
El anciano se arrebujó en su abrigo. Era una tarde oscura, plagada de vientos, humedades y otros residuos del invierno reciente. Recordó las palabras disuasorias que llevaban semanas repitiéndole, y pareció tomar fuerzas. ¿Cómo que este viaje no merecía la pena? Se notaba a la legua que no sabían de lo que estaban hablando. Ese sonajero era una verdadera obra de arte, un juguete de niño que bien podía ser una pieza de museo. Se lo había regalado el marqués a su padre cuando nació él. Que eran uña y carne el marqués y su padre. Uña y carne, le había dicho, que más de una vez se salvaron la vida el uno al otro. Y ese sonajero, esa joyita con mango de nácar y bombo de plata labrada, un detalle sobrio y elegante, de verdadero aprecio. Ahora su nieto no merecía menos. Los sonidos del sonajero llenarían los oiditos de su nieto, igual que habían llenado los suyos hacía casi ochenta años.
La verja estaba cerrada con una gruesa cadena y un aún más grueso candado. De un bolsillo extrajo la llave, que le había costado toda una mañana encontrar, tras tener que poner patas arriba todos los viejos baúles. Y quién sabía si para nada, como le había advertido su hija, entre otros, para que el sonajero a lo mejor ya ni estuviese aquí. Pero él no se lo había llevado cuando se marchó, así que, ¿quién iba a haberlo hecho? No había nada más que hablar. Volvería a la vieja residencia de la familia, a buscar aquel sonajero de otra época. Estaba deseando verlo entre los dedos de su nieto.
Los días ya eran más largos, pero hoy el sol no había lucido mucho, y aún quedaban restos del frío nocturno en la falda de la colina que albergaba la casa y la pequeña finca. El anciano, con manos más firmes que ateridas, deslió la pesada cadena.
Había hecho bien en venir solo, se dijo. Nunca nadie había estado en aquella casa tras su marcha, ¿qué iban a hacer allí ahora? Buscar el sonajero era asunto suyo. Cuando ya no quedó cadena que impidiese la entrada, empujó la verja ligeramente y ésta se abrió con facilidad, emitiendo un chirrido mucho más débil de lo que esperaba. Tras detenerse un momento sin saber por qué, el anciano entró en el jardín.
No supo si eran sus ojos o la finca los que habían envejecido, pero más allá de la falta de cuidados, las plantas desbocadas y la herrumbre resultado del abandono, su mirada no se sintió como en otros tiempos. Todo era más pequeño, más antiguo y más vulgar que cuando salió de aquel jardín por última vez, una tarde de entierro y funeral, más de cincuenta años antes. El olmo del rincón era menos grueso, la fuentecilla de piedra no tan alta. Incluso la senda inmensa, interminable, que unía la verja con la puerta principal de la casa, la que él cuando niño tardaba una eternidad en recorrer cada día, al volver de la escuela, era ahora un pequeño camino que terminar en apenas unos pasos. El anciano se sintió levemente irritado, y le echó la culpa al frío.
Sabía que todo el mundo pensaba que algo le ocurría, que tanto empeño con este viaje no era normal, que últimamente se había mostrado huraño y malencarado. Pero a él no le ocurría nada. Lo del sonajero no era chochez, si se referían a eso los que andaban chismoseando por ahí. ¿Es que un abuelo no puede tener un capricho para con su nieto? Y en cuanto a lo de su mal carácter, en eso no iba a quitarles la razón, pero, ¡qué caramba! Toda la vida el mundo entero dando por saco, y en algún momento uno tiene que hartarse, ¿no? Que desde que murieron sus padres, y de eso ya había llovido, pues no tenía él ni treinta años, o incluso desde antes, desde cuando vivía de pensión en la capital, al poco de terminar sus estudios, no habían cesado las fatigas; si no eran apreturas económicas, eran incertidumbres en el trabajo, y si no una enfermedad, o un nuevo hijo, o una muerte o, simplemente, otro imbécil más de cualquier tipo poniendo mala cara. Nunca, en más de cincuenta años, había salido el sol una mañana y lo había encontrado sin ninguna preocupación escrita en la frente. Llegó a pesar, en su momento, que con la jubilación, una vez terminado su tributo obligatorio al malestar general, por fin todo se simplificaría algo, y quizá hasta podía aprender de nuevo cómo hacer alguna locura que otra. ¡O mejor, una locura detrás de otra, qué coño! Pero tampoco. Olvidar los trajines del trabajo sólo había servido para acentuar nuevos quebraderos de cabeza. Sesenta y cinco años, ¡y ya la vejez había empezado a querer llevarse lo suyo! Bueno, lo suyo, y lo de su mujer, que no tardó mucho en morir, después de dos años de no ver más horizonte que las fotos antiguas colgadas en la pared, frente a su mecedora, y, un par de veces a la semana, los azulejos de un blanco tan frío que temblores le daba, en la sección de oncología del hospital. ¡Hasta en esos momentos, cuando ya caminaba con la seguridad de que él era, de todos sus conocidos, el siguiente en la lista de espera de la Parca, en estos años de arrugas, olvido y supuesta placidez, los problemas y las continuas escaramuzas con el mundo se empeñaban en no esfumarse! Cuando no se retrasaba la pensión, se le disparaba el azúcar o alguno de sus hijos tenía un disgusto serio con la pareja. Hacía unos días, por ejemplo, se había pasado toda la noche en vela, con una preocupación y un desasosiego encima como para pegar ojo. Porque al final resultó no ser nada, pero lo de que hubiesen tenido que llevar a su nieto a urgencias en mitad de la noche, sin conocimiento y con esa fiebre, que le ardía la frente a la pobre criatura… ¡Qué hartazgo de vida, por Dios! Para cuatro veces en total que uno se ríe un poco o toma el sol, te pasas el resto del tiempo pegándote contra todo. ¡Ya estaba bien!
No era la primera vez que se repetía a sí mismo todo esto. Se dijo que mejor no distraerse ahora con asuntos que no venían al caso, y comenzó a caminar por la senda, pretendiendo no fijarse mucho en todas aquellas cosas viejas, en toda aquella tierra vieja. Había venido a buscar el sonajero. Encogiéndose dentro del abrigo, para hacerse más inmune al viento que removía hojas, ramas y rincones antiguos, se dispuso a apresurar el paso y respiró hondo. El aire no le olió a óxido y a maderas enmohecidas, sino que le pareció seguir impregnado de los aromas del tomillo y de la hierbabuena, que en su infancia nunca faltaron a los pies de la tapia de piedra. Hacia ella volvió la cabeza, y, en aquel instante, no le hubiera extrañado lo más mínimo ver a su padre en cuclillas, ejerciendo de jardinero aficionado. Hasta un impulso tuvo de salir corriendo hacia allí a preguntarle qué estaba haciendo, que si anda, por favor, déjame ayudarte, y después, con mucho cuidado, seguir sus instrucciones para, así, muy despacio, introducir la planta en el pequeño agujero y cubrirlo, pero sin apretar mucho, que hay que dejar que la tierra respire, ¿sabes? La facilidad de los días en que su padre estaba allí, en la casa, o dirigiendo los trabajos en las tierras de labor, o enseñándole a leer bajo el emparrado, o incluso echándole una buena reprimenda por no haber ayudado a su madre con la limpieza, rebrotó en su memoria. Recordó lo duro que había resultado el día en que marchó a la ciudad, a comenzar sus estudios universitarios. Y eso que la mirada de su padre le dijo que en la ciudad todo iba a ser perfecto, y que cuando regresase, a no mucho tardar, volverían a sembrar nuevas plantas junto a la tapia. Sí, tenía razón, todo en la ciudad fue perfecto, pero cuando regresó por primera vez, con motivo de las fiestas de navidad, ya hacía mucho frío, y no era época de plantar nada.
Exhaló el aire y el olor se fue. Volvía a ponerse el sol en el jardín antiguo, entre temblores y ráfagas de viento helado. Tenía que darse prisa, si es que quería encontrar el sonajero antes de que anocheciese. No detuvo su caminar rápido hasta alcanzar el primero de los tres escalones que llevaban al porche de la casa. El tiempo había esparcido por el suelo los cristales de las ventanas, y arrancado de algunas zonas la pintura de las paredes. La baranda estaba sucia, enmohecida, y una gruesa capa de hojarasca y pequeñas ramas cubría el suelo. Aguantó la respiración, temeroso de descubrir que sus recuerdos, a partir de ese instante, ya no existirían nunca. Que el recuerdo mismo desaparecería de su memoria, por gastado y absurdo. Procurando no mirar alrededor, subió los tres escalones mientras rebuscaba en su bolsillo la llave de la puerta principal. Ya su mente se maravillaba de que la cerradura aún funcionase, más de cinco décadas después, e incluso llegó a pensar que quizá el interior no estaría tan destrozado como lo imaginaba, cuando alcanzó sus oídos un chirriar ligero, que no era de ahora, que no lo había traído el tiempo. Levantó la cabeza y escuchó. El balancín de su madre ya sonaba de esa forma cuando él aún no levantaba lo suficiente del suelo como para encaramarse allí junto a ella, y tenía que ser ésta la que lo alzase entre risas. Ese chirrido era su primera memoria consciente. Recordó que lo había estado oyendo durante un rato, sin prestarle atención ni identificar su procedencia, hasta que abrió los ojos y encontró frente a él el rostro alegre de su madre, que lo sostenía en sus brazos mientras se mecía en el balancín. El también sonrió, y desde entonces, fue consciente de existir. El anciano se giró, buscando con los ojos lo que prometía su oído, y el balancín apareció en un extremo del porche, donde la sombra pretendía querer retenerlo. Con pasos lentos, a medio camino entre la urgencia y el miedo, se acercó al mueble de estructura metálica, que ahora estaba menos pintado de blanco que antes.
Unas ramas entrechocaron a lo lejos. El sol comenzaba a descender, y el anciano detuvo su balanceo. Se dio cuenta, por primera vez, de cómo, en aquellos primeros años, había poco a poco dejado de habitar aquella casa. Incorporándose, trató de emplear la escasa agilidad que aún le quedaba en las piernas para correr hacia la puerta. Tenía que entrar. No importaba lo que encontrase en el interior. Los cuadros estarían caídos, el papel desprendido de las paredes, los muebles cubiertos de polvo… Tenía que entrar, volver a sentirse rodeado por el salón, su dormitorio, la cocina y el pequeño desván que en algún momento había abandonado. Su mano hizo girar con premura y torpeza el pomo de la puerta, y ésta se abrió, permitiéndole un acceso trastabillado y nervioso. Miró a su alrededor. Todo estaba demasiado oscuro, y sus ojos tenían urgencia por ver, así que lo lanzaron a recorrer la casa, habitación por habitación, alzando todas las persianas que no habían sido derrotadas por los años de abandono. La última luz del día se extendió por todos aquellos recovecos perdidos. El anciano detuvo su carrera en la gran sala de estar. Jadeaba, y los latidos acelerados de su corazón le dolían en cada músculo, en las sienes y en el pecho. Recorrió la estancia con la mirada y pensó que, quizá, él había envejecido más que la casa. Todo estaba en la misma posición que había estado siempre: los dos cuadros de caza sobre la chimenea, los sillones de orejas alrededor de la mesa camilla, el aparador lleno de recuerdos que no eran suyos…Todo cubierto de una capa de polvo que le hizo pensar en la estancia como en una enorme escultura en piedra. Se acercó a la mesa, y con la mano callosa y desnuda, retiró el polvo de su centro. El vivo color rojizo del barniz y la madera aún seguía allí, protegido, durmiendo bajo la capa de suciedad gris que se hacía omnipresente. Esperanzado, hizo lo mismo con los sillones, y allí reapareció el terciopelo rojo sobre el que de niño solía acurrucarse cuando se pensaba ofendido por alguna grave injusticia adulta. Después su mano y su memoria purificaron los cristales del aparador, para redescubrir los detalles de mil abalorios, copas y fotografías que ya descubriera una vez, en sus primeras andanzas de caminar erguido sobre dos piernas. Por último, fueron los dos cuadros los que volvieron a mostrarle las aventuras imaginadas junto a aquellos cazadores y sus perros, mientras con ellos trataba de abatir un oso coloridamente feroz e indestructible. Cuando todo estuvo de regreso, cuando el anciano se sonreía convencido de haber vuelto a la casa, una nube cubrió por unos instantes el poco sol que aún seguía vivo, y la sala se hizo penumbras. Miró de nuevo todos los tesoros recién desenterrados, grises otra vez, y dudó que en aquella casa fuese a encontrar, tras tanto tiempo, el sonajero que había venido buscando. Esta era la última habitación en la que había estado, antes de salir y cerrar la puerta para siempre. Eso ocurrió unos diez minutos después de que el último familiar, amigo o conocido presente en aquella misma sala el día del funeral le hubiese expresado su pésame. El primero de todos había sido el marqués, cuando la tarde anterior telefoneó para hacerle saber del accidente en el que habían fallecido sus padres. Al día siguiente, cuando se quedó solo de nuevo, lo único que hizo antes de marcharse fue ir a su dormitorio y mirar por última vez la fotografía de sus padres que guardaba secretamente en un rincón de su armario, y que había permanecido allí durante años, esperando aquella última despedida. Después, no se molestó en cubrir los muebles, cegar las ventanas o descolgar las cortinas. Se limitó a bajar las persianas, dejándolo todo a oscuras. Al fin y al cabo, ya no era su casa.
En el exterior, con la próxima llegada de la noche, el viento había crecido en su empuje, pero dentro las paredes atenuaban las corrientes, y el anciano comenzaba incluso a tener calor en su abrigo. Mientras se desprendía de él, su memoria de hombre viejo sintió un deseo, mesurado y sobrio, de restaurar imágenes gastadas. Así que el anciano depositó su abrigo pesado, oscuro, sobre uno de los sillones, y se dirigió, atrapado por su irrevocable ancianidad, hacia su antiguo dormitorio. Entró con la tentación de la nostalgia insinuándosele en el pecho, pero no quiso liberarla y hacerla crecer otorgando su atención a todos los objetos demacrados que, permaneciendo donde siempre estuvieron, guardaban ante sus ojos cada momento de su primera vida. Se dirigió así directamente al armario, sin pausas arriesgadas, a recuperar la fotografía. Pero en su rendición, abrió sin querer la puerta equivocada, la que no guardaba un retrato muerto, sino una pila de juguetes arrinconados allí desde que los cambiase, como adolescente, por unos cuantos libros y algunos amores. Allí descansaban satisfechos sus cómics de guerra, un saco de canicas, dos coches de latón, un aro, una espada de mosquetero… Su magnífica espada de mosquetero. La tomó por la empuñadura, mientras el mundo se difuminaba en sus ojos y en su rostro, y al instante los ribetes dorados, la hoja roma y la filigrana del puño comenzaron a hablarle de decenas de enemigos contra los que, juntos, se habían batido en noble y justo duelo. Probó algunos pequeños movimientos con la muñeca mientras se incorporaba. Aquel acero de madera había ensartado a más de un corsario del Caribe, y a docenas de soldados del cardenal en Francia. Siempre con un mandoble certero, una estocada elegante y un “¡Muere, bellaco!”. Y sus enemigos siempre tenían la decencia de morirse con el más caballeresco dramatismo, sin trucos ni supercherías más allá de las propias de malandrines imposibles. El anciano, con los ojos brillantes, ensayó un golpe de espada. La muñeca firme, la hoja catapultada hacia delante en un golpe mortífero. Como sabía que nadie iba a recordarle que lo de saltar sobre un colchón es una capacidad que se pierde con la llegada de la edad adulta, allí se encaramó, retando con sus gritos a todos los moros de Arabia. Con cada nueva zancada, con cada nuevo salto, una nube de polvo se desprendía de la vieja colcha, mistificando el aire que una y otra vez cortaban, con menos agilidad pero con similar entusiasmo que hacía más de setenta años, la espada y su brazo. Así transcurrieron algunos de los pocos minutos que aún le quedaban al sol antes de morir. Y cuando el guerrero invencible respiraba ya la paz fresca de su sudor niño, otro recuerdo apareció en su cabeza de repente. Era allí, ¡allí! Sí, en aquel lugar lo guardaba siempre su madre. ¡El sonajero estaba en la mesilla de noche! En el dormitorio de sus padres, en el último cajón de la mesilla de noche, junto al lecho inmenso. El anciano bajó de la cama de lo que en su cabeza fue un salto, y en sus piernas un movimiento torpe y difícil. Tras recorrer el pequeño pasillo espada en mano, abrió la puerta del dormitorio principal. Se sintió felizmente pequeño, asombrado y sobrecogido en el santuario de los adultos. De rodillas, abrió el cajón, sin sentir las telarañas que lo cubrían. Su memoria no se había equivocado. Ojos y manos, tras soltar la espada, lo descubrieron a un tiempo. Entonces, como en otra época, el anciano acercó el sonajero a su oído. Supo que sentía la credibilidad agradecida en los milagros que por fin suceden, la confianza resucitada en que todo ha pasado y la vida está allí de nuevo, por fin, tras hacerse esperar para siempre. Hizo un ligero movimiento con el brazo, y el tenue sonido del sonajero mató casi ochenta años de ausencia. Los ojos del anciano se cerraron, mientras su rostro se llenaba de lágrimas y sonrisa. Tras levantarse muy despacio del suelo, se tumbó en la gran cama, sobre la que había nacido, donde había sido abrazado por primera vez, y allí, en libertad y calma, con la postura de un pequeño feto y el sonajero de plata y nácar entre las manos, se quedó profundamente dormido. En el exterior, el sol terminaba de esconderse tras la colina.
Jose Jesus García Rueda 9-3-2006 Madrid |