El sueño de AniaAún quedaban fragmentos de hielo en sus ojos, últimas huellas del reciente invierno, que se derretían con lentitud en una mirada líquida. Ania es joven. Sí, ha de ser joven. Y bonita. Bonita hasta lo imposible. Y Ania tendrá un sueño. De repente, sin brumas, sin túneles, sin ecos, la mujer se contempla a sí misma desde fuera, como por los ojos de otra persona. Se ve allí, tumbada en el césped, tomando el sol. Hay un cuaderno a su lado, un pequeño block de notas que alguna hormiga ya explora. Al evolucionar con sus patitas por el papel manchado, parecen letras en fuga. O a lo mejor son las letras las que avanzan ordenadas, como hormigas. “Estoy soñando”, piensa la mujer. “Me he quedado dormida y estoy soñando”. Todo sigue igual en la piscina. El agua distante, el bar rompiendo la línea del horizonte, y miríadas de niños correteando como siempre de un extremo a otro del paisaje. Pero en silencio. Sí, el conjunto parece más callado y más lento. Como si cada objeto fuese una burbuja. Burbujas de un jabón imaginario, ligero y cristalino. Todos los objetos salvo su cuerpo, que percibe rotundo y desparramado, perdido al abandono del sueño. No siente las briznas de hierba bajo la piel, ni la humedad de la tierra pelada. “Estoy fuera”, se dice. Y no se sorprende en absoluto. No tiene costumbre de hacerse preguntas cuando sueña. Por eso lo que surge en su conciencia no es en realidad una cuestión, sino un planteamiento de las reglas de este nuevo juego. “¿Qué soy?”, parece pensar. O mejor, “¿Qué personaje interpreto en esta fantasía?”. La omnisciencia típica de los sueños le da una inmediata respuesta, que tampoco es tal, puesto que la pregunta no era una pregunta. “Soy luz”, concluye. Y así, las cosas por fin claras, asume su nueva condición. Contempla otra vez sus carnes fofas sobre la hierba, el pelo enmarañado, el bolígrafo que ya casi se ha caído de los dedos, y sonríe. “Ahora soy luz”. Qué extraño que, siendo luz, lo vea todo como si estuviese pegada al suelo, en lugar de remontar con los aires cálidos a formar nubes. ¿Dónde está, qué la retiene? ¡Qué sueño tan raro! Hecha luz y aquí quieta, que casi roza los tallos más altos de hierba. Y la mujer hace regresar a la omnisciencia, para que dé explicaciones que no son explicaciones, igual que antes no eran ni preguntas ni respuestas. “Soy un reflejo. La luz no existe si no se refleja”. Intenta recordar qué es lo último que vio frente a ella antes de dormirse, cuando aún tenía tacto, y vista y oído, y el mundo era ruidoso y sucio, y no burbujas. Las gafas, las gafas de sol de aquel hombre que la observaba, escondido tras ellas. Allí está ella ahora, reflejada en las lentes de un vouyeur de piscina. Qué indigna situación para alguien que se ha hecho luz, y que antes fue carne. ¡Si hasta las gotitas de sudor escapando de sus poros pueden verse desde aquí! Qué decir de ese pequeño michelín que se escurre sobre el elástico del bikini, o el pliegue de más que le hace el trasero antes de difuminarse en la pierna. ¡Menos mal que, al menos, está recién depilada! Bueno, lo cierto es que no le parece que esté demasiado horrible, la verdad. Al final las semanas de gimnasio han servido para algo, terminando por distribuir grasas, carnes y líquidos de forma más o menos armoniosa. Y luego está el bikini, que fue como un flechazo cuando ella y Rosa, su confidente y cómplice en materias de imagen y transacciones económicas asociadas, comenzaban a desesperar tras una tarde de compras veraniegas. “Mira Rosa, ese blanco. Mira qué forma tiene. Es precioso. Pruébatelo, anda, que seguro que te sienta de maravilla”. Pero al final no es a Rosa, sino a ella, a quien sienta de maravilla. ¡Qué lástima que, desde su nueva perspectiva, no pueda apreciarse la bonita forma que el bikini da a sus senos! Ania sirve mesas en un restaurante de Varsovia. Es un restaurante que hace esquina, romántico y coqueto, en aquella plaza rectangular enorme desde la que se divisaba una iglesia con dos torres. ¿Cómo es que se llamaba? Así, tan rotunda, tan estrictamente soviética... ¡La plaza Konstytucji! Sí, ese era el nombre. Y el restaurante es el “U Szwejka”, un rinconcito con velas en medio de tanta mole y de los continuos tranvías. Ania trabaja allí, entonces, iluminando con su sonrisa triste a cada comensal que tiene la fortuna de ser atendido por ella. Más de uno saldrá enamorado tras contemplar sus gestos mudos entre la música de acordeón. Porque Ania no habla inglés, y a ese restaurante van muchos extranjeros. Su blusa blanca y su pequeño delantal rojo ondean gráciles, sin peso, como una bandera, entre la escarcha que, en las noches aún frías, cubre las ventanas del restaurante. Y allí dentro todo es como un cuento, y Ania una princesa que es feliz sin saberlo. Sí, así será. El mirón de piscina se incorpora. “Vaya, parece que se cansa de buscarme el canalillo”. El hombre es bastante alto, y desde sus gafas toda la piscina aparece en una panorámica sobreiluminada. “¿Dónde me llevará?”, se pregunta la mujer, sintiéndose incómoda. Hoy es el último día de vacaciones, y preferiría pasarlo abandonada a la placidez de un colchón de hierba, con el sol dibujándole esbozos de futuras arruguitas. Que mañana su marido ya habrá regresado de su viaje de trabajo, y tendrá que quererlo de nuevo. Mañana, con ella otra vez en la jungla de su oficina, y el ordenador empeñado en borrarle el moreno de la piel. Y claro, también habrá que recoger a los niños de casa de sus abuelos, en el pueblo, para reanudar todos juntos el reino de la rutina: sacar la basura, madrugar, fregar los cacharros, dar un beso de buenas noches... el reino del vivir muriendo, del aletargarse despierta hasta la próxima primavera. Pero eso será mañana. Hoy todavía puede disfrutar de una siesta despreocupada junto a varios miles de litros de agua, mientras se evapora lentamente. “¡Y el imbécil éste decide llevarme a dar un paseo!”. Ni la magia que suele almohadillar sus sueños, ni las burbujas, ni el exceso de luz parece que vayan a librarla en esta ocasión de un futuro próximo a su parecer bastante prosaico: el bar de la piscina. Desde su atalaya de cristal ahumado el recinto, lejos de la pileta y lleno de papeleras donde ya no cabe un solo pedazo más de papel de aluminio u otra bolsa de plástico, aparece como un amasijo revuelto de voces y carcajadas silenciosas, carreras, brazos gesticulantes, bigotes, sobacos sin afeitar y viejecitas con pañuelo estilo albañil sobre la cabeza. Incluso a cámara lenta, el panorama está demasiado vivo. Incluso con este calor que pesa. Incluso con la modorra que acompaña los restos del almuerzo. Hacia allí se dirige la mujer, cabalgando en una montura sedienta y desobediente. Si no fuese sólo un reflejo, torcería el gesto. Ya apoyado sobre la barra, el codo peludo mojándose con los residuos de un parroquiano anterior, el hombre pide una cerveza y mira con avidez el grifo del que mana. Se ha quitado las gafas, pero ya era tarde: el reflejo de la mujer ha saltado, de forma involuntaria, a la carcasa plateada y brillante del grifo. A este susto repentino une, cual quiebro de caballo de ajedrez, otro aún más desconcertante: impelida por el dinamismo de la luz, la mujer ha terminado atrapada entre un montón de vasos limpios que, rendidos, aguardan el momento de volver a tocar labios ajenos y salivas desconocidas, mientras gotean lagrimones de agua tibia. Así, con su reflejo disgregado y rebotando sin parar en aquel pin-ball de luz, comienza a sentir un considerable mareo. Diría que todo da vueltas a su alrededor, de no saber que es ella la que no para de moverse. Ahora una gota, un reborde, una cenefa. Ahora está ahí, y ahí, y ahí también. Y se contempla, y al girarse aún sigue allí. Y se cansa de ser tantas y de estar encerrada en ese mar de cristales relucientes. “¡Jesús! ¡Esto ya parece mañana!”. A Ania le encanta ir a pasear, nada más amanecer, al parque Lazienki, sobre todo en este tiempo, cuando el frío no es tan intenso. Su recorrido empieza siempre en el monumento a Federico Chopin, porque contarle su sueño a esa figura enorme, arremolinada en un gesto perenne de imaginación creativa, le resulta más sencillo que amasarlo a ciegas en el interior de su cerebro. Más tarde habrá que describir con más detalle las características de esta efigie que, de forma tan armoniosa, hace vibrar el alma de Ania. Pero por el momento es necesario concentrarse en la muchacha, sobre todo en esos pasos lentos y suaves con los que desciende la hermosa ladera, mientras las ardillas vuelan sobre su cabeza, haciendo equilibrios en el tejido de tantos pensamientos. ¿Y cuál va a ser el sueño de esta Ania que, a todas luces, lo tiene todo? Será lo de siempre, claro. Soñará con otra vida, que en su caso incluirá un sol intenso y vivo, un invierno suave, un millón de rostros alegres y, como no, un hombre apasionado, de piel ligeramente morena y ademanes dulces y cariñosos. Su sueño contendrá, sin duda, un país mediterráneo, que por aquellas tierras están muy sobrevalorados, y una generosa porción de música latina, caliente y animal. Pero mientras piensa todo esto, una ardilla de pelo rojizo y gestos resueltos se habrá detenido frente a ella, y vendrá a comer de su mano. Después, tras haberse cruzado con algunos otros solitarios, que también vagabundean por el parque, por ver si la brisa helada les ayuda a limpiar sus incansables cerebros, después de todo eso, comenzarán a aparecer los primeros pavos reales, y los primeros patos, anuncio del hermoso palacio al que se dirige Ania, los unos, espejo del lago donde éste se asienta, los otros. Y cuando por fin surge el palacio, y mientras las hermosas estatuas que lo rodean contemplan tranquilas unas aguas tan detenidas y heladas como ellas mismas, mientras el hielo hace sólidas las ondas que aquí no existen, la muchacha mirará al cielo, y a los árboles, y a los senderos de tierra. Mirará el césped vacío, y la luz intensa pero clemente. Mirará las nubes, e incluso mirará al aire que le hace encogerse dentro de su abrigo. Y sonreirá. Con esa sonrisa triste de la que ya se ha hablado. Con ese rostro imposiblemente hermoso que se mencionó antes. Sonreirá. Sonreirá con esos ojos de turquesa líquida que volverán a aparecer después. Cuando el mareo empieza a amenazar con volverla loca, o incluso con hacerle despertar de su sueño, un biberón de cristal pasa junto a los vasos y rescata su reflejo. Pertenece a una madre joven que lo recupera una vez que el diligente camarero le ha hecho el favor de calentárselo. Aunque todavía está mareada, la consciencia de durmiente de la mujer comienza a crear nuevas divagaciones. “¡Qué cosas! Yo, con lo que bebo, y terminar rodeando este montón de leche”. Pero la verdad es que se siente bien junto al pequeño cuerpecito tibio que, transportado por los brazos de su madre, se agarra al biberón como si nada más existiese en el mundo. Junto a este montoncito de gorjeos y de miradas de asombro, que el universo entero se esfuerza en proteger. Qué bueno poder participar, aunque con la modestia propia de un sencillo rayo de luz, de la sensación de encontrarse ante un sendero de decisiones aún virgen, que esos piececitos desnudos habrán de pisar, dejando cada vez huellas más y más grandes, más y más profundas... Hasta que el sendero se termine hundiendo bajo sus pies, eso sí. Que al final es esto lo que ha de ocurrir. “Pero no será mañana”, piensa la mujer, poco dispuesta a sentirse triste ahora. La madre se acuclilla junto al borde del agua y le muestra el bebé a un hombre joven que se acerca nadando. Para evitar que caiga a la piscina, el biberón reposa sobre el bordillo, momento que aprovecha la mujer que ahora es luz para saltar a la pileta. ¡El agua por fin! Allí el reflejo crece, se expande ocupando todo el espacio, mientras lo mecen las ondulaciones. Salta con cada chapoteo, ríe con cada gota que vuela. El agua... La extensión plana que la despliega sin barreras frente al sol. La planicie sin mañana, el instante capturado en forma líquida. Allí se relaja, descansa de este extraño sueño que está viviendo. No hay gafas, ni grifos, ni vasos, ni biberones. Allí la luz es sólo eso, luz que brilla en el fluido ilimitado y cómplice. “Voy a echar de menos esto”, piensa mientras hace el muerto de forma perfecta, liberada de átomos y otras prisiones. Tan desaparecidos están el futuro y el tiempo en su disfrute, que así pasan los segundos, y los minutos, y las horas. Hasta que abre sus ojos de feliz reflejo, y ya no hay nadie. Las aguas están tranquilas, el césped vacío. Qué extraño. ¿Se habrá quedado dormida dentro de su sueño? Está oscureciendo. Hace ya mucho tiempo que el personal habrá dado el último giro a la llave de la puerta de la piscina. Cerrada. Pero entonces, ¿qué habrá sido de su cuerpo? ¿Se habrá marchado sin ella? No comprende. “¿No era esto tan sólo un sueño? Espero que al menos se haya llevado el cuaderno con las notas, con la historia”. “¿Y ahora qué?”. Esta pregunta suena en su cabeza a pregunta de verdad, no como las anteriores, que eran tan sólo parte de un sueño. La luz desaparece rápidamente en este atardecer de verano maduro. Y con ella su reflejo, que cada vez es más tenue y apagado. Es entonces cuando, sin perder ni por un instante la paz recién ganada, salta y se agarra con firmeza a uno de los últimos rayos de sol, que por fortuna para ella se ha quedado un poco rezagado, justo antes de que sólo haya noche en aquel recinto ocioso. Amanece muy temprano en Varsovia. El sol no calienta, pero inunda la habitación de Ania con caricias de despertar. Ha sido una noche plácida, aunque repleta también de extrañas imágenes y sueños. Cuando la muchacha abre sus hermosos ojos de turquesa líquida, derretidos ya los últimos fragmentos de hielo del invierno, el astro se los llena de nuevos y lejanos reflejos. Jose Jesus García Rueda Primavera 2003 Madrid |