El viejo y la muerte

La tarde no tiene color. El gris de las nubes se derrama por asfalto y paredes. No hay ruidos. Ni tan siquiera sonidos. Sólo el viento susurrando cantos de sirena por los rincones. Su figura destaca en la calle desierta. El viejo siente un escalofrío: el otoño ha llegado ya hasta sus huesos, aunque la fecha sea aún temprana.

            Sentado en un maltrecho sillón plegable, parece hacer guardia frente a las puertas de su antiguo corral. Ya no hay animales allí. El cemento y el yeso han sustituido a las vigas de madera.

            -Bueno – piensa - se me han ido aquí casi todos mis ahorros, pero por lo menos tengo una vivienda decente que dejarles a mis hijos. Además, en el pueblo todo el mundo está construyendo casas nuevas y modernas...

            Es cierto. El pueblo está cambiando. Ahora las construcciones son tan altas que desde su posición casi no puede divisar la era. Aún recuerda cuando la calle ni siquiera estaba asfaltada, y un torrente de barro descendía por ella en los días de lluvia. O incluso antes, cuando no había ni calle. De eso hace ya... muchos años. Y cada uno de ellos ha marcado su rostro con profundas señales de vida ya vivida. Y bien vivida, eso lo sabe.

            -Corazón, viejo amigo, quieres descansar de tanta batalla. Tranquilo, es probable que este otoño te pares para siempre. Gracias de todos modos por aguantar en tu puesto hasta que he terminado todo lo que tenía que hacer aquí. Ahora, cuando tu quieras, puedes detenerte, tienes mi permiso. Creo, granuja, que ya lo has hecho alguna vez, aunque siempre vuelves a funcionar justo a tiempo para engañar a los médicos.

Lía un cigarrillo y lo enciende. Ya es muy viejo para sentir remordimientos por fumar. Además, envuelto en su recia rebeca y con la eterna boina cubriéndole la cabeza, ¿qué otra llama puede encenderse en él que la ficticia del cigarrillo? Se aprieta contra la lana buscando el calor que proteja a sus pensamientos del sueño frío de la estación, que quiere ya llevárselos lejos de su cuerpo.

-Si te parases ahora, ¿qué cambiaría? Que yo ya no abriría los ojos mañana, nada más. La calle está igual de sola conmigo que sin mí. ¡Y qué caramba! Yo ya he muerto otras veces. No corazón, no me refiero a ti. Quiero decir yo, este viejo que ya no es lo bastante fuerte como para levantarse de la silla y correr a arar la tierra. Pronto será la tierra la que me profane a mí...

Las arrugas no consiguen esconder la serenidad y buena presencia de sus rasgos. Bien es cierto que a ello ayuda la delgadez en que se encuentra desde hace unos meses. Pero también es su raza y coraje de hombre castellano la que mantiene firme su expresión. Sus ojos son aún fuente de fuego y picardía. Sólo la última muerte logrará apagarlos. Y, ¿quién sabe?, acaso ni siquiera entonces dejen de desafiar al mundo, de decirle a la tierra que no se esconda, que aquí está él para robarle sus frutos.

Una tos seca, cargada de muerte, sacude a cada uno de sus huesos.

-¡Coño! Qué mal aspecto está tomando el cielo. Esta tarde va a caer una buena tormenta. Pues como llueva, se acabó definitivamente el verano.

No le duele pensar que probablemente será el último. Todos los veranos son el último. Por ejemplo, aquel de antes de la guerra. Claro que en aquella ocasión no tenía conciencia de que algo importante fuese a suceder. Sus dieciséis años aún no le hacían interesarse por las charlas del casino, donde algunos ya barruntaban que la situación política acabaría por explotar. Todavía era un niño, aunque muchas de las mozas del pueblo no tenían la misma opinión. Siempre fue muy apreciado por las mujeres. Esperaba a la salida de la iglesia a que las chicas terminasen de rezar el rosario, y entonces pasaba junto a ellas gritando obscenidades y haciendo públicos amoríos secretos. Al poco rato, sentado bajo los soportales del ayuntamiento, cerraba los ojos y pensaba en aquella muchacha rubia a la que había conseguido sonrojar. Esta noche tendría algo que contar a sus amigos mientras fumaban a escondidas junto a la tapia del cementerio.

-Y cuando me quise dar cuenta, en lugar de correr para asustar a las mozas, saltaba entre las rocas de la sierra para evitar que los malditos rojos me alcanzasen con sus balas. Cabrones, por su culpa fue la guerra, como decía nuestro teniente; porque querían convertir esta patria en un patio de recreo de los hijos de puta rusos.

Por un instante la sangre ha vuelto a sus mejillas, para nublar su visión. Como en los días de la guerra, cuando en las frías noches montañesas soñaba con ríos de sangre regando los campos de labor.

-Por suerte no hubo muchos héroes en mi compañía. Nos limitábamos a pasar los días tratando de sobrevivir. Bien es cierto que algunos, como Lucas o el “Tinajo”, se dejaron las tripas enredadas entre los arbustos, pero en general no tuvimos que enterrar a muchos compañeros. Otra cosa eran las cabezas. De esas sí que se perdieron bastantes entre los pinos de la sierra. Cuando un hombre sólo puede luchar contra el frío y el miedo cazando ratas con sus propias manos, algo acaba rompiéndose en su cabeza. No fueron buenos años, joder.

Y en aquella ocasión también hubo un último verano. Y tampoco entonces supo que lo era. Hasta la montaña no llegaban las noticias de la pronta capitulación del bando republicano. Un día, de improviso, se apeaba de un autobús en la plaza del ayuntamiento. El pueblo había envejecido; los cuerpos de las mozas se cubrían de negro, y el tañer de las campanas parecía más lastimoso que de costumbre.

Con todo, la guerra había respetado en cierta medida a la comunidad. Pronto se volvió a las viejas labores, y la actividad enterró poco a poco los recuerdos tristes. Llegó el momento de casarse. Sus hermanos mayores ya lo habían hecho. Era su turno. En poco tiempo se arregló la boda con la hija mayor de los Botero, familia de cierta posición económica. En realidad, no fue un matrimonio de conveniencia. Si no corriesen por entonces tiempos tan penosos, la pareja habría descubierto que se quería.

-Con estas manos construí nuestra casa. Piedra a piedra, las extraje yo mismo de la vieja cantera, la que está junto a la carretera. ¡Ay, mi Luisa! Que gusto daba acostarme junto a ti por las noches, sentir un cuerpo caliente al que abrazar. ¡Y qué buenos ratos pasamos! Yo, por aquel entonces, cumplía como el mejor de los maridos. Y tú, pícara, siempre sabías cómo rescatar las fuerzas que me quedaban tras la jornada en el campo. Claro así, a los pocos meses, tú te quedaste preñada. ¡Qué ilusión me hacía tener un hijo! ¡Y que fuese varón! Luego resultó ser una hermosa hembra, y ¿sabes qué Luisa?, me sentía tan bien que me dio igual.

El sol está ya bajo en el horizonte. Sombras alargadas cubren la calle, llamando a las puertas de las casas. Pronto se encenderán las farolas.

-Y luego vinieron más, y éstos ya sí eran varones. Desde luego que tú y yo en la cama éramos como dos cachorros juguetones. Nunca se imaginaría Don Nicolás, el cura, lo traviesa que eras, viéndote rezar fervorosamente todos los días en la iglesia. Creo que en aquellos años fui muy feliz, cuidando de ti y de nuestros hijos pequeños, que crecían fuertes como toros.

Aquello también terminó, cuando a comienzos de un otoño cualquiera la familia emigró a la capital. Aún no sabe realmente por qué se fueron. Quizá porque sus hijos se estaban haciendo mayores y las tierras de labor no daban trabajo para todos. En la ciudad se buscaron la vida como pudieron. Él todavía no era viejo, y se sentía con fuerzas para luchar. Así, soportando privaciones y penurias, logró sacar adelante a su progenie. Visto desde el presente, éste fue el momento culminante de su vida, la cima de la escalada. Entonces llegó el tiempo de pasar el testigo.

Rondaba los cincuenta años cuando se casó su hija, la mayor. Él trató de resistirse, de mantener unida la obra de toda su vida. Pero sabía que no vencería en aquella lucha. Era ley natural, y la experiencia le decía que contra eso era inútil luchar. Ahora era a sus retoños a quienes tocaba gozar de la vida, enfrentarla y vencerla. El día de la boda, un treinta de septiembre, por primera vez fue consciente de que las cosas estaban cambiando. Sintió algo parecido a la muerte susurrarle tristes canciones al oído.

En los años posteriores la historia se repitió. Uno tras otro, sus hijos fueron encontrando un pequeño rincón del que sentirse dueños. Con la marcha de cada uno el viejo, ahora ya era viejo, sentía que el susurro se hacía más fuerte. Pronto se quedaron solos, él y su Luisa.

-Solos. Dicen que los nietos son una bendición. ¡Cojones! Tener a mis hijos en casa sí que lo era. Ahora sólo vienen a ver a los abuelos. Abuelo. Ningún hombre es abuelo. Abuelo le hacen los demás. Abuelo le hacen sus hijos, cuando le muestran que su tiempo ha pasado.

Hace unos años que volvieron a la casa del pueblo. Allí todavía es alguien. Viejos aún más demacrados que él le saludan en el bar del Torrero. Muchos de sus amigos ya no están: hombres que sobrevivieron a la guerra se han dejado alcanzar por las balas del tiempo. En sus carnes también ha penetrado uno de esos proyectiles. En el corazón, músculo traidor que ya sólo desea pararse.

El viento se ha hecho más fuerte. Llueve. Unas manos, de entre cuyas arrugas aún rezuma femineidad, aferran dulcemente sus hombros. Una voz dulce atraviesa el viento, buscándole.

-Vamos viejo, entra en casa, que esta lluvia ya huele a otoño, y tus huesos van a quejarse.

Él toma su mano y cierra los ojos. Con los años, todo se ha ido quedando en el camino: juventud, vitalidad, alegría... Tan sólo le queda vejez. Y Luisa. Luisa todavía está aquí. Y no se irá.

-Gracias, Dios mío, - piensa – porque yo vaya a morir antes que ella. Sé que soy egoísta, pero no quiero ver a mi Luisa tendida frente al retablo de la iglesia, y un río de viejas cotorras, creyendo entender cómo me siento, dándome el pésame. Ella sabrá vivir sin mí. Yo sin ella... no podría.

Las farolas acaban de encenderse, y algunas de las sombras han debido retroceder. La calle poco a poco se llena de muchachos que vuelven orgullosos de vete a saber qué travesuras. No les preocupa la lluvia. Las mujeres salen a las puertas a esperar a sus maridos, y éstos van llegando del trabajo en animados corrillos. Por un momento, hasta el viento y la lluvia parecen haberse detenido.

Jose Jesus García Rueda

Septiembre de 1996