En la caja

Jose Jesus García Rueda

 

 

 

(Se encienden las luces del escenario y aparece un hombre durmiendo en el suelo, en el centro del escenario. Hay un montoncito de arena a un par de metros. Una luz amarilla y redonda brilla sobre el escenario, a la izquierda. El hombre se despierta y se despereza. Mira a su alrededor)

 

Hombre: ¡Ummmmmm! Estoy solo. Y como estoy solo, hablo solo. O pienso solo. Aunque me oigo, así que debe de ser que hablo solo. Claro que a lo mejor me oigo dentro de mi cabeza. Me oigo pensar… Estoy solo. ¡Sooooooooloooooooooo! Hay una pared a mi derecha, otra a mi izquierda, otra detrás, aunque ahora no la vea, y una cuarta delante. Hay un techo y un suelo, por supuesto. El mundo es tan pequeño, tan liso. Y yo estoy solo y me lo digo, mira: ¡estás solo! ¡Sooooooooloooooooo! (Ríe) Bueno, está la luz, también. La luz redonda y amarilla. Pero a la luz no le puedo decir “hola”, creo. La luz está, y se mueve. Dentro de un rato estará arriba, y luego se seguirá desplazando hasta llegar al otro lado de la caja. (Señala con el brazo la trayectoria, siguiéndola) ¡Uuuuuuuuuh! Al otro lado. A lo mejor entonces le digo “adiós”. Pero es que la luz es la luz, la luz y ya…

 

(Se queda paralizado, escuchando expectante. Entonces empieza a dar manotadas a su alrededor)

 

Hombre: ¡Vete, Mosca! ¿Qué haces aquí? ¿Qué hace una mosca aquí? ¡No me zumbes más! No me dejas escucharme. ¡Ay, Mosca! Vete. Vete, vete, vete. ¿Ves? Ya estoy confundido de nuevo. Ahora no sé si te pienso o te veo o te oigo. ¡Ahora ya tampoco sé si estoy solo! ¿Una mosca es algo? ¿Se le puede decir “hola” a una mosca?

 

(El hombre se levanta y comienza a pasear de un lado a otro, meditabundo)

 

Hombre: Porque antes estaba la luz, y las paredes. Y luego llegué yo, supongo. Pero yo era algo, y la luz y las paredes dejaron de estar solas. ¿O es entonces cuando comenzaron  a estarlo? ¡Ay, Mosca! ¿Ves qué difícil lo has vuelto todo? Déjame. Ya no quiero pensar. Quiero hacer. Sí, voy a hacer algo. Mis manos saben hacer cosas.

 

(Se acuclilla junto al montón de arena y comienza a manipularla. Mientras tanto, canturrea. Se apaga la luz del escenario momentáneamente. Cuando se enciende de nuevo, la luz redonda está justo en el centro y arriba. El hombre sigue canturreando y manipulando la arena)

 

Hombre: ¡Mosca! ¡Mosca, ven! ¡Mira! Mira lo que he hecho. ¡Vamos, ven, rápido! ¿Qué te parece? ¡No, no, no, no, no! Eso no es cierto. No, espera, no te vayas. Échale otro vistazo…

 

(Se pone en pie y camina hacia la pared contraria de la caja)

 

Hombre: ¡Claro que es distinto, Mosca! Ya no es sólo un montón de arena. Yo he hecho algo con él. Sigue siendo un montón de arena, pero ahora tiene mis dedos y mis manos marcados en él. Ahora es algo, ahora es mío. Bueno, vale, quizá no es algo, pero es mío. ¡Déjame en paz, Mosca! Si sigues diciendo esas cosas, no te diré “adiós” cuando te vayas… ¿Mosca? ¿Qué ocurre? ¿Qué te pasa?

 

(El hombre se vuelve y ve, en el otro extremo de la caja, a una mujer vestida de blanco, de pié. La mujer atraviesa caminando la caja, despacio, mientras el hombre, atemorizado, la observa desde la pared del fondo, hasta que la mujer desaparece)

 

Hombre: Eso… Eso era algo. ¡Eso era algo! ¿Has visto, Mosca? ¡Algo! ¿De dónde vino? ¿Por dónde se fue? Tenía que haberle dicho “hola”. ¡Soy un estúpido, un estúpido, un estúpido! Ella era algo, ¿no lo entiendes? Y yo no estaba solo, y… ¡a Ella podía haberle preguntado si me oía! Ojalá la hubiese tocado. Querría tocarla… No dijo nada. Pero tampoco yo dije nada, y sin embargo estoy aquí, y existo, y… ¡Y ella no dijo nada! Tendría que haberle dicho “hola”. Y luego “adiós”, supongo. ¡Déjame, Mosca! Tengo que pensar. Tengo que hablar…

 

(Se apagan momentáneamente las luces del escenario. Cuando vuelven a encenderse, la luz redonda está a la derecha. El hombre recorre en círculos el escenario, pensando aparatosamente)

 

Hombre: Quiero que vuelva. Quiero que vuelva, que sea algo, y entonces decirle “hola”. Porque no la pensé, ¿verdad, Mosca? No, no. Ella estuvo aquí. Y tiene que volver. ¡Quiero que vuelva! Esto es tan nuevo y tan raro… Las paredes siempre estuvieron aquí, la luz siempre estuvo aquí. Hasta tú, Mosca, estás sin que yo te haya llamado. ¡Claro! ¡Eso es! ¡He de llamarla! Pero, ¿cómo la llamo, si no tiene nombre? ¡Ven! ¡Veeeeeen! ¡Veeeeeeeeeeeeeeeeeen! ¡No, no, así no! Es absurdo, Mosca, ¿no te das cuenta? Ella no va a oírme, porque no está aquí. Y si no me oye, no estará aquí nunca. No, es mejor… ¡es mejor que la llame pensando! Sí, esa es la solución.

 

(Cierra los ojos y habla como “para adentro”)

 

Hombre: Ven. Veeeeen. Veeeeeeeeeeen. ¡Ay, Mosca! Soy un torpe y un egoísta. ¿Es que ella ha de venir tan sólo porque yo la llame? ¿Y quién soy yo para llamarla? No, no, es al contrario, lo que debo hacer es escucharla.

 

(Arrima el oído a una de las paredes)

 

Hombre: Sí, así. Así. Cuando se dé cuenta de con qué fervor la escucho, vendrá a hablarme. (Escucha durante un rato) Aunque… ¿y si nunca se da cuenta? A lo mejor su mundo es muy grande. Demasiado grande. Sí, su mundo ha de ser enorme. Entonces no se dará cuenta. ¡No se dará cuenta nunca! Quiero que vuelva. ¡Ay, Mosca, quiero que vuelva! ¡Lo tengo! Lo tengo, sí. ¡Lo tengo, lo tengo, lo tengo! He de destruir el montón de arena. Borrar la marca de mis dedos en él, esparcirlo. A mí me da más pena que a ti, Mosca… Pero así se dará cuenta. ¡Así se dará cuenta de cómo la escucho y vendrá!

(Se dirige al montón de arena y lo destruye)

 

Hombre: Ya está. Mira, Mosca, la luz redonda ya va a apagarse. Ahora me dormiré un rato, y cuando despierte, Ella estará aquí, y yo le diré “hola”, y entonces Ella me responderá y yo sabré si hablo o pienso. Ella será algo, y trabajará conmigo la arena, y las paredes y la luz redonda no habrán cambiado, pero serán distintas y tú… Tú te podrás quedar, si quieres. Pero primero tengo que dormirme. (Se sienta en el centro del escenario y se acurruca) Primero tengo que dormirme…

 

(Se duerme. La luz del escenario se apaga momentáneamente. Cuando se enciende, todo está exactamente igual que al principio. El hombre se despierta y se despereza. Mira a su alrededor)

 

Hombre: ¡Ummmmm! Estoy solo.

 

 

 

 

Jose Jesus García Rueda

Alcorcón

11-11-2005