El idilio inquebrantable de mi amigo Antonio

Autor: Jose Jesus García Rueda

 

 

 

 

A él no le gustaban los adioses largos, y menos si tenían lugar en el vestíbulo de un hotel. Aún así, se resistía a darse por vencido.

 

            - ¡Vamos, Mara! Estás en Madrid, es primavera. ¡Es un crimen irse a acostar tan pronto!

 

            Sus ojos brillaban. Todos los neones de la ciudad parecían haberse reunido en ese rostro de niño bueno. Inclinó la cabeza hacia un lado, a fin de acompañar mejor su sonrisa suplicante.

 

            - Venid a cenar con nosotros, al menos. Nos tomamos cualquier cosa por ahí y listo. ¿No vais a regalarnos ni siquiera un par de horas más?

 

            Frente a él, otros ojos empezaban ya a mostrar signos de impaciencia. En un gesto de suprema concesión, se volvieron hacia Paula, que esperaba discretamente un paso por detrás de su amiga, e intercambiaron con ella algunas frases en finés. Ni Antonio ni su improvisado compañero de farra entendieron nada, pero fue suficiente con contemplar la expresión de hastío en el rostro de Paula.

 

            - De verdad que gracias, Antonio, - el español de Mara, salvo por ese ligero acento nórdico que seducía al muchacho, era perfecto- pero queremos levantarnos temprano para poder visitar con calma la ciudad. Es nuestro último día aquí, y aún nos quedan muchas cosas por ver.

            - Pero, ¿no pensáis cenar, entonces?

- No, de verdad que no. Para nosotras es un poco tarde. Son ya las diez y...

            - Cierto, cierto: en vuestra tierra se cena mucho antes.

 

            El compañero de Antonio consultó su reloj, haciéndolo sonar con fuerza contra la muñeca.

 

            - No insisto más, entonces. ¿A qué hora queréis que os pase a recoger mañana?

 

            Las facciones de Mara se derritieron en una mirada agradecida.

 

            - No estás enfadado, ¿verdad?

            - No, no. Qué va. Aunque de veras que la noche es lo mejor que tiene Madrid, y os la vais a perder.

            - Otro día, Antonio. Te lo prometo. ¿Nos vemos mañana a las 11:00? ¿Será suficiente para ir a ver el Templo de Debod y el Prado?

            - ¡Claro que sí! No os preocupéis. Mañana nos vemos, entonces. ¡Buenas noches!

 

            Y tras sellar la despedida con un par de besos rápidos, salió a la calle, donde ya le esperaba su camarada con el motor del cuerpo arrancado. Era una noche preciosa.

 

            Antonio y Mara se habían conocido un año antes, quizá algo más, y debo decir que en gran medida fui yo el responsable. Me encontraba por aquel tiempo en Helsinki, buscando poner un brillante final al año que había pasado allí como estudiante Erasmus. Aunque nunca hasta entonces había sentido una especial atracción por Internet y todas esas cosas, lo cierto es que la distancia me hizo aficionarme al correo electrónico. Así, a cada momento estaba enviando chistecitos y gracietas varias a una lista de receptores que incluía tanto a mis nuevos amigos finlandeses como a las viejas amistades patrias. Entre los primeros destacaba Paula, con la que acababa de iniciar un trabajoso romance, mientras que en algún rincón del conjunto de los segundos se perdía un antiguo  conocido, amigo de un amigo, que no era otro sino Antonio. En la lista también había incluido, por deferencia a mi nórdica enamorada, a algunas de sus amistades, aunque yo apenas hubiese tenido trato con ellas. Y este último grupo incluía, obvio es decirlo, a Mara.

 

            Una gélida mañana de febrero, envié a la lista un pequeño vídeo, botín de uno de mis erráticos paseos por la Red. Según recuerdo, no era nada especial, pero la gente debía de estar muy aburrida, porque de inmediato se generó una cadena de mensajes y contramensajes, todos ellos con el único fin de sacarle punta al contenido, poco inocente, la verdad sea dicha, del vídeo. No consigo acordarme de quién fue el que abrió fuego, pero sí puedo asegurar que Mara y Antonio entraron en la refriega con más entusiasmo que nadie. Tanto es así, que al final se quedaron hablando los dos solos, decidiendo que a ambos les apetecía muchísimo seguir su conversación en privado. Acabábamos de asistir en directo a uno de esos “ciberflechazos”, que están tan de moda en los últimos tiempos.

 

            No es momento éste para referir con detalle todo lo que vino después, aunque información sobre el asunto no me falta, pues Paula se encargaba de contarme con pelos y señales los más indiscretos detalles de la evolución del idilio. Que si se habían enviado sus fotos por correo electrónico, que si a los dos les entusiasmaba el deporte.  Que incluso ya se declaraban abiertamente su amor por la Red, y que su único deseo era poder encontrarse...

 

Y se encontraron, claro. Aquel mismo verano, en Helsinki, con la excusa de que Antonio había venido a “visitarme”. Paula y yo asistimos al anhelado encuentro como espectadores de excepción. Diría incluso que sólo nos faltaba la bolsa de palomitas para sentirnos plenamente inmersos en una velada de cine romántico. Pero eso sería frivolizar un momento de veras intenso, de los que no abundan. Cuando se miraron por vez primera, ella llevaba el amanecer coloreando su pelo, y sus ojos se teñían del color claro de la mañana. En el cabello de él, por su parte, se reflejaban sin pudor todas las constelaciones de la noche. Precioso, digo. En fin...

 

Fueron unos días extraños, aquellos. Antonio no lograba acostumbrarse a la vida ordenada y madrugadora de una ciudad aún más gélida que bella.

 

-¡Esto está muerto!- me decía cada noche, después de la cena, mientras tratábamos de reunir el sueño suficiente para irnos a la cama- ¿Es que aquí nadie sale después de las nueve o qué?

 

Por su parte, Mara tampoco tenía mucho éxito en el intento por romper su rutina diaria. La presencia del amado cibernético no parecía suficiente como para evitar que sus ojos comenzaran a cerrarse poco antes de las nueve de la noche...

 

Contemplados bajo la luz de los cánones mediterráneos fueron, sin duda, unos días bastante fríos. Y no sólo por la latitud de la ciudad.

 

Pero ambos se amaban, de eso no cabía duda. O al menos se querían, lo que, teniendo en cuenta que todo un continente se incrustaba entre ellos, tiene un mérito indudable.

 

Así continuaron durante muchos meses más, enviándose interminables mensajes, chateando durante horas, y hablando por teléfono (aunque fuese tan sólo un par de minutos) día sí y día también.

 

Hasta que llegó de nuevo la primavera, y las dos amigas vikingas aterrizaron, por fin, en Madrid.

 

Según me contó Paula a su regreso (quizá deba aclarar aquí que, tras concluir mi beca, había decidido establecerme en Helsinki, siempre cerca de mi niña), este segundo encuentro siguió una tónica similar al primero: al parecer, la frialdad también puede comprar billetes de avión.

 

Pero repito: su amor era inquebrantable. Y para demostrarlo, al día siguiente a la despedida que he relatado con anterioridad, allí estaba Antonio como un clavo, a las once en punto, en el recibidor del hotel. Aunque su cerebro no parecía encontrarse para muchos excesos, tras pasar la noche entera cerrando locales a todo lo largo de la calle Huertas y alrededores, sí que al menos le quedó un resto de pensamiento suficiente como para ocultar sus ojeras, sobre las que podía leerse con claridad “me he acostado a las ocho de la mañana”, tras unas cutres gafas de sol.

 

Cuando Mara y Paula salieron del ascensor, Antonio abandonó como impulsado por un resorte el sofá en el que dormía sin querer. Tras los castos y sencillos besos de saludo, se admiró en silencio de la belleza de ella, resplandeciente a la luz de la mañana. Y la nórdica le agradeció con sinceridad, pero también sin un sonido, el esfuerzo que estaba haciendo por ella, por mantenerse despierto.

 

Quizá otro día relate los pormenores y avatares de aquella jornada, pero no hoy. Paula y yo celebramos nuestro tercer aniversario juntos, y tengo un poco de prisa. Baste decir que los dos amantes hablaron poco, y siempre de cosas intrascendentes. Aunque, claro está, tenían una buena excusa: no era cosa de hacer el vacío a Paula. En cuanto al resto, Mara estuvo radiante, interesándose por mil y un detalles de la ciudad, de sus habitantes e incluso de algunas de las obras menos conocidas del Museo del Prado. No paraba de elogiar la magnífica luz de nuestro sol sureño. Antonio, por su parte, aguantó el tipo con la fuerza que sólo puede dar el verdadero amor, aprovechando, eso sí, cualquier mínima oportunidad para recostarse con disimulo en cuanta pared o parada de autobús encontrasen. Respondía sin falta a las preguntas de sus invitadas, pero con brevedad, pues su cabeza seguía sin estar como para deshacerse en explicaciones sobre estilos pictóricos y otras zarandajas.

 

En resumen, fue un día hermoso, en el que los dos enamorados, a iniciativa de ella, incluso caminaron un pequeño trecho cogidos del brazo. Lástima que al final, con tantos paseos y visitas, tuviesen que salir con rapidez para el aeropuerto, donde apenas hubo tiempo para un último beso, aún más rápido y casto que los anteriores.

 

Pero me reitero: Mara y Antonio se querían, y contra eso nada pueden las argucias y flaquezas de la personalidad. Así, a la mañana siguiente, con ambos separados de nuevo por miles de kilómetros, cuando Mara abrió su buzón electrónico, allí tenía ya un mensaje de su querido madrileño. Decía: “Te quiero. Ya te echo de menos”, y se acompañaba con un ramillete de flores, laboriosamente construido con símbolos del teclado. Otro tanto le ocurrió a Antonio. El mensaje que recibió de su niña rezaba: “Eres maravilloso, mi cielo. ¿Cuándo volvemos a vernos? Te quiero.” El texto estaba enmarcado, como no podía ser menos, por una cenefa de corazoncitos.

 

 

 

 

Jose Jesus García Rueda

Primavera de 2002

Madrid