Inmortal

 

Jose Jesus García Rueda

 

 

¿Fui yo la única que se dio cuenta? Desde la terraza del bar vi a aquel travesti semidesnudo, con el cuerpo depilado y cubierto de purpurina, esforzándose por conseguir un taxi. Parecía que en cualquier momento iba a caerse de sus plataformas. Se le veía tan delgado y torpe entre los remolinos de gente… Creo que Julián, mi esposo, también lo vio. Y quizá el par de amigos con los que nos habíamos acercado a contemplar el desfile del Día del Orgullo Gay. Ya era de noche, estábamos exhaustos y reíamos la suerte de haber conseguido mesa libre cuando, recién terminado el desfile, todo el mundo se afanaba en encontrar un sitio donde sentarse y tomar algo. Aunque ninguno dijo nada, Julián lo vio. Estoy segura. Pero creo que fui yo la única que se dio cuenta de que, apenas diez minutos antes, aquel travesti reinaba como un dios sobre una de las mayores carrozas del desfile.

 

            Me hubiera gustado acercarme y decirle que lo había reconocido, pero por supuesto no lo hice. Por eso ahora se lo cuento a un estúpido papel.

 

            Desde hace algunos meses, los fines de semana me despierto sintiéndome muy triste. De lunes a viernes todo va bien, porque desde que suena el despertador hasta que Julián y yo nos despedimos para acudir a nuestros respectivos trabajos, él en una fábrica y yo en una oficina, hay demasiado ajetreo como para sentir nada. Pero los sábados y los domingos todo está tranquilo. Cuando empieza a sonar la radio del despertador, con el sol ya alto aunque el dormitorio se mantenga en penumbra, yo llevo un rato casi despierta, y todavía no sé si quiero levantarme. Hasta que un anuncio me hace recordar algo lejano, o suena una canción de hace algunos años, o escucho la voz de un locutor al que había olvidado. Entonces, sin motivo, me entra una tristeza que crece y crece hasta que me obliga a abrir los ojos, aún permaneciendo acostada. A veces me abrazo a la espalda de Julián, que sigue dormido, y durante unos minutos el contacto de su piel parece relajarme. Pero pronto tengo que soltarlo y alejarme hacia mi lado de la cama, buscando espacio para respirar. No tardando mucho, la tristeza termina tan de repente como empezó: Julián se despierta, y como desde que abre los ojos todo es alegría, y canturreos y achuchones y besos, pues a mí me cuesta muy poco sonreír y sentirme casi tan alegre como él. A veces incluso tenemos sexo; a Julián le encanta hacerlo nada más despertar.

 

            Después, durante el desayuno, si es sábado planificamos el fin de semana. Normalmente no paramos ni un momento. Además, nuestro ocio está bien aprovechado: ni hablar de las típicas mañanas en un centro comercial, o las tardes de cine y palomitas. Nosotros nos vamos de excursión al campo, organizamos cenas con los amigos, visitamos galerías de arte… Antes sí que íbamos más de compras, pero ahora ya sólo lo hacemos cuando necesitamos algo concreto. Por ejemplo, a mí me encantaba pasarme la tarde recorriendo librerías, aunque ya hace tiempo que le he perdido el gusto. La verdad, a estas alturas los libros me cansan un poco. No sé, tengo la sensación de que lo único que me ofrecen es la vida de otros, y que lo que puedan mostrarme de la mía propia… o ya lo sé o no me interesa.

 

            No lo he hablado con él, pero estoy segura de que Julián nunca siente esta tristeza estúpida que siento yo. Claro que en ocasiones lo sorprendo con la mirada perdida y una expresión como de amagura en el rostro, pero eso es normal. Al fin y al cabo, los desánimos de Julián siempre están justificados: hay problemas en el trabajo, la salud de su madre se ha resentido, o el coche hace un ruido extraño. Incluso cuando sin previo aviso, y después de estar largo rato en silencio, sale a la terraza buscando estar solo, tiene la excusa de hacerlo para fumarse un cigarrillo sin llenar el salón de humo.

 

            A pesar de que ambos estamos ya en los treinta, no tenemos niños. Una vez al mes, más o menos, mi hermano deja los suyos a nuestro cuidado para, como él dice, poder disfrutar con su pareja aunque sólo sea por un día de la libertad que Julián y yo tenemos siempre. Sus críos son un encanto. El niño, de nueve años, es un rubio que cuando te mira parece avisarte de que planea algo, mientras que la niña, dos años menor, en silencio vigila a su hermano. Cuando pasan el día con nosotros, por lo general un sábado, Julián y yo les dedicamos toda nuestra atención. Si hace buen tiempo los llevamos al Parque de Atracciones, al Zoo o a cualquier otro sitio donde ni ellos ni nosotros podamos parar quietos. Les gusta sobremanera cuando organizamos un picnic. Es algo que sus padres no acostumbran a hacer. El sólo hecho de comer sobre un mantel extendido en el suelo les entusiasma. Y luego todo es correr, revolcarse y fingir que peleamos… Julián adora a los niños. En esas ocasiones se olvida hasta de fumar. Más tarde, ya anocheciendo, llegamos a casa agotados. Los niños cenan lo que pueden, hasta que ya no aguantan más con los ojos abiertos y se duermen en el sofá. También sin fuerzas, Julián y yo los miramos sonriendo, mientras esperamos a que vengan sus padres, y una vez más estamos de acuerdo en que no nos gustaría repetir mañana. Él entonces sale a fumar su cigarrillo de antes de acostarse y yo me voy a la cama y programo el despertador.

 

            El día siguiente a una de estas visitas, tenemos por costumbre irnos los dos solos a pasear por alguna zona de la sierra a la que no vaya mucha gente. Nos cogemos de la mano durante horas, sin pronunciar ni una palabra. Lo hacemos así ya sea invierno o verano. Me sientan muy bien esos paseos, notar como el aire fresco te va limpiando los pulmones con cada aspiración. La soledad es casi absoluta, y mi cabeza sólo tiene que ocuparse de disfrutar del sonido del agua y de los árboles que siempre están verdes. Si es verano, allí nunca hace demasiado calor, y si es invierno, el frío parece que lo purifica y ralentiza todo. Siempre deseo que esas caminatas no terminen, y siempre soy yo la que les pone fin. A las tres o cuatro horas de marcha mi naturaleza urbanita se hace presente,  y aunque no estoy cansada, tanta soledad y tanto silencio empiezan a agobiarme. De repente necesito volver a casa y comer en un restaurante lleno de gente, leer el correo electrónico o alquilar una película.

 

            Ayer jueves hizo cinco días que fuimos al desfile del Orgullo Gay. Al poco de llegar yo a casa, llamó Julián para avisarme de que tenía que quedarse un par de horas más en el trabajo. Tras colgar permanecí un instante sin moverme y después, como un autómata, saqué del armario una maleta y la llené con mi ropa. En pocos minutos estaba vestida y con la maleta en la mano junto a la puerta de casa. Entonces recordé que este domingo hemos quedado a comer con los padres de Julián. Un poco aturdida, volví a colocar toda la ropa en su sitio y a subir la maleta al altillo. Después pasé la tarde viendo la televisión, mientras lo esperaba.

 

            Hoy viernes vamos a salir a cenar. Más tarde, cuando ya estemos acostados y con la luz apagada, voy a pedirle a Julián que tengamos un niño.

 

 

 

 

Jose Jesus García Rueda

Alcorcón

19-7-2007