La casa al final de la calle

Jose Jesus García Rueda

 

 

 

 

La casa entera temblaba, expuesta al viento y a la noche. Habían anunciado la tormenta en televisión a mitad de la tarde, dando tiempo al vecindario para apuntalar cornisas y proteger ventanas. El barrio era ahora un sembrado de pequeñas fortalezas unifamiliares, habitadas por durmientes seguros. Aún así, la casa al final de la calle, la que parecía apartarse de las otras, la que sólo tenía una planta y un diminuto recuadro de césped sin piscina, temblaba. No tenía puntales ni protecciones, y sus cornisas no dejaban de crujir. Los gritos del viento eran más fuertes al revolverse contra aquella casa. Acosaba consciente a la presa  enferma, a la más débil, mientras las demás huían en sueños de seguridad. Derribó los cubos de basura desbordados, que aguardaban eternamente junto a la puerta de entrada, y creyó ver allí el vomito de la presa moribunda. Las paredes de madera se unieron a los crujidos. Qué esconderán las entrañas de tu víctima, se imaginó preguntando un trueno. El viento envolvió la casa en un nuevo remolino, y ahora crujió el tejado. Quizá una sala con sillones raídos y una vieja mesa, dijo el remolino al silbar, quizá un cuarto de baño atascado y una cocina sucia; quizá una habitación infantil vacía. A lo mejor una moribunda. Puede que un muerto. Y el muerto y la moribunda eran esposos. Y en la habitación infantil antes vivía un niño que ya no estaba. Ahora en su lugar había una jaula con pájaros chillones, aterrorizados. La jaula era enorme, aunque dentro aleteaban sólo dos pájaros. El muerto y la moribunda se daban la espalda sobre el lecho del dormitorio principal, junto a la fachada trasera, donde no había jardín y los coches pasaban excretando humo y ruidos en las noches sin tormenta. El muerto sudaba tembloroso bajo las sábanas y mantas, de las que sólo conseguía escapar la línea de sus ojos apretados y su frente retorcida. No recordaba que, en el exterior, era noche de caza para el viento. Empezaron a crecer las grietas de las paredes.

 

“¡No dejes que ocurra esta noche! ¡Por favor, Dios mío, que esta noche no suceda! Que no la toque y encuentre su piel fría. Que siga temblando. ¡Sí, por favor, Dios, que vuelva a temblar! Hace ya mucho rato que no la siento moverse. Las sábanas no respiran… Quizá ya ha pasado. Quizá ya sólo es un cadáver. ¡No, esta noche no! ¿Qué haría, Dios mío, si ahora alargo la mano y su piel ya no está viva? ¡Y esa tormenta de todos los infiernos sigue aullándome en las sienes! ¡Que pare! ¡Que pare ahora! No quiero buitres rondando, porque ella no está muerta. Todo iba bien. Todo iba bien, ¿verdad, mi amor? No nos hemos hablado tampoco hoy, pero tú estabas bien. Veíamos la televisión en silencio, y has tosido un poco, pero yo sólo te he mirado de reojo porque no pasaba nada. Durante la cena no hemos alzado la vista de nuestros platos, y aunque quizá al separar la servilleta de tu boca  había allí un par de pequeñas manchas rojas y tosías, ¿qué hubiese pintado yo levantándome de la silla y caminando hacia ti? Luego me he ido a fumar al baño, cuando ya había truenos y el aire hacía golpear las contraventanas de la habitación del niño. He cerrado la puerta sin entrar y he seguido fumando, mi amor, aunque con los ojos cerrados. El cigarrillo se ha hecho pronto ceniza en mis labios, y he vuelto al salón. Tú ya no estabas, pero el televisor seguía encendido y me he quedado un rato entre los canales pornográficos y la tele-tienda. Te oía moverte despacio en el dormitorio. Tropezar, casi caer. He tenido miedo; había relámpagos ahí fuera. ¡Esos pájaros! ¡Dios mío, haz que se callen esos estúpidos  pájaros! Son sólo truenos y lluvia y viento. Nada va a sucederles. ¡Nada! He recordado al niño en otra tarde sin tormenta, pero los canales seguían pasando y yo tenía que bostezar. He estado sudando. Al bajar el volumen quizá he escuchado un sollozo, dolor, y puedo haber pensado que eras tú, mi amor. Es tan desagradable levantarse cuando uno ha estado sudando… Aún he tardado un rato en irme a la cama, pero eso ya lo sabes porque, aunque cuando he entrado en el dormitorio ya estabas acostada, cubierta con la sábana hasta los ojos y dándome la espalda, al sentir mi peso en el colchón te has despedido de mí. “Hasta mañana”, has  dicho, y la textura de tu voz era mucho menos optimista que las palabras. Aún así te he creído, espero, al responderte en similares términos, tan apagado como siempre. ¡Dios mío, que si la toco su piel no esté ya fría! ¡Por favor, que nada suceda esta noche! Que mañana volvamos a levantarnos sin “buenos días”, que pueda verla por el rabillo del ojo poner despacio los pies en el suelo. Que ella me mire y hasta llegue a sonreír sin ser una sonrisa, o no; que agache la cabeza  y reemprenda sus pasos  enfermos. ¡Entonces es cuando los pájaros han empezado su griterío frenético, histérico! Podía oírlos a través de la pared, como ahora mismo, Dios mío. Más alto, más vidrioso, más interminable con cada nuevo trueno. Esos gritos los arranca el viento, o a él se los dan. Y no pasaba nada. Sólo eran gritos. Gritos de pájaros. Hasta que tú has temblado, mi amor. Un temblor último, más allá de la tormenta, más allá de todos los silencios. La convulsión enorme que me abre los ojos. Desde entonces, sólo peso inerte sobre la cama, Dios mío. ¡Sólo sábanas congeladas y gritos de pájaros en la tormenta! ¿Y si ha ocurrido? ¿Y si alargo la mano, y su piel ya no está viva?”

 

Otro trueno miró las grietas enormes de las paredes, y supo que la casa nunca caería. Demasiado simple, demasiado absurda. Así se lo dijo al viento una ola de lluvia negra. Estaba podrida, sí, pero rígida, fosilizada. Una roca muerta e indestructible, avisaba cada gota al conquistar el suelo. El viento se elevó sin comprender. En la oscuridad manchada por los relámpagos sólo había casas atrincheradas en paredes sólidas, sueños felices bajo tejados sin fisuras. Si lograse abrir una mínima grieta en una de esas casas, en esas tablas bien clavadas, si arrancase una única contraventana, resoplaba el viento entre las nubes, su interior frágil de papeles pintados y cuadros en las paredes caería, al instante desintegrado, como una hoja de seda en un torrente. No abrirás esa grieta esta noche, no arrancarás esa contraventana, escribieron volátiles los vapores de las nubes. La presa herida, quiso decir un relámpago. La casa absurda, continuó su trueno. Y el viento se olvidó del rebaño sano y protegido. Voló hacia la casa más allá de todas las demás. Hacia la habitación infantil y sus dos pájaros chillones. Hacia el muerto y la moribunda que compartían cama sin tocarse.

 

“¡Nos matarás otra vez! ¡Nos matarás otra vez! Todos muertos, en la Gran Jaula. No podíamos volar. ¡Gritar, gritar, gritar! ¡Sólo gritar! Ven. ¡Ven! Te estamos llamando, vamos a morir. ¡No nos dejes morir de nuevo! Hay mucho ruido, algo golpea con fuerza, la luz de piedra lo rompe todo de repente. ¡No queremos morir! Sólo dos. Dos. Éramos tantos, en la Gran Jaula. Cantar. Cantar en el jardín, bajo el sol. En la luz suave. Todos  juntos. ¿Por qué no vienes? ¡Te estamos llamando! ¡Vamos a morir! Tanto sol, tanta luz aquella tarde. Hacía calor en el jardín. ¡Calor aquella tarde, y la jaula llena de pájaros muertos! Algunos ya no cantaban. Se acurrucaban en el suelo. Aleteando. Boqueando. No había sombra, no había nada. Sólo calor y aire que tiembla y brilla. ¡Tú nos oías! ¡Nos oíste piar! Te llamábamos. El sol. Muchos ya no podían respirar. ¿Dónde estabas? Te escuchábamos. Te escuchábamos reír. Un niño reía. El Ama reía. ¿Por qué no viniste, si la Gran Jaula estaba fuera y hacía tanto calor y te llamábamos y tú nos oías? ¿Por qué seguiste riendo, mientras por nuestros picos sólo entraba aire hirviente? ¡Otro golpe! ¡Otro golpe! Hoy moriremos también nosotros. Más cuerpos muertos sobre el suelo de la Gran Jaula. Se murieron los cantos, ardió el aire y nuestra sangre. La Gran Jaula era fuego. No debíamos estar ahí. No podíamos irnos. Algunos volaron contra los barrotes. ¿Por qué no viniste a traer la sombra, a darnos agua? Te oíamos reír. Dentro. ¿Qué pensaste al descubrir nuestro cementerio de plumas? ¿Cómo lloró el Ama, cómo se cubrió el rostro hermoso y lloró y tosió? ¿Dónde fue el niño al salir corriendo? Esta noche terminaremos de morir, moriremos de nuevo. La tierra y el cielo se están rompiendo, sólo hay ruido y golpes y luz de piedra. ¡Ven! ¡Ven! ¡Ven! Nos escuchas. Nos estás  oyendo. ¡Vas a matarnos de nuevo! ¡Vas a matarnos de nuevo!”

 

El viento envolvió la casa, exprimiéndola, arrancando tablas y castigando el tejado. No caerá, decían las gotas de lluvia.

 

“¡Dios mío, que amanezca y ella esté aquí! Debimos reforzar las contraventanas, mi amor. Debimos apuntalar las cornisas y asegurar la verja. ¡No puedo tocarla, Dios mío!”

 

El viento buscaba una vía de acceso. Golpeaba cada cristal, cada junta mal sellada.

 

“¡Ven! ¡Ven! ¡Ven! ¡Ven a sacarnos de aquí! ¡Eres un asesino! Hoy volverás a encontrar pájaros muertos en esta jaula. ¡Ven!”

 

“¡No puedo! ¡No puedo darme la vuelta, tocarla! No quiero saber, Dios mío. ¡No quiero saber!”

 

Por fin, horas después, una ventana cedió, y el viento penetró en la casa por la habitación infantil vacía. Con toda la fuerza de la tormenta empujándolo, derribó la jaula donde dos pájaros aletearon de pavor, sin comprender. Arrancó la puerta del cuarto y salió al pasillo, para inundar la cocina sucia y el baño atascado, desgarrar los sillones de la sala y alcanzar, en un instante, la entrada cerrada del dormitorio principal. Su puerta cayó justo cuando el primer sol expulsaba a los truenos, los relámpagos y las nubes negras. En el interior, el viento encontró a un hombre y una mujer, sentados en los extremos opuestos de una misma cama. Se daban la espalda. En un último esfuerzo destructor, la bestia de aire arrancó las cabezas de ambos cuerpos. Los vio desmoronarse como muñecos vacíos, antes de hacer estallar la ventana y salir al exterior, donde se deshizo en el amanecer. No salió ni una sola gota de sangre.

 

 

 

 

Jose Jesus García Rueda

Alcorcón

31-1-2006