La marimba de la Santa Muerte

 Jose Jesus García Rueda

 

 

 

La tarde de la inundación que hizo resucitar a los muertos, el abuelo Tomás estaba tocando Marimba bajo el toldo de la terraza del café “La Luna”, en el centro de la ciudad. A nuestro alrededor paseaban las jóvenes inmigrantes guatemaltecas, vestidas con las faldas largas y las blusas de colores características de sus pueblos de origen. Cuchicheando y a veces hasta bailando al ritmo de la marimba chiapaneca de mi abuelo, buscaban con los ojos a sus novios presentes o futuros, mientras hacían por protegerse de un sol que amenazaba con aplastarlas contra las baldosas. Yo las miraba de vez en cuando, en los momentos en que mi madre no podía verme a mí, y creo que, con sus largas melenas negras, su piel oscura y sus cuerpos frágiles, me parecían más bonitas de lo que en realidad eran.

 

            Tan sólo un par de semanas antes había sido mi décimo cumpleaños, y mi padre había decidido, a regañadientes, sacarme de las comodidades del primer mundo y regalarme un viaje a la tierra de su familia. Él había dejado Chiapas doce años antes, a fin de completar un doctorado en ingeniería en Madrid, y aunque durante todo ese tiempo nunca perdió el contacto ni con su padre ni con sus hermanos, tampoco había vuelto jamás, ni siquiera de visita. Al poco de llegar a Madrid conoció a mi madre, se enamoró de ella de tal modo que quiso casarse de inmediato, y unos meses después nací yo. Para mi padre, Chiapas había quedado al otro lado de muchas cosas.

 

            En los pocos días que llevábamos allí todo me había resultado, para bien o para mal, una sorpresa continua. Nada encajaba con los patrones a los que estaba acostumbrado, ni las ciudades, ni las viviendas, ni las calles, ni la gente… ni la familia. Todo era tan distinto como la música que mi abuelo y mis tíos hacían salir de ese extraño instrumento de madera. Entre los tres, vestían con sonidos de agua y caña desde piezas regionales hasta grandes obras clásicas. Mi tío Pedro, algo menor que mi padre, llevaba el peso principal de la melodía, golpeando con delicada rapidez las teclas más agudas de la marimba. En el otro extremo, mi tío Andrés, el más pequeño de los hermanos, marcaba el ritmo con los graves. Y entre ellos, mucho más bajito, con el pelo prematuramente blanco y los ojos hacia la tierra, quizá más resentidos que resignados, mi abuelo tenía a su cargo las teclas centrales, las que sólo se oy en si se escucha con verdadera atención, y por lo tanto, las que mejor disimulan los errores de unas manos ya no tan jóvenes. Completaban el conjunto un tenor con el que Juan, amigo de mi abuelo desde la infancia, ejecutaba la segunda voz, y una batería para acentuar el ritmo.

 

            Sentados en una mesa del café, mis padres y yo asistíamos al concierto. Yo, enamorándome al mismo tiempo de las muchachas, de la marimba y del tazcalate, que bebía con el regusto de la primera vez. Entre tanto, mi madre tomaba de la mano y sonreía a mi padre, el ingeniero, que estaba demasiado estirado, demasiado serio y demasiado incómodo. La temperatura era muy alta, y la humedad nos empapaba la ropa de sudor. Después empezó a llover.

 

            No siempre había ocupado el abuelo Tomás el centro de la marimba. Según me contaron, en su juventud el Gran Tomás había sido el mejor marimbista de la zona, campeón en múltiples festivales y digno representante de la nación en las competiciones intercontinentales. No había pieza que sus manos no pudiesen arrancarle a las tablas de la marimba, ni retruécano de sonido al que sus baquetas no consiguiesen dar una vuelta de tuerca más. Su rivalidad con los mejores marimbistas africanos, guatemaltecos y japoneses había llegado a ser casi tan mítica en Chiapas como el propio jaguar. Él repetía una y otra vez que el mérito no era suyo, que la Santa Muerte inspiraba sus dedos, y que éstos tocaban para complacerla. Aún así, en una época de ciudades más pequeñas y comunidades más cerradas como fue la suya, todo ese prestigio había de tener su eco en el resto de aspectos de la vida. Su habilidad como músico d io voz a sus palabras, convirtiéndolo en líder entre sus convecinos. El Gran Tomás era escuchado con respeto en cafés y plazas, pero también en los círculos de la ley y en el Palacio de Gobierno. Los políticos y los caciques locales lo consultaban, confiando en su criterio como si por su boca respirasen los dioses antiguos. A tenor de mis palabras podría parecer que mi abuelo era algo así como un fenómeno mediático en una época sin televisión, pero la cosa no quedó ahí. Según dicen, su cerebro siempre estuvo a la altura de sus manos, y aunque con estas últimas abrió la puerta, fue gracias al primero que subió los escalones que lo elevaron. Tomás, el casi-indio, como lo llamaban por la intensidad con que la parte chamula de su sangre se marcaba en su rostro, se convirtió en una de las grandes autoridades no oficiales de los alrededores.

 

            La forma en la que llega la lluvia en el trópico es espectacular. No ha terminado de nublarse el cielo, cuando éste ya se está desplomando sobre la tierra. A mí me habían hablado de las peculiaridades de los diferentes climas en el colegio, claro, pero aún así el alma se encoge un poco cuando de repente, en cuestión de unos pocos segundos, la lluvia es tan densa que casi no deja ver a través de ella, las calles se transforman en torrentes y los tejados parecen tambores apunto de derrumbarse. Debo reconocer que me encantó. Sobre todo al principio, cuando desde el resguardo de nuestro toldo veíamos a la gente, incluidas las muchachas, correr en busca de un lugar donde parapetarse. Mi madre y yo reíamos tan asombrados como divertidos, mientras mi padre se estiraba aún más, fruncía el ceño y miraba de reojo a un lado y a otro, como cien veces harto. Lo que la lluvia no logró interrumpir fue el recital de marimba, y eso que m is tíos no hacían más que vigilar el cielo con desconfianza. Pero cada vez que, distraídos por el aguacero, disminuían la intensidad de sus golpes, mi abuelo y su amigo Juan se miraban, sonreían, mi abuelo con malicia y Juan con benevolencia, y seguían tocando con más fuerza, arrastrando a los demás con ellos. Se diría que su deseo era competir contra la lluvia. O tal vez hermanarse con ella.

 

            Aunque el declive de mi abuelo tardó muchos años en llegar, cuando por fin lo hizo fue bastante rápido. No fulminante, pero sí más veloz de lo que hubiese cabido esperar. Y todo a consecuencia de la famosa disputa del cementerio, de la que aún se hablaba el verano de nuestra visita, y eso que hacía ya varias décadas que había quedado resuelta. Por los años en que surgió el problema el Gran Tomás ya se había casado con mi abuela, la única de sus admiradoras de la que se enamoró de una vez y para siempre, y como consecuencia andaba ya mi padre correteando por el mundo. La familia vivía cerca del río, en una zona un poco apartada, antes del punto en que sus aguas entran en la ciudad. Allí construyó mi abuelo una gran palapa y cuatro paredes entre las que erigió un hermoso altar a la Santísima y de las que colgó su hamaca, desde la que veía avanzar la corriente mientras cuidaba de los suyos. Durante mi viaj e estuve allí una vez, pues mis tíos se empeñaron en celebrar en la casa del abuelo, pese a las negativas de mi padre, una cena de familia justo la que luego sería la víspera de la inundación. No era un lugar bonito, pero lo cierto es que se estaba muy a gusto entre las omnipresentes gallinas y el par de perros, que de tan perezosos, ni se acercaban a saludar siquiera. También debo confesar que no entré mucho en la casa: tenía miedo de ver el altar de la Blanca Santita. Esa noche cenamos camarones al mojo de ajo, obra de Petronila, la mujer de mi tío Pedro, y unas mojarritas que mi abuelo había pescado en un remanso de la corriente. Nos sentamos a la mesa sin mucha ceremonia, entre las risas de todos y el silencio de mi padre y de mi abuelo. Aunque, siempre bromeando, Petronila trató de impedirlo, mi abuelo se empeñó en sentarse con la vista hacia la tapia del cementerio. No en vano llevaba décadas esperando verla caer.

 

            El Gran Tomás había estado en desacuerdo desde el principio con la idea de construir el cementerio tan cerca de la orilla. Según él, allí la tierra era demasiado blanda, y cualquier crecida podía llevarse la tapia que proyectaban situar casi sobre el mismo agua. Razón no le faltaba, pero aunque no hubiese sido así, con su prestigio habría bastado para arrastrar tras él a casi todos los habitantes de la zona, como finalmente ocurrió. Pronto la comunidad entera clamaba por el abandono del proyecto, alzándose las voces en tal medida que las autoridades locales apunto estuvieron de claudicar. Pero la decisión sobre el cementerio no era un tema para el debate ciudadano, sino la vanguardia de una nueva era de progreso que estaba creciendo en el país. De la capital llegaron órdenes tajantes: el plan de desarrollo urbanístico para la ciudad y para el conjunto del estado requería que el cementerio se construyese en el emplazamien to indicado, sin modificarlo ni un solo milímetro. Ante tamaña agresión contra la autoridad del pueblo, el Gran Tomás incitó a los ciudadanos a rebelarse, y éstos cerca estuvieron de emprenderla a machetadas contra los embajadores capitalinos. No llegaron a esos extremos, y casi diría que por fortuna, puesto que los machetes, como se demostró después, no eran el arma con el que ganar aquella guerra. Resultaron mucho más eficaces, de hecho, los discursos que los ingenieros a cargo del proyecto dieron por todos los foros de la ciudad. En ellos explicaron a la honorable ciudadanía cómo las nuevas técnicas de edificación eliminaban cualquier posibilidad de derrumbe, y también cómo el cementerio era la primera de un conjunto de modernas construcciones que iban a traer el progreso a la ciudad y el bienestar a sus habitantes. En cuestión de días, donde antes se encontraba unanimidad ahora floreció el debate. Un par de semanas  después, pese a los esfuerzos de mi abuelo, los partidarios de la idea eran más numerosos que los detractores, y estos últimos, además, dudaban. Al fin y al cabo, la necesidad de un nuevo cementerio… Hasta que un día, mientras unos discutían con los otros, el cementerio apareció construido de la noche a la mañana, y aunque al principio hubo protestas, la gente no tardó en convencerse de que la disputa estaba inapelablemente concluida, y dio el tema por zanjado.

 

            Supongo que nadie esperó que mi abuelo hiciese lo mismo. Todo lo contrario, a partir de ese momento el asunto del cementerio dejó de ser para él un tema de racionalidad pública, germinando como afrenta personal en su alma de mestizo. Pero para aquel entonces ya se había extendido el rumor de que eran razones egoístas las que realmente movían a Tomás: el cementerio estaba situado justo frente a su palapa, en la otra orilla del río, y a nadie le gusta tener muertos en la vecindad. De acuerdo a lo que me dijeron tiempo después de nuestra visita, era absurdo pensar eso de mi abuelo: a él, que siempre presumió de ser un gran devoto de la Santa Muerte, que sólo a ella rezaba y sólo a ella pedía, ¿cómo iba a incomodarle la proximidad de los difuntos? Absurdo o no, los pocos que aún defendían la postura de mi abuelo en público fueron dejando de hacerlo. Con los años, ya nadie lo apoyaba ni siquiera en conversaciones  privadas. No en vano hubo lluvias y riadas y más lluvias, y la tapia del cementerio no se cayó nunca....

 

            Así fue como la luz de mi abuelo fue perdiendo intensidad, si bien sus manos y su marimba aún continuaron siendo durante algunos años las más admiradas del estado. Justo los años que tardó en morirse mi abuela. A alguno le parecerá que tanta desgracia junta no es posible, que parece más propio de cuento de viejas que de narración verosímil, pero así me lo refirieron y así lo transcribo yo aquí. Aunque dada la vaguedad con que me han llegado los detalles de la historia, no estoy por contradecir con demasiada vehemencia a los que se empeñan en tachar de cuento exótico la vida y muerte de mi abuelo. En definitiva, todo lo he reconstruido a partir de comentarios escapados por descuido, conversaciones terminadas abruptamente y habladurías de sus contemporáneos. Porque nadie en la familia de mi padre hablará nunca a sabiendas de estos temas. Nadie os aclarará si aquella serpiente mordió a mi abuela mientras ésta vo lvía de la ciudad por la orilla del cementerio, o bien si la sorprendió en su propia orilla, mientras daba el pecho a mi tío Andrés. Nadie os confirmará tampoco que fueron mi abuelo y su amigo Juan los que, tras una jornada de pesca remontando el río, la encontraron y la llevaron en brazos hasta la casa, y que mientras mi abuelo la acostaba junto al altar de la Santa, le pedía a Juan que se llevase a los niños a pasar la noche con él y su esposa. Aunque quizá halléis a alguien que, llorando de rabia, os cuente cómo el Gran Tomás se pasó toda la noche implorándole a la Santita, mientras trataba de aliviar la fiebre de su esposa. Si llega a confesaros esto, entonces con la voz rota también os referirá que mi padre se escapó de la casa de Juan justo al amanecer, y que corrió hasta la palapa, donde encontró a mi abuelo llorando de resignación, abrazado al cadáver de su esposa. No dejará de deciros entonces que  mi padre quiso alejarse de allí, y que, con la vista nublada por las lágrimas, se tropezó con el médico que llegaba, enterado por casualidad de la desgracia hacía tan sólo unos minutos y ya sin tiempo de administrar un antídoto.

 

            Aunque ese día mi abuelo se volvió torpe y anciano, nunca dejó de rezarle a su Santa. Si alguna vez tienen la oportunidad de ver un altar dedicado a la Santa Muerte no dejen de hacerlo, aunque sólo sea un instante, por miedo, aprensión o desinterés. Les aseguro que la imagen de esa figura ataviada con ropas de virgen envolviendo una calavera puede sobrecogerlos. El altar de mi abuelo tenía además ofrendas en forma de billetes de banco y velas de colores. Quizá se debiese a que era yo muy niño, pero la estampa de mi abuelo orándole a la Santa, junto a una botellita de posh de las que le regalaban sus viejos amigos de San Juan Chamula cuando iba a visitarlos una vez al año, con motivo de las fiestas de Santa Rosa, no deseo olvidarla nunca. Así lo dejamos tras terminar de cenar la noche antes de la gran inundación.

 

            Desde luego no era la primera vez que una crecida del río inundaba el parque central. Pero mi madre y yo recibimos esa novedosa experiencia con cierta alarma, sobre todo cuando no habían pasado ni diez minutos desde el comienzo del diluvio, y el agua nos llegaba ya a la cintura. Mi padre nos tomó a ambos por el brazo y nos arrastró hasta el quiosco central, donde muchos otros se habían refugiado. Por el camino empecé a oír gritos de un horror tan arcaico, que no podía deberse tan sólo a la riada. Hundí mi mano en el agua, y cuando la saqué, sostenía una calavera entre mis dedos. Mi grito se unió al de los demás. Ya todos gritábamos. Los huesos flotaban entre nosotros, arrastrados por la corriente. Llegamos hasta el quiosco perseguidos por el terror a esa corriente oscura cargada de cadáveres. Una vez a salvo me detuve y escuché: la marimba seguía sonando, con todas las notas de la escala. Tras girarme vi a mi abuelo y  a su amigo Juan tocando más y más fuerte entre fragmentos de fémur, tibias, mandíbulas y cráneos. Mi padre y mis tíos les gritaban que se pusiesen a salvo. Uno de ellos incluso hizo ademán de ir a socorrerlos. Pero para entonces el agua había subido tanto que la marimba comenzó a moverse como una pequeña barca, y el Gran Tomás y su compañero detuvieron la música. Sólo se oía el agua y pareció el silencio. Mi abuelo y Juan se abrazaron con los ojos húmedos, contentos, y luego éste último ayudó al antiguo genio de la marimba a sentarse sobre su instrumento, con los pies colgando dentro del agua. Juan empujó el barco improvisado hacia el centro de la corriente que se perdía calle abajo, y allí estuvo despidiéndolo con la mano hasta que desapareció de la vista. Nunca encontraron el cadáver de mi abuelo.

 

            Mi padre se quedó en Chiapas aún cinco o seis semanas más, arreglando historias tanto íntimas como públicas. Así pudo ver el inicio de las obras del nuevo cementerio de la ciudad, el que iba a sustituir al derrumbado, en un lugar muy lejos del río. Pero mi madre y yo regresamos a Madrid al día siguiente, en el primer avión. Aquí todo es mucho más moderado, contenido, el sol, la lluvia, los ríos, las vidas... Y, sobre todo, las santas no tienen rostro de calavera.

 

 

 

 

Jose Jesús García Rueda

Alcorcón

10-9-2007