La muerte de las estrellas
Mientras Dionisio, el anfitrión, abría una nueva garrafa de vino, Pepo, ya borracho, aburría a un par de parroquianos con una historia sobre la muerte de las estrellas. Porque Qué cosa, decía, qué cosa puede matar algo tan brillante, tan caliente, tan grande? ¿Eh? ¿Qué cosa puede cargarse algo tan enorme? Nada. Naaaaaaaaaada. Las estrellas se mueren solitas, amigos míos. Lo que oís, so-li-tas. Un día se les acaban las fuerzas y ¡puff!, a la mierda, ¡Y al Sol también le pasará, sí señor! Nuestro bendito Sol se acabará jodiendo y entonces, ¿sabéis qué? Que los que nos iremos al carajo seremos nosotros. No-so-tros. ¡Prrrrrrrrrrr! Brindo por las estrellas, esas enormes hijas de puta.
Dionisio rió, al ver los esfuerzos que la reducida audiencia de Pepo tenía que hacer para evitar que éste se cayese de su taburete. Excitado y feliz, echó una mirada al resto del local. Su amigo no era el único que vaciaba una y otra vez su copa. Por todos los rincones del restaurante, junto a la barra, en cada mesa, e incluso debajo de ellas, decenas de rostros colorados llenaban sus bocas de inagotable comida y bebida, sin dejar de reírse a carcajadas y de intentar, aunque fuese sólo por unos segundos, una canción llena de alcohol y de burbujas. Fiestas como aquella habían popularizado la leyenda de “El Gran Alimentador”, y de Dionisio, su orondo y barbudo dueño. Nunca nadie abandonará mi restaurante sin sentirse saciado, solía repetir a modo de lema, Aquí se viene a llenar el estómago y a estar tan alegre como el vino permita. Esa vocación convertía de ordinario a Dionisio en una suerte de mesonero a la antigua, sirviendo orgulloso solomillos y potajes, vino y cerveza, al tropel de camioneros y demás pobladores de las carreteras que, sin falta, cuando tenían que pasar por la región, ajustaban sus itinerarios y desviaban sus rumbos para no dejar de atiborrarse con las abundancias culinarias del afamado local. Aunque era en veladas como ésta, en las fiestas privadas que el dueño de “El Gran Alimentador” organizaba un par de veces al mes, cuando Dionisio llevaba al extremo su carácter de anfitrión perfecto y vivificador, convirtiendo su local en una hoguera contra la oscuridad, el frío y el aislamiento.
¡Una fiesta cojonuda, Dionisio!, gritó Pepo, olvidándose por un momento de las estrellas y prestando más atención a su copa, mágicamente rellenada. Las treinta o cuarenta personas, entre hombres y mujeres, que en aquella ocasión habían tenido la fortuna de ser invitados a permanecer en el local tras la hora de cierre, expresaron su sonoro acuerdo, y Dionisio, realizando una exagerada reverencia que amontonó carcajadas sobre carcajadas, procedió a subir el volumen de la música y a dirigirse hacia la cocina, de la que pronto emergió con dos nuevas fuentes de asado. Los vítores con que fue recibido lo llevaron volando entre las mesas, mientras llenaba entre sudores de éxtasis cada plato que se le puso por delante.
En el exterior, una nieve ligera comenzaba a caer desde la noche sin luna y sin sonido. La luz y la fiesta que se esparcía desde las ventanas cerradas del restaurante era el único elemento vivo en aquel paisaje de carretera secundaria. “El Gran Alimentador”, alejado de las vías principales y a varios kilómetros del pueblo, se convertía durante las noches como ésta en la chispa estandarte de la vida, en un reto a la oscura aridez. Un reto con olor a carne y a horno.
Cuando las dos fuentes se hubieron vaciado, Dionisio se sentó un momento, con una sonrisa de Papá Noel firmemente afincada entre sus rojos mofletes. Arrellanado en su silla, en el centro mismo del local, escuchó a alguien pedir tres hurras por el gran Dionisio, y de inmediato los festejantes se convirtieron en un coro de adoradores frenéticos que jaleaban al artífice de su felicidad. Antes de que las voces se apagasen, desde un rincón una pareja de desconocidos, que entre trago y trago hacía ya rato que se buscaban la piel, gritó ¡Que hable! Pronto todo el local repetía la exigencia entre palmas. Pepo, levantando su copa y obligando a sus piernas a que le sostuvieran en pie, pidió silencio. Ayudaba la debilidad de sus chisteos húmedos con aspavientos de su mano libre, cuando se atrevía a soltarla de la barra. Una vez hubo conseguido que todas las gargantas dejasen hasta de tragar y se volviesen a mirarlo, elevó una barbilla plena de solemnidad y repitió, Sí, que hable. Volvió entonces la cadencia de la solicitud unánime, e incluso se formó un corro de ocho o diez personas que, apartando sillas y mesas, enlazaron sus manos y comenzaron a girar alrededor de su anfitrión. Dionisio, mirándolos, resplandecía.
A los pocos segundos, el centro de la fiesta, grande y rechoncho, puso en pie sobre la silla su trabajosa corpulencia. Verlo allí, pletórico, secándose el sudor de las manos en el delantal mientras anticipaba su discurso de gloria, bastó para extender de nuevo el silencio a su alrededor. Parecía eterno en su trono. Girando la cabeza, miró a los ojos que lo miraban, y quiso bendecirlos. A todos. A la lúcida embriaguez de Pepo y a su solícito público; a los que aún se inclinaban sobre las mesas, a punto de lamer sus platos, que no estarían vacíos mucho tiempo; a esos que se magreaban en las oscuridades o a la vista de todos, animados por la abundancia de vino; y al resto, a esos que se limitaban a mirarlo con admiración, esperando sus palabras. Para todos ellos, separó la sonrisa infinita y se dispuso a hablar.
Fue entonces cuando llamaron a la puerta. En ese silencio nuevo, dos golpes se escucharon sobre el portón de roble. Tan sólo dos golpes débiles pero imperativos, que retumbaron en el comedor con más fuerza de la que inicialmente tenían. Todo movimiento desapareció, y tanto cuellos como ojos se giraron hacia la fuente del sonido. También Dionisio, con la sonrisa aún a medio deshacer y ya formándose de nuevo, si sorprendida y algo contrariada. El ruido de Pepo chocando contra su taburete hizo que las miradas de ambos se encontrasen. Dionisio tenía un interés reciente en el entrecejo, mientras todo en Pepo era pavor. Bueno, bueno, bueno, rió el dueño a toda la fiesta, ¿Es que nadie va a abrirle la puerta a nuestro visitante?
Alguien lo hizo. Un estómago anónimo se aproximó a la puerta y la abrió. El cuerpo que vieron al otro lado no tapaba la noche y la nieve, pero nadie se dio cuenta. Era un hombre como esqueleto escuálido, de piel rosácea, que tenía los ojos terriblemente abiertos y hundidos. Estaba desnudo, y no había un sólo vello en todo su cuerpo. Lo vieron de pie, con la espalda arqueada y los huesudos hombros caídos. Inmóvil en el quicio de la puerta, nadie supo si su expresión, si es que la tenía, era de espanto, de tristeza o tan sólo de locura. Sus labios estaban morados por el frío, pero no temblaba.
Sólo Dionisio se abalanzó sobre él. Hombre de Dios, ¡se va a congelar! ¿Qué hace desnudo en una noche así? Pase, rápido. Venga por aquí. ¿Cómo se le ocurre? ¿En qué estaba usted pensando? Aprisa, traed mantas de la trastienda. Y haced sitio junto a la estufa. ¡Dios mío! Está usted helado. ¡Esas mantas, vamos! Beba, beba un poco de vino. ¿Sólo habéis encontrado estas dos? Bueno, bastarán. Siéntese aquí y cúbrase con esto. El visitante no se movía. Dionisio tuvo que arrastrarlo hasta una silla, envolverlo en las mantas, e incluso llevarle la copa de vino a los labios. Mientras le frotaba los hombros y los brazos, alguien habló de llamar a un médico. ¿Médico? ¿Para qué? Este hombre lo que necesita es comer caliente y beber fuerte, delante de una buena estufa. ¿A que sí, eh? ¿Se siente ya mejor? ¡Este vino puede revivir al más enterrado de los muertos! Tome, beba otro trago. ¿Pero qué hacía ahí fuera? A ver, acercadme un buen plato de aquella ternera. Bueno, da igual, ya me lo contará luego. Ahora coma, beba y caliéntese, ¿de acuerdo? Está usted en su casa, amigo. ¿Pero a quién se le ocurre…? Señoras, señores, ¿qué hacen todos en silencio? Así nuestro nuevo invitado ni cuenta va a darse de que es una fiesta a donde ha ido a parar. ¡A beber todo el mundo! Pronto, los primeros murmullos se transformaron de nuevo en risotadas, aunque no tan fuertes como las de antes.
Entre la embriaguez creciente de la nueva fiesta, Dionisio se dirigió al lugar donde Pepo, ahora solo, bebía en silencio. No me gusta ese tipo, dijo al ver acercarse a su amigo. ¡Vamos, Pepo! ¿Qué te pasa? Es sólo un pobre diablo. Seguro que acaba de despertarse de una gran borrachera, y el hombre ni siquiera se acuerda de cómo llegó a parar aquí. Pepo apartó la mirada. Es un tío raro, dijo. No, yo creo que es tan sólo un pobre hombre que hace siglos que no tiene la oportunidad de comerse un buen cocido. Dionisio, ese individuo no ha venido aquí a comer… El anfitrión miró hacia el cielo, y suspiró con ironía, Anda, déjate de sandeces y escucha, que ahora que parece habérsete pasado la borrachera de golpe, tengo que pedirte un favor. ¿Podrías acostar a nuestro visitante en el camastro de la trastienda, mientras yo sigo atendiendo a los invitados? Pepo giró la cabeza hacia su amigo, con los ojos repletos de espanto. Venga Pepo, no pongas caras y muévete. Ese hombre necesita echarse y descansar. Todo este jaleo no le hace ningún bien. Y sin dar tiempo a que el otro pudiera quejarse se marchó a la cocina, a por una nueva garrafa de vino y otra bandeja de solomillos de cerdo.
La fiesta, herida, aún sobrevivió un par de horas más, sin Pepo y con el visitante. Pero el vino cada vez parecía menos suficiente para inhibir pudores, los estómagos estaban más y más cerrados, y las miradas, poco a poco, iban pensando demasiado. Así que no tardó en comenzar el goteo, la huida. Uno tras otro, y cada vez más unos junto a otros, todos los invitados se fueron escabullendo, ávidos de alcanzar sus dormitorios y sus oscuridades íntimas. Algunos se despidieron de su anfitrión, agradeciéndole tan maravillosa fiesta; la mayoría no encontraron tiempo para hacerlo. En pocos minutos, Dionisio cerraba la puerta tras el último de los huidos.
Pensando que era extraño cómo se había enrarecido el ambiente, se volvió hacia el pasillo que llevaba a la trastienda. Allí de pie, con una botella vacía en una mano y en la otra una copa cuyo último trago apuró al instante, se tambaleaba Pepo. ¿Cómo está nuestro visitante?, sonrió Dionisio, recordando. Dormido, se durmió como un bebé nada más tumbarse. Como un bebé horrible, eso sí… Pepo, ¿vas a poder llegar a casa? ¡Chist! Sabes de sobra que pienso mejor borracho que sobrio. Y tú, ¿qué piensas hacer con tu último “invitado”? Creo que lo dejaré descansar, mientras recojo un poco todo esto. Quizá pase lo que queda de noche aquí, para no moverlo ahora. Arrastrando los pies de unas rodillas mareadas, Pepo fue hacia el dueño de “El Gran Alimentador”, no sin dejar antes caer la botella con estrépito. Cuando se detuvo, chocando contra él, lo miró desde abajo. ¿Piensas quedarte toda la noche aquí con eso? Estás looooooooco. Completamente looooooco. ¡Anda, llama a un médico y que se lo lleven! Dionisio lo miró con benevolencia extrañada. ¿Pero qué estas diciendo? ¿Qué te pasa? Pepo, márchate ya. Necesitas dormir. Su amigo se estiró lo que pudo, ofendido, elevando la nariz a una altura donde los ojos se le mareaban. Tras darse la vuelta, llevó su tambaleo hasta la entrada del restaurante y abrió. Justo antes de dar el último paso hacia el vacío de estrellas lejanas del exterior, se detuvo. Algo le había quedado por decir. Permaneció inmóvil el segundo necesario para que el alcohol de su cerebro pudiese elaborar alguna orden, y entonces se dio la vuelta, dirigiéndose de nuevo hacia Dionisio. Tras alcanzarlo, lo miró a los ojos, y con severidad aguardentosa le eructó, Tengo que decirte dos cosas: eres idiota y eres idiota. Luego, derrotado y con la mirada acompañando sus pies, caminó de nuevo los pocos metros hasta la puerta y salió. En el exterior, la nieve caía ahora con fuerza.
Dionisio observó la senda insegura de su amigo, hasta que éste ya no estuvo más. Pepo era un gran muchacho estando sobrio, y un borracho divertido cuando bebía. Y en cualquiera de los dos estados, un sabio irónico y perverso. Incluso los mejores hígados a veces se atragantan, pensó Dionisio. Esa noche, su amigo no había sabido beber.
Reconociéndose solo, le volvió la sonrisa brillante. Evaluó con la mirada el paisaje de restos que había dejado la explosión deaquella noche. El restaurante estaba hecho un desastre: todo eran sobras, manchas, vino y carne derramados… Hasta había media docena de sillas volcadas aquí y allá, y un par de cortinas colgando fuera de sitio en uno de los ventanales. Desde luego, no había estado mal la fiesta. El anfitrión hinchó sus pulmones, satisfecho, y se lanzó con entusiasmo a la tarea de recoger todo aquello. Al fin y al cabo, también formaba parte de su esfuerzo vivificador.
En poco tiempo había llenado cuatro bolsas de basura de gran tamaño, que amontonó con el tropel de garrafas vacías junto a la puerta trasera, pero sin llegar a sacarlas al exterior, que la noche era desapacible, y él se sentía demasiado radiante como para enfrentarse a la nieve. Después limpió todas y cada una de las mesas, e hizo un arreglo de emergencia en las cortinas. Por último colocó las sillas encima de las mesas y barrió y fregó todo el local, con un brío que le hizo sentirse aún mejor, pues sabía que no era propio ni de su edad ni de lo avanzado de la madrugada.
Ante el trabajo terminado se detuvo por fin, y su mente, sabiéndose libre de nuevo, retornó a pensar en los invitados. Eran seres fantásticos sus invitados, dispuestos a arder de pura vida ante una chispa adecuada. Y él tenía el divino y humilde poder de prender esa chispa, de darle calor y luz, de alimentarla para que alcanzase su expresión más grandiosa en esa comarca yerma, donde todo era tierra y cielo, nada más. Dionisio se sabía un dios, un dios cegador e imprescindible. Agachó la mirada en una sonrisa. Un dios que se mostraba más pequeño y tímido de lo que era, para no deslumbrar a los que se acercaban a él, necesitándolo. Era inmortal. Humildemente inmortal.
Se acercó una silla, a fin de sentar su naturaleza más sudorosa y menos divina, pues se sentía felizmente exhausto. No bien hubo desplomado sus carnes enormes, cuando le vino a la memoria que aún había un último adorador bajo su techo. Uno que dormía su miseria sobre un camastro. Mientras de inmediato se ponía en pie, casi tuvo la tentación de torcer un poco el gesto, hasta que su cuerpo fue otra vez consciente de cuanto le gustaba aquello, y se plantó con cuatro pasos animosos en la misma entrada de la trastienda.
Desde allí contempló al extraño a la escasa luz que emitía una lamparita desde la mesilla de noche, improvisada hacía mucho tiempo con una caja de cartón. Le pareció percibir un leve olor agrio, y anotó en su memoria la tarea de buscar lo que quiera que fuese que debía de estar echándose a perder. En la penumbra circular, el visitante seguía durmiendo. Aunque su expresión continuaba tan hierática como antes, Dionisio percibió que su sueño no era plácido. Por instinto, posó su manaza sobre la frente del otro. Ardía. Lamentó no tener un termómetro en el botiquín del restaurante, aunque creyó no necesitarlo. Estaba claro que aquel hombre tenía mucha fiebre. Con la cabeza siempre resistiéndosele a la alarma, el rabillo de su ojo entrevió, a los pies del camastro, una bandeja con algo de carne, de pan y de vino. Todo estaba sin tocar. En su fuero interno, aquella falta de interés en la comida lo explicaba todo. Aún así, marchó a la cocina, regresando al poco con un barreño de agua y trapos.
Cerca de una hora estuvo aplicando paños helados sobre la frente y bajo las axilas del enfermo, sin conseguir hacer descender su temperatura de forma apreciable. De tanto en tanto, y por no dejar de emplear otro remedio en el que tenía más fe que en aquella tontería de los trapos húmedos, Dionisio acercaba a la boca de su paciente pequeños trozos de carne y de pan, que luego le hacía tragar ayudándolo con vino. Pero ni aún así llegaba una mínima mejoría. Y eso que el amor y la sonrisa no faltaron nunca en las manos del enfermero. El aplomo de Dionisio comenzaba a sentirse un poco desconcertado, al contemplar ese cuerpo que no conseguía revivir con su presencia. Aquello no era normal. No es que pasase nada grave, pues al fin y al cabo sabía sin error que tarde o temprano aquellos huesos testarudos acabarían respondiendo al alimento y a la vida, pero aún así… Tras tantos minutos de tocar esa piel mortecina y de contemplar los miembros sin carne, Dionisio sintió que su confianza se encogía. Un poco, no más. Una fracción de nada. Lo suficiente, aún así, como para obligarlo a tragar algo de saliva. Esto provocó un mínimo nerviosismo en el enfermero, que, poco acostumbrado, aceleró sus movimientos y sus gestos curativos de forma perceptible, mientras un sudor que nada tenía que ver con el de la fiesta le empezó a brillar en el rostro. Cuando las gotas de este sudor desconocido le cubrieron los ojos, Dionisio abandonó la trastienda con más prisa de la necesaria, camino del cuarto de baño.
Allí, en apariencia más tranquilo tras haberse enjuagado el rostro con abundante agua y habérselo secado con su propio delantal, se contempló en el espejo, entre azulejos de un blanco estricto y olor a desinfectante. Le pareció que sus hombros caían demasiado, y que esas entradas pronto serían calvicie. ¿Qué pasaba con aquel tipo y su fiebre? ¿Por qué se empecinaba su cuerpo en seguir enfermo, en conservar su silencio y su palidez pese a las atenciones de “El Gran Alimentador”? Adelantó el rostro hasta situarlo a pocos centímetros del espejo. Era como si el corazón se le hiciese un poco más pequeño, mientras los ojos se le abrían un poco más. Había muchas arrugas en su cara, y demasiadas canas en su barba. Intentando no inquietarse con ese obcecado enfermo, había olvidado que esas arrugas y esas canas ya estaban ahí al comienzo del día y la noche antes. Que en realidad hacía ya mucho tiempo que el espejo se las mostraba. Así que fue en ese instante, en medio de una noche de soledad extraña y de nieve, cuando descubrió que era viejo. Palpó con las yemas de los dedos las arruguitas pequeñas junto a los ojos y los labios, y las más profundas y largas de la frente. Se escarbó en la barba, a fin de sentir aún más la abundancia de los pelos blancos. Finalmente, acarició las bolsas bajo sus ojos. A través de éstos, sus dos ojos negros que hasta hoy fueran profundos, le pareció sentir que el fuego que desde su interior le proporcionaba su desbordante energía perdía intensidad. Con manos casi encrespadas se mesó el pelo. ¿Qué tipo de vejez le esperaba? ¿El presagio de cuál de sus pesadillas era lo que estaba contemplando ahora? Seguro que su destino era convertirse en un ser frío y mudo, tan diminuto como insignificante, incapaz de volver a dar calor a todos los que ahora lo adoraban. No, no, se rebelaría. Él era demasiado vital como para permitir que algo así sucediese, como para acabar convertido en un resto helado. Antes estallaría. Sí, se hincharía hasta explotar en una última gran fiesta, una que no se olvidase nunca. Aunque eso significase la locura, la locura incontrolada del payaso loco que no puede detener su propia carcajada, mientras las babas escapan de su boca y todos a su alrededor huyen amedrentados. ¿Entonces qué? Quizá su vejez estaba escrita con otras palabras. Quizá acabaría convertido en un ladrón poderoso y oscuro, un mendigo que robase la alegría de los viajeros de paso, obteniendo de ellos lo que ya no era capaz de generar por sí mismo. Y así hasta que llegase la muerte…
¡No!, gritó para sí, alejándose un par de pasos del espejo. Entonces, donde antes había estado su imagen, apareció ahora la del visitante. Dionisio se giró, sobresaltado, ¿Qué… qué hace ahí? El extraño estaba de pie bajo el quicio de la puerta del cuarto de baño, desnudo e inmóvil. Su rostro seguía teniendo la misma ausencia de expresión que antes, y aunque sus ojos sin párpados se dirigían hacia Dionisio, éste no podía saber si lo estaban mirando o, simplemente, lo traspasaban. Vamos, vamos, vuelva a acostarse. Pasear de esa guisa en una noche como ésta sólo puede empeorar las cosas. Su voz sonó más conciliadora que segura, mientras agarraba al desconocido por los hombros y lo conducía de nuevo hacia la trastienda. El corazón le latía deprisa. Quiso pensar que era resultado del susto reciente, pero se dio cuenta que, en realidad, estaba negociando con su miedo.
Dejó al enfermo tumbado boca arriba sobre el camastro, con los ojos fijos en el techo y ardiéndole aún por la fiebre. Dionisio salió nervioso y despacio de la trastienda. Aquello escapaba a su poder. Sus manos solas no eran capaces de sanar a aquel desgraciado. Con humanidad resignada, descolgó el teléfono. El alma se le rompió un instante al descubrir que no había línea. Devolvió con un golpe furioso el auricular a su sitio, y comenzó a caminar a grandes zancadas entre las mesas. ¿Qué le pasaba a ese trasto? ¿Es que todo estaba por salir mal aquella noche? Cuando su cerebro recuperó cierta claridad transitoria, dedujo que la nieve debía de haber provocado alguna avería. Poco después fue también capaz de recordar que, en alguna parte, tenía un teléfono móvil.
Revolvió todo lo que en el restaurante podía ser revuelto, buscándolo. Vació cajones, descolocó vitrinas, registró armarios e, incluso, puso del revés los bolsillos de su chaqueta, por si acaso, aunque no solía llevar nunca el móvil encima. No apareció. Dionisio se quedó de pie entre las mesas, resoplando y con los brazos en jarras. ¿Dónde demonios estaría el puto teléfono? Entonces escuchó ruidos que venían de la trastienda. Como si fuese un presentimiento, le pareció que todo su interior se vaciaba.
¡Se va a morir! ¡Este hombre se va a morir! Fue su único pensamiento al ver las feroces convulsiones que atacaban al extraño. Parecían querer hacerlo llegar al techo entre espasmos de epiléptico exagerado. Ese techo que sus ojos seguían mirando sin pestañear. Dionisio trató de sujetarlo, apretándole los brazos contra el colchón, pero las sacudidas eran tan poderosas que el camastro entero brincaba. Espantado, el anfitrión retrocedió. Necesitaba ayuda, o ese amasijo de piel y hueso iba a morirse allí mismo. Fuera, la tormenta era ahora vendaval, y un metro de nieve convertía todo el paisaje en una única superficie de color gris noche. Dionisio podía ver todo esto a través de las ventanas, pero aún así su cerebro le impelió a salir y buscar a alguien. Se introdujo en su abrigo entre aspavientos torpes, colocó en su cabeza un gorro de lana que quedó ladeado, y no quiso tener tiempo para ponerse los guantes. Cuando salió, por el mismo portón por el que se habían marchado todos sus invitados, el último Pepo, y por el que varias horas antes había entrado el hijo de puta que vino a morirse aquí, aún llevaba puesto el delantal.
Al otro lado de la puerta, donde ya no era “El Gran Alimentador”, la ventisca golpeaba con tanta violencia que sólo le fue posible avanzar cubriéndose el rostro con las manos. Los zapatos de gamuza se le hundían hasta la mitad de los muslos. Le llovía nieve desde todas partes, prometiendo cubrirlo por completo si se quedaba parado. Así avanzó y tropezó y volvió a avanzar y se cayó de nuevo, siempre a ciegas y siempre gritando ¡Ayuda! ¡Ayuda! a un aire que no transmitía sus palabras. En aquel desierto de nieve, los gritos no llegaban más allá del muro que caía. Cuando creyó notar que sus pies pisaban terreno más sólido, supo que había llegado a la carretera. Una eternidad a oscuras tan sólo le había alejado ocho o diez metros de su la casa. Poniendo en el esfuerzo más locura que ánimo, logró mirar alrededor. No había carretera, sólo asfalto enterrado en nieve. Atisbando un momento la superficie blanca, adivinó que la huida se había consumado; que el universo entero lo había dejado solo.
Nunca supo si iba a echarse a llorar, porque entonces un grito terrible, un estremecimiento de sonido gigantesco y agónico, inundó la noche toda y vino a romper en sus oídos, deteniendo por un instante la nevada. ¡No, no, no!, farfulló Dionisio, al saber que aquel conjuro cavernoso era la muerte misma, llamándolo desde el interior de “El Gran Alimentador”. Aterrado, corrió de regreso al restaurante todo lo que las circunstancias le permitieron correr, pues no era su muerte la que gritaba. ¡No, no, por favor, no! La piel le ardía pese al frío, y sentía los huesos ir a quebrarse de puro débiles mientras desandaba sus pasos, esta vez doblemente eternos. Una vez en el interior, sus piernas empapadas se arrastraron sin detenerse hasta la trastienda, siguiendo a un par de brazos extendidos.
Lo que Dionisio vio sobre el camastro ya no era un enfermo, ni un visitante ni un extraño. Aquel montón de miembros rígidos y retorcidos, de articulaciones desencajadas en un último y sostenido espasmo, ni siquiera le pareció humano. Las lágrimas aparecieron en los ojos del antiguo anfitrión, al que un nuevo No, no, no, le sonaba a tardía solicitud de clemencia. De rodillas, hundió el rostro en el camastro, junto al espectro muerto, y lloró hasta que no hubo más que llorar. Entonces se enderezó, con la mirada perdida y serena. La humedad de sus pantalones había formado un charco en el suelo, que ahora subrayaba cada uno de sus movimientos con un chapoteo insolente. Sin escucharlo, levantó con su mano izquierda la cabeza del engendro, que seguía mirando al techo con ojos insomnes. Babas y espuma resbalaron de la boca abierta del cadáver. Con la otra mano, Dionisio cogió la bandeja de comida que continuaba esperando en el suelo, la apoyó sobre sus rodillas y, muy despacio, comenzó a dar de comer al muerto. Su manaza cogía pequeños trozos de carne y de pan que luego, con cuidadosa dulzura, introducía en la boca muerta. Después, sin faltarle atención, limpiaba los restos escapados por la comisura de los labios. Alternaba la carne y el pan con pequeños sorbos de vino, sin derramar nunca una gota. El rostro de Dionisio brillaba sonriente y con ojos desenfocados. Un fino hilo de saliva le llegó desde la sonrisa a la barba, y el gorro de lana se desprendió de su cabeza, dejándole el pelo desordenado y perdido.
La garganta del muerto no tardó en llenarse de comida no tragada. Cuando ésta desbordó, la sonrisa de Dionisio comenzó a temblar, y sus ojos se humedecieron con las últimas lágrimas que les quedaban. Alzando la cabeza hacia un cielo invisible, esta vez fue su garganta la que gritó.
Minutos después no quedó ni más voz ni más garganta para seguir gritando, y entonces una mudez pegajosa atrapó los labios de Dionisio, dejando su rostro rígido. Los ojos, demasiado abiertos, no miraban hacia ninguna parte. Estaba muy pálido. El cuerpo del mesonero, vacío y sin él, se levantó despacio, y más despacio todavía, recorrió el corto pasillo hasta la puerta trasera del restaurante. Se detuvo frente a ésta, junto a las bolsas de basura que esperaban su turno para salir. No se escuchaba tormenta alguna al otro lado. El cuerpo de Dionisio comenzó a desnudarse. Cuando ya no hubo ropa cubriendo la piel grisácea, se quedó allí inmóvil, de pie e inmóvil, como un maniquí roto, hasta que llegó el amanecer. En ese instante, recuperado el movimiento pero no la vida, abrió la puerta.
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Pepo se despertó con el crujir de la puerta trasera del restaurante al abrirse, justo enfrente de donde tenía aparcado el coche, en el que había pasado las horas nocturnas. No sabía cuánto tiempo antes, tras terminar la fiesta, la borrachera y el sentido de la amistad le habían obligado finalmente a quedarse, para caer dormido de inmediato, muy a pesar suyo, en cuanto al alcohol se unió una vieja manta que solía llevar en el maletero. Ahora amanecía en medio de una dolorosa resaca. Debía de haber nevado mucho, aunque ya no caía ni un copo, porque su coche estaba casi cubierto por la nieve. Con la mente entre vapores y el cuerpo congelado, volvió a fijarse en la puerta abierta. Fue al extraño de la noche anterior al que vio salir por ella. Se marchaba tal y como había llegado: desnudo, con los ojos muy abiertos y el rostro inexpresivo. Pepo se encogió en el asiento del coche, y desde allí, oculto, observó los pasos lentos del extraño, que parecía flotar sobre la nieve, hasta que el horizonte lo volvió invisible. Entonces, con sus latidos bombeando aprisa y el cerebro repentinamente claro, salió del vehículo y fue hacia el restaurante.
Cuando descubrió a su amigo tumbado sobre el camastro de la trastienda, con la boca abierta en un ángulo imposible y los ojos más fuera que dentro de sus órbitas, sintió primero un largo pavor, y luego una breve vergüenza. Pavor porque el cuerpo del mesonero estaba retorcido y tieso, como las raíces de un árbol antiguo. Vergüenza, porque su primer pensamiento había sido de alivio, de agradecimiento por no haberse encontrado allí cuando todo sucedió. Tras dedicar al amigo una última despedida apresurada y silenciosa, salió de la trastienda y llamó a la policía. No tuvo problemas con el teléfono. Luego colgó el letrero de “Cerrado” en la puerta principal del restaurante y se marchó, bajo un cielo limpio y un aire luminoso, a buscar algún grupo de camaradas con los que emborracharse. Mientras se dirigía hacia su coche, miró desconfiado al Sol que, señor y dueño, aún brillaba sobre él.
Jose Jesus García Rueda 2-11-2006 Línea 10 de metro (Madrid) |