La navaja

Jose Jesus García Rueda

 

 

 

Como cualquier otro día, en el camino de su cuarto al comedor el hombre se encontró con su madre, a la que saludó con cierto gesto de pena, y con una mujer traslúcida a la que prefirió no mirar. Sentía la navaja clavándose en la planta de sus pies.

 

-¿Te sentarás con nosotros a la mesa?

 

Miró con el rostro adormecido a su hermana. Quizá lo habría hecho, quizá hubiese vuelto a acompañar a su familia, pero alguien ocupaba ya su sitio. Una sombra de rasgos difuminados. Casi invisible. Ambas lo miraban sin percibirse mutuamente. Todos en el comedor, Materiales e Inmateriales, lo miraban. Había en total diez seres en la sala y, aunque acostumbrado a ellos, quiso alejarse de tantos ojos. Demasiados seres. Demasiados a los que no podía tocar. Demasiados a los que sí. Fue a sentarse en la silla del rincón, la que unos y otros le respetaban... aún.

 

-Bienvenido, Sárdnev.

-Voy, Gran Maestro.

 

Y salió de la estancia por la única puerta que sólo él podía atravesar, sus propios ojos, dejando allí su cuerpo. En las tierras del Gran Maestro no había cuerpos.

 

Un viento coloreado lo arrastró sobre campos de agua densa. El cielo brillaba en música, mientras la irrealidad de las formas le estallaba en los ojos. Se sintió tranquilo y caliente, sostenido en el corazón de aire de un mundo que no existía.

 

-¡Vaya, Sárdnev! Hoy llegas pronto. ¿Tu familia no ha intentado retenerte?

-Calla, Voz. Nuestro invitado viene a descansar de preguntas y respuestas, a huir del tiempo. No lo molestes. Cierra los ojos, Sárdnev, Alucinación quiere acariciarte.

 

Una aurora nacarada se enroscó por las piernas y los brazos del hombre, que sonreía.

 

-Me gustas mucho, Alucinación.

 

Sintió la aurora corretear entre sus cabellos.

 

-Ella te ama, Sárdnev. Todos te amamos.

-Gracias. Gracias, Gran Maestro. Gracias por permitirme venir.

-No hay permiso, amigo. Este mundo te pertenece. Puedes hacerlo tuyo para siempre.

-¿Cómo, Gran Maestro? ¿Cómo quedarme con vosotros?

-¿Otra vez? ¿Quieres que te lo digamos otra vez?

-Voz, por favor, deja de molestar a nuestro amigo, y susúrrale la permanencia en nuestras tierras.

 

Mientras Alucinación le besaba los párpados, el hombre comenzó a escuchar el viento que ya no soplaba entre los árboles que nunca existieron.

 

-Sólo has de dejar que la frontera de nuestro mundo se amplíe, que tu mente se una a la extensión de nuestras tierras. Permite que Alucinación viva en ti y tú en ella. No salgas nunca de tus ojos y regala tus oídos a mis palabras. Acepta al Gran Maestro como señor de tu consciencia, y él te obedecerá para siempre.

 

Todo ardió en un resplandor acuoso en el que el hombre dejó diluir su voluntad. Hoy lo haría. Sí. ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no dejar de sentir de una vez la navaja bajo sus pies?

 

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-Va a hacerlo, Gran Esfera. La batalla se ha perdido.

-No debemos rendirnos aún, Causalidad. Disponemos de todo un mundo real para atajar los efectos de todos los desvaríos.

 

Las voces no sonaban en un mundo que no era ni la casa del hombre ni la ilusión tras sus ojos.

 

-¡El mundo real no puede competir con las fantasías del Gran Maestro! Es demasiado rígido, demasiado viscoso.

-Estable, Causalidad. Esa es la atracción de la cordura. La variación acotada, los detalles infinitos formando un universo único. Innumerables caminos de suelo firme. Así atraeremos a Sárdnev.

 

Una nueva voz se unió al diálogo, proveniente de ningún lugar.

 

-Los segundos siguen pasando en el mundo real, Gran Esfera.

-Me doy cuenta, Tiempo. Pero eso no es lo que ha de preocuparnos ahora. El hombre no está en el mundo real en estos momentos, sino en el reino de demencia del Gran Maestro. Y allí los segundos no pasan.

-¡Entonces Causalidad tiene razón! ¡Todo está perdido! ¡No podemos ir a buscarlo allí!

-Cierto. Los reinos de la cordura y de la demencia tienen prohibida la mezcla. Además, aunque nos decidiésemos a quebrar la Eterna Norma, nunca podríamos atravesar la Gran Frontera. El Gran Maestro y yo mismo lo hemos intentado antes, en multitud de campos de batalla. La Eterna Norma no es sólo una regla. Es una Ley fundamental.

-La Gran Frontera...- susurró Causalidad.

-Sí. Y si mi experiencia me sirve bien, es muy posible que hoy debamos ir todos a visitarla.

-Entonces hoy puede terminar todo...- Tiempo parecía preocupado.

-El Gran Maestro cree tener esta partida ganada. Es probable que invoque al Juez, para que le sea otorgada la victoria. Pero eso no debe preocuparnos aún. Tenemos una batalla que igualar. Causalidad, Tiempo, hay que devolver al hombre al mundo real.

 

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Un fuerte zumbido junto al lóbulo de su oreja izquierda hizo parpadear al hombre. Una mosca pasó volando frente a su rostro, y él la siguió con la mirada hasta verla posarse sobre la tecla Sol Mayor del piano. Volvía a estar en el salón de su casa.

 

            Espectros y humanos, percibiendo su retorno, lo miraron fijamente. Los primeros contrariados, pues la presa había vuelto a resbalarse entre los dedos del Gran Maestro. Los segundos con una sonrisa aún recatada, al tenerlo de nuevo junto a ellos. Ambos, Materiales e Inmateriales, sorprendidos y a la expectativa.

 

            Su hermano se aproximó a él.

 

-¿Comerás algo, ahora? Unos sorbos, al menos...

 

El hombre asintió con la cabeza, y su hermano corrió a traer un plato de sopa. El propio padre de ambos se lo sirvió, con la premura de retener unos instantes más al hijo alucinado.

 

El hombre acercó la boca a la cuchara que le ofreció su hermano. La sopa estaba caliente y le quemó un poco la lengua y el paladar. Sabía bien, como solían saber las cosas antes de comenzar a frecuentar el reino del Gran Maestro. Como aún sabían a veces, cuando algo lograba sacarlo de allí. Tenía demasiada sal, quizá, pero con todo era agradable sentir el caldo inundándole la garganta, llevando unos fideos finos, suaves, que momentos antes habían jugado a deslizarse por sus dientes.

 

Con un ligero temblor en la muñeca, agarró él mismo la cuchara y se llevó un nuevo sorbo a la boca. El sonido del líquido al atravesar sus labios se parecía a los susurros de Voz. El brillo de la luz artificial sobre el plato le recordó los besos sin carne de Alucinación. Más tarde le gustaría volver con ellos. Más tarde. Ahora deseaba seguir disfrutando de aquel sabor, mientras contemplaba a la mosca interpretar al piano una sinfonía de zumbidos extrañamente seductores.

 

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-No puedo acusarte de haber hecho trampa, aunque me gustaría.

 

La voz del Gran Maestro era serena, confiada.

 

-Eres un jugador justo, eso lo sé hace tiempo, y creo que tú a mí también me reconoces como tal. Las trampas no forman parte de este juego.

-¿Te parecerá paradójico si te doy la razón, Gran Esfera?

 

Ambos hicieron vibrar su mundo inexistente en una forma de sonrisa.

 

-Me alegra saber que, aunque todo mi empeño esté puesto en ganar esta batalla, nuestra guerra no terminará nunca, y que volveré a tenerte como rival en un infinito de ocasiones.

-Sí, Gran Maestro. En un infinito de otras mentes, de otros campos. Agradezcamos que esta guerra no puede tener fin.

 

El Gran Maestro continuó las palabras de la Gran Esfera, como completando una letanía antigua.

 

-Porque si alguna vez terminase, mi victoria final me convertiría en ti, y tú renacerías como un embrión de mí.

-Y mi victoria final nos haría desaparecer a ambos, y acabaría con la consciencia de los hombres- concluyó la Gran Esfera.

 

Se miraron lo que en su universo era una mirada.

 

-Los hombres no tienen nada que ver en esto- dijo el Gran Maestro, y la Gran Esfera asintió.

 

Hubo una pausa que no podía medirse en tiempo.

 

-Hoy Sárdnev se habría quedado conmigo.

-Pero una vez más no lo hizo, Gran Maestro. Y si hoy no has conseguido atraparlo con tu seducción, la realidad de que me sirvo volverá a impedírtelo siempre.

-Sí. Estamos empatados. Nuestras armas no se bastan para lograr un desequilibrio definitivo.

-Así es.

-¿Compartes entonces mi deseo de invocar al Juez?

-No habría acudido a tu llamada de ser de otra manera, Gran Maestro.

 

El Gran Maestro agachó una mirada que no tenía.

 

-Gran Esfera, no me gustaría ser malinterpretado. Hubiese sido mi voluntad vencerte por mí mismo, y no poner la resolución de este juego en manos de un ente que, por superior a nosotros, nos es inaprensible.

-Te comprendo. Yo también siento que no es el final adecuado para una batalla tan hermosa, pero me consuela pensar que el criterio de un ser que está por encima de toda forma de demencia o de cordura ha de ser acertado.

-Cierto, Gran Esfera.

 

Tras las palabras del Gran Maestro, se produjo otra pausa sin segundos ni minutos.

 

-¿Nos encontraremos entonces en la Gran Frontera?

-Así será, Gran Maestro. Y, como con los infinitos Sárdnevs que hubo antes, y con los infinitos que lo sucederán, contemplaremos los pasos de su pequeña mente sobre la cima afilada de la Gran Frontera.

-Hasta que caiga, en tu reino o en el mío. Y esa será la decisión del Juez.

-Esa será.

 

Antes de despedirse, la esencia de la Gran Esfera generó un último pensamiento.

 

-Siempre me he preguntado si los Sárdnevs en los que nos enfrentamos imaginarán cuán lejos se hayan de controlar el futuro de sus propias mentes.

-No pienses en los Sárdnevs. Son insignificantes. Sólo nuestro enfrentamiento importa. Esa es la única recompensa.

 

Los dos seres, junto con el universo que formaban, se disiparon en la nada.

 

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El hombre estaba sentado frente al balcón, con los ojos perdidos en el infinito de la calle. Tras él, siempre observándolo, imaginaba la presencia de su familia y de los fantasmas que habitaban junto a ella, sin que mutuamente se conociesen. Pero ahora no quería verlos. No quería saber nada de ellos. Se sentía extrañamente lúcido, consciente. Incluso más que antes de que los médicos comenzasen a acusarlo de locura ante el mundo. Sentía que una decisión esperaba que él la tomase.

 

            En su estado de exacerbada autoconciencia, creyó incluso soñarse en un extraño lugar, donde el cielo y el suelo no formaban horizonte, y la luz era visible en su movimiento. Caminaba por el filo de una gigantesca navaja, a cuyos flancos se reunían extraños seres a los que, en la distancia, le pareció reconocer. Esperaban verlo caer. Deseaban descubrir a qué lado caería. El filo hiriéndole los pies. La sensación no era nueva. Tenía el recuerdo de haberla sentido en cada instante de su vida. La sensación de caminar sobre el filo delgado y cortante de la consciencia. Siempre difícil. Siempre en un delicado equilibrio de funambulista. Ahora, en aquel mundo dividido por la navaja sobre la que disponía sus pasos, le pareció que le era ofrecida una oportunidad para descansar. Tan sólo había de decidir a qué lado de aquella frontera iba a dejarse caer. Y después, el descanso sin vida en mundos ficticios o en órdenes perfectos.

 

            El hombre entonces abrió los ojos, aunque no los tenía cerrados, y se levantó. Estaba asustado y temblaba, pero se sentía dueño. Dueño. Comenzó a caminar hacia su cuarto, sin percatarse de la ausencia de los espectros y despidiéndose de su madre con un “Hasta mañana” sonriente. Aunque ya no había sueño, aún notaba la navaja clavándosele en la planta de los pies. Se sintió un ser afortunado.

 

 

 

 

Jose Jesus García Rueda

Madrid

3-2-2004