La persianaParece que al final no voy a poder. Llego por los pelos, y así no hay forma de tirar con la fuerza necesaria. Está de veras obstruida. Se lo he repetido tantas veces, que por favor tengan cuidado al subir la persiana de mi habitación, que si se la lleva hasta el tope luego no hay manera de hacerla bajar. A veces pienso que no me escuchan. Quizá la cosa no sea tan grave. Puedo echar la cortina y ya está. Total, no creo que desde las ventanas de enfrente alcancen a ver el interior de la habitación. Y en el peor de los casos, seguro que no se me ve tanto como ahora lo están haciendo los niños que juegan abajo, en el parque. Me apuesto cualquier cosa a que ya cuchichean sobre el tío raro ese que hace piruetas en el marco de la ventana. No, mejor dejar la persiana tranquila. Ya vale de dar el espectáculo a esta chismosa audiencia nocturna. Pero es que la cortina sólo... es demasiado ligera, casi transparente. De acuerdo que quién va a estar interesado en espiarme precisamente a mí mientras me pongo el pijama pero... pero imagina que ocurre, que estoy quitándome los pantalones, levanto un momento la vista hacia la ventana y ¡zas! Allí están los ojos del vecino aquel de la camiseta de tirantes, mirándome como un buho mientras se termina su sempiterna sopa. ¡Qué vergüenza! ¿Es que ya no se respeta la intimidad? ¡Uff! ¿Qué hago? Quizá debería apagar la luz. Así seguro que nadie puede fisgar en mi cuarto como si fuese la tele. Me imagino mi dormitorio apareciendo como el nuevo “talk show” del verano. O mejor, como una especie de “Gran Hermano” en versión “la calle donde vivo”. ¡Pero es que no me da la gana apagarla! Son todos ellos, todos esos pares de ojos que yo sé que vigilan desde detrás de cada mirador, los que tendrían que avergonzarse, y no yo. Resulto patético. Aquí, perdiendo sueño por no tener valor para cambiarme de ropa con la persiana subida. Eso sí, un “patético” lo bastante orgulloso como para no apagar la luz de la habitación y dar todo esto por zanjado de una buena vez. Ummm... huele a infusión. La vecina de al lado debe de haberse hecho su té de todas las noches. Mírala, desde aquí se la ve asomada a la ventana, con su camisoncito color... ¿cómo es que lo llaman? ¿Marfil? Bueno, no sé. El caso es que... ¡Mierda! ¿Por qué tengo yo que ser tan pudoroso? ¿Un último intento con la persiana? No, mala idea, que los chavales de abajo están mirando. Lo mejor va a ser que me acueste vestido y, dentro de un par de horas, cuando todos duerman, me levanto, en un minuto me pongo el pijamita, y se acabó. Mañana volveré a intentarlo con la persiana... Jose Jesus García Rueda Madrid Octubre de 2002 |