Locura y el invierno

Jose Jesus García Rueda

 

 

 

El señor Lukasiewicz, abrazado con fuerza al interior de su abrigo sin arrugas, atravesaba el invierno polaco con destino a Cracovia, donde iba a matar al mundo. Encogido en el trineo que lo llevaba, recorría de tarde en tarde, con ojillos sonrientes, el paisaje blanco y el cielo claro. En aquel brillante día de invierno, todo era nieve y bosque alrededor del trineo. La luz olía a frío, y los animales no existían. En el invierno detenido de Polonia, el señor Lukasiewicz se dirigía a matar al mundo.

 

            Los ojos del viajero miraban, sin maravilla, los pinos infinitos cubiertos de nieve, los arroyos con vibraciones de cristal, las montañas blancas, las tierras blancas, y pensaba que por fin sería el orden, que el entendimiento vendría mañana, y con él el fin de los secretos y de la oscuridad supersticiosa. Sus manos apretaron con firme amor el portafolio de piel que reposaba en su regazo. El arma para matar al mundo, mañana. Sus ojos vagaban por el paisaje y sus pensamientos entre ecuaciones. Entonces, en un instante cualquiera en medio de su viaje, en un momento aleatorio entre todos los segundos ralentizados del invierno, ambos, ojos y pensamientos, se encontraron con la nuca del cochero, que le daba la espalda frente a él, desde su posición elevada. Esa nuca de pelo ralo y grasiento remataba una mole enorme, que gobernaba el inmenso caballo. Un gigante de ropas viejas y fuertes, y gorra campesina. El señor Lukasiewicz notó un pequeño escalofrío en la parte de atrás de su propio cuello. Su memoria, sin ningún aviso previo,  revivió el miedo eterno del señor Lukasiewicz, y la piel de éste comenzó a sudar un sudor blanco. El señor Lukasiewicz, cuando aún era niño, descubrió el miedo que desde entonces nunca se había alejado demasiado. Lo encontró el día en que dejó despertar a su conciencia y empezó a buscar la lógica en el mundo. A partir de ese momento temió mirar a las personas. A los ojos o inadvertido, a gentes anónimas o a seres cercanos. Temía encontrar dos seres humanos perfectamente idénticos. Exactos. No con la misma apariencia y ropas, no un simple gemelo, sino un duplicado idéntico detalle a detalle, hasta la más mínima insignificancia. El doble último e inexplicable. Estaba convencido de que, si esa imposibilidad llegaba a suceder, provocaría la locura en su conciencia. Así, el señor Lukasiewicz caminaba siempre con la vista fija en las aceras de su Varsovia natal, temeroso de ver los rostros, mientras su mente doblegaba al universo inanimado. El único ocupante del trineo que surcaba el lento invierno polaco recordó que, entre despedidas apresuradas e ilusiones futuras de matarife, no había tenido ocasión de contemplar, antes de partir, el rostro de su cochero.

 

            -Señor, ¿falta mucho para llegar a Cracovia?

 

            El conductor no se volvió para responder, sin prisa, un par de minutos más tarde.

 

            -No se preocupe; Cracovia es más eterna que usted.

 

            El señor Lukasiewicz no entendió esta respuesta de una voz aguardentosa y neutra, terriblemente neutra, ajena a cualquier entonación. Se abrazó a su portafolio, y sin deseo, necesitó ver el rostro de aquel gigante encorvado.

 

            -Me llamo Lukasiewicz. Piotr Lukasiewicz.

 

            No hubo tampoco esta vez un rostro que juzgar. El aire comenzaba a perder su brillo. Ni siquiera hubo una voz.

 

            El pasajero se encogió un poco más dentro de su abrigo, y trató de volver a distraer su mirada en el mundo que iba a matar. Era invierno en un bosque de Polonia. Un invierno de silencio blanco y copos de nieve. Sintió frío en lugar del miedo, y eso lo reconfortó, pues era lo razonable cuando el mundo descansaba sin energías. Vio un montón de pieles frente a él, y alargó el brazo hasta alcanzar una. Cuando la retiró, no descubrió otras pieles bajo ella, sino una gran caja, antes oculta.

 

            -Hermosa caja, ¿no cree?

 

            La voz ya no era neutra, sino de una afabilidad caliente que sorprendió al señor Lukasiewicz. Mirando la caja con detenimiento, ésta no le pareció ni hermosa ni falta de hermosura. Era un cajón rectangular, de un metro de largo por medio de ancho. Tenía una altura considerable. A los ojos del pasajero, no apareció rasgo alguno a destacar en aquella caja, salvo que la madera, sin color definido pero sí uniforme, daba la impresión de haber sido pulida con esmero. Aparte de esto, lo único que llamó la atención del antiguo niño Piotr fue la homogeneidad del objeto: no había ninguna juntura aparente. Parecía haber sido tallada de una sola pieza.

 

            -¿Le molesta tener un compañero de viaje, señor Lukasiewicz?

            -¿Compañero de viaje?

            -Sí. Eso es lo que contiene la caja, su compañero de viaje.

            -No entiendo…

            -Ahí dentro viaja un antiguo camarada de tropelías. Falleció anteayer, y su familia me pidió que aprovechase mi viaje a Cracovia para enterrarlo en un pequeño cementerio de las afueras. Era un tanto atolondrado, mi camarada, y durante alguna borrachera le debió de decir a sus padres que al morir quería ser enterrado en Cracovia, para que su cuerpo podrido atufase las naricitas de esos sabios de la universidad. Ha tenido usted mucha suerte. Mi camarada era un conversador hechizante, caótico, estrafalario… Imposible aburrirse con él en un viaje.

            -¿Está diciendo que viajamos con un cadáver?

            -Un fiambre en toda regla, sí. Pero esté tranquilo; con esta temperatura, aún tardará un par de días en comenzar a oler.

 

            El señor Lukasiewicz pensó que mañana iba a matar al mundo, y se afanó en apartar el miedo. Le pareció que el trineo había modificado su velocidad, pero no hubiese sabido decir si ahora iba mucho más rápido, o mucho más despacio. Sintió una nausea.

 

            -Cuando el invierno es tan endiabladamente frío como aquí, el universo se ralentiza. ¿Lo ha notado? Las horas, los minutos y los días son sólo nombres.  Existe la oscuridad y existe la luz. Todo lo demás está detenido, no sucede. El tiempo mismo prefiere dormir. Un tipo magnífico, mi camarada, ¿sabe? Éramos como hermanos. Incluso físicamente. Tan parecidos, de hecho, que la gente muchas veces nos confundía. Un Yo formidable, mi camarada.

 

            El alma del viajero se congeló.

 

            -Habla usted poco, señor Lukasiewicz. Dígame, ¿qué va usted a hacer en Cracovia? ¿Qué esquina le toca torcer en esa ciudad?

 

            La voz del pasajero intentó responder “Voy a matar al mundo”, pero en su lugar tartamudeó:

 

            -Me esperan para pronunciar una conferencia ante el Real Colegio de Matemáticos de la Universidad de Cracovia.

            -Vaya, así que usted es de esos que otros escuchan. Yo no soy bueno escuchando, pero mi camarada siempre tuvo fama de poseer un buen par de orejas.

            -¡Pero su camarada está muerto! ¡Muerto! Ya no puede escuchar. Ya no puede hacer nada. ¡Está muerto! ¿No… no es así?

 

            Entonces el  cochero soltó las riendas y se irguió, girando sobre sí mismo hasta quedar de frente al señor Lukasiewicz. Los ojos de éste se abrieron para, junto con la mueca horrorizada de la boca, ocupar toda su cara. El trineo no se detuvo. El rostro del conductor, descompuesto en una carcajada perenne y silenciosa, era de una fealdad inverosímil. Tenía los rasgos desordenados y confusos, como si estuviese hecho de barro movedizo. La simetría, simplemente, no encontraba lugar en aquella cara. Piotr no podía parpadear, horrorizado ante aquella enorme y única ceja que atravesaba en diagonal la frente, ante los pómulos desiguales. Mientras un ojo le rozaba el nacimiento del pelo, el otro caía hasta la mitad de la nariz. Ésta, que no era sino un montón de bultos, coronaba un par de labios descentrados, deslizándose lateralmente uno sobre el otro. Piotr vio un rostro imposible y el señor Lukasiewicz sintió irracionalidad. Y miedo. Miedo infantil y miedo adulto. El caballo no disminuyó su marcha.

 

            -¡Puede usted jurarlo sobre la tumba insepulta de todas sus madres muertas, señor! Mi camarada está más rígido y menos vivo que los carámbanos que cuelgan de las ramas de estos árboles. ¿No le hace eso a usted aún más afortunado? ¿Qué mejor compañía que la de un alma alegre, sociable, vivaracha, buena conversadora y, para mejor aprovechamiento de estas cualidades, muerta, tan muerta que ya nada puede matarla más? Nada de lo que usted pudiese decir durante su conversación podría matarlo más. ¿No es reconfortante?

            -¡Usted está loco!

            -¡Nah! Es sólo que no me comprende todavía…

            -¡No creo que haya nada que comprender en su locura!

            -¡Jajajajaja! Vaya, señor Lukasiewicz, de veras que es usted inteligente.

 

            Un desnivel en el camino hizo tambalearse el trineo, que avanzaba ahora a gran velocidad. El rostro del señor Lukasiewicz empalidecía en una confusión de terrores.

 

            -¡Haga el favor de detener el trineo! ¡Vamos a matarnos!

 

            El cochero, dando de nuevo la espalda a su carga, tomó las riendas.

 

            -¡Sooooo! ¡Sooooo! Deseo concedido, señor. Ya estamos parados. Congelados. Tan congelados como el aire de este invierno.

 

            Descendió del vehículo con una agilidad, a los ojos del señor Lukasiewicz, impropia de un ser tan asimétricamente indecente.

 

            -¿Qué hace? ¿A dónde va?

            -No lo sé, pero creo que por el camino montaré un pequeño campamento y recogeré algo de leña.

            -¿Campamento? Pero, ¿no continuamos hasta Cracovia?

            -No.

            -¿Por qué? Quedan al menos un par de horas de luz todavía. Suficiente para llegar hasta la ciudad…

            -¿Y eso significa algo?

            -¡Significa que no hay motivo alguno para no proseguir nuestro viaje!

            -Estamos detenidos.

            -¿Qué es lo que nos detiene?

            -Nada.

            -Entonces, ¿por qué no reanudar la marcha? ¿Pretende que pasemos la noche aquí?

            -Mire, señor, no haga tantas preguntas. O al menos absténgase de hacérmelas a mí. Las respuestas no le servirían de mucho, créame. Es un invierno frío y lento, en un solitario bosque de Polonia. Mañana estaremos listos para seguir viaje hasta nuestro destino.

 

            El señor Lukasiewicz recordó que, al día siguiente, le esperaban en Cracovia para matar al mundo.

 

            -¿Mañana? ¡No llegaré a tiempo a mi conferencia!

 

            El cochero se alejaba, dándole de nuevo la espalda.

 

            -Eso, señor, no dependerá de mí.

 

            Algunos minutos después, unas pieles improvisaban asientos junto a un pino de grueso tronco y ramas protectoras. Tras terminar su humilde obra, el cochero se adentró en el bosque, con un pequeño hacha en la mano. Ya había desaparecido de la vista, cuando una última frase alcanzó al enmudecido señor Lukasiewicz.

 

            -Hay algo de carne seca y tocino en alguna parte. ¿Usted sabe cocinar, Piotr?

 

            Entonces, sabiéndose solo, la sangre volvió a fluir hasta el sistema nervioso del señor Lukasiewicz. Descendió del trineo con lentitud y torpeza, enredándosele las piernas en el gran abrigo y con las manos aferradas al portafolio, pero con vitalidad renovada para doblegar esa nieve y esos árboles. Mientras se dirigía despacio hacia la semilla de campamento que el extraño cochero había comenzado para él, sus ojos observaban el entorno con intención evaluadora. Caminaba encorvado y abrazado a sí mismo, pero su mente estaba bien despierta. La nieve ya no era blanca, sino gris, y las sombras de los árboles se hermanaban en grandes manchas oscuras que engullían el paisaje inmediato, congelando lo ya helado. El sol comenzaba su caída. En un par de horas no quedaría luz alguna sobre las formas del mundo. ¿Llegarían entonces los lobos? No, eso podía descartarse con gran probabilidad, pues hacía años que aquella no era tierra de lobos. Quizá bandidos. Sí, bandidos sí. ¿Había pensado en los bandidos aquel rostro loco en cuyas manos estaba? Aunque aún permanecía en el aire el olor de los últimos ajusticiados… No. Sería una noche endemoniada e incómoda, pero cabalmente segura. Como la suma de uno y otro resulta en dos, que esa noche larga tan sólo serviría para acercarlo más a la mañana de gloria en que él, Piotr Lukasiewicz, Varsoviano adulto y racional, mataría, desde la neutralidad más pura, sin dramatismo pero también sin orgullo, la realidad mortal de este mundo. Mañana llegaría el orden primigenio e inalterable a la mente retorcida de los hombres. Y esta noche… esta noche sólo sería larga.

 

            Cuando sus pasos difíciles alcanzaron el esbozo de campamento, se sentó pesado sobre una de las pieles. Tiritaba, y se abrazó con más fuerza al interior del abrigo, y, a través de él, al portafolio. Sentado, acurrucado y tembloroso en mitad del invierno oscuro que se imponía, casi rió. Sí, ¡sí! ¡Era tan lógico temblar con una temperatura del aire tan baja! Si durante aquella noche absurda llegaba a morir congelado, se prometió a sí mismo mantenerse consciente del propio hecho de su muerte, así como de la causa de la misma, hasta el último instante. Si la muerte le impedía cumplir su destino de heroico matarife, al menos moriría mostrándole al mundo la superioridad de la conciencia del hombre.

 

            Cuando el cochero regresó con un atillo de gruesa leña a la espalda y el hacha en la mano, el sopor había adormecido al señor Lukasiewicz, y ni sonrisa ni espanto rompían la paz de su rostro.

 

            -¡Es momento de encender un buen fuego, Piotr!

 

            La voz ruda sobresaltó al pasajero. La visión repentina de aquel rostro deforme no permitió el regreso de serenidad ninguna al trémulo interior del abrigo del señor Lukasiewicz.

 

            -Vaya, por lo que veo, Piotr, aún no ha encontrado la belleza de mi cara. ¡Jajajajaja! Le pediría disculpas por mi poco tacto al acercarme, pero ni me acordé del efecto que mis rasgos pueden tener en las mentes distraídas…

            -No… no lo oí llegar.

            -Es difícil oír nada cuando se sueña complacido a la intemperie en mitad de una noche de invierno, estimado Piotr. El sueño se convierte en una presencia tan dulce, que en la mente sólo queda sitio para las realidades que éste fabrica.

            -No me llame Piotr.

            -¿No es ese su nombre?

            -No me parece justo que usted pueda referirse a mí por mi nombre, cuando yo ni siquiera conozco el suyo.

 

            El fuego reciente descongelaba la sangre en la piel del rostro del pasajero, y producía caóticas sombras en el de su contertulio.

 

            -Yo el suyo sí.

 

            El señor Lukasiewicz esperó algo más, pero su compañero había puesto un par de trozos de tocino en el fuego naciente y los contemplaba con fijeza, sin mostrar intención  alguna de proseguir. Ya era de noche y todo, salvo el micromundo que iluminaba aquel fuego, era oscuridad blanca y fría. El hombre, incómodo de mirar el silencio del cochero, e incapaz de ver nada más allá, extrajo un libro del interior de su abrigo y se dispuso a leer.

 

            -¿Qué es eso?

            -Un libro, señor.

            -Tome un trozo de tocino y beba de esto. El universo se está congelando, amigo Piotr. ¡No hay tiempo para libros esta noche!

            -¿Qué es?- preguntó el señor Lukasiewicz, mirando la botella que le señalaba el cochero. Éste rió.

            -Una  poción endemoniada, con la que pretendo volverlo loco, claro. ¡Jajajaja! No me mire así, Piotr. Al fin y al cabo, yo ya bebí…

 

            El señor Lukasiewicz, sin apartar la mirada de los ojos extraviados del cochero, tomó el pedazo de tocino que éste ahora le ofrecía, y volvió despacio a su libro.

 

            -¿Qué es eso?

            -¿El qué?

            -Lo que está leyendo. ¿Qué lee, Piotr?

            -La “Dissertatio de arte combinatoria”, de Leibniz.

            -¿Le pareceré, además del más horrendo de los seres, también el más ignorante si le digo que nunca he oído mencionar ninguna de esas palabras, Piotr?

            -¿Qué palabras?

            -Ninguna de las que acabo de escuchar.

            -¿No conoce a Leibniz?

            -No. ¿Hay algo que merezca la pena saber de él?

            -Sí, que fue un hombre que intentó explicar el mundo.

 

            El rostro del cochero se tornó neutro, y perdiendo el interés por un final intuido, comenzó a mordisquear con avidez un trozo de carne seca. Sólo cuando quedaba de él un último bocado, volvió a hablar.

 

            -¿Está muerto?

            -¿Quién?

            -Ese Leibniz.

            -Sí, claro…

 

            El cochero no hizo gesto alguno que indicase que había escuchado estas últimas palabras. Parecía muy ocupado preparándose un lugar donde recostarse y dormir. Cuando se tumbó y cerró los ojos, el señor Lukasiewicz recordó algo.

 

            -Señor…

 

            El hombre enorme dio la espalda a Piotr, mostrándole su nuca grasienta. El pequeño hacha estaba clavado en el tronco del árbol, y las pieles brillaban suaves a la luz del fuego. Era una noche sin estrellas.

 

            -Señor…

            -¿Su libro no le deja descansar tranquilo, Piotr?

            -Disculpe, pero esa caja…

            -¡Cierto, la caja! ¡Ah, Piotr! Somos unas simples bestias sin entendimiento. El invierno debería tragarnos y borrar nuestras conciencias de entre las ideas perennes. ¡Hemos olvidado a su compañero de viaje, a mi camarada! Debo ir por él. Hemos de permitirle compartir con nosotros estos momentos, este espacio. Sí, voy por la caja. Voy por ella. Ya le dije que es un formidable conversador. Con él sí podrá hablar de su libro y de esta extraña noche. ¡Qué gran hermano, mi camarada! No se levante, no tardaré…

            -¡No!- gritó el señor Lukasiewicz, sin más conciencia que su pánico instantáneo y crónico. El cochero se volvió hacia él. Sus rasgos deformes parecían bailar una danza primitiva y ebria en su cara. La sonrisa era cálida, húmeda. Estúpida.

            -¿No? Pero… ¿planea usted dejar a su compañero de viaje solo, lejos de la luz? ¿Está hablando en serio? ¿Me dejaría usted solo lejos de la luz?

            -Señor, por favor, siéntese.- el sudor caía desde las órbitas espantadas de los ojos de Piotr- Señor, por favor…

            -Pero Piotr, ¡usted fue quien mencionó la caja! ¡Usted ha puesto todo esto en marcha! ¿Necesita de mi ayuda para pararlo, Piotr?

            -Yo, yo… yo no he puesto en marcha nada. Yo sólo dudaba. Yo sólo quería hacerle una pregunta…

           

            Toda la corpulencia del cochero pareció jugar, traviesa, al sentarse su cuerpo entero con una mueca.

 

            -La respuesta está en la caja. ¿Cuál es la pregunta?

            -Esa caja, señor, esa caja… Usted dice que hay alguien muerto en ella. Sin embargo… Esa caja es demasiado pequeña, señor. Esa caja es demasiado pequeña para albergar a un adulto…

 

            El cochero, con aire decepcionado, se preparó de nuevo para dormir.

 

            -Vaya, Piotr. ¿Eso es todo lo que necesita saber? ¿Eso es a todo lo que se atreve su curiosidad? ¿Prefiere esa respuesta a la presencia tangible de su compañero de viaje? ¡Ah, mi camarada, que era casi una misma persona conmigo! Sus padres tuvieron que despedazarlo, para que cupiese en la caja. Gente muy práctica, sus padres.

 

            El señor Lukasiewicz no durmió bien aquella noche. El fuego alejó el frío, pero no los sueños extraños. Tumbado entre pieles, con su portafolio hecho a un lado, le pareció abrir los ojos repetidamente, a lo largo de esas horas vacías y eternas. En una de estas ocasiones, creyó ver entre chisporroteos de la hoguera al cochero bailando sobre la  nieve, con grandes saltos y aspavientos, sin ritmo alguno, en silencio. Tumbado sobre una rama, en el mismo límite del círculo de luz, con una postura similar a la de las fieras salvajes y adorando una luna que antes no estaba, le pareció divisarlo en otra. Más tarde, y también entre sueños, vio al hombre loco de rostro horrible conversar con otro del que sólo se adivinaba una silueta oscura. Tenía la misma complexión que el cochero, sus mismas ropas, sus mismos gestos y ademanes. Se hubiese dicho que era su sombra sobre la nieve, de no ser porque la silueta estaba de pie y ambos conversaban como compañeros alegres, aunque sin producir sonido alguno. La caja estaba junto a ellos. El frío y el terror no permitieron que Piotr se despertase. Toda la noche estuvo el fuego crepitando en sus oídos y en sus temblores.

 

            Durmió largas horas, sin embargo, con los párpados fuertemente apretados, hasta que la voz sonora del cochero rompió el sueño.

 

            -¡Despierte, Piotr! El invierno vuelve a ser blanco de nuevo, y hay sesudos ancianos esperando sus palabras en Cracovia. ¡Arriba!

 

            Cuando Piotr abrió los ojos, éstos estaban cansados. Los párpados no llegaron a separarse del todo. El fuego estaba ya apagado, pero aún crujía en las sienes del pasajero. Sus ojos los enturbiaba el mismo velo pálido y grisáceo que cubría su piel. Alargó una mano quebradiza en busca del portafolio, pero no lo halló a su lado. El fuego crujía más y más fuerte en sus sienes.

 

            -Son extrañas las noches de invierno en el bosque. ¿Le he dicho ya que en un invierno como éste, hasta el tiempo mismo se congela?

 

            El cochero recogía despacio los restos del campamento.

 

            -¡Ah, Piotr! Luego amanece, y ya no hay oscuridad, sino luz. Pero las sombras no se van, y el tiempo sigue detenido en las montañas y en los árboles. ¿Sabe? Uno entonces se haría preguntas, pero… ¿para qué? ¿Qué respuestas puede haber en un mundo como éste?

 

            Comenzó a caminar hacia el trineo, cargado de pieles. El hacha continuaba clavado en el tronco del árbol.

 

            -¿Sabe, Piotr? He decidido que voy a presentarle a su compañero de viaje. Es algo inaudito, increíble. Nunca ha pasado antes y nunca volverá a pasar. ¡Un verdadero milagro! Y usted ha de verlo, sí. Unos ojos como los suyos tienen que contemplarlo antes de que lo cubra la tierra. Voy a mostrarle a mi fantástico camarada.

 

            No. No iba a hacerlo. El señor Lukasiewicz no lo permitiría. Piotr no lo permitiría. Nunca su mente miraría a los ojos a esa locura de carne putrefacta y sangre congelada que se escondía en aquella caja. No. Quiso tener miedo, pero hacía demasiado frío dentro del abrigo. Sus párpados no terminaban de abrirse. El velo de su piel y sus ojos era cada vez  más gris. Ya de pié, alargó de nuevo su mano quebradiza, que esta vez encontró el pequeño hacha. Lo agarró con fuerza, y con pasos torpes pero definitivos, avanzó hacia la espalda del cochero.

 

            Cuando estuvo junto a él, hundió el hacha en su nuca grasienta y de pelo ralo.

 

            El enorme cuerpo cayó de rodillas sobre la nieve, muerto. Piotr miró a su alrededor, con los ojos ahora muy abiertos, despertando. Una bandada de pájaros atravesó el cielo sin nubes. La brisa comenzó a mover las ramas de los árboles. Le pareció oír ruidos de animales en el bosque. Tenía a su disposición un caballo fuerte y descansado, un trineo robusto, pieles para proporcionarle calor y abundante comida y bebida. Podría llegar a Cracovia en un par de horas. Bajó la mirada y la fijó en la caja, homogénea y sin fisuras.

 

            Entonces, allí de pie, rodeado por el invierno de un bosque de Polonia, supo que no volvería a moverse nunca más.

 

 

 

 

Jose Jesus García  Rueda

27-10-2005

Madrid