Los amores torpes

Jose Jesus García Rueda

 

 

Las vio una vez hacía algunos meses, durante un viaje acompañado, cuando aún ni siquiera tenía teléfono móvil. Creo habérselo oído decir en una ocasión, aunque no logro imaginar cuándo. En qué momento de todos los repetidos. Oculto entre qué palabras. Pero es verdad que algunos meses antes había visto las dos grúas por primera vez. Dos plataformas de esas que suelen emplearse para podar los árboles o alcanzar pisos no muy altos. Quizá “grúas” no sea el término más adecuado. Grises, despintadas, con la humedad haciéndolas crujir, aunque quietas. Ambas remedaban un abrazo. El vano intento de un abrazo entre metales rígidos.

 

            El hombre solía viajar sentado cerca de la puerta, hacia el centro del autobús, como huyendo de esconderse, muy erguido el rostro sobre su traje pero derrumbado bajo las hombreras. La llamada le sorprendía habitualmente mirando por la ventanilla la transparencia de los peatones. Hola, Nina. ¿Qué tal pasaste la noche? No, no me atreví a llamarte. Ya, pero podía haberlo cogido él, y no me encontraba con ganas. Lo sé. Ya, ya lo sé. Ya lo sé. Un par de paradas después yo lo veía bajar, sin hacerse muchas preguntas sobre los mecanismos del mundo.

 

            Imagino en ocasiones las dos grúas que el hombre vio una vez, por primera vez. Me imagino el abrazo imposible, en medio de una obra a medio terminar. Los dos brazos cruzados en la x, las dos cazoletas como apoyadas en un hombro opuesto e inexistente. Nada se mueve. Las dos grúas tienen los ojos cerrados, respiran, pero nada se mueve. El sol de la tarde se hace el desentendido, y el viento no sopla por no acercarlas. Todo mira hacia otro lado, condenando indiferente. Todo menos el hombre del teléfono móvil, que en esa época aún no tenía teléfono móvil.

 

            Cada mañana se escuchaba la música a la misma hora. Era un tono estridente, popular, que siempre concluía demasiado pronto. Hola, Nina. Sí, me llamó mamá, después, y me lo dijo. ¿No está mejor? Supongo que entonces tú no habrás dormido nada. ¿Tan mal lo ves? Alfonso es fuerte, ya sabes. ¿Quieres que me pase esta tarde? Te noto tan cansada, Nina... Hablaba siempre con el tono alegre de los que no lo están. Creo que alguna vez vi formarse arrugas en su traje, al retorcerse para devolver el móvil a su bolsillo.

 

            “¡Siempre es lo mismo! ¡Siempre es igual! ¡Siempre llegando tarde!” Había una loca en el autobús, una mujer de mediana edad cuyo cuerpo encontraba cada mañana la parada correcta sin ayuda de ella, como todas las locas de autobús. Tenía los ojos medio cerrados, y los gritos salían de su rostro como de un mecanismo automático. “¡No es justo! ¡No es justo!” Pero ya nadie le prestaba atención.

 

            Supongo que aquellas no eran las únicas grúas presentes la tarde en que mi compañero de autobús vio, por primera vez, el abrazo inconcluso. Todas quietas, pues los obreros que mueven los hilos desaparecen junto con la luz. O puede ser que no, que los amantes de hierro estuviesen solos. Sin miradas de reproche. Sin alientos. Eternamente sudando una contorsión prohibida. Con la tristeza contagiosa que acabó la risa en el rostro del hombre.

 

            “¡Otra vez se paró! ¡Otra vez se paró! ¿Pero cómo es posible? ¡Tengo que llegar a destino! ¿Nadie entiende que yo no debería estar aún aquí?” La loca se quejaba por imitación, reproduciendo frases y maneras de otros. Como quien roba pensamientos y los pone en palabras sin robar también la razón de los pensamientos. Incluso parecía crecer el asedio de las quejas al despertarse la musiquilla en el móvil.

 

            Hola, Nina. Me hubiese gustado poder verte ayer. ¿Mi hermano sigue igual? La pregunta es sincera. No tengo nada contra Alfonso. No me hace feliz que esté enfermo. ¿Y tú? Que cómo estás tú. No te creo. Tu voz. No te creo. Deberías salir de allí. Deberías venir... Deberías salir, olvidarte del olor a podrido que hay en vuestra casa. Esas tuberías llevan mucho tiempo mal. Rezuman humedades malsanas. Hay cosas que no pueden arreglarse. Hasta las casas más sólidas envejecen. Tu voz es triste, Nina. Es normal que me preocupe, ¿no? No digas eso. Siento rabia, no remordimientos. ¡Pero ya ha ocurrido, Nina! ¡Ocurrió antes de la enfermedad! ¿Tú sabes por qué es todo tan difícil? ¿Tú lo sabes?

 

            Y, mientras yo trataba de encajar la palabra “rabia” en el meticuloso nudo de corbata que asfixiaba al hombre, los gritos de la loca lo acompañaban al bajar del autobús: “¡Pero qué mal funciona todo! ¿Es que mi parada no llega nunca?”

 

            Todavía sueño de vez en cuando con las dos grúas, perdidas en el beso que nunca se darán. Como suele ser un sueño desvelado, puedo pensar a escondidas en una forma de romper su hechizo. Incluso algunas veces la encuentro, y entonces se lo digo al oído al hombre que las mira desde un asiento de copiloto, olvidado de las risas que lo acompañan. Pero él no me escucha, porque es un sueño, y porque por aquel entonces aún no tenía teléfono móvil.

 

            Siempre hay atascos en el trayecto del autobús. Siempre llueve. Los cristales continúan borrosos por la lluvia, como en la época del hombre y la loca. Aunque él siguiese empeñado en mirar por la ventana. Salvo un día. Supongo que todo ocurrió un día. Todo lo que ocurre, ocurre en un día determinado. Imagino que es así. Un día en que yo deseaba que lloviese un poco menos, que la loca no pudiera quejarse, y que el hombre sólo mirase a su móvil. Menos erguido, con más arrugas. Asustado. Para no dejarlo sonar. Hola, Nina. Sí, claro, iré. Sabes cuánto quería a Alfonso. ¿Puedes confirmarme la hora del funeral? No te preocupes, yo te llevaré. Te echaré una mano en lo que necesites. No, si acaso molestia es que hoy no pueda sentirme del todo triste. ¿Estás asustada? Yo tengo tanto miedo, ahora. Tanto miedo...

 

            Pero no era verdad. Al hombre del teléfono móvil no le daba miedo sonreír. Yo lo sé. Aunque no comprendiese al Amor corrigiendo torpe una torpeza previa. Aunque yo no crea en la casualidad con final feliz. Supongo que por eso no volví a ver al hombre, ni tampoco a la loca. Porque soy compasivo, pero pesimista, y no puedo evitar seguir pensando en las dos grúas y su abrazo muerto.

 

 

 

 

Jose Jesus García Rueda

22-10-2003