Los dibujos en el mármol

Jose Jesus García Rueda

 

 

 

Cuando escuchó sonar el timbre, estaba sentado sobre la tapa del retrete, mirando los dibujos en las baldosas de mármol. Todavía ensimismado, levantó la cabeza como si pudiese ver a través de la puerta cerrada, y pensó que él no tenía talento para ser adulto.

 

El timbre crecía en impaciencia; la mano que lo pulsaba parecía moverse frenética y desesperada. A él, rígido como una presa que aguarda el ataque, la cadencia del sonido le pareció femenina. Quizá era una mano de mujer la que solicitaba atención. Sin darse cuenta, retrocedió un poco en su asiento. Podía ser una antigua novia, la hermana mayor o incluso una de sus amigas del club. En cualquier caso, era una mano joven.

 

El sonido hizo una pausa, que él empleó para, sin relajación, levantarse y entreabrir la puerta del baño. Sentía la presencia de la otra en el descansillo, muy próxima a la entrada, con una intangibilidad llena de peso, y temió que ella pudiese presentirlo a él. El silencio se prolongaba. A lo mejor ya se había marchado. Aunque no había escuchado pasos, ni los roces de la ropa al moverse. El timbre volvió a sonar de repente, y su corazón latió muy deprisa. Escuchó también un taconazo contra el felpudo y un par de gruñidos. Ahora ella estaría furiosa, no desesperada. Furiosa con él, porque no sabía ser un adulto. Y pulsaría una y otra vez su timbre, con más rabia, hasta derribar todas las paredes de la casa. Entonces el estruendo paró de nuevo, sustituido por los golpes de unos zapatos de mujer sobre los escalones que bajaban.

 

La amenaza había pasado y el hombre, aún alerta, fue hacia el balcón para espiar la salida de su visitante por el portal del edificio. Tuvo que esperar un par de minutos, casi agazapado, semiescondido por si la mujer, de nuevo desesperada o aún iracunda, volvía la cabeza hacia el balcón. Desde esa postura vio aparecer, en la perspectiva deformada de su tercer piso, unas bonitas medias negras bajo una falda oscura y un jersey de lana fina, sobre el que se apoyaba la cola de caballo de una melena caoba. La temperatura era agradable y el cielo estaba limpio. La mujer llevaba zapatos de tacón, como él ya había adivinado, y se movía con pasos rápidos y seguros. “Quizá con un punto de dolor”, se dijo. Contemplando la espalda de la mujer alejarse, se sintió más confiado y empezó a buscarla en su memoria. La imaginó como una ex-amante de Antonio, una secretaria del despacho de abogados o una enviada del hospital. Su cabeza no quiso decirle si era alguna de esas cosas. Cuando le hablase de esto a su psiquiatra, éste volvería a recordarle su fuerte depresión, una de cuyas consecuencias era la amnesia selectiva. O puede que esta vez se atreviese a decirle que estaba loco. Había pasado un año, y todo se reducía, como siempre, a su incapacidad para ser adulto.

 

            Regresó al cuarto de baño, sentándose de nuevo sobre la tapa del retrete. Entonces pensó que los dibujos en el mármol de las baldosas eran tan caprichosos como los que se pueden ver en las nubes, pero mucho más tenaces. Cada vez que descubría alguno, estaba convencido de que volvería a estar allí a la mañana siguiente. Sólo de vez en cuando uno se borraba. No de la baldosa, sino de su percepción; un despiste, un cambio de aires en su pensamiento, le hacía olvidar algún patrón intuido en los trazados oscuros del mármol, devolviendo la composición imaginada a su estado de líneas sin intención. Aunque esos cambios no solían permanecer. Tarde o temprano el patrón era redescubierto, y el dibujo volvía a instalarse en su cabeza. Su memoria guardaba decenas de ellos, siempre acumulándose, siempre distrayéndolo. Unas veces más nítidos, otras faltos de casi cualquier definición, no era difícil que cada dos o tres días una nueva figura se apareciese a sus ojos.  En los momentos peores, había llegado a encontrar tres y hasta cuatro en una misma tarde. Pero sólo en los momentos peores.

 

            Hoy, los dibujos en el suelo de su cuarto de baño aún eran los de siempre. Una rodilla de hombre con gran parte del muslo y la espinilla casi entera; un rostro deformado, enorme, que gritaba por una boca muy pequeña; una diminuta cabeza de animal, entre delfín y caballo, o asno o dragón chino sin bigotes; unos ojos severos como de autorretrato, que no miraban. Nada nuevo. Por ahora, nada nuevo. Quizá es que aún era temprano, o quizá debería haber abierto la puerta para escuchar a la mujer conocida y olvidada. Fue a la cocina a beber un poco de agua.

 

            En algún momento, mientras bebía, debió de perder la noción de estar vivo, hasta que se despertó de repente, de pie y con un vaso medio vacío entre los dedos, observando las travesuras de los niños en el descampado tras la casa. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba allí. Sonaba el teléfono. Sobresaltado, el temor regresó. Aún tardó unos segundos en salir corriendo hacia la sala de estar. Sí, el teléfono sí. Podía ser lo bastante adulto como para contestar el teléfono. Sabía incluso cómo resultar afable, confiado. Seguro. ¿Diga? No, se había equivocado. Aquí nunca había vivido ningún Antonio. No, no debía preocuparse, no era molestia. Adiós, adiós. No deseaba hablar con el juez que instruía el caso del atropello de Antonio. Nadie sabía nada. Adiós.

 

            Se quedó mirando la pantalla gris del televisor. Desde el descansillo llegaba la voz de la vecina, tratando de distraer las protestas de sus tres hijos mientras se esforzaba por abrir la puerta sin tener que soltar las bolsas de la compra. Sí, pero luego, más tarde. Ahora entrad, vamos, y veréis qué postre sorpresa os he comprado. Escuchó unos cuantos grititos más, antes del temblor de la puerta al cerrarse. Ya estaban todos dentro, todo en calma, y el hombre sintió una punzada en el estómago y volvió a concentrarse en el televisor apagado.

 

            Viéndose reflejado en la pantalla gris, pensó que en sus ojos faltaba la chispa de un conocimiento antiguo. El conocimiento de la existencia real de este lugar y de este instante, el sueño que sonríe sin dejar de buscar su evolución entre los espinos. Estar siempre apunto de caer y vivir como si no importase. Todos sabían.

 

            Temblando, apretó los párpados. Él era un cobarde que no quería ese conocimiento. Cuando la grieta se había formado entre sus pies, derribándolo, no había vuelto a levantarse, a juntar con fuerza las manos y a emprender de nuevo el camino. Antonio, sentía tanto no poder ser adulto…

 

            Sudando y con la respiración casi tan rápida como sus latidos, corrió al cuarto de baño. Miró hacia el suelo, esperando verlo lleno de nuevas figuras, pero sólo aparecieron ante él las ya conocidas. Respiró hondo. Estaba demasiado nervioso, así no podía concentrarse en la invención de nuevos dibujos. Tenía que relajarse, olvidarlo todo. No pensar.

 

            El timbre de la puerta sonó de nuevo. Aterrorizado, le pareció que esta vez era súplica lo que escuchaba. Volvió a sonar. Un timbrazo aislado, con la mirada baja. La alerta calmó sus temblores. Supo que la mano tras el sonido era la misma de antes. La mano femenina, con sus medias preciosas, su falda negra, su pelo recogido y sus zapatos de tacón. Tenía tanto miedo… Quiso verla. Con todo el silencio del que fue capaz, caminó hacia la puerta de la casa. Se detuvo frente a ésta, casi tocándola. Sabía que ella estaba igual de cerca, al otro lado. Ella habló. Por favor, ábreme. Sé que estás ahí, ábreme. Quiero que hablemos, por favor. Necesito hablar contigo. De Antonio. Por favor. ¡Déjame hablar de él contigo! ¡Déjame! Escuchó llanto después de las palabras. No sería tan difícil abrir. Sólo necesitaba alargar la mano y girar el pomo. Todo el mundo sabía hacerlo.

 

            Con la mano ya dispuesta y una sonrisa de luchador en el rostro, se acercó a la mirilla. En ese mismo instante la mujer se giraba, camino de la escalera, las manos recobrando con gestos rápidos la compostura en los ojos que él no veía. No somos enemigos, le escuchó decir en voz baja.

 

            Su miedo se aferró a esa falta del rostro esperado y no abrió la puerta. Llorando sin que brotasen lágrimas de sus ojos, volvió como un autómata al cuarto de baño. En su cabeza retumbaba la última frase de la mujer. Tras regresar a su sitio sobre la tapa del retrete, bajó la mirada hacia el suelo.

 

            El mármol apareció plagado de formas nuevas.

 

 

 

 

Jose Jesus García Rueda

Madrid

18-1-2007