Migas en la luz

Jose Jesus García Rueda

 

 

 

 

Ayer, mientras estaba sentado en el suelo del salón, terminando un té a sorbos y un libro a bocados, descubrió que la tarima estaba llena de migajas, y sonrió. ¿Cuándo habían barrido por última vez? ¿Hacía una hora? ¿Ayer? ¿O ya había pasado una semana? Daba igual. Aquellas migajas, que tendían a esconderse bajo los sofás tras pasar unas cuantas horas remoloneando al sol del mirador y la terraza, volverían a aparecer una y otra vez, de la nada, tanto con comida previa como sin ella. Y entonces ellos, también una y otra vez, volverían a barrerlas. Él, apartando los ojos del libro un momento, miró sin mirarlo su reflejo en la pantalla oscura del televisor, y contó mentalmente una hora. Dentro de una hora ella estaría de vuelta. Llegaría cansada del trabajo, y se dejaría caer en la crema clara de los sofás, a su espalda la librería repleta. Habría bromas, risas, quejas sin lamento y entonces, cuando él fuese a besar su sonrisa por enésima vez, ella vería las migajas. Nene, hay que barrer, ¿has visto cómo está todo? Y él fingiría una nueva queja y remolonearía perezoso, para que ella supiese que hoy le tocaba a ella hacer el papel de enérgica. Ella le echaría la bronca, mostrando que entendía el juego, y le enviaría a la cocina a por el cepillo y el recogedor. Él iría de cuatro saltos, como siempre, y a su regreso ella haría ademán de Dame eso, anda, que ya lo hago yo, dándole a él la oportunidad de negarse muy caballerosamente. Tú siéntate, que ya me encargo, chiquitaja. Ella se indignará, y le mirará a los ojos cómplices, mientras él le devuelve la mirada, pero convertida en autosuficiencia teatral. Después, unas cuantos galanteos más sobre el escenario: que si No cabe el cepillo entre las sillas y la mesa, ¿qué hago?, que si Levanta los pies, monina, que sin condiciones adecuadas no hay manera de crear… Hasta que ella afirme que Mira que eres ganso, y él suelte el cepillo con grandísima y afectadísima afectación sobre el rinconcito con la alfombra y los cojines, en el suelo, al pie del mirador. ¿Ganso yo? Muy digno claro, mientras camina hacia el sofá como un gato, sobre la luz del atardecer. Así que ganso yo, ¿eh? Ella asentirá maliciosa, y entonces será cuando los brazos de él ya estén casi rodeándola y las migas, sin barrer, ya habrán desaparecido. Pero aún faltaba una hora para todo eso, pensó entre bocado y bocado de libro, entre sorbo y sorbo de té. Depositó lentamente la taza sobre su platito y sonrió. Le encantaban las migajas bajo la luz.

 

 

 

 

Jose Jesus García Rueda

6-10-2005

Madrid