Mirarse dentro
Aquella mañana, el carpintero había despertado con ojos de resolución. Se lo dijo a sí mismo nada más saberse despierto. Hoy no iba a cumplir con la acostumbrada visita dominguera a sus padres, ni llevaría a su novia al cine, ni mucho menos, por Dios, eso lo último, dedicaría un solo minuto a continuar trabajando en ninguno de los encargos pendientes. Hoy era el instante elegido, dentro del traquetear del tiempo cosmológico, para enfrentar una importante empresa. Hoy, por primera vez en su vida, iba a mirarse dentro.
Y estaba nervioso, todo hay que decirlo, que el carpintero era persona sencilla, trabajadora, y estos proyectos trascendentes le apretaban un poquito los intestinos. Pues no gustaba de volar, sino de las mañanas hacendosas en su taller, se decía, sito en el sótano de un viejo edificio del centro. Pero estaba decidido. Y harto, también, que todo cuenta. Harto de dormir sobre un camastro tras una cortina, allá en un rincón del propio taller. Harto de ver, desde los ventanucos de su sótano, más pies y zapatos que rayos de sol. Harto de medir tablas. Harto de cortar tablas. Harto de cepillar tablas. Y con los clavos, tornillos, arandelas, tuercas y demás, otro tanto de lo mismo. Aunque también era cierto que aquí la cosa resultaba un poco distinta, porque lo de atornillar al fin y al cabo... Pero que no, que se estaba confundiendo. Que su hartazgo era algo mucho más sutil. Metafísico. Lo leyó muy clarito en una revista con la que se entretuvo un rato en la peluquería, mientras esperaba para que le practicasen el rapado mensual de costumbre. Metafísico. Había que buscarse a uno mismo. Más allá de lo Físico. Había que mirarse dentro.
Aunque la revista no decía cómo, o al menos él no llegó a leerlo, y eso sí que era un fastidio, porque en el colegio no le habían hablado nunca de esto de lo Metafísico, y no tenía ni idea de por donde empezar. En sus libros de matemáticas no le sonaba haber visto nada mencionado sobre el tema, y en los de lengua... muchas “b's”, muchas “v's”, pero de lo Metafísico nada de nada. Quizá podía haberse acercado al bar, a ver si alguno de sus camaradas de barra era capaz de darle alguna pista. El mismo Damián, por ejemplo, que tenía fama de quedarse pensando en las musarañas más mucho que poco. Aunque lo de ese era puro alelamiento y ya, esto lo sabían todos. Así que estaba solo. Sólo y perdido. Bueno, y también harto. Con un hartazgo muy metafísico, eso sin duda. Así que nada. Estaba resuelto. Ni solo, ni perdido ni nada. Lo iba a hacer. Que ya tenía una edad, y que a sus años aún no se hubiese mirado dentro nunca...
Además todo el mundo podía hacerlo, que eso también lo decía la revista. Al menos en esa frase estaba cuando le llamó el peluquero y se acabó la lectura. Una lástima, porque hubiese asegurado que justo después explicaba cómo hacerlo. Pero claro, que si “Oye, si continúas volviendo la cabeza hacia las revistas no hay manera de cortarte el pelo”, y que si “Bueno, ¿cómo te dejo las patillas?”. Y claro, uno cuando está a algo, está a algo, y no se puede pretender que te hagan un buen rapado si no te quedas al acecho y bien pendiente de las maniobras del peluquero, que aún conociéndose desde niños y teniéndose confianza y aprecio profesional, un trasquilón de vez en cuando sí que se le escapaba, y mejor un “Julián, ojito con la raya...” a tiempo, que un mes con el pelo hecho unos zorros, y así no había manera de atender como es debido a lo Metafísico. De esta forma distraído, el carpintero olvidó terminar de leer el artículo antes de abandonar la peluquería. Aunque daba igual. No era problema. Ya inventaría algo. Por él no iba a quedar eso de mirarse dentro.
El carpintero observó a su alrededor y descubrió los objetos de siempre colocados donde siempre. Las herramientas en la estantería de la derecha, junto a la sierra grande. Los trozos de madera desechados a la izquierda, cerca de la puerta del callejón, escondiendo un desagüe, pero sin taparlo, que venía muy bien para cuando fregaba. En la pared de enfrente el armario de Don Venancio, esperando unas puertas que descansaban casi listas sobre el banco de trabajo, en el centro del taller. Entonces, si todo estaba en orden, era tiempo de moverse. Con algo de prisa incluso, tratando de no pensar demasiado en lo que iba a hacer, pues notaba resbalarse la presión de los intestinos hacia una zona que él denominaba en sus conversaciones habituales como “fin de trayecto”, e intuía que ciertas sensaciones no encajaban muy bien con aquello de lo Metafísico. Quizá comer algo sería oportuno, que nunca fue capaz de hacer nada a derechas estando en ayunas. Aunque como esto era tan nuevo, mejor no arriesgarse. Que tener el estómago lleno sólo podía constituir un estorbo a la hora de mirarse dentro. O de “contemplarse sin obstáculos”, o de “buscar la propia esencia”. En definitiva, a la hora de “encontrar la fuente de nuestra fuerza y de nuestros sueños”, que algo de eso también mencionaba el artículo. Lo que sí que iba a hacer era ventilar un poco, pues entre el serrín y el olor a humedad, el ambiente estaba de lo más cargado. A ver si así, por otra parte, dejaba de sudar, que tenía la camiseta con la que solía dormir mojadísima, y bueno, cierto que había planeado desnudarse por completo para llevar a cabo su plan, pero aún así, tanto sudor era poco digno para empresa tan metafísica. Apoyándose sobre las puntas de los pies, abrió los tres ventanucos que asomaban a la calle. Le hubiera gustado tener que apartar el rostro ante el inmenso caudal de aire que por ellos entrase, o bien debido a los cegadores rayos del sol, pero, como siempre, por aquellas aberturas estrechas y alargadas sólo se introducía humo, polvo y una claridad raquítica. Lo del humo y el polvo le pareció una seria inconveniencia, dadas las circunstancias actuales, y torció el gesto. Pero el ambiente brumoso que propiciaba la falta de luz, como que traía al sótano una atmósfera misteriosa que se le antojó muy adecuada, y volvió a destorcerlo. Por lo demás, zapatos domingueros y pantorrillas de toda índole. Y algún neumático en el horizonte, claro, pero que al fin y al cabo no aportaba gran cosa al paisaje. Estaba harto. Ya no podía esperar más para empezar a mirarse dentro.
No sin cierta solemnidad instintiva, se sacó la camiseta, el pantaloncito corto con que la acompañaba y, esto con algo de pudor, los calzoncillos. Siguiendo los dictados de esa misma solemnidad que recordaba haber visto, aunque con otra forma, claro, en alguna película norteamericana, pensó en quedarse allí un instante, contemplando el lugar donde todo iba a suceder. Pero la presión en sus intestinos ya estaba más lejos que cerca del estómago, y o se apresuraba o era él el que tendría que comenzar a realizar algún tipo de presión contrapuesta, a fin de evitar un accidente que a buen seguro desluciría la dignidad de un momento tan trascendente. Así que retiró las puertas a medio acabar del armario de Don Venancio, procediendo a ocupar su lugar sobre el banco de trabajo. Allí, horizontalmente boca arriba, las presiones parecieron aliviarse. Cerró los ojos, confortado por doble motivo, aunque por respeto a lo Metafísico sólo se reconoció el segundo: no quería estorbos ni distracciones mientras procedía a mirarse dentro.
¡Qué felicidad! ¡Qué autocomplacencia! Vale que él era un simple carpintero, honrado y trabajador, que visitaba cada domingo a su sencilla famili; un carpintero con una novia también sencilla, cariñosa y fiel, de la que hacía un par de años que no se preguntaba si aún la quería. Vale que seguía sin entender muy bien aquello de lo Metafísico, pero... ¡fíjense, señores! Aún así, tan sólo una semana después de leer la revista y ya tenía este bravo carpintero todo listo para indagar en su interior. “Valgo mucho”, pensó allí tumbado, desnudo, en medio del sótano en penumbra. “Valgo mucho. Seguro que encuentro algo muy grande dentro de mí”. Pensado esto, empuñó el pequeño escalpelo que solía emplear para hacer muescas en la madera. Lo había afilado la tarde anterior, previendo que no era buena idea dejar para el último momento asunto tan principal. Deseaba practicarse un corte limpio, profundo y sin trasquilones. No por una cuestión de disminuir el dolor, que lo menos que se debía esperar de lo Metafísico era, constituyendo algo tan grande y misterioso, una ausencia total de padecimiento, así como de otras inmundicias más en el orden de lo Físico, sin el “meta”. Por no haber, ni sangre iba a salirle. Si quería un corte limpio era por prurito profesional, que si siempre puso el mayor de los cuidados en cada listón que cercenó, no iba ahora a mostrarse chapucero y negligente en la que sin duda era la obra más importante de su vida. Así que, tras cerciorarse una última vez de que la hoja brillaba más que de nueva, y de que el filo lucía fino y recto, sin la más mínima mella, hundió la herramienta en el punto medio, a lo ancho, del bajo vientre, a la altura donde termina, o comienza, el vello púbico. De ahí, con un movimiento firme y hábil, ascendió primero hasta el ombligo, y después, sin pausa, que su pulso daba para esto y para mucho más, hasta el inicio del cuello, donde se detuvo. “Como cortar corcho”, se dijo. No hubo de vérselas con vísceras o costillas. Como cortar corcho. Qué bueno era esto de lo Metafísico.
“Hijo. Hijo... ¿Estás ahí? ¿Qué haces?”. ¿Su madre? ¿Ahora? Dio un respingo y soltó el escalpelo, que rebotó sobre el terrazo un par de metros más allá. “¿Qué ha sido eso, hijo? ¿Qué pasa?”. “Nada, Madre, nada. ¿Cómo se le ocurre venir? ¿No les avisé que hoy estaría ocupado?”. ¿Por qué era su familia tan inoportuna y metomentodo? “Tu padre está preocupado. Me ha enviado a preguntarte por qué no vas a venir a comer con nosotros hoy. ¡Ay, hijo! Casi no puedo verte con tan poca luz, y yo sin las gafas”. Cuando ya no era necesario, se presentó el pudor entre las gotitas nerviosas que aún brotaban de la espalda del carpintero. Desnudo, tumbado boca arriba sobre el banco de trabajo, con pecho y vientre abiertos... Su madre no iba a entender esto de lo Metafísico, y mucho menos sus intentos por mirarse dentro. “Verás, Madre, tengo mucho trabajo. Un par de encargos urgentes. Hoy no puedo ir a casa”. El carpintero, dándole la espalda a los ventanucos, tampoco veía a su madre, sólo su sombra, proyectada con poca intensidad sobre la pared de enfrente. “Pero hijo, ya está la mesa puesta, y he hecho además un plato de los que más te gustan...”. “¿Cuál?”. “No, no. Tendrás que venir tú a verlo”. “Pero Madre, que de veras no puedo. Y deje ya de asomarse por el ventanuco, que así tan doblada se va a hacer polvo los riñones”. ¡Qué impaciencia, por Dios! Él metafísicamente harto, apuntito como estaba ya de mirarse dentro, y su madre ahí, sin intención de marcharse. “Hijo, ¿de veras que va todo bien? Mira que eso de trabajar en domingo y casi a oscuras suena muy raro. Si se lo digo a tu padre, se va a preocupar más”. “Pues no se lo diga, Madre. Dígale que he quedado a comer con un amigo. Y márchese ya, que a este paso va a empezar a preocuparse por los dos”. Estaba comenzando a enfadarse con aquella sombra en la pared. “Está bien, hijo. Si no quieres venir a comer con nosotros hoy, me marcho. ¡Ah! Recuerda que mañana te espera tu padre para que le acompañes a la consulta del doctor. ¿Te acordarás?”. Las manos del carpintero no veían el momento de reanudar la tarea. “Sí, Madre, sí, me acordaré. Ande, váyase ya, que me da no sé qué saberla ahí encorvada”. “Hasta mañana, hijo”. “Hasta mañana, Madre”. Y ya había olvidado el suceso y tenía sus dedos listos para separar los dos bordes del corte, cuando de nuevo apareció la sombra sobre la pared. “Entonces, hijo, ¿con quién vas a comer hoy?”. ¡Madre, por Dios!”.
Cuando por fin se quedó solo, trató de serenarse un poco antes del gran momento. Que era una operación crucial la que iba a emprender, y no quería recordarla luego como un evento más, algo que pasó un día deprisa y corriendo. Aquel carpintero de vida resuelta iba a mirarse dentro. Cerró los ojos y pensó que eso no ocurre todos los días. Tras respirar hondo, y mientras palpaba el corte, buscando un buen sitio por el que comenzar, se le ocurrió que debían de esperarle mil maravillas a descubrir bajo su piel. Hundió los dedos en el corte justo a la altura del pecho y, con un escalofrío, se dijo “Ahora”. Firmes pero sin faltarles delicadeza, sus manos separaron ambas mitades, lo que liberó por la abertura algunos aires sin olor, y un sonido de maderas recolocándose. Esto hizo sonreír al carpintero ya que, al fin y a la postre, ¿qué hay más adecuado para un profesional de su clase, que un interior bien soportado por unas cuantas vigas de madera? ¡Qué maravillosa se presentaba la experiencia! ¡Qué excitación! Toda una Singularidad en su vida, seguro. Una bisagra para voltearlo todo. Abrió los ojos y, sin levantarse, trató de elevar la cabeza para mirar. ¡Qué pena que hubiese tan poca luz! Sólo alcanzó a ver el extremo de tres o cuatro de las tablas de la estructura y... mucha oscuridad bajo ellas. El arreglo era sólido y estaba bien trabajado, no había más que verlo, pero no iba a emborracharse de deformación profesional. Su intención era mirarse dentro, y aquel andamiaje constituía sólo el soporte, la caja que era menester abrir. Con dedos hábiles comenzó a separar unas tablas de otras, combatiendo su larga experiencia en el oficio contra los nervios que intentaban capturarle los músculos. Con gran cuidado extrajo la primera de las vigas, quedándose la estructura un poco destartalada. “No es problema. Luego la reconstruiré. Y la dejaré mejor que está ahora, claro. Mejor pulida, barnizada... Y más sólida, si cabe”. Sonrió autocomplaciente al pensar que sería un hombre que se habría hecho a sí mismo. Reafirmado, aún más resuelto e impaciente que al principio, continuó desmontando la estructura, apilando cuidadosamente cada pieza a su costado, sobre el banco de trabajo. ¡Qué fácil estaba resultando la tarea! Era como uno de esos kits modernos que no necesitaban ni clavos ni tornillos para el ensamblado. Todo encajaba tan bien. Una verdadera obra de arte. No veía el momento de destapar el tesoro que un recipiente concebido de forma tan magnífica debía de guardar.
Cuando a su juicio la apertura hubo alcanzado un tamaño suficiente como para permitir una cómoda exploración a sus manos, se detuvo, que no era asunto tampoco de desarmarse entero. Dobló un poco más el cuello, intentando ver algo ahora que el camino estaba despejado. Pero, para su desencanto, lo único que parecía contener su cuerpo era oscuridad y más oscuridad. “Vaya, desde luego muy luminoso no soy”, se dijo, “Pero sí un tipo lleno de misterio. ¡Qué interesante! Tendré que aventurarme a ciegas por mis interioridades”. Así, no tan ilusionado como al principio pero igual de animoso, introdujo su mano derecha por la abertura y, sin escatimar cuidados, hizo que sus dedos recorriesen despacio el interior de la caja. Le pareció al tacto como si tocase una superficie de goma, látex quizá. Era blando, denso, maleable. Aunque no estaba caliente, la superficie levemente pegajosa tampoco dejaba que se sintiese fresca. Nunca le gustó el tacto gomoso al carpintero. Siempre le pareció que todas las porquerías iban sin falta a fijarse en este tipo de superficies. “Tendré que arreglar esto. Un buen forrado en tela será mucho más propio”. Olvidándose de las paredes, se dispuso el carpintero a buscar algún órgano u objeto similar, que aquellas custodiasen. Pues todo lo visto hasta el momento no era sino apariencia, exterior dentro del interior, y seguro que su esencia, su mismísima esencia, estaría guardada en algún recipiente al uso. Algo labrado con tino y gracia, en madera noble, claro. Hallar ese recipiente y abrirlo era, de seguro, el fin último de mirarse dentro. ¡Qué nervios cuando por fin lo encontrase! Tener entre sus dedos su propio ser. Contemplarlo, gozar de su visión, para después volverlo a poner en su sitio con mimo, en éxtasis. Pero para eso primero había de encontrar tal cofre, frasquito o lo que fuese, y la cosa no estaba resultando fácil. Su mano derecha llevaba ya un rato moviéndose por el interior de la abertura, despacio pero sin detenerse, y aún no había tropezado con nada que no fuese un preocupante vacío. “Es normal. No estoy mirando en las zonas adecuadas”. Y sin pensarlo más, dirigió su búsqueda hacia la mitad izquierda de su pecho, pensando encontrar allí un corazón o algo. “No puede ser. No es posible que no haya nada. Que no me vengan ahora con que la gente va por ahí sin nada en el pecho... ¡Pero si es de sobra conocido que hasta los más ruines tienen su corazoncito! Nada. Vacío. Espera un instante, que puede que la cosa no sea tan rara. ¿Quién sabe? A lo mejor es todo una cuestión de carácter, y claro, yo, con lo visceral que he sido siempre, ¿cómo espero encontrar mi esencia en el pecho? Lo mío ha de estar más abajo. En el estómago, lo menos. Mejor aún: en los intestinos. Sí, eso va a ser”. Así que, con más prisa y menos cuidado, llevó su mano derecha hasta el vientre, mientras la izquierda tiraba del borde de la abertura, tratando de agrandarla un poco más. Aún así, tuvo que forzar el giro de la muñeca para alcanzar la profundidad deseada. “¡Joder! Qué esforzado está resultando ser esto de lo Metafísico. Ya casi alcanzo...”. Cuando por fin alcanzó, le volvieron las gotitas de sudor a la espalda. Allí abajo tampoco había nada. Revolvió, se retorció, se ayudó con la otra mano... Vacío. Volvió a levantar la cabeza, que hacía rato había dejado reposar sobre el banco de trabajo. “¡Aquí tiene que haber algo! ¿Dónde está mi esencia? ¡No me creo que todo mi tronco no contenga más que oscuridad! ¿Para qué tanta estructura y tan bien hecha? ¿Para soportar la Nada? ¡Aquí dentro estoy yo, y voy a encontrarme!”.
“Hola, cariño. ¿Qué haces?”. ¡Su novia! ¡Su novia allí! ¡Y contemplando todas sus interioridades! Que su novia no estaba cegada, como su madre, y pese a la penumbra se daría cuenta de lo que estaba pasando. Tranquilidad. No era importante. No había motivo de alarma. Era su novia, y cualquier pudor, fuese o no metafísico, estaba fuera de lugar. “¿Qué haces ahí tumbado, desnudo? ¡Dios mío! ¡Pero si tienes una abertura enorme en el pecho y en la tripa! ¿Estás bien, cariño? Anda, ábreme y entro. Que es muy incómodo hablar contigo por el ventanuco éste”. ¡Entrar! Sí, claro, eso estaría bien. Quizá incluso podría ayudarle a buscar algo en ese interior suyo, tan sorprendentemente oscuro y vacío. Aunque entonces ella descubriría que estaba hueco. ¡No, eso no! Pero, ¡ay!, necesitaba su ayuda. “¡Voy, Novia! ¡Voy!”. Con gran esfuerzo intentó ponerse en pie, pero la estructura, a falta de gran parte de sus tablas, comenzó a temblar y a quejarse de forma poco tranquilizadora. “¿Qué haces que no te levantas y vienes a abrirme la puerta? ¿No ves que desde aquí fuera no pudo ayudarte?”. El carpintero se dirigió a la sombra de su novia en la pared. “¡No puedo! Estoy en medio de una delicada operación que ya te contaré, y cualquier brusquedad, cualquier movimiento demasiado atrevido, podría descabalarme”. “¡Me estás asustando!”. “No, no, no te asustes”. Son tan sólo algunas dificultades de lo Metafísico. Novia, tienes que ayudarme, aunque sea desde fuera”. “¡Pero cómo voy a ayudarte, si tú estás ahí abajo, desnudo, casi a oscuras, herido y paralizado, y yo estoy aquí arriba, agachada, incómoda, temblando y con la inocente intención de preguntarte si finalmente íbamos a ir al cine!”. “¡Por favor, Novia, necesito de tu visión! Sólo has de mirarme dentro. Yo tiraré con toda la fuerza que pueda de los bordes de la abertura, y tú sólo habrás de mirarme dentro”. “Pero llevamos ya muchos años juntos, te conozco bien. ¿A qué viene ahora todo esto de ‘mirarte dentro'? ¿Es que crees que no te presto suficiente atención? ¡Con lo que yo te cuido! ¡Si me paso el día preparándote comiditas y haciéndote carantoñas! Eres un desagradecido”. “Que no, cielo, que yo tengo en mucho aprecio todo lo que haces por mí. Que yo también cuido de ti y te mimo lo mejor que sé. Lo que necesito ahora es que me ayudes a descubrir si tengo algo dentro o no”. “¿Y así es como me mimas y te preocupas por mí, solicitándome cosas extrañas, rompiendo la tranquilidad de mi rutina? Eres muy egoísta. ‘Yo', ‘Mi interior', ‘Ayúdame'... ¡Deja de mirarte dentro y mírame a mí! ¡Háblame a mí, y no a la sombra de la pared! ¿Qué pensarías tú si un día me presentase frente a ti desnuda y abierta en canal, con la intención de que me husmeases los interiores? Me llamarías rara, seguro, mientras dándome la espalda seguirías dale que te pego con tus muebles y tus historias. ¡Egoísta! Vayamos al cine esta tarde, cariño, y dejémonos de Metafísicos ni Metafísicos”. El carpintero no respondió. Él sólo quería que le prestase un poco de ayuda en este momento tan crítico y fundamental. ¡Qué tristeza haberla perturbado! Con el cariño que él la tenía, y provocándole las lágrimas, porque seguro que estaba llorando, sin más motivo que sus inconscientes deseos de seguir las recomendaciones de un artículo de peluquería. “Novia, no llores. He sido un tonto. Deja que recomponga un poco mi estructura, y en cinco minutos me olvido de ésto y salgo a abrazarte”. “¿Qué deseas que mire? ¿Qué es lo que debo ver?”. “¡Gracias, Novia! Haremos así: yo tiro de los bordes de la abertura con todas mis fuerzas, y tú me dices qué es lo que ves. ¿Preparada?”. La sombra en la pared asintió. “¡Ahora! ¡Vamos, rápido! ¡Dime qué ves!”. La voz en el ventanuco tardó algunos segundos en responder. “Nada”. “¿Nada?”. “Oscuridad”. “¡Pero algo tiene que haber! Será que estás demasiado lejos...”. “No. Contemplo tu interior perfectamente desde aquí. No hay nada.”. El carpintero aflojó la presión sobre la hendidura. “No te preocupes, cariño. A mí no me importa que estés vacío. Eres gracioso, simpático, medio mono, buena persona, y a ratos hasta inteligente. Hace tiempo que aprendimos a soportar sin aspavientos la rutina juntos. ¿Por qué íbamos a necesitar más? Así que no te aflijas por lo Metafísico, que no merece la pena: si dentro no tienes nada, al menos fuera me tienes a mí”. El hombre había cerrado los ojos. “Cariño, ya que estás, una cosa sí que podías hacer. ¿Por qué no aprovechas para adecentarte un poco el interior, que lo tienes hecho un desastre? Esas tablas, así sin más, y la goma barata... Podías pintar las primeras con un color llamativo, y sustituir la segunda por algún material de más caché. Terciopelo, por ejemplo. Déjame que piense y luego te digo. Vamos a ponerte un interior con mucho encanto, verás como sí. Tengo que irme ahora, cariño. Si terminas pronto este experimento tuyo, me llamas y vamos al cine. Hasta luego”. Y le tiró un beso que no se reflejó en la sombra de la pared. “Hasta luego, Novia”.
El carpintero se quedó mirando al techo, relajado, intranquilo, como esperando que algo comenzase, pero sabiendo que nada iba a comenzar mientras él mismo no lo pusiese en marcha. ¿Y ahora qué? Tener conocimiento de su vacío le hacía sentir ganas de moverse despacio. Al fin y al cabo, ya estaba descubierto todo lo que quedase por descubrir. Podía colocar el tinglado de tablas de nuevo en su sitio y olvidarse de búsquedas inútiles. Lo suyo era ir los domingos a comer a casa de sus padres, llevar a su novia al cine y seguir empleándose a fondo en cada uno de los muebles que saliesen de sus manos. Que lo de lo Metafísico era un bulo. Que el sol sale por la mañana y se pone al atardecer, y entremedias pasan los minutos uno detrás de otro, llevando a vacíos carpinteros, cariñosas novias y protectores padres dentro, sin demasiado pensar. Que darle muchas vueltas a ideas poco prácticas te llevaba a terminar una mañana de domingo desnudo y abierto en canal sobre un banco de trabajo, inútil, inmóvil, y con un peso en el alma impropio de un ser tan hueco. Así que puso término a la espera y, con extrema lentitud y algo de resignación emboscada, comenzó a moverse. Era cosa de restablecer las tablas una por una a su posición de partida, y salir a cumplir su cita semanal con los minutos del domingo. A comer con sus padres y a llamar a su novia. Con la sonrisa del que sabe que no merece la pena estar harto. Ni siquiera metafísica y conceptualmente harto.
Con la primera de las tablas ya en su mano izquierda, y con la derecha buscándole acomodo, le sobrevino de repente al carpintero un deseo voluptuoso. Deseó una caricia. Al pasar los dedos por el borde de la hendidura, deseó una caricia. Sin romanticismo, ni ternura, ni lujuria. Sólo un postrer mimo al que aferrar los minutos venideros. Los futuros Físicos. Así, relajado y sin perder el sentimiento de feliz resignación, no le pareció inconveniente concederse tal deseo, antes de acabar su corta vida en lo Metafísico. Sin soltar la tabla introdujo la mano derecha de nuevo en su interior, llevándola donde su médico hubiese esperado encontrar unas cuantas vértebras, iniciando la caricia. Con los ojos cerrados, paseó una vez tras otra las yemas de los dedos por el revés de su espalda, resultando en unos mimos un tanto trompicados, le pareció, pues la piel avanzaba con dificultad sobre la goma. Tanto es así, que apunto estuvo de pasársele por alto un pequeño pliegue, una protuberancia apenas destacada sobre la lasitud de la superficie, muy cerca de la axila derecha. Con un “Vaya, en esto no me fijé antes”, su ahora relajado tacto dio con la Singularidad que previamente se le había escondido. Y como prisa no tenía, y además su resignación fue siempre más una necesidad que un convencimiento, el carpintero comenzó a investigar la protuberancia, sin atreverse a esperar nada pero con poca intención de renuncia. Así descubrió que tras ella se ocultaba un pequeño corte, e introduciendo los dedos por él percibió calor. Al poco topó con algo duro, la fuente del calor, no había duda, y sin mucho pensar se apresuró a extraerlo. “¡Quema!”, se dijo, mientras cambiaba una y otra vez el objeto de unos dedos a otros. Era una esfera. “¡Dios, cómo brilla!”. Con un tamaño poco mayor que el de una canica grande, la luz del objeto proyectaba sombras nítidas en todas las paredes del sótano. “¡Qué energía! ¡Qué poder!”. Sonriendo exultante, el expedicionario se acercó lo que pudo, y a riesgo de cegarse, la luminosa esfera a sus ojos. Había una luna en creciente, dentro. Una pequeña y dormida luna en creciente. Con tanto movimiento y tantos aspavientos por parte del carpintero, la luna finalmente se despertó, abriendo unos ojos diminutos y sorprendidos. Tras desperezarse, saludó al hombre con una sonrisa amable y un leve asentimiento, hecho lo cual pareció volverse a quedar dormida. El carpintero la contempló durante largo rato. No era lo que había esperado, que lo Metafísico siempre promete grandes cosas, y más en grandes hombres como él, pero la esferita cálida y llena de luz tenía su aquel, ¿o no? Se sintió resplandeciente.
“¡Oiga! ¿Qué juegos son éstos?”. ¡Qué sobresalto, aquel repentino trueno de voz desde los ventanucos! Con el susto, la esfera se le resbaló y cayó al suelo. “¡Don Venancio! Yo...”. Las dos manos, aun moviéndose frenéticas, no bastaban para satisfacer las demandas de la vergüenza y el pudor. “¡Pero por todo lo que pienso sacrosanto! ¿Qué hace ahí desnudo, destripado y a la vista de todo el que pase? ¿Dónde se ha dejado su mente cabal, sus hombros de trabajador honesto y comprometido? ¡Qué enorme decepción, Carpintero! Le creía entrelazado con firmeza en el tejido sano y productivo de nuestra sociedad. Para mí era un motivo de tranquilidad comprar el trabajo de sus manos y sus horas de dedicación. ¡Pensar que alimento pervertidos! ¡Irresponsables pervertidos! Ya no puedo confiar en los hechos de sus manos, pobre diablo. Ya no puedo apostar mi dinero a lo que ellas hagan...”. “¡Don Venancio! ¡No me confunda, se lo suplico, Don Venancio! Es sólo un pequeño experimento. Nada indecente, se lo juro. Sigo siendo su artesano eficaz y trabajador. ¡Le juro que aún soy digno de que compre mi tiempo, Don Venancio!”. La sombra de la pared agachó la cabeza, con pensamientos resignados. “¿Cómo va mi armario? ¡Pero no me siga hablando de esa guisa, hombre de poco Dios! Cúbrase con algo. No continúe mostrándole a todos esas inmundicias obscenas. He venido a controlar el trabajo del operario al que pago, no a lidiar con interiores sin interés. Hoy, siendo domingo, hubiese podido aceptar no encontrarlo a usted en su puesto. Lo que me repugna es que emplee el tiempo libre en actividades que degradan su reputación profesional. ¡Quiero confiar en la gente que compro!”. El carpintero se movía nervioso. ¿Dónde había ido a parar la esfera? No podía haberse alejado mucho. Tenía que hacer por localizarla. “¿Se va a adecentar usted sí o no? Y repito, ¿cómo va mi armario?”. “Casi listo, Don Venancio. Hoy mismo iba a ponerle las puertas...”. ¡No encontraba la esfera! “Bueno, al menos no es usted un caso perdido”. ¡Allí! ¡Sí, allí! ¡Allí iba rodando! Estaba apunto de meterse bajo el montón de restos, junto a la puerta del callejón. ¡Oh, Dios! ¡El desagüe! “¿Quiere dejar de mirar al suelo e incorporarse? Tengo costumbre de hablar cara a cara. Si es que su cara es todavía capaz de eso...”. Con el primer esfuerzo por levantarse del banco de trabajo, le pareció al carpintero que su desarmada estructura iba a desmoronarse. “Le encuentro poco ágil, Carpintero”. Con apuro, alargó la mano para coger un puñado de virutas de un saco próximo al banco, que se introdujo por el corte al nivel del pecho. Continuó rellenándose de esta manera, hasta que le pareció que tenía estabilidad suficiente como para, al menos, sentarse. Pero primero tenía que cerrar el corte, o toda la viruta iba a salirse de su sitio, acabando él como un muñeco de trapo irrecuperable en el suelo del taller. “¡Dese prisa, vamos! Quiero ver esas puertas”. Mirando a su alrededor descubrió, colgado de la mesa, un rollo de cuerda fina de la que usaba para atar los sacos de virutas, antes de arrojarlos al contenedor de desperdicios. Con dificultad, pues el relleno entorpecía cualquier movimiento, consiguió enrollarse varias vueltas de cuerda alrededor de pecho y vientre, atando después el extremo con fuerza. Tendría que servir. “Ya casi estoy, Don Venancio”. Sudoroso, con el gesto contraído, contó hasta tres antes de incorporarse. Pero los nervios, la prisa, la falta de cálculo en el impulso y el desconocimiento de la situación de su nuevo centro de gravedad, le llevaron a aterrizar de bruces en el piso, aunque entero, al menos. “¿Qué hace ahora? ¡Enséñeme esas puertas de una vez, o se va quedar sin cobrar, Carpintero! Por cierto, al final, ¿las ha barnizado con brillo o mate?”. “Mate, Don Venancio, como usted sugirió”. Casi no podía hablar. No iba a resultar fácil ponerse en pie. Al volver la cabeza, tratando de adoptar una mejor postura para el empeño, vislumbró la esfera bajo el montón de tablas descartadas. Yacía justo al borde del desagüe, en precario equilibrio. “¡Ay! Tengo que cogerla antes de que...”, se dijo, mientras la visión del brillo de la esfera le daba fuerzas para escalar, con gran esfuerzo, por las patas del banco de trabajo, hasta alcanzar la postura erecta. “Tengo que...”. “¿Y bien, Carpintero?”. Don Venancio... El carpintero miró hacia el ventanuco, esperando enfrentar la figura del anciano, pero sus ojos llevaban demasiado tiempo en la penumbra, y el claroscuro le cegó. Sólo vio una sombra entre manchas. “¿Dónde están esas puertas? Se está jugando su pan, Carpintero...”. “Aguanta un minuto, Esfera. Aguanta sólo un minuto, por favor, Esfera. No te caigas...”. Con desconocida torpeza se agachó hacia el lugar donde había depositado las puertas cuando todo aquello comenzó. Si levantarlas ya fue, en su estado, labor de un titán, depositarlas con suavidad sobre el banco, donde Don Venancio pudiese admirarlas con comodidad, resultó tarea imposible. El golpe de las puertas al caer sobre la superficie en la que momentos antes él había estado mirándose dentro hizo temblar cada centímetro cuadrado del taller. Con sus instintos rebosando pánico, dirigió los ojos hacia la esfera. Le pareció que la pequeña luna se estremecía un instante, de sorpresa y de miedo, antes de desaparecer por el desagüe. “Bien, bien, amigo Carpintero. Buen trabajo. Las puertas son un compendio de profesionalidad y buen gusto. Se ha ganado usted mi aprecio y confianza, sin duda. Pero no vuelva a ponerme a prueba con más extravagancias. Es usted un buen carpintero. No se eche a perder. ¿Le parece que me pase el martes a recoger el armario?”. Y, sin esperar respuesta, se marchó.
El carpintero había dejado sus ojos fijos en el desagüe. Por primera vez desde que los abrió esa mañana, se sintió vacío. Sin fuerzas. Nunca se había sentido tan vacío y tan sin fuerzas. La masa de virutas le pesaba demasiado a sus piernas, y arañaba el interior que poco antes había mirado por primera vez. En silencio, tanto de palabras como de pensamientos, cogió un cepillo y comenzó a pulir la superficie de las tablas; tenía un encargo que entregar. Aquel domingo, el carpintero se había despertado con ojos de resolución.
Jose Jesus García Rueda Madrid 5-8-2004 |