OtoñoMurió una tarde de otoño, mientras Ana y yo paseábamos, sin hablarnos, entre las enredaderas y los zarzales que flanqueaban los caminos mal trazados de los jardines del hospital. Pese a lo avanzado de la estación, la luminosidad que irradiaba el sol en su camino hacia el letargo sembraba el ambiente con un fluido que evocaba en nuestra memoria reminiscencias de aquella última primavera que pasamos junto al Tajo, a la férrea sombra del Alcázar de Toledo, en aquella pequeña casa de campo que Manuel había logrado alquilar "in extremis" a un viejo matrimonio de labradores recién jubilado, y que habían decidido ver ese mundo que durante toda su vida el sol y el trigo les habían vedado. Aquella tarde yo había llegado pronto al hospital, con la intención de poder despedirme a solas de Manuel. Sin embargo, cuando llamé a la puerta de la habitación trescientos dos, la voz de Ana, firme y fría como sólo puede ser cuando se está tratando de ocultar algo, me invitó a pasar. Recuerdo que la habitación era pequeña, con las paredes vestidas de azulejos blancos pareciendo anunciar la purificación de la muerte. En el centro, sobre una cama de metal despintado, descansaba el cuerpo aletargado de Manuel. El sol de la tarde, todavía alto, atravesaba con fuerza los cristales de la ventana, creando reflejos y brillos furtivos y fugaces, aliento de divinidad, sobre las carnes inermes de nuestro profesor. Ana se encontraba sentada a los pies de la cama, fijos sus pequeños ojos en los pliegues y arrugas en que se quebraban las sábanas en su intento por fijarse al cuerpo del enfermo. Cuando cerré la puerta de la estancia, levantó la mirada. -Me llamaron hace una hora. Creen que no volverá a recobrar el conocimiento. Todavía no sé por qué la hoja afilada de aquella noticia no logró atravesarme. Repentinamente me sentí invadido por una necesidad acuciante de moverme, de correr, de dejar que el aire del exterior limpiase mis ropas y mi mente de aquella intuición de muerte que las empapaba. Tristeza, no. La tristeza vino días después, cuando tuve que regresar a Madrid y ni siquiera pude seguir teniendo a Ana a mi lado, para llenar el vacío que portaba la muchedumbre de la capital. -Ana, ¿te apetece que demos un paseo? Y salimos los dos silenciosamente, con nuestras mentes ocupadas en despedirse de aquel hombre que había ayudado a formarlas. Una vez en el exterior, la visión del mundo tapizado con millones de hojas muertas en su belleza dorada, reforzó en mi memoria el recuerdo de aquellas otras tardes, gastadas y caducas ahora, en que los tres nos tumbábamos en la frescura de las plantas crecidas en la orilla del Tajo y, con los pies sumergidos en sus aguas, dejábamos volar la imaginación común, encontrando detrás de cada hoja de los árboles que nos regalaban con su sombra un nuevo argumento de vida y de muerte, de fugacidad y de eternidad, de soledad y de... amor. Tomé la mano de Ana y disfruté con el placer de descubrir que seguía teniendo el mismo tacto cálido y arrugado que en aquellas tardes de primavera. La oscuridad se hacía cada vez más densa a nuestro alrededor, como queriendo invitar a todos los seres vivos del jardín al reposo placentero y terminal. Yo me sentía profundamente cansado, con un extraño sopor cubriéndome los ojos, y la llegada de la noche entrando por ellos hasta mi mente. Quizá por eso fue Ana la primera que vio dirigirse hacia nosotros aquella sombra blanca, que con su paso presuroso parecía querer que pasaran rápidamente los próximos instantes, en que la muerte había de hablar por su boca. Era una enfermera de la tercera planta. -El señor Forgaz acaba de fallecer. Se está ya instalando un pequeño velatorio en la última planta. Ana soltó mi mano. Ella siempre había sentido un cariño por el profesor, un afecto dulce y sincero que superaba el dominio de la admiración. En mí, la noticia disipó la pereza que el anochecer había traído consigo. Siempre encajé muy bien las nuevas de muerte, porque siempre temí que llegarían. Además, yo ya sabía que serían las horas pausadas e inertes de la próxima madrugada las que probarían mi resistencia al dolor. Traté de contagiar mi voz con la calma que en apariencia sentía. No pude. Ahora era yo el que mentía, ocultando inquietud y amargura. -Vamos a la cafetería, yo invito. Aquel café pequeño y oscuro, cuyas paredes habían visto morir cientos de almas, era el rincón más humano del complejo hospitalario. Y aún así, no dejaba de ser un lugar paradójico, donde la gente iba a tomar algo cuando tenía un nudo en el estómago. Ana y yo nos sentamos en una mesa lejos de la barra, y pronto nos aisló del resto de la sala el humo de dos cafés. -Antonio, ¿te acuerdas cuando el año pasado, en Toledo, Manuel nos obligaba a imaginar el momento de nuestra muerte, y nos decía que no existía un ejercicio literario mejor? Yo nunca lo conseguí. Consideraba que la muerte era algo demasiado horrible como para hacer literatura con ella. Y sin embargo ahora, en este hospital, la muerte parece algo tan prosaico que se me antoja que la única forma de redimirla es escribir sobre ella. Manuel era un gran profesor ¿sabes? En aquellos instantes me pareció un tópico estar allí, recordando juntos las experiencias vividas junto a Manuel, y sin embargo, he de reconocer que lo necesitaba. -Tú conoces la admiración que yo sentía por él. Y desde que pasamos aquellas semanas juntos, dicha admiración se fue transformando en una profunda amistad, una amistad de ésas que nunca nadie llega a poner en palabras. No recuerdo haberme sentido antes tan unido a alguien como cuando los tres contemplábamos la fachada de la catedral, y con sólo mirar a Manuel, absorto y sonriente, aprendíamos lo que era sentir. Ay, Ana, el profesor nos enseñó muy bien. Hasta cuando hablo parece que estoy escribiendo. -Él era dueño del secreto de la narración. Sabía cómo convertir la vida en literatura, en un cuento inacabable. En aquella primavera yo había aprendido a enlazar directamente con los sentimientos de los otros, haciendo del lenguaje una mera herramienta para comunicarse las almas. En aquellos días, cuando hablaba, no hablaba a los cerebros de Ana y Manuel, sino a ese fluir constante de sus mentes, que constituía su eternidad. Así, cuando una calurosa tarde me encontraba contemplando como Ana, sentada en la entrada de la casa, bajo el toldo de paja que nos aislaba del sol, acariciaba con el fulgor de sus ojos las páginas del libro que Manuel le había regalado, sentí en mi interior una suerte de nuevas emociones que me hicieron pensar que, en aquel instante, yo iba a dar pleno significado a una frase que para mí nunca lo había tenido: "Te quiero". Cuando susurré estas palabras al oído de Ana, ella dejó con delicadeza el libro sobre la pequeña mesita que nos separaba, sonrió y, cogiéndome la mano, comenzamos un largo paseo. Desde aquellos días de primavera, Ana y yo nos hablábamos como no nos atrevíamos a hacerlo con nadie más. Encontrábamos un gozoso placer en disfrutar de la dulzura de las palabras. Y era maravilloso no escucharnos. Simplemente, nos leíamos. Sin embargo había momentos en que el pragmatismo no permitía dilaciones en las palabras. Cuando los problemas gritaban pidiéndonos atención no teníamos más remedio que volver a retomar nuestra lógica, y utilizar el sentido funcional del lenguaje para recordarnos que el resto del mundo funciona por engranajes, no por emociones. Y, desgraciadamente, son muchos los engranajes que hay que engrasar y mover ante la muerte de un ser querido. Tantos, que llegan a ocultar el sentido de la muerte misma. -Creo que deberíamos comunicar la muerte de Manuel a esos parientes suyos de Vigo. Pero aunque decidiesen venir, supongo que tendremos que ser nosotros los que nos encarguemos de los preparativos del funeral. No me gusta la burocracia que rodea a la muerte, me hace pensar que aquel ser nunca estuvo realmente vivo, que sólo fue una hoja de archivo. -Tienes razón. Mañana iré temprano a las oficinas de la funeraria. Ahora voy a dejarte sola unos minutos, mientras hablo con la administración del hospital para que me expliquen lo que debemos hacer. Espero no tardar mucho. Ella no me respondió. Volvía a vagar por los terrenos de la poesía. Cuando regresé media hora después, Ana me esperaba de pie en el recibidor del hospital. Se había puesto su abrigo, como queriendo dar a entender que no deseaba permanecer en aquel opresivo ambiente. -No me gustan los velatorios. Es imposible recuperar la inmensa cantidad de vida que atesoraba Manuel cuando lo único que tienes delante es un trozo de materia rígida y fría. Esta noche quiero pasarla con el profesor. Con el de verdad, el que viaja en mi memoria. Me voy a casa. Y tú, ¿piensas volver a Madrid esta noche? -Pensaba pasarla en un hotel. No me encuentro con ánimos para conducir. -Si quieres estar solo, de acuerdo. Si no, no veo por qué no puedes pasar la noche en mi casa. Al fin y al cabo, sólo tú y yo, juntos, podremos resucitar la esencia de Manuel. Los dos le queríamos mucho. Y los dos nos queremos mucho. Esta noche debemos estar juntos. Los tres. Sentí un sincero alivio. Aquella invitación eliminaba el espectro de la próxima madrugada. Estando junto a Ana podría aplazar la llegada de la tristeza unas horas más. Sus palabras y la calidez de su sonrisa contribuirían a hacerme sentir mejor. No había dolor que sus manos acariciando mi pelo no pudiesen borrar. Manuel solía decírmelo a menudo, al atardecer, cuando ambos nos sentábamos a escuchar los primeros acordes de la orquesta de los grillos, y un primer rayo de luna se reflejaba en el río. -Ana es realmente fantástica. Pocas veces he conocido un alma tan receptiva, tan abierta al fluir de las cosas. Hablar con ella tiene el mismo efecto que un placentero sedante: todos los picos de la mente se alisan con dulzura, siguiendo el ritmo de su coloquio. Todos los problemas se desvanecen, atemorizados ante su presencia. Eres ciertamente afortunado, Antonio, al haberte cruzado con ella. En aquellos instantes, yo solía estar abstraído mirando a la luna alzarse sobre decenas de elegantes cipreses, y sus palabras llegaban a mí mente atenuadas. La belleza del momento no me permitía concentrarme en el significado de su mensaje. Me limitaba a oírle murmurar, sirviéndome su voz como un melódico fondo en el que seguir el camino ascendente de la noche. Más tarde he recordado sus palabras atentamente, y la conclusión a la que llego es que Manuel adivinaba en parte mis sentimientos por Ana, y quizá me estaba confiando, como un secreto, que ella también parecía quererme de una forma especial. Hasta he llegado a pensar, en una de esas ocasiones en que la mente ociosa se aferra a cualquier idea que se le acerque, por carente de sentido que ésta pueda parecer, que el profesor organizó aquella estancia para que ella y yo nos encontrásemos realmente, y pudiésemos andar cada uno de nosotros por los pasillos y rincones del alma del otro. Sólo con atravesar el umbral de la casa de Ana me sentí mucho más relajado. Aquella tenue iluminación y los espacios pequeños que encerraban sus muebles color claro conseguían predisponer mis sentidos a la intimidad. Pero no a esa intimidad todavía apresada por formalismos y aprensiones, por la que se discurre temeroso de desvelar algún enterrado secreto que luego se preferiría haber callado. La intimidad que provocaban aquellas paredes era abierta y diáfana, y parecía dispuesta a traspasar todas las barreras de la mente, hasta alcanzar ese escondido punto de donde brotan los sentimientos. Dejé mi gabardina sobre una de las butacas que jalonaban la pequeña sala de estar y me recosté en la rinconera situada junto a la terraza, mientras ella iba a descalzarse al dormitorio. Cuando regresó, yo descansaba con los ojos cerrados. Se sentó a mi lado y comenzó a hablar distraídamente. -Cuando Manuel nos propuso aquella excursión para la primavera, me lo pensé mucho antes de aceptar. Mi relación con el profesor no había traspasado el umbral de lo académico, amén de un par de cervezas después de alguna clase particularmente interesante. Y a ti sólo te conocía de aquel trabajo que hicimos juntos en segundo curso. Sin embargo, pesó más mi confianza en él que todas las dudas que albergaba acerca de ese extraño viaje. Luego no tuve la más mínima oportunidad de arrepentirme. Ahora mismo, recuerdo lo bien que me sentía durante aquellos paseos nocturnos entre los campos de cereal. Sabes, tengo la sensación de que las estrellas que veo desde aquí son las mismas que una noche, durante una de esas caminatas, me dijeron que estaba comenzando a enamorarme de ti. Recuerdo que no hacía ni la más leve brisa que obligase a las espigas su rígida posición, y que éstas parecían escoltar nuestra marcha. Tú caminabas silencioso, como si temieses romper la dulzura que se respiraba, acabando con la magia enhebrada en la frescura del río cercano. Me di cuenta de que tú también percibías aquella situación como algo especial. Entonces no acerté a encontrar las palabras que describiesen mis sentimientos, ni falta que hacía, pero ahora puedo decirte que fue allí cuando por primera vez te concebí como un ser distinto y gemelo. Una corriente de bienestar cosquilleaba en mi nuca. Sabía que lo que iba a preguntar era una trivialidad, pero me apetecía muchísimo hacerlo. -¿Y sigues enamorada de mí? Sonrió. Mis ojos, ahora abiertos, presentían un tenue brillo de malicia en la comisura de sus labios. -No. Hace meses que me di cuenta de que utilizar esa palabra era trivializar lo que sentí en aquel instante. Estar "enamorado" significa clasificar los sentimientos en una determinada categoría, para que todos puedan entenderlos. Y nadie tiene por qué entender lo que entre los dos hemos creado. Lo que Manuel hizo que creásemos. Me pregunto cómo pudo intuir lo que a ti y a mi nos uniría... -¿Sabes? A veces pienso que nos reunió allí a propósito. Desde el día en que le dije a Ana que la quería, nunca volvimos a pronunciar aquellas palabras. Ya no nos servían para nada, pues no es necesario decir lo obvio. Nos limitábamos a caminar juntos. Todas las tardes, después de una frugal comida que Manuel amenizaba con sus bromas y chistes, dejábamos a nuestro profesor dormitando en la casa mientras Ana y yo recorríamos lentamente la orilla del río. Ella solía llevar una amplia pamela, lo que le daba un aspecto tan delicadamente frágil que era difícil para mi comenzar la conversación, pues temía tiznar su dulzura con palabras vanas. Siempre era ella la que empezaba a comentar lo maravillosos que eran aquellos rayos de sol, que dibujaban con soltura gráciles sombras saltarinas sobre la superficie del agua. Yo asentía con la cabeza, mientras contemplaba el reflejo de aquellos rayos en su hermoso pelo negro. Poco a poco, yo conseguía irle arrancando a mi embelesado cerebro las palabras y, en breve, nos sumergíamos en una conversación en la que todos los componentes del paisaje parecían querer tomar parte. Hablábamos de los pájaros, los árboles, las piedras desgastadas del lecho del río. Así, sin proponérnoslo, de la forma más natural y espontánea, nuestra conversación derivaba lentamente hacia los elementos del paisaje de nuestras mentes. La condición humana, el tiempo, la vida... todos los grandes enigmas que los sabios de todas las épocas habían cercado y dogmatizado aparecían enredados en nuestras palabras de forma cándida e ingenua. Sin apenas darnos cuenta estábamos haciendo algo que casi nadie consigue nunca hacer: pensar juntos, pero de verdad, como si nuestros cerebros fuesen uno sólo. -Por favor, háblame de Manuel. Ana contemplaba distraída las estrellas, y mi ruego tardó algunos segundos en abrirse paso. -Manuel parecía jugar al escondite con el discurrir del tiempo. Jugueteaba con él, dominándole, haciendo alegres muecas ante su amenaza. Sin embargo, nunca se reía del tiempo. Sus burlas eran amistosas y estaban desprovistas de maldad. En el fondo eran grandes amigos. Manuel sabía apreciar como nadie la inmensidad que cabe en un instante de tiempo y, a cambio, éste permitía al profesor vivir sin premuras, plácidamente, dejando que las gotas del néctar de la vida cayesen perezosas, sin deseo de caer, pero muy conscientes de que algún día el tarro terminaría por vaciarse. Manuel no pasó por la vida, se deshizo en ella. Dejó que sus hilos de consciencia flotasen libremente en el flujo del vivir. ¿Era un sabio? No, no llegó a tanto. Simplemente fue una persona. Quizá la única persona verdadera que haya vivido jamás. Ahora me doy cuenta de que sus palabras eran demasiado bellas, y que más merecían ser escritas que pronunciadas. Quizás ella no habló así. Quizás es de esta manera como yo lo recuerdo. No tiene mucha importancia. Sólo sé que por un instante consiguió hacerme sentir la presencia de Manuel. Fue breve, como si el alma del profesor se hubiese parado un momento a mi lado, interrumpiendo su viaje a ninguna parte. Pero la magia cesó al tiempo que las palabras de Ana, y entonces las estrellas parecieron apagarse. Ella apoyó la cabeza en mi pecho y yo, abrazándola, traté de detener las lágrimas en las que me ahogaba. ¿Por qué Ana y yo nos habíamos separado, si todavía sentíamos con un único alma? El día llegó poco a poco, con pereza, como si no quisiera amanecer. Cuando la luz aterciopelada de las últimas horas de la madrugada comenzó a acariciar nuestros cuerpos enlazados, aún teníamos a la muerte habitando en nuestras mentes. Yo me resistía a abrir los ojos, golpeados sin clemencia por la claridad de la mañana. Mis brazos se aferraban al cálido cuerpo de Ana. Ella en mi piel y Manuel en mi alma: el resto sólo podía ser oscuridad. El ser con el que me fundía permanecía inmóvil, aún dormida. O quizá no. Quizá sólo buscaba en la inmovilidad el mismo refugio que yo. Pero Ana era fuerte, más aún que el mundo que nos aplastaba. Despertó de repente, abandonando el lecho de inmediato. No se puede ser fuerte entre las sábanas. Yo abrí los ojos. Ana cubría su cuerpo con un delicado camisón, que se negaba a ocultar su belleza. Al principio, la luz se cobró el botín para el que me había estado asediando: mis retinas, deslumbradas, sólo podían distinguir sombras luminosas que embriagaban mi visión y cegaban mis sentimientos. Un pequeño brote de ansiedad comenzó a desarrollarse en mi cerebro. De repente, la necesidad de ver con claridad se hizo acuciante. Quería percibir las formas, los relieves y volúmenes. De manera convulsa se me hacía imprescindible inundar de realidad mis sentidos, atravesar la cortina de luz para así escapar de mi propio mundo de tristeza. Cuando mis ojos recobraron sus facultades, las ideas también parecieron ganar en transparencia. Aún ligeramente aturdido me incorporé, dirigiéndome hacia la cocina. Ana estaba allí, calentando un poco de café. Cuando entré ni siquiera se volvió para mirarme. Tan sólo comenzó a hablar, serena, con la voz dulcemente modulada. -Ahora por la mañana tenemos que preparar el entierro de Manuel. Ve tú al hospital para arreglar todos los papeles, y mientras yo me pasaré por la funeraria. No quiero volver a ese hospital. No quiero ver muerto a Manuel. El entierro tuvo lugar al día siguiente por la mañana, temprano, cuando el día no había roto aún completamente el cascarón. Una brisa demasiado fresca hacía que los pocos presentes en la ceremonia nos abrazásemos a nuestras ropas, encogidos y temblorosos. No había allí más de diez personas, contándonos a Ana y a mí. Ella había comunicado el fallecimiento a las autoridades universitarias, y éstas habían conseguido localizar a la poca familia que tenía Manuel. Salvo un par de colegas del difunto, que a duras penas podían mantener la serenidad, todos los demás parecían incómodos allí. El profesor había sido un solitario, y nunca mantuvo relaciones personales importantes con nadie. Cuando todos los miembros de aquel pequeño grupo se hubieron marchado, Ana y yo depositamos sobre la tumba de Manuel un pequeño ramo de flores. Después, yo partí presuroso para Madrid, tras ir un momento al hotel donde había pasado la noche anterior para recoger mi escueto equipaje. No nos despedimos. Ana volvió a su casa sin decir una palabra. Todo había acabado. Allí, distraída entre las flores del pequeño ramo, se quedaba nuestra relación.
Jose Jesús García Rueda Abril de 1996 |