¡Qué lástima, Madre!
Sólo ha faltado que Amador y Noemí saliesen a saludar. Como en el teatro. O mejor, que al final hubiesen aparecido los títulos de crédito. Pues no sé, Madre, proyectados sobre la tapia del cementerio, supongo. Que no digo que se echase de menos nada, que va, que allí ha sido todo precioso, con un buen gusto y una meticulosidad de la que sólo Amador era capaz. ¡Si hasta había más lágrimas de emoción por la belleza de la ceremonia que por verlos a los dos allí, tan bien muertecitos! Qué pareja, Madre, qué hermosura de pareja, tendidos, en sus féretros de cristal, con la cabeza un poco girada ambos, como si se mirasen. Tan dulces las sonrisas. Y él rendido, tan rendido como en vida. Y ella... ella una diosa humilde, con la mirada baja aun si tenía los párpados cerrados. ¡Qué golpe de efecto, Madre, cuando estábamos todos allí, tristes, como hay que estar, y de repente se escucha el anuncio de cuatro clarines! Tan cuidadoso siempre, Amador, me ha dicho Herminia, la vecina del bajo, y yo, tristísima, más triste que nadie, como todos, apunto he estado de responderle que como siempre no, que ya al pobre ni cuidadoso ni nada. Que al buenísimo de Amador ya sólo le queda descansar, Madre. Y a ella, tan bonita, tan calladita, tan cuánto-me-ama... la paz. Tras los clarines el silencio, como no, que allí el que menos esperaba cualquier maravilla, y no era cosa ni de respirar siquiera. Así estábamos, casi estrujados ya por la tensión, cuando han aparecido dos carrozas que ni en las bodas reales. Con sus caballos, con el cochero vestido como los espadachines esos... Ya sé que no son espadachines, Madre, ya lo sé, pero es que a mí, con tanto gorro, tanto botón y tanto traje raro, me recuerdan al Errol Flynn. La madre de Amador los miraba toda llenita de pena, la pobre, pero orgullosa, que son ya muchos años de íntima y yo le noto esas cosas. Su hijo allí, tan muerto, y a ella que las lágrimas le salían como poco tristes. Qué mal trago, pobrecita, tan dolida por la pérdida y esa sonrisa que no acababa de írsele de la cara, a saber lo que pensarán éstos de madre tan despegada. Aunque allí el que más y el que menos no necesitábamos de muchas lágrimas para saber cuánto quería esa noble mujer a Amador. ¡Con qué ilusión me contaba, hace un año ahora, que su niño se había echado novia! Una chica encantadora, te lo aseguro, y me servía un poco más de café, bonita, inteligente, alegre, ¡a ver si mi hijo no deja escapar a esa dulzura! Aunque era muy diligente su hijo, me contaba, y con ésta se iba a volcar del todo, para que no se le fuese un día, como las otras, aburrida y harta de estar sola. Que a ese muchacho sus experimentos le absorben. Sí, eso, Madre, eso, como el olor ese a cieno picante que se nos colaba por la ventana del dormitorio de vez en cuando, sí, eso era otro experimento suyo, sí. ¡Y a las cuatro de la mañana! Que un genio loco viva en el mismo piso que una... Pero su madre, un encanto de alma, ya sabe, que somos amigas desde que su marido murió y se mudaron del ático aquí, al primero. Ese, ese, Madre, el ático que sigue vacío. Pues se le notaba un brillo, allí, delante de otro café, ¡pero si ya casi se refería a Noemí como a su nuera! Qué afectuosa, esta buena mujer, y qué feliz hoy en el cementerio, tan orgullosa, y su hijo allí muerto. ¿Dónde está Amador ahora, Engracia? ¡Pues con Noemí, claro! ¿No le digo que no se separa de ella? ¡Si hasta al cuarto de baño, la acompaña! Pero sin atosigar, eso sí. Con mucho cuidado, todo muy bien planeadito, que mi muchacho es inteligentísimo, y cuando se pone hace las cosas mejor que nadie. La cuida, la mima... Como a una reina la tiene. Queriéndola siempre mucho. Y ella que es tan graciosa, tan buena persona, se deja arropar, en una nube. El otro día me confesaba que es como no despertarse por la mañana, cuando sale el sol entre los brazos de mi chico, que la aprietan con firmeza pero sin faltar nunca suavidad, con la presión justa. Que es como seguir soñando, acurrucada por él con cada respiración, hasta que el sol vuelve a ponerse y él la besa despacito los ojos y ella se duerme. ¡No será feliz, mi nuera! Y ella le corresponde, no se crea, que es muy buena chica, ya le digo, y agradecida. Así venga caricias, venga mimos. Se lo come a besos, la niña. Está lanzado mi Amador. ¡Ya ni experimentos de esos suyos hace! Y tanto que no los hacía, Madre. ¿Recuerda qué bien se respiró en todo el patio desde entonces? ¿Por qué no vino, Madre? Pues debería haber hecho un esfuerzo, que con la excusa de la artrosis se está usted recluyendo mucho. Perdone, Madre, ya sé que le duele lo indecible. ¡Pero es que lo de hoy le hubiese encantado, a usted, que disfruta tanto de los espectáculos bien hechos! Ha sido como la romería del pueblo, pero con mucho más tino, dónde va a parar. Tenía usted que haber visto a aquellos doce hombretones que han cargado los féretros por todo el cementerio. Como cortados todos por el mismo patrón. Casi idénticos, vamos. Perfectamente seleccionados. Así marchaba la comitiva que daba gusto, sin un temblor, sin un desajuste. ¡Si parecía que las dos cajas se deslizaban como por ruedas! Y los señores éstos, qué porte, qué trajes más bien elegidos. Se notaba la mano de Amador, detrás de esos smokings a la antigua, con sus faldones y todo. ¡Qué hermoso contraste con los ataúdes de cristal! Un paso, y se detenían. Otro paso, y nueva pausa. Todo con la mirada baja, todos sin mover una arruguita de la cara. Y otro paso más. Estaba tan bien pensado... Qué acierto el de Amador, al hacerles avanzar como llevados por la música de la orquesta. ¡Se lo juro, Madre! ¡Había incluso una orquesta! Y no pequeña, no: Encarna, la que enseña piano en el segundo, me ha dicho que era casi sinfónica. Sí, sí, Madre, de las grandes. ¿La pieza? Ni Encarna la conocía, Madre. Al parecer la ha hecho componer Amador, para que encajase como un guante con el recorrido que había planeado para la comitiva. No deja detalle ese chico, no. O dejaba, porque qué muertecitos seguían él y Noemí al pasar los féretros bajo la dos figuras gigantes de los Ángeles Dolientes, los que están cerca de la tumba de Padre, ¿no se acuerda? Y Encarna emocionada, con lágrimas como charcos, al coincidir un crescendo con las miradas tristes de los dos angelotes. Qué exclamaciones de admiración, Madre. Hasta aplausos ha habido, y otros, un respeto, por favor, que esto es un entierro, y con tanta exclamación van a arruinar el efecto. ¡Es que era tan difícil evitarlo, Madre! Ernesto, el frutero, me tenía al tanto de toda la historia. Que no era cosa de andarle preguntando siempre a Engracia, pues yo lo hacía de buena fe, y mire usted que si le da a la pobre por pensar que me movía la curiosidad... No, no, Madre. Ese no. El del tercero. Ese, ese, Madre. El que siempre la piropeaba a usted cuando iba a por fresas para hacer la tarta. ¡Ande, ande, Madre! No mire para otro lado ni se enfade. Si total, a Padre le hacía gracia, y además, todos en el barrio saben que lo ese hombre son cumplidos de caballero a la antigua y un poco bruto, sin malicia. Bueno, sí, con intención sí, pero usted siempre supo mantenerlo en su sitio, ¿o no, Madre? Yo le caigo muy bien a Ernesto. Pero tranquila, que esa pieza es sólo suya. Conmigo no coquetea. A mí me mira como a una hija. Que le hago gracia, ya ve. Debe usted saber que, nada más paso delante de su puesto en el mercado, lo primerísimo que hace es preguntarme por mi madre, y a ver si un día de éstos la vemos por aquí, que el mercado está muy vacío sin los pasos de esa augusta señora. Un poco redicho, Ernesto. Yo le agradezco en su nombre, y después... ¡Venga a contarme cosas! No para hasta que no han salido por su boca todos los nombres del barrio. Yo creo que lo hace para agradarme, para que luego yo le hable a usted bien de él. Ernesto fue el que me contó lo de las intenciones de Amador, poco después de empezar a salir con Noemí. Quiere vivir con esa chica la más perfecta historia de amor. Como lo oye. Me lo ha comentado la mismísima madre de Noemí. La historia de amor definitiva. Sin fisuras. Si el más diminuto error. Que nadie pudiese olvidarla jamás. El muchacho se expresa así. Ya sabe, le sale lo científico. Vale mucho ese chico, que no hay más que verlo. Va a hacer algo grande, con el tiempo, no olvide lo que le digo. ¡Y no olvide tampoco saludar de mi parte a esa madre suya tan encantadora! Ya ve, Madre, aún tiene a Ernesto rendidito. Alguna vez podría pasarse por el mercado, que está quedando usted como muy maleducada y desagradecida. ¿Amador? Sí, sí, claro que iba en serio. ¡Ya lo conocía usted! Puesto a una tarea, no vivía para otra cosa, que por eso fue siempre el primerito de su clase. Y ahora su tarea era Noemí, por lo que se ve. ¡No imagina qué cosas me contaba el frutero! Ese chico es un ejemplo para todos nosotros, los infatigables perseguidores de mujeres. Caballerosos perseguidores, se entiende, no se ofenda, por favor, señora. No sólo dedica a su novia sus horas de vigilia al completo, sino que lo hace con el mayor acierto y precisión. No hay deseo de Noemí que Amador no sea capaz de vaticinar y satisfacer con antelación. Si ella desea agua, no bien ha comenzado a imaginar una gota que ya ha puesto Amador el vaso fresco en su mano. Yo digo que parece habitar en su cabecita. Qué maravilla cuando vienen al mercado, y él, sin que parezca hacer nada, está atento a todo lo que pudiese suponerle a esa hermosa niña un solo segundo de incomodo. Como en una burbuja, la tiene. Guárdeme el secreto, pero eso a la madre de ella no le hace ni pizca de gracia. Que sí, que sí, que ella encantada de ver a su hija en tanta felicidad, pero que se la están amustiando. Que a este paso se va a volver lela. Pamplinas, le digo yo. Que no sea celosa y que deje a su hija que disfrute de una dicha completa como no se conoció antes. Que a ver si se cree que todos los días se encuentra a alguien deseoso de darse entero por crear el mundo perfecto para otra persona. Que ese chico tiene aspiraciones, señora, y su hija mucha suerte. No, si ya me doy cuenta de lo dichosa que es Noemí pero... me dice ella, y yo le respondo que nada de peros, que todo el barrio está de acuerdo en que su hija ha sido bendecida al encontrar un muchacho como Amador. Ya pero... Que no más peros, señora, que su hija está en buenas manos. ¿O es que se me va usted a poner envidiosa, a sus años? Amador está poniendo en su hija todo el celo que antes puso en sus estudios, y mire la de becas que le dieron, mire... ¡Si está obsesionado, casi! ¿Qué más se le puede pedir a un novio? Ese muchacho planifica su historia de amor con todo el acierto y la eficacia concebibles. Y además, no podrá su hija sentirse atosigada, que buen esmero pone el chico en que sus esfuerzos sean transparentes para ella. Que yo sé cosas, señora. Que a mí todo el mundo me cuenta, señora. Fíese de mí, ande. Que si Amador se ha propuesto crear la mejor historia de amor de todos los tiempos, tenga por cierto que lo conseguirá. ¡Y su hija es la envidiada fuente de inspiración de ese esfuerzo! Deje de preocuparse, ande, y permita a su hija disfrutarlo sin ver esa expresión tan preocupada en el rostro de su madre. Que usted sí que se está amustiando un poco, le digo como amigo, y sin un ápice de falta de respeto. ¡Ay, Madre! ¿Ve como el frutero no es tan bruto, al final? A mí me contaba esto y más, todo detalles y acertadas opiniones. ¡Qué pena que hoy no haya podido asistir al entierro! Se comentaba por allí que la noticia del fallecimiento le ha afectado mucho. ¡Pobre! Mañana tendré que ir a contárselo, Madre, como se lo estoy contando a usted hoy. O mejor, ¿por qué no va a contárselo usted misma? Seguro que su visita le supondría el mejor alivio en estos momentos tan tristes. Algunos han subestimado a Amador, ¿sabe, Madre? Cuando el cortejo ha llegado junto al foso, y han depositado los ataúdes de cristal a su lado, siempre hermosos Amador y Noemí, tan muertecitos, hay quien ha creído que ahí se terminaba el magnífico espectáculo. ¡Qué poco conocen esos pobres a nuestro genio! Con la orquesta sosteniendo un silencio de lo más dramático, ha aparecido Don Pancracio, sí, ese mismo, Madre, el que ofició también la comunión de Jorgito, vestido como el mismísimo Papa. ¡Hasta a Doña Anastasia, la del cuarto, tan beata ella, le ha costado reconocerlo! Con esa túnica tan espléndida, y el báculo hermosísimo. ¡Qué bien ha hablado nuestro cura, Madre! ¡Con qué silencioso dramatismo ha rezado! Allí también se dejaba ver el toque de Amador. Es que es cierto: ni el más mínimo detalle se ha dejado sin cuidar. Y mientras Don Pancracio terminaba las oraciones, venga la orquesta de nuevo. Pero esta vez nada de música, claro, sino tan sólo un ritmo solemne, con tamborazos secos. Y a cada tamborazo, los costaleros dejaban caer un poco más los féretros por el inmenso agujero. ¡Qué sincronización, Madre! Ni una máquina de esas modernas. Y sin poner carita de esfuerzo. Hermosísimo, Madre. Hermosísimo. Primero el de Noemí, y después a su lado el de Amador. Siempre mirándose, como si estuviesen por darse un beso eterno. Tan bellos los dos, muertecitos. ¡Si hasta la tierra con que los cubrían caía con ritmo! Cómo se debió de quedar Pedro, cuando escuchase por primera vez ruidos sobre su cabeza. No, Madre, no el primo Pedro. Pedro nuestro vecino. El del quinto. El que vive justo debajo del ático vacío. A cuadros, el pobre, después de tantos años de que nadie entrase en el ático. Hasta que descubrió que eran Amador y Noemí los que lo empleaban para sus flirteos. Supongo que por sumar esa pizquita de emoción y peligro que al parecer debe tener el amor. Así lo creía Pedro, y este hombre conocía a Amador como si fuese su hijo. De hecho estuvo en su bautizo, y durante muchos años fue el mejor amigo de su padre. ¡Si apuntito estuvieron de hacerle su padrino, acuérdese, Madre! Fantasmas le parecieron, en un principio, los ruidos del ático. Yo me lo encontré ese mismo día en el portal, y el hombre mira que temblaba. Que no quería subir a su casa, incluso. Si tuve que acompañarlo yo... Pero de camino nos topamos con la parejita, ya casi en lo alto de la escalera, y nos aclararon todo, pues tampoco era la cosa como para guardar secreto. Pedro era todo sonrisa, y no de alivio, qué va, sino de alegría. Que le gustaba ver a Amador feliz y ocupado en algo que no fuesen experimentos ni libros. Y después... ya sabe usted cómo son estas cosas, Madre, el hombre debió de sentir que estábamos juntos en el descubrimiento, y me tomó a partir de entonces como confidente de sus preocupaciones. ¡Pues claro que preocupaciones, Madre! Y razones tenía el buen señor, fíjese, que al fin y al cabo es de un entierro de donde vengo. Que Amador está maquinando algo. Créame, créame. El chico se está tomando esto demasiado a la tremenda. No, si ya sé que el chaval es de confianza, que me va a contar, y que más responsable no lo habrá en el barrio. Si no es eso, vecina. Si no es eso. Es que me lo encuentro en la escalera y sólo habla de sus planes, de sus maquinaciones. De no sé qué guinda de pastel que le tiene absorbido. Aún cuando ella no está, los estudios, ya sabe, él se pasa las horas allí arriba. Yo le oigo pasear por todo el piso. Me pone muy nervioso. Tiene unos pasos tan medidos, tan periódicos... ¡Ay, vecina! Que ese chico prepara alguna cosa. Que Amador no se detiene nunca cuando se decide por algo. El otro día estuve atento, esperando a que ella saliera, sola, para hacerme el encontradizo. Pero esa muchacha ya no está en el mundo. Para mí que sólo vive en esa perfección idiota que le fabrica Amador. Y yo que no se preocupase, Madre, que Amador era la sensatez hecha carne, y Noemí un alma con estrella... La última vez que se repitió esto fue no hace una semana. Usted ha oído lo de la nota, ¿verdad, Madre? No, esa no. Digo la que dejó Amador para Noemí justo antes de tomarse el veneno. A este amor sólo le falta la eternidad para ser perfecto. Mi muerte será la tragedia que nos proporcione la eternidad. Te amaré siempre. ¡Qué hermoso, Madre! ¿No le parece? Qué encantadoramente clásico. Y ella, ¿qué iba a hacer? Pues matarse lo mismo, por supuesto. Cualquier otra cosa no hubiese estado a la altura de tal amor. Todo el barrio se quedó maravillado ante la hermosura de este final. Y ante la genialidad de Amador. Ni el Shakespeare ese llegó nunca a tanto, Madre. Ni el Shakespeare ese. Lástima de la torpeza y la vulgaridad de este injusto mundo, Madre, que no respeta nada. ¿Aún no le he contado? ¡Qué fatalidad! ¡Qué borrón inmerecido en esta obra cumbre! Resulta que el foso, aún siendo común para ambos, lleva dos lápidas para taparlo, en lugar de una sola. ¡Qué bien organizado lo dejó todo ese chico antes de poner el punto y final! Una lápida para él, otra para ella. Decía el que más y el que menos que para simbolizar la unión perfecta de ambos, no un todo sin mérito. Cursiladas. Dos lápidas queda mucho más bonito, Madre. Así que todos queríamos leer lo que ponía en ellas. Toditos allí, agolpados, ya sin lágrimas. ¡Qué de torpeza, Madre! ¡Qué de indecencia y mal hacer! El marmolista, en lugar de escribir un nombre en cada lápida... ¡Ha escrito los dos en la misma! ¡Ha escrito los dos en la de él! ¡Y la de ella vacía! En fin, una lástima. Con lo bonito que estaba saliendo todo, y que sea de esta tontería de lo que al final se acuerde la gente... Pero tiene razón, Madre, ya está bien de hablar de muertos y de entierros. Que eso sólo puede traer mal fario. De los muertos, los propios muertos han de ocuparse. ¿Le apetece que la lleve al cine, Madre? Aunque regresamos prontito, ¿de acuerdo? Que Julieta, la del portal de al lado, dice que está deseando contarme de un chico muy simpático que ha conocido... Jose Jesus García Rueda Madrid 11-10-2004 |