Recursión El
plazo se acaba mañana y, por más que busque, no lo va a encontrar. Lleva
horas recorriendo los estrechos pasillos, con paso rápido y ojos obsesionados.
Un libro, y otro, y otro más. Mil más. Tiene en su cabeza decenas e
títulos, y sus dedos se han teñido ya con los colores de todos los lomos
de la biblioteca. Pero la información que busca no aparece. -¡Mierda! El
plazo se acaba mañana. Todo se acaba mañana. Y el profesor lo ha dejado
muy claro, que sin trabajo no se puede aprobar la asignatura. No vale
un trabajito cualquiera, hecho a ratos perdidos en la cafetería de la
facultad, no. Ha de ser una labor bien
estructurada, con ideas originales y, sobre todo, que tenga soportándola
una base documental amplia y seria. Tenéis dos semanas para hacerlo. ¡Si
sólo apareciera ese último dato de una vez! Un momento, se está obcecando.
Sí, claro, es eso. Necesita parar un instante, respirar algo que no
huela a letras muertas. Lástima que no fume, pues le vendría de maravilla
salir a echar unas caladas. Pero nunca soportó el humo de los cigarrillos.
“Enturbia la visión”, dice. Además, si abandona la sala, es muy probable
que no regrese a seguir explorando la selva de libros. Y el plazo se
acaba mañana. Cuando
siente que sus veinte años van a deshacerse en sudor, cierra el hediondo
tratado que le está dejando ciego y sus ojos, profundamente negros,
liberados ahora, se dirigen hacia la sección de Novela Actual. Como
una cámara ávida de imágenes, buscan un poco de ficción que les sirva
para descansar. ---------- Está
ya tan cerca... A cinco madrugones de distancia, para ser exactos. Ayer
casi se puso a contar las horas que faltan, pero le dio pereza. Así
que se limitó a sonreír, reclinando el respaldo de la butaca y, acurrucado
por la soledad de su despacho, soñó que ya las olas acariciaban sus
oídos. Éste
no es un personaje de novela al uso. Este personaje es feliz. No tiene
conflictos ni nudos narrativos. Tampoco hay una tragedia, pequeña o
grande, esperándole a la vuelta de la página. La única característica
con certeza novelesca de este treintañero profesor es su inmutable sonrisa
idiota. Es
cierto que, dentro de un par de capítulos, algún pequeño problemilla
doméstico parecerá enturbiar un poco ese par de ojos, profundamente
negros, que contemplan el mundo desde un trono estable y cálido. Nada
serio. Algún retraso en el pago de la hipoteca, eso es todo. Sin
duda, este personaje es muy afortunado, pues en su día su creador decidió
otorgarle un cómodo papel secundario. Y una eterna sonrisa, claro. Por
si todo esto no fuese combustible suficiente para alimentar su felicidad,
dentro de cinco días su mujer y él se van a tomar unas pequeñas vacaciones.
En la costa, como está mandado, que es donde las caricias saben mejor.
Planean que sea como una pequeña luna de miel. Lanzar al mar una botellita,
testigo de que su vida discurre bien encauzada, en cuyo interior viaje
un simple “te quiero”, escrito con letra de telenovela. Aunque
aún deben decidir el escenario concreto. No es temporada alta todavía
y, pese a ser el tiempo magnífico y hacer un calor que invita a las
escapadas playeras, no creen que les resulte difícil encontrar un hotel
a buen precio y medio vacío, en el que al bajarte de la cama ya tengas
los pies en el agua. Por eso tiene entre sus manos el último número
de una conocida revista de viajes: busca una opción, una sugerencia
aún más apetecible que las demás. Así, pasando las páginas sin prisa,
entre calas escondidas, paisajes infinitos y rinconcitos con solera,
encuentra un pequeño hotel... ---------- Se puede decir que tomó la decisión de la noche a la
mañana. Un día estaba sentado en su oficina, ordenando papeles bajo
la minúscula luz de la claraboya, y al siguiente ya era todo un incipiente
empresario hotelero. Una aventura, quizá un disparate. Pero un afortunado
disparate, al fin y al cabo. O así al menos se lo contó a los de la
revista, cuando vinieron a entrevistarle. No es que sepa mucho de mercadotecnia,
todavía no, al menos, pero supuso que a los lectores les encantaría
una feliz historia de cambio radial de estilo de vida, sueño cumplido,
realización personal, etc. Y
a su parecer el resultado no ha sido malo, por cierto. No estaba del
todo tranquilo con el tema de las fotos, pero el tipo barbudo que no
paraba de disparar su cámara durante la entrevista hizo un buen trabajo,
después de todo, ocultando bajo toneladas de sonrisas al cuarentón avejentado
que acaba de abrir, junto a una pequeña cala isleña, uno de esos “hoteles
con encanto” que se han puesto tan de moda. Incluso sus ojos, profundamente
negros, parecen brillar en las imágenes, siempre al mando de la situación. A
decir verdad, lo que se cuenta en esas cuatro páginas a dos columnas
no es del todo falso. Lo que pasa es que la realidad presenta algunos
matices menos glamorosos. Pero los lectores no aspiran a ser críticos
literarios, por lo que la riqueza de matices sería sólo un estorbo,
una sombra que impidiese la correcta reconstrucción del sueño. Además,
qué caramba, aunque para algunos limitarse a mencionar en la entrevista
su divorcio equivale a renunciar a un suculento cebo de morbosos detalles
sobre su depresión y sus miedos, esos son grises que se reserva para
él. Si la búsqueda de un rincón entre acantilados y salitre donde edificar
algo por completo diferente a lo que era su vida hasta entonces fue
una huida más que una aventura; si afanarse jornada tras jornada en
sacar adelante un negocio del que no tiene ni idea es un ejemplo de
ilusión y espíritu emprendedor o, más bien, una forma de que las horas
se marchen sin recordarle su angustioso miedo a los años que se aproximan...
no lo quiere saber. Trabaja
y sueña. Y cuando los sueños no quieren venir, trabaja más. Lleva la
contabilidad, contrata personal, diseña nuevos ambientes,... Si todo
eso no es suficiente, rellena los huecos leyendo libros sobre ciencias
empresariales y periódicos de negocios. Precisamente uno de estos diarios
es lo que comenzó a hojear cuando se marcharon los de la revista. En
este número hay un especial dedicado a las prejubilaciones, y su lectura
podría ayudarle a eliminar esa sonrisa fotogénica que amenaza con deformar
sin remedio su rostro. ---------- Le
gusta esto. Desde luego que no es la realización de un sueño, ni el
felicísimo colofón a una vida de trabajo, pero mantiene su cabeza entretenida
y, más que nada, le proporciona esa egoísta y placentera sensación de
saber que está haciendo algo por los demás. Todo ello sin tenerse que
quebrar mucho la cabeza. Así
que cada mañana se levanta a las siete, porque madrugar le da a todo
un carácter más oficial y serio, se peina las abundantes canas, que
han tardado en fabricarse unos cincuenta y pocos años, y conduce sus
buenos cien kilómetros hasta la granja. “Finca el Regreso”, dice el
cartel de la entrada, y debajo aparece el nombre de la ONG que ostenta
su propiedad: “Ayuda Aquí”. Como
todos los días, cuando sale del coche ya ha conseguido ponerse la sonrisa,
pulida y lista para recibir el saludo de Remedios, otra voluntaria también
prejubilada, igual que él. -¡Hola,
buen mozo! ¿Qué tal has dormido? ¡Uy! No, no, no. No me mires así, con
esos ojazos tuyos, que un día de éstos me vas a tener que llevar a conocer
tu pisito de soltero. ¡Ummm! Porque qué ojitos, niño. Así, tan negros.
Bueno, oye, ya basta de meterle los gatos en silva a esta inocente cincuentona,
que hoy tenemos un día movidito. Llega un nuevo grupo de reinserción,
¿te importaría recibirlos tú? Ya sabes, los acomodas, les muestras las
instalaciones... ¡Ah! Y no olvides darles la bienvenida, que a veces
eres más seco, hijo... Yo mientras a ver si termino de concretar lo
de las visitas programadas para la semana que viene. ¡Uff! Es el cuento
de nunca acabar. Por cierto, ¿te has pensado lo que te dije? Sí, ya
sé, ya conozco tu filosofía: “a nuestra edad, sólo deberíamos hacer
aquello que de verdad nos apetezca”. Al fin y al cabo para eso nos prejubilamos,
¿no? Pero esto del periódico puede ser divertido. Total, vamos un día,
les contamos lo bien que nos va en esta sosegada vida sin responsabilidades
laborales, comemos a cuenta del periodista y ¡hala! de vuelta aquí,
a seguir atendiendo a nuestros huéspedes. ¡Anímate, hombre! Si
sus vidas son tan similares, ¿por qué el no se siente nunca así, radiante,
como Remedios? ¿De dónde saca esa mujer la alegría cuando ya sólo queda
ver pasar el tiempo? -Casi se me olvida, guapetón: ha llegado esta carta para ti. Confiesa, es de una admiradora, ¿a que sí? Pues que no se le ocurra aparecer por acá, o tendré que “explicarle” que sólo hay lugar para una admiradora: yo. ¿Estamos? Y
sigue riendo mientras él, alargando la mano para coger la carta, le
da las gracias. ---------- ¿La
envía o no la envía? Al fin y al cabo el personaje es sólo secundario,
y quizá no requiera documentarse tanto. Claro que ya que le han hablado
de alguien a quien preguntar, no debería desperdiciarlo. Porque él no
tiene ni idea sobre rehabilitación de drogadictos... Muy
bien, pues la envía. Y si el hombre éste de la ONG se digna responderle,
pues eso que saldrá ganando la novela. Para una que va a escribir, y
después de lo que le ha costado decidirse, no es cuestión de escatimar
en nada. ¡Que es la novela de su vida! De acuerdo que ha esperado muchísimo
para ponerse con ella, y que a los sesenta y tantos quizá sea un poco
tarde para embarcarse en una carrera como escritor, pero ¡qué carajo!
Lo importante ahora es escribirla y ya está. Contar algo, poner sobre
el papel algunas de sus anécdotas favoritas, de sus experiencias, y
dejarlo allí, para no sabe muy bien qué posible lector. ¿Publicarla?
Sí, claro, publicarla. Eso sería fantástico. ¡Menudo final! Lo que pasa
es que escribir, lo que se dice escribir, nunca ha escrito mucho, y
la cosa no es fácil. Leer sí, que ya desde niño se bebía ríos enteros
de libros. Pero escribir... Es que lo de ponerse a juntar palabritas
requiere de pausa, de concentración, y nunca fue capaz de encontrar
el tiempo. ¡A lo mejor por eso siente ahora que tiene tantas cosas que
contar! Sea
como fuere, puede que éste sea su último gran proyecto, y lo está preparando
a conciencia. ¿Qué mejor manera, además, de aprovechar esa reciente
manía suya por recordar y recordar y recordar, que bien puede decirse
que es lo único que le apetece hacer últimamente? Cerrar sus profundos
ojos negros y caminar hacia el pasado. Como en esas tardes de finales
de verano en que, agotadas ya todas las diversiones y con una brisa
fresca en el ambiente, anunciadora del cercano cambio de tiempo, sólo
queda gastar la velada en algún cine, esperando a que se termine el
día. Bueno,
pues ya está. Echada la carta al buzón, es tiempo de regresar a casa
y seguir documentándose, más que nada para que los pocos elementos imaginarios
que va a meter entre tanto hecho real no sean meros pegotes, mal dibujados
y peor definidos. Y puesto que tiene decidido introducir el personaje
del joven drogadicto, ahora quedaría muy bien añadir por ahí en la trama
a un anciano. Así se potencia el contraste, que eso siempre queda bien.
¿En qué programa vio el otro día unas entrevistas a ancianos que viven
solos? Lo tiene grabado por ahí... ---------- Por
poco lo consigue, esa hija de puta. Con su voz dulce y una sonrisa casi
de verdad, allí plantada, frente a ellos, sosteniendo un montón de tarjetitas
llenas de preguntas, todas pensadas con la comercial intención de sacarlos
de quicio. “¿Y no le gustaría que cuidase de usted una guapa enfermera?”
“¿Por qué no nos enseña la pancarta que piensa colgar en el balcón de
su casa?” “Pero usted está hecho un chaval. Ande, venga, póngase en
pie y dé una vueltecita por el plató, y así todos vemos lo en forma
que está”. Para perder los estribos, vamos. ¡Que
tiene setenta y muchos años, pero ni está inválido ni es subnormal!
Además, no lleva meses removiendo Roma con Santiago para que ahora una
aprendiza de periodista hortera se lo tome todo a chufla. Cómo le hubiera
gustado a esa imbécil que le hubiese soltado cuatro verdades delante
de la cámara. Pero ya le habían avisado que en los “talk-shows” esos
lo único que les interesa es el morbo y el escándalo. Así que se contuvo,
y en cuanto adivinó por dónde iba la cosa, a relajarse en la butaca
y a seguirle la corriente a la hija de puta. No era cuestión de montar
un pollo por la tele, y dar así la razón a los que quieren verlo vegetando
en una residencia de ancianos. A
ver si esos estúpidos que trabajan para los Servicios Sociales se enteran
de una buena vez de que él se morirá solo, en su casa, sin enfermeras
que le digan cuándo tiene que mear y cuándo jugar al dominó. Lo de la
pancarta es cierto, eso sí, que parece que con sus habituales quejas
al ayuntamiento no es suficiente, y al menos una vez al mes tiene en
casa a esos Asistentes, y que si qué buen aspecto tiene hoy, que si
¿sabe?, es mi ancianito preferido, tiene usted unos ojos negros tan
profundos... Ande, no sea malo y fírmeme aquí... Pues
que se enteren ese montón de estafadores que sólo existe una forma de
sacarlo de casa: ¡en una caja de madera! A él no va a ocurrirle como
a ese pobre hombre, el de la esquela que venía el otro día en el periódico. ---------- “Estimado Responsable de la Sección de Esquelas: En calidad de directora de la residencia de ancianos
“Tierra y sol”, le envío este fax a fin de solicitarle, como en ocasiones
anteriores, la inclusión en el próximo ejemplar de su periódico de una
esquela en la que se dé noticia de la muerte de uno de nuestros huéspedes.
Se trataba de un señor de avanzada edad, más de ochenta, y un tanto
apegado a costumbres y maneras de otros tiempos, por lo que les rogaría
empleasen el mismo formato sobrio y respetuoso que solía caracterizarlos
(esas cenefas que introdujeron como novedad en mi último encargo no
han sido muy del agrado de algunos de nuestros benefactores) Si aún
hay lugar para incluir esta esquela en el número de mañana, haga el
favor de comunicármelo lo antes posible para así facilitarle los datos
personales del fallecido. De cara al cálculo del espacio necesario,
tan sólo debo indicarle que, al habitual llamamiento a posibles familiares
y amigos, habría que añadir en esta ocasión la siguiente frase: “Nunca
olvidaremos tus hermosos ojos negros”. Es el capricho de una anciana,
compañera del desaparecido. Quedo
con el firme convencimiento de que el resultado de su trabajo será,
como siempre, altamente satisfactorio. Un
afectuoso saludo,
Susana Armero
Directora de la residencia “Tierra y sol”
“ ---------- Y
el proceso termina. La cámara vuelve atrás, deshace el zoom, cerrando
página tras página en su apresurado regreso. Un
primer salto, y un anciano septuagenario siente crecer su rabia y su
fuerza al recortar aquella esquela. Otro
impulso y el novelista de canas primerizas decide, mientras rebobina
una cinta de vídeo, que quizá su novela hablará de historias futuras
después de todo, y no pasadas. La
cámara sigue saltando. Ahora es el colaborador en la ONG “Ayuda aquí”
el que, tras concluir la lectura de una carta, se pone en pie, contagiado
por una enfermedad que había creído definitivamente enterrada: la iniciativa. El
viaje hacia la superficie prosigue, a velocidad de vértigo. En
un segundo, el promotor hotelero novato cierra un periódico de negocios,
al mismo tiempo que los ojos, y se reclina sonriendo en su silla. Hay
tanto tiempo por delante que bien puede dedicar parte de él a relajarse
y disfrutar de su propia obra. Ya seguirá construyendo más tarde. El
presente es inmenso. Aún
más atrás, donde un feliz personaje de novela frunce el ceño. Eso del
divorcio debe de ser algo terrible. Menos mal que su creador nunca lo
haría pasar por un trago semejante. Al menos no mientras su esposa siga
estremeciéndose cuando él la abraza. Como va a hacer ahora mismo... Velocidad,
más velocidad. Hasta que todo se detiene de improviso, transformada
la cámara de nuevo en un par de jóvenes y profundos ojos negros. ---------- La
luz del atardecer va llenando la biblioteca con una dulce niebla. Pequeñas
partículas de polvo flotan en ese éter que huele a papel seco y a letras
húmedas, recreando todo un universo de días y noches. Un universo en
el que la curvatura del espacio y el tiempo se condensan en un único,
interminable instante. El
estudiante cierra su libro. Una novela. Sonríe; le ha gustado aquella
fantasía de hojas abigarradas. Con extrema lentitud va recogiendo sus
apuntes y demás enseres, desperdigados por la mesa. Ya es hora de irse
a casa. Cuando
se levanta de la silla se queda un instante mirando, a través de los
grandes ventanales de la biblioteca, hacia el horizonte ardiente. El
plazo no se termina mañana. Jose Jesus García Rueda Madrid 28-8-2002 |