“ROOMS”Las letras eran rojas, para que resaltasen sobre la madera ennegrecida. “¿Pero de verdad tú hablas inglés, niña?” “Bueno, cuando estuve en Dublín con Berta, algo me defendía...”. “ROOMS”, y a esperar que aquella palabra llamase la atención de los turistas. Las letras eran de molde, modernas, que para antiguallas Felisa ya tenía bastante con todo lo demás. Las había pintado ella misma, una mañana sin niebla, pensando que el sol las iba a secar en poco tiempo. “Niña, ¿qué haces? ¿Es que no ves que va a llover?” “¿Llover?”. Y llovió. “Que los viejos no se equivocan nunca, Felisa. Que los viejos no se equivocan nunca”. Pese a todo la pintura aguantó, y las letras permanecieron bien visibles. Eran lo primero que se veía nada más salir de la curva, como fue a comprobar la joven posadera en cuanto la lluvia cedió un poco. “Padre, no te enfades. Es que estos años ya no son tus años, y ahora hay muchos extranjeros y el negocio se está quedando anticuado”. Felisa sonreía mirando al cielo. Y mirando a las letras. Aquellas letras, que iban a traer aires nuevos. El pueblo era pequeño, apenas algunas casas de piedra pegadas a la carretera, y los parroquianos escasos y arrugados. Pero con el añadido en el cartel los coches comenzarían a parar. Hombres y mujeres de piel sonrosada y cabellos amarillos entrarían en el comedor, se aproximarían a la barra. Familias enteras o parejas. Quizá algún grupito de amigos. O de amigas. Todos muy altos, muy guapos. Con dinero, que los extranjeros siempre tienen dinero, claro. Y de vez en cuando, o a lo mejor una sola vez, un hombre más sonrosado, más rubio, más alto y más guapo que los demás. “¿Qué pediría?”, se preguntaba Felisa. Restaurante. Habitaciones. Productos de la tierra. ROOMS. Esta última palabra en letras rojas, de molde. “Anda, Felisa, niña, tráenos unos carajillos, que hoy la partida está muy reñida”. Entonces Felisa dejaba de mirar por la ventana, hacia el cartel, preparaba los cuatro carajillos y los servía, sonriente, en la mesa del rincón, bajo el televisor apagado. “A ver, señores, sujeten un poquito las fichas, no se las vaya a tirar con los vasos” “Felisa, niña, ni tu padre nos trataba así de bien” “Es que mi padre no les quería tanto como yo. Ya saben que son ustedes mis viejitos...”. Y después de vuelta a la barra para secar algunos vasos, lejos del golpeteo del dominó contra la madera, siempre frente al ventanal. El tiempo pasaba y, desde que había añadido las letras rojas al cartel, era como si los coches extranjeros ya no atravesasen el pueblo. Felisa hubiese jurado que antes había más, que en los meses de verano, sin ir más lejos, algunas jornadas las matrículas con fondo amarillo superaban en número a las tradicionales letras negras sobre fondo blanco. Pero ahora nada. Todo lo más alguna “roulotte” perdida, que sin más miramientos utilizaba el camino de acceso a la fonda para dar media vuelta. Nada más. “Pero Felisa, niña, ¿qué ibas a hacer tú si parase un extranjero? Esa gente es muy rara. Miran con ojos muy abiertos. Sonríen demasiado. ¿Cómo te ibas a manejar con ellos, con lo tímida que eres, Felisita? ¡Tu padre sí que conocía bien a esos locos! ¿No te contaba, niña, no te contaba?” “Ande, callen, y concéntrense en su partida, que luego se acusan los unos a los otros de hacer trampas. Que si vienen extranjeros, ya sabré yo cómo apañármelas”. Y entonces ensayaba mentalmente esas cuatro frasecitas que Berta le enseñó cuando fue a Dublín a visitarla. “Hello” “How are you?” “I am Felisa”… Sí, suficiente. Más que suficiente. Además, sólo con mirarse se entenderían. Química, lo llamaban en las novelas. Una mañana en que la neblina procedente de las montañas lo humedecía todo, como de costumbre, cuando las letras rojas comenzaban ya a contagiarse de la falta de color de sus compañeras más antiguas, Felisa vio aparecer tras la curva la silueta de un coche desconocido. Era pequeño y gracioso, de formas redondeadas. “Ese modelo no se vende aquí”, pensó. Mientras el corazón le latía más y más aprisa, sus ojos advirtieron el fondo amarillo en la matrícula. El vaso de turno se le resbaló de entre los dedos, estallando contra el fondo de la pila. “¡Niña! ¿Estás bien?” “Sí, sí, no se preocupen. Sólo fue un vaso que se rompió”. Sonreía al recoger los cristales con una mano, mientras con la otra se arreglaba el cabello y se colocaba el delantal. “¿Y si no viene aquí, Felisa? ¿Y sí sólo va de paso, Felisa?”. Miró un instante a los viejos concentrados en su juego, a las vigas de madera despintadas, a las mesas cojas, a las paredes de piedra vista. No iba de paso. Éste era su coche. Éste era su extranjero. Tras abrirse la puerta, con timidez asomó una cabeza perdida del cuerpo. Los rizos dorados, la mirada azul, y la expresión temerosa. “Hello?”. Sonrió al ver a Felisa, y su cuerpo alto y atlético salió de la penumbra. Llevaba un libro en una mano, una bolsa de viaje en la otra, pantalones cortos, una camiseta con mensaje ininteligible y zapatillas de caminante. “Hello”, respondió la joven. Temblaba. Era un temblor ligero, pero aún tuvo que agarrarse a la pila cuando el hombre acercó su sonrisa al mostrador. “Es tu momento, Felisa. Es tu momento. Las letras rojas, Felisa. Tú las pintaste. Es tu momento, Felisa. Es tu momento”. “Hello!”, repitió él, afable. “May I have some coffee, please?”. Felisa sudaba. “¿Dis… disculpe?” “Coffee, some coffee, please. Eeeeeeh… ¡Café!” “Sí, café, sí”. Con torpeza, demasiado rápido, vertió algo de café frío en una taza y, sin levantar la mirada, corrió hacia la mesa de los viejos, para retirar los vasos vacíos. “¿Quién es ese, niña?”. Tenía el rostro nervioso, asustado. “Nadie, mis viejitos. Uno de esos extranjeros locos de los que hablaba mi padre”. El hombre de los rizos salió, dejando un par de monedas sobre la barra. Algunas semanas después, durante la estación de las lluvias, la humedad desprendió por completo la pintura roja. Jose Jesus García Rueda Playa de Langre (Cantabria) 1-8-2003 |