Sin número

Jose Jesus García Rueda

 

 

Se movían despacio, con la cabeza baja, sin sonreír, como habían sido enseñadas. Los gestos de las dos monjas eran mecánicos, sincronizados. La primera avanzaba un paso alrededor de la mesa del refectorio, cogía del gran plato que sujetaba contra  su vientre una servilleta, un tenedor, un cuchillo y una cuchara y procedía a colocarlos a la derecha de la silla de turno. La segunda repetía el avance, deslizando frente a la primera un plato hondo, único, hasta dejarlo también ante la silla, junto a los cubiertos. Completado el gesto, un nuevo paso. Sólo se detuvieron cuando llegó hasta ellas, a través de las paredes y corredores del convento, desde su extremo más alejado, un nuevo grito.

 

            - Está nerviosa.

            - Sí.

 

            La primera monja había hablado primero. La segunda no levantó la mirada al responder. La primera volvió a hablar:

 

            - Quizá intuye qué fecha es hoy.

            - Como todos los años, hermana.

            - Habría que sedarla.

            - Sería un acto de humanidad, hermana.

           

            Ambas, primero la primera, después la segunda, avanzaron un nuevo paso.

 

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Leonor nunca había sido rebelde. Su mentora, la hermana Soledad, lo afirmaba sin dudarlo. “Fueron las lecturas. No supe asesorarla en sus primeras lecturas. Era una muchacha tan inteligente. Sensible. Y yo me empeñé en alimentar su cabecita con libros polémicos, con autores provocativos. Cuando ella sólo buscaba abandonarse a la autoridad de Dios. Mi niña. Tan sensible”. Repetía estas frases cada tarde, tras las últimas oraciones de la jornada, mientras el convento casi en pleno se reunía en la cocina para comenzar los preparativos de la cena. Allí, faltando tan sólo la Madre Superiora, la hermana Soledad murmuraba su queja día tras día, repartiendo sensación de culpa entre sus compañeras.

 

            Todas recordaban la inocencia de Leonor. Su predisposición, su silenciosa vitalidad. Un deseo de obedecer admirable en una joven de dieciséis años. Veían en ella la ilusión, las ganas de formar parte de su comunidad. El amor sin objeto, el ansia de ayudar, de ser útil. “No me gusta el mundo de fuera”, la escuchaban confesar con tristeza, “La gente come gente ahí fuera. Piensa demasiado. Se vende por demasiado poco. Aquí dentro todo es hermoso y simple. La única preocupación es ser útil, ningún mandato puede ser injusto. Ninguno.” Y todas las habitantes del convento de clausura admiraban en público vocación tan poco común, aunque se apenasen en secreto de la decepción que, tarde o temprano, rompería el ensueño de la joven.

 

            Ésta era la excusa que la hermana Soledad se ponía en la privacidad de su celda, cada vez que otro grito rompía las paredes del convento. Ella sólo quiso prevenirla, preparar su inocencia para recibir el golpe. Leonor era tan inteligente... No necesitaba basar su fe tan sólo en los impulsos de su corazón. Podía confiar en su inteligencia. Cuando la decepción, inevitable, llegase, su cabeza encontraría la vocación que su pecho hubiese perdido. Ella no iba a ser otro fantasma enclaustrado. Leonor sería una monja de verdad, no unos hábitos vistiendo la ciega costumbre.

 

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El crucifijo, lo bastante grande como para ser apreciado en detalle desde cualquier lugar de la mesa, colgaba de la pared de las vidrieras, justo encima de la silla de la Madre Superiora. Al llegar a este sitio, la hermana primera bajó un poco más la vista, y la segunda tembló mientras depositaba el nuevo plato. Ambas esperaron el siguiente avance para hablar. Esta vez fue la segunda hermana la que comenzó.

 

            - ¿Habrá regalos también este año, hermana?

            - La Madre Superiora lo ha preparado todo como siempre.

            - Sí, hermana.

            - Alguna hermana debe de estar envolviéndolos en este momento.

            - Como todos los años, hermana.

            - Como todos los años, mientras la Madre Superiora así lo decida.

 

            Ya sólo quedaban cinco cubiertos de los veinte a colocar, más el lugar reservado a la causa de que, en aquel mismo instante, las monjas de la cocina estuviesen preparando un menú ligeramente diferente al habitual, mientras algunas otras decoraban con flores los pasillos que conducían al comedor. El convento se adornaba para celebrar una cena de cumpleaños. La única festividad de este tipo permitida dentro de sus muros. El de la única persona cuyo cumpleaños se podía festejar. “Como un escarmiento”, pensó la hermana segunda. La hermana primera habló de nuevo:

 

            - Hermana, cuando termine con el último plato, la Madre Superiora desea que usted en persona compruebe que todo está listo.

            - ¿Yo, hermana?

            - Usted. Y también quiere que sea usted misma la que ayude a lavarse y vestirse al homenajeado.

            - Sí, hermana.

 

            Por cuarto año consecutivo, la rutina del convento cambiaba temporalmente de automatismos.

 

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Los primeros libros que la hermana Soledad proporcionó a su novicia no fueron, según su entender, demasiado procaces. Algunos tratados de teología escritos por un par de autores con ciertas tendencias renovadoras, un informe del Vaticano sobre el papel de las monjas en la sociedad actual, y algunos boletines latinoamericanos a favor de la Teología de la Liberación. Pese a no ver en aquellas lecturas peligro alguno, que la hermana Soledad era muy consciente de la inestabilidad de las mentes jóvenes, y jamás se le ocurriría poner en peligro el sosiego de su favorita con ideas confundidoras, Dios la protegiese de cometer semejante atropello, siempre entregaba las obras a la hermana Leonor en secreto, por evitar recomendaciones de la Madre Superiora que no quería recibir.

 

            Así, cuando la mujer que orquestaba la rutina del convento llegó a enterarse, a través de los rumores crecientes, de este proceso de tutorización tan poco habitual, un par de docenas de libros habían pasado ya bajo los ojos de Leonor. Tras las lecturas iniciales llegaron los títulos que su mentora eligió considerando que se trataba ahora de alimentar una mente más preparada para las ideas transgresoras. Primero fueron análisis del nuevo testamento realizados por académicos no creyentes, después la narración, por un historiador británico, de los abusos cometidos por los misioneros católicos en África y, más adelante, dos novelas ambientadas en las guerras de religión centroeuropeas.

 

            La Madre Superiora no logró averiguar de dónde había obtenido aquellos perturbadores libros la hermana Soledad. Ocurría de cuando en cuando: algo lograba atravesar desde el exterior las paredes impermeables de la clausura. Aunque estos hechos aislados no le agradaban, tampoco suponían a sus ojos un motivo grave de preocupación. Todo lo que se encontrase bajo la techumbre del convento era otra pieza más para su control. Se conformó pues con limpiar la biblioteca personal de la tutora, incluyendo los volúmenes prestados a la novicia. Sin elevar el tono de su voz, sin introducir cambio alguno en la expresión de sus facciones, siempre amparada por los hilos de la estabilidad y la firmeza, puso a Leonor bajo su supervisión directa.

 

            Por primera vez, el corazón de la novicia no entendió, y su mente no fue suficiente para explicar.

 

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Cuando la hermana segunda abandonó, con pasos rápidos y mirada baja, el refectorio, la hermana primera se sentó a descansar en uno de los cuatro bancos que cubrían cada esquina de la sala. Todos los servicios estaban ya colocados. Sólo faltaba el centro de margaritas adornando la mesa. En breve tendría que ir a por él. “Sólo un minuto”, se dijo. “Sólo un minuto”. Y cerró los ojos.

 

            No los abrió al escuchar un nuevo grito procedente de algún rincón apartado del edificio. Sólo tembló, encogiéndose dentro del hábito, como para cerrarle la puerta al frío que comenzaba a sentir. Aquella celebración era un absurdo, no había razón para festejar. Las tragedias ni se celebran ni se festejan. Ni siquiera para encalar así el dolor. O para disimular la esencia de lo sucedido. Transformar en alegría el estallido de la sinrazón era algo macabro. “Sólo un minuto”, se repitió. “Sólo un minuto”.

 

            Oyó un revuelo en la cocina y sus ojos se abrieron. Las hermanas continuaban con los preparativos. La máquina seguía trabajando. Sin ruido, con suavidad. Cada una de las monjas ocupando sus manos en las pequeñas tareas que hacían canturrear sus mentes. Algunas incluso sonreían, creyéndose a propósito que aquello era una verdadera celebración. Otras estaban dispuestas a dar por bueno el sacrificio. Ninguna iba a levantar la mirada, ninguna hablaría. Protegidas todas por la presencia de la Madre Superiora.

 

            La hermana primera miró el lugar de la mesa donde debía colocar el centro de flores y se puso en pie. Ya no quedaba mucho tiempo para la hora de la cena. Tras echar un último vistazo y comprobar que todo estaba en su sitio, comenzó a caminar hacia la puerta. Pasos rápidos. Mirada baja.

 

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El convento era más pequeño, más oscuro, y el tiempo parecía vagar mucho más despacio por sus corredores. La Madre Superiora había introducido profundamente a Leonor en la rutina de la comunidad, manteniendo siempre sus manos ocupadas, intensificando su horario de rezos y, sobre todo, impidiendo que tuviese ningún contacto con su antigua tutora. Ésta observaba a lo lejos, desde la humedad de sus pupilas, a la que aún consideraba como su alumna, percibiendo la inquietud de la muchacha. Ninguna tarea, ninguna oración, nada podía desandar ahora el paso que la joven alma había dado. Se había hecho una pregunta. Sin proponérselo. Surgió de improviso, mientras la Superiora introducía sus libros en una bolsa de tela, para llevárselos. “¿Por qué?”, se preguntó. Y la cuestión regresó más tarde, cuando momentos antes de dormir alargó el brazo y su mano, olvidadiza, no encontró el volumen que buscaba. La muchacha quiso entonces cerrar los ojos y continuar adelante, como cuando había llegado algunos meses atrás. Con la ilusión en la mirada y la esperanza en la piel. Huyendo de un mundo de carne y con el deseo de un mundo de almas. Sin embargo, lo cierto era que el convento se había vuelto más pequeño, más oscuro, y el tiempo parecía vagar mucho más despacio por sus corredores.

 

            La hermana Soledad nunca intentó acercarse de nuevo a la novicia, llorando su impotencia más allá de la barrera de recomendaciones de la Superiora. Ésta era, para la mayor parte de las monjas, la principal causa del sentimiento de culpabilidad de su compañera, y no el contrabando inicial de libros. Porque todas sabían que ninguno de esos libros fue el causante de la locura de Leonor. Porque, según los rumores, fue un volumen sobre arte sacro que alguien olvidó en el altar de la capilla lo que sembró la futura demencia. Ese libro nunca fue reclamado.

 

            Leonor lo encontró una mañana, mientras barría. Levantó la vista para contemplarlo, y deseó acariciar sus hojas. Así lo hizo, mientras sonreía con la nostalgia de otras páginas. La ensoñación no duró mucho en ese cerebro ya despierto. Cerciorándose de que nadie podía verla, ocultó el libro entre los hábitos y lo llevó a su celda. Allí permaneció escondido bajo la cama hasta la noche, en que unas manos repletas de la impaciencia de muchas horas lo rescataron. No se parecía a los libros de la hermana Soledad. Era un compendio de términos incomprensibles, sin que pareciera querer transmitir grandes ideas. Pero las imágenes lucían hermosas. Cuadros, trípticos, pasos procesionales, cálices... Todos hablaban de coloridas tragedias, sacrificios en oro y plata, castigos de mil tonalidades. La joven continuó pasando páginas, libre por unos minutos de las dudas del presente. Hasta que descubrieron sus ojos la fotografía de un conjunto escultórico dedicado a la Pasión. No llamaron su curiosidad la figura del Cristo en la cruz, ni las manos apretadas de María Magdalena. Fue la Virgen María la que dejó inmóviles sus párpados. Ese rostro. Sin resignación en la sonrisa, ni sufrimiento en los ojos perturbados. Leonor se quedó suspendida ante la imagen. En aquel icono, la Virgen María no era más una madre destrozada por un dolor aceptado con deleite. El consuelo del mandato divino no se aparecía en ese rostro. Esta Virgen no era llanto, ni gemidos, sino ojos desafiantes, ojos que hablaban de odio y de venganza. Fríos, vidriosos, sin alma. Los ojos de una mente perdida. Los más apropiados para aquella sonrisa demente, impregnada de malicia y rebeldía. La imagen miró a la novicia y la novicia se miró en ella. La imperfección era posible en el mundo de las almas. Su mente se hizo clara al oscurecerse. Que Dios no era infalible, que el engaño era vengable y el sacrificio absurdo. Sintió que su alma se hacía una con el alma de la Virgen Loca. Y también hizo suya su venganza. Sin objeto y sin por qué, entendiendo con ausencia de juicio, deseó vengarse.

 

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La puerta del comedor crujió, y la hilera de monjas comenzó a entrar. La hermana primera abría la marcha, seguida de una hermana tercera, una cuarta y así hasta llegar a una decimonovena. La hermana segunda debía aparecer después, con el homenajeado, cuando todo estuviese listo para recibirlo.

 

            Una tras otra las monjas, pasos lentos, mirada baja, manos juntas, fueron ocupando su lugar alrededor de la gran mesa, sin llegar a sentarse. Aguardando, entre oraciones en silencio, la llegada de la Madre Superiora. Cuando ésta por fin entró en la sala, le saludó un murmullo respetuoso. Caminaba muy erguida, con los ojos sobre las cabezas sumisas. Nadie hizo un gesto, nadie se movió, hasta que percibieron, sin mirar, cómo se sentaba presidiendo la mesa, bajo el Cristo crucificado. Entonces todas pudieron ver que sonreía, y que había satisfacción y orgullo en su sonrisa. Y todas adivinaron el pensamiento de su Superiora: en pocos minutos iba a entrar la hermana segunda con el crío, volviéndose a demostrar la invencible fortaleza de la voluntad divina.

 

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No tardó mucho tiempo en descubrirse el embarazo de la hermana Leonor. Algunas de sus compañeras compartían la creencia de que no había hecho ningún esfuerzo por ocultarlo, de que estaba deseosa de ser descubierta, incluso. Una venganza infantil, una autoafirmación; un suicidio con ansias de molestar. Pero para la hermana Soledad no se trataba de una venganza. Era tan sólo una travesura, una inconsciencia propia de sus pocos años. Hubiese aceptado que echasen a su pupila de la orden por algo así, pero de ningún modo que le hiciesen lo que le hicieron. No, Leonor no lo merecía.

 

            La Madre Superiora no se preocupó en averiguar quién era el padre o cómo había podido suceder el incidente. Era solamente un episodio más de ese “contrabando” que desde el exterior trataba, muy de tarde en tarde, de conmover el orden de su comunidad. Inútil. Nada iba a agrietar el aura de su firmeza. Fiel a su costumbre, aplicó sin perturbarse la máxima que ponía bajo su control todo lo que consiguiese penetrar las paredes del convento. Así comenzaba la reclusión de la novicia.

 

            Nadie pudo convencer nunca a la hermana Soledad de que no fueron todos esos meses de aislamiento, hasta el mismo instante del parto, los que hicieron crecer la planta de la locura en su protegida, a la que no se pudo ver más. La propia Madre Superiora se encargaba en persona de su cuidado. Las demás sólo escuchaban gritos e insultos de timbre joven en mitad de la noche.

 

            En un par de ocasiones sintió la hermana Soledad el impulso de sacarla de allí, de devolverla a la luz del exterior. Darla de nuevo a un mundo que se había equivocado rechazándola. Pero no se atrevió. Tuvo miedo, sin saber de qué. Creyó que de enfrentar el sufrimiento de su protegida, o de sentirse aún más culpable. Hasta que le sorprendieron sus temblores al encontrar la mirada de la Madre Superiora. Y fue entonces la monja la que estuvo a punto de perder la cordura.

 

            El niño nació tras la media noche, con la asistencia de la hermana segunda y la Madre Superiora. Fue un parto fácil, pues Leonor deseaba contemplar su reto vivo frente a ella. Sonrió. Entre los sudores y la respiración sin aire, sonrió. Hasta que sus ojos vieron a la Madre Superiora envolver al recién nacido en una colcha y dirigirse hacia la puerta. Entonces el dolor reapareció en su rostro, junto con una mirada ya por completo perdida en la demencia. “¡Es mío! ¡Mío!”, gritó. Pero el bebé ya no estaba en el cuarto, y la hermana segunda acariciaba entre lágrimas el rostro de la madre.

 

            Algunas monjas estuvieron siempre de acuerdo con la hermana Soledad en que fue en ese momento, y sólo entonces, cuando la travesura de veras quiso ser Venganza. La Venganza nunca consumada en la foto del libro. La desobediencia, el desafío. Un nuevo suicidio. La Voluntad afirmándose, dispuesta a vencer todo dolor. Para otras, sólo fue locura.

 

            Un par de noches después, la débil madre fue conducida a una celda en desuso, en el ala más apartada del edificio, de donde no habría de volver a salir. Mientras tanto, el pequeño se transformaba en el protegido de toda la comunidad.

 

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La congregación era un murmullo sin voz. La hermana segunda se hacía esperar. Ya era tiempo de que hubiese aparecido en el comedor, con el niño. Nadie se atrevió a producir sonido alguno, pero una monja recordó haberla visto cerca del cuarto donde se recogían las llaves de todo el convento. Otra pensó si no era ella a la que hacía un rato había visto dirigirse al ala deshabitada. La hermana primera solamente se dijo que sería un acto de humanidad.

 

            Cuando a la postre la figura infantil apareció bajo el arco de la puerta, no era la hermana segunda la que, tras él, la acompañaba, sino una sombra envuelta en harapos blancos. La piel aún más blanca, los ojos furiosos y resueltos. Fríos, vidriosos, sin alma. “¡Leonor!”, gritó la Madre Superiora. La voz de la novicia era tranquila, constante, cuando dijo: “Soy Yo. Es mío.”

 

            Para algunas de las monjas fue tan sólo un brutal acto de posesión. Para otras, un último paso en la venganza. Lo cierto es que las manos de la joven asieron como en una primera y última caricia la cabeza del niño y, tras un chasquido, el cuerpo del pequeño se desplomó sobre el suelo del refectorio. Tenía el cuello roto.

 

            Todas las monjas gritaron al unísono.

 

 

 

Jose Jesus García Rueda

30-11-2003