La soledad del Tábano

El monitor no había mostrado nada extraordinario. Como era habitual, la situación en la superficie no parecía haber evolucionado de forma apreciable.

El tripulante ya no prestaba atención a las noticias que aparecían cíclicamente en la pantalla. Solamente dormitaba en un sillón, ajeno a aquel torrencial caudal de datos.

Unos cuantos meses antes, cuando todavía llevaba poco tiempo en soledad, escrutaba con ansiedad cualquier posible información que el ordenador le suministrase. Buscaba ese cambio en las circunstancias que le encerraron en el espacio "infinito", el cambio que debía permitirle regresar.

El "Tábano" había sido puesto en órbita hacía ya más de dos años, y su misión era simplemente recordar al resto de las naciones que en el espacio había una potencia más. Era un artefacto brutalmente sofisticado, que giraba alrededor de la Tierra cuarenta y ocho veces al día. Contaba con los últimos equipos de comunicaciones, ordenadores de núcleos biológicos capaces de funcionar sin haber sido "programados" previamente, microecosistemas que reproducían en un par de metros cúbicos cualquier ambiente terrestre, una sala de existencia virtual,... Podía decirse que el "Tábano" poseía todo salvo un objetivo claro de actuación. Estaba allí únicamente porque la política exterior aconsejaba que estuviese.

Un par de años antes, cuando al ser humano que ahora soñaba en su cómodo sillón situado frente al panel de comunicaciones del "Tábano" le propusieron ser, durante seis meses, el único tripulante de aquel formidable ingenio, no necesitó meditarlo demasiado. ¿Cuándo se le iba a volver a presentar a un sencillo técnico de clase media la oportunidad de estar al cargo de la más increíble maquinaria construida jamás?. Además, las pruebas de topología cerebral a las que le habían sometido los psicomatemáticos del Instituto de Innovación Tecnológica le habían catalogado como un hombre tranquilo, sin ambiciones, introvertido y, sobre todo, solitario. Era perfecto para el puesto.

Su cometido era realmente sencillo: debía pasar seis meses en el espacio supervisando una nave que no precisaba supervisión. Para evitar que la inactividad y el completo aislamiento desequilibrasen la mente del tripulante, se crearon multitud de pequeñas tareas secundarias y experimentos sin importancia, que sólo servían para cumplir un doble objetivo: llenar las horas de soledad del componente humano del "Tábano", y acallar las voces que se oponían a gastar gran parte del presupuesto de la nación en algo que no tendría ninguna utilidad.

El joven técnico que finalmente fue seleccionado para desempeñar un cargo tan absurdo no dudó en ningún momento de que había encontrado el chollo de su vida: un trabajo en el que todas las horas eran libres, no debía responder ante nadie,... y además le pagaban lo suficiente como para pensar en retirarse cuando, pasados los seis meses del contrato, otro afortunado mortal le sustituyese.

Llevaba ya más de dos años en el espacio, y cada vez se inclinaba más a pensar que nunca le relevaría nadie. Ningún psicomatemático hubiese podido nunca suponer que un hombre sería capaz de permanecer tanto tiempo en la más absoluta de las soledades sin perder la razón. El período de seis meses elegido ya les pareció muy largo a algunos de los responsables del proyecto. En algunos momentos, el tripulante se divertía pensando de qué forma explicaría a aquellos eminentes científicos cómo había podido sobrevivir solo durante tanto tiempo. ¿Cómo hacerles entender que mientras su propio interior continuase siendo una desbordante fuente de ideas y pensamientos, no necesitaba tener a nadie más a su alrededor?. Pero si algún día regresaba, no le importaría tener que aguantar las preguntas de quien fuese. Si sólo le fuese posible regresar...

Cuando habían pasado ya los cinco primeros meses de su solitaria estancia alrededor de un planeta al que pronto debía volver, sucedió algo que lo sumió en una demencia convulsiva y desesperada: su enlace operativo en la Tierra le informó de lo que había estado temiendo durante las últimas semanas: debería continuar en el espacio por tiempo indefinido.

Últimamente había llenado la mayor parte de su desocupado tiempo analizando las noticias que provenían de aquella sociedad humana que ahora le parecía tan lejana. Cuatro meses después de embarcar, empezaron a llegar indicios de una cierta inestabilidad económica en el país que estaba poniendo contra las cuerdas a algunas de las personalidades políticas más influyentes. Al cabo de pocos días la situación se agravó, y algunas voces comenzaron a alzarse pidiendo la dimisión en pleno del gobierno. En un par de semanas ésta fue consumada, y los partidos de la oposición trataron de tomar el poder. El ejército intervino para poner fin a aquella "lamentable situación". En medio del conflicto, el asunto "Tábano" fue rápidamente olvidado. Por el momento, nadie se ocuparía de hacerle regresar.

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-Vaya, vaya, según parece tampoco voy a poder hacer nada para ayudarme.

Desde hacía un par de semanas, el tripulante rompía constantemente su norma de no hablar solo. No era un buen indicio.

-Cuando estalló la guerra ahí abajo tuve que limitarme a contemplarla, sin poder hacer nada para evitar el conflicto. Ahora bien, dudo mucho de que haya existido nunca una posición de observador tan privilegiada como la mía.

Había un cierto atisbo de cinismo en su voz. Las sensopantallas mostraban ininterrumpidamente imágenes de las cadenas de telesensación de todo el mundo, a través de un sofisticado receptor capaz de distinguir (mediante redes de aprendizaje entrenadas para tal fin) la más nimia señal confundida con cualquier cantidad de ruido. De esta forma, podía recibir y procesar las emisiones residuales que escapaban al espacio. Desde luego era un complejo equipo que, en los últimos tiempos, sólo servía para dar las malas noticias.

El último boletín de la cadena estatal era probablemente el más turbador de cuantos había sentido desde que embarcó en el "Tábano": la estación terrestre encargada de la supervisión remota de la astronave había sido destruida en una acción terrorista llevada a cabo por un pequeño comando del partido integrador.

Pese a que aquellas instalaciones llevaban varios meses cerradas y sólo un sistema automático mantenía contacto con el "Tábano", su destrucción podía suponer la pérdida de toda esperanza. Había desaparecido cualquier oportunidad de entablar contacto con la superficie.

Era curioso, pero aquel ingenio al que muchos habían bautizado como el "Ojo de Dios" por su capacidad de escrutar el planeta hasta límites aún sin calcular, no había sido equipado con ningún tipo de equipo transmisor, salvo el que le permitía comunicar con aquella base que ahora ardía en la zona sur del país. Si los diseñadores de "Tábano" habían pretendido que nadie pudiese robar información capturada por éste, habían hecho un trabajo fantástico.

Roto el último hilo que le unía con su "civilización", el tripulante disponía ahora de mucha materia prima nueva para renovar sus ya rutinarios pensamientos. No había razón para preocuparse por la falta de alimentos. Desde que se desarrollaron los compactadores de nutrientes, podía guardarse en unos pocos metros cuadrados sustancia nutritiva (incluidos aire y agua) de sobra para alimentar a una persona durante varias reencarnaciones. Sin embargo, al tripulante le tocaba decidir si continuaría vivo el tiempo suficiente como para hacer uso de esas reservas.

Hasta el momento nunca había dejado de alimentar la esperanza de que, una vez recuperada la estabilidad política, alguien se acordaría de bajarlo de allí. Podía demorarse décadas, pero ocurriría. Ahora, quizá hasta los ordenadores se habrían olvidado de él.

Pensamientos muy turbios amenazaban con descolocar sus esquemas mentales, por lo que su mecanismo de defensa se disparó: súbitamente se le ocurrió ir a comprobar si la consola tactográfica con la que se comunicaba con la base aún mantenía el contacto. Quizá no estuviese todo destruido.

Bruscamente saltó del sillón y corrió hacia la cubierta superior del "Tábano". "Sí- pensó - el microentrenador físico ha hecho un buen trabajo. Pese a estar aquí encerrado, aún mantengo un buen estado físico".

Antes de alcanzar la entrada de la estancia superior ya sabía el estado de funcionamiento de la consola: estaba fuera de servicio, puesto que la luz de sus indicadores de situación de la comunicación no se reflejaba en el metal pálido de la pared del corredor. En dos años, era el primer equipo que dejaba de funcionar en la nave. Al parecer, los sistemas del "Tábano" no tenían costumbre de avisar antes de apagarse.

Un abatimiento repentino le hizo perder la fuerza en las piernas, y necesitó sentarse.

Se encontraba tranquilo, como todo el que sabe que cualquier acción emprendida no tendría ninguna consecuencia. Un dolor agudo y punzante inundaba su cabeza, y por momentos parecía como si su cuerpo se volviese más pesado. Temió que iba a desmayarse y entonces... lo deseó. Pero el conocimiento no se decidió a abandonarle, y tuvo que resignarse a continuar pensando, cuando ya no había razón alguna para hacerlo.

De súbito, por vez primera en mucho tiempo se sintió airado, y también por primera vez desde que embarcó tenía un objeto en el que concentrar su ira. Tras varios minutos de golpear la consola con los puños desnudos, la marea de sensaciones que se sucedían en su mente cesó y, agotado, se derrumbó exhausto sobre los reproductores táctiles.

Pese a la inactividad de sus funciones, la sala continuaba vivamente iluminada.

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El cuarto que hacía las funciones de dormitorio mantenía una totalidad azulada en su iluminación. El tripulante reposaba con los ojos cerrados. Parecía haber paz tras sus párpados.

-Creo que deberías hacer un chequeo completo de tu psique. Los últimos acontecimientos pueden haber alterado tus programas.

La voz, fría e impersonal, parecía emanar de todos los rincones de la estancia. Tras unos minutos, el tripulante contestó.

-No puedo hacer eso. Si descubro que algo falla en mi sistema nervioso, ¿qué haré?. Hasta ahora he sobrevivido porque me tenía a mí mismo. Si hasta eso pierdo...

-Quizá la locura sea una buena salida a tu situación. El Sistema Médico podría provocarte una que resultase placentera y cómoda.

El tripulante sonrió mientras abría los ojos sorprendido.

-Para ser un ente artificial, no te comportas de una forma muy distinta a un ser humano.

-Ya sabes que un alto porcentaje de mi sistema nervioso central es de composición biológica, lo cual supone que ni siquiera mis creadores saben todo lo que yo puedo hacer. En cierto sentido, soy tan impredecible como puedas serlo tú.

El más humano de los dos seres que conversaban cerró los ojos de nuevo. Pese a que nunca quiso pensar en el Sistema de Entorno Humano como una persona real, quizá sí que constituía algo más que una máquina. Pudiera ser que en el futuro debiera considerarlo como un compañero, aunque nunca le hubiesen agradado ese tipo de imitaciones del comportamiento humano. De hecho, era el único sistema de este tipo que mantenía en funcionamiento. En el resto de la nave, prefería estar solo a tener compañía automatizada.

El tripulante pareció meditar durante unos minutos. Después, bajando la voz, preguntó:

-Dime, ¿hasta qué punto puedo confiar en ti?

La respuesta no se demoró.

-Ésa es la gran pregunta que se hacen actualmente todos los diseñadores de sistemas de interacción hombre-máquina. Si lo deseas podemos tener una conversación en la que pueda exponerte las últimas opiniones de los más prestigiosos pensadores...

-No, no... Me refiero a algo más personal.

Ahora fue la máquina la que se tomó algo más de tiempo para reflexionar.

-Sé que, a nivel íntimo, una de las cosas que más te ha afectado desde que nos conocimos fue el ver desde tu privilegiada posición cómo se gestaba la guerra en nuestro país, cómo se podía predecir el caos desde varias semanas antes, y no poder hacer ni el más insignificante esfuerzo por evitarlo, pese a hallarse a tu disposición la maquinaria más avanzada. Oyéndote hablar desde entonces, sé que hay algo en ti que odia los ingenios mecánicos. Has perdido la confianza en ellos. Sin embargo, creo que sabes bien que la tecnología no fue la causa del desastre que infestó la nación. De haber sido correctamente utilizada, la técnica hubiera sido una excelente ayuda para gestionar una sociedad tan compleja que la capacidad humana no fue capaz de manejarla. Vosotros fuisteis los únicos culpables de la caída, generasteis una complejidad enorme y os olvidasteis de desarrollar convenientemente los medios para manipularla. Por ello, aunque sé que me consideras una máquina, no tienes por qué desconfiar de mí. Las máquinas no tenemos ningún interés en atacar al ser humano. Vosotros parece ser que sí...

El tripulante se sintió extrañamente decepcionado. Por un momento había tenido al sistema por más humano de lo que en realidad era.

-Bonita verborrea, pero yo estaba hablando únicamente de ti y de mí. ¿Hasta qué punto te programaron para controlarme?

-Mi programación es muy reducida; la mínima para poder aprenderlo todo por mí mismo. De este modo, es muy posible que desde que activaste mis funciones mi contacto contigo me haya influido más que lo que mis diseñadores me programaron. Si lo que me preguntas es si en mí puedes encontrar un amigo, creo que la respuesta es afirmativa.

Impresionante. Aquel sistema era la prueba más evidente de que la introducción de materia biológica en los cerebros electrópticos había conseguido dotar a los ordenadores de esa capacidad de abstracción que nunca se había alcanzado con la rigidez de los sistemas no-vivos. Pero hacía ya tiempo que el tripulante había dejado de ver la realidad con los ojos del técnico. Ahora buscaba algo más.

-Creo... que no es un amigo lo que necesito. Quizá sólo un confidente, alguien que me sirva de testigo ante mi decisión final. Ya sabes lo que se dice: alguien tenía que saberlo.

Sus propias palabras le sorprendieron. Todavía ni siquiera se hacía una idea de cuál sería esa decisión. Casi no había identificado tampoco la cuestión sobre la que debía decidir. Pero había ciertas ideas revoloteando de rama en rama en su mente. Cientos de pájaros parecían querer dar forma a algo con sus trinos. Sabía que se acercaba a una encrucijada en la que se iniciaría una nueva dirección en el camino de su existencia, el momento culminante de su vida en el "Tábano". Y tenía miedo, miedo de sí mismo, de lo desconocido y virgen, de lo que podría salir ante aquella nueva situación de las simas profundas de su cerebro, verdaderas fosas en el océano de sus ideas que ni siquiera dos años de absoluta soledad le habían decidido a explorar.

-Te sería muy aconsejable dormir profundamente unas horas. Se lo haré saber al Sistema Médico.

Era la voz del Sistema la que llenaba la estancia.

Cuando el tripulante abandonó la sala, aquella paradójica mezcla de vida y metal no se desconectó inmediatamente. En aquella ocasión, y por primera vez en su vida funcional, sus circuitos continuaron trabajando durante unos minutos más. No podía asegurarlo pero acaso se sentía... ¿preocupado?.

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Y aquella noche el tripulante soñó. No era una noche real, pero el Sistema Central de Entorno reproducía un bello anochecer mediante una hábil combinación luminosa.

El sueño del humano sí fue real. O al menos la profundidad de su sopor así lo hizo parecer. Soñaba con un resplandeciente pedazo de roca, que iluminaba con su brillo el rostro del tripulante. La piedra estaba escoltada por dos pequeños espirales de luz que giraban y zigzagueaban, flotando arriba y abajo en torno al objeto de su custodia.

El tripulante tenía la sensación de estar en un lugar que conocía bien. Con los ojos nerviosos y excitados por la curiosidad comenzó a descubrir la forma global de la estancia. Era una sala grande y vacía. Parecía haber permanecido inalterada durante siglos. En la parte superior dos amplios ventanales pretendían querer guiar la luz exterior hacia el centro de la habitación, donde reposaba la piedra. Era curioso, pero de los rayos luminosos que con exuberante profusión surgían de la roca, ninguno lograba alcanzar los ventanales y salir al exterior.

La sensación de dejarse bañar le resultaba muy placentera hasta que, de repente y con la sola causa de la sinrazón que vive en los sueños, el soñador se sintió encerrado, y corrió hacia las ventanas buscando algo en que fijar su vista que no fuese aquella roca.

Lo que vio al otro lado de ellas le pareció chocante, al menos al principio. A sus ojos llegaban las imágenes del interior del "Tábano". Las consolas, monitores y sensores destacaban vivamente en su tono frío y monótono frente a aquella estancia donde la magnificencia de la luz parecía dar vida a las paredes graníticas.

Empezó a intuir dónde se encontraba, y quiso buscar una salida, un pequeño resquicio por donde escapar llevándose consigo un pedazo de aquella roca flamígera. Se arrastró con ansiedad entre los rincones de la construcción; trató de retirar algunas piedras de la pared, pero no obtuvo resultado alguno. Ni siquiera le era posible salir por los ventanales: una invisible barrera se lo impedía. Aquella fortaleza parecía creada para permitir la entrada a todo, pero no dejaba salir nada. Y ni siquiera sabía por qué.

Agotado se sentó en uno de los escalones que llevaban hasta las ventanas y miró fijamente a la piedra. Al fin y al cabo no necesitaba salir. Con la contemplación de aquel corazón palpitante le bastaba. No encontraría nada tan maravilloso en el exterior.

No sabía cuánto tiempo había estado en aquella posición, sin parpadear siquiera. Y no sabía hasta cuándo hubiese continuado así, de no ser porque la piedra comenzó a perder intensidad en su brillo.

Al principio apenas fue perceptible esta disminución. Además, sus ojos empezaban a fatigarse, así pues agradeció esta pequeña perdida de luminosidad. Pero lentamente la piedra se iba apagando. La luz que recibía del exterior no parecía bastar para alimentar a la roca. Los pliegues y grietas de ésta, ahora visibles, daban a aquel rígido pedazo de alma un aspecto vagamente humano, adoptando una expresión de hastío y agotamiento que contrastaba con aquel enérgico torrente multicolor que todavía emanaba. Al tripulante le pareció que la piedra se quejaba. Y su lamento no tenía más razón que el de la inutilidad; se lamentaba de su propia incapacidad para comunicar al exterior toda la luz que era capaz de crear.

Y los rayos de color seguían disminuyendo en intensidad.

Pronto la oscuridad envolvería la estancia, y la luz que entraba por los ventanales nada podría hacer para romperla: su proporción era insignificante, y lo más que lograría sería quebrar algunos contornos, creando un pequeño grupo de sombras fantasmagóricas portadoras de demencia.

Un temor frío surgió de las capas más profundas de la mente del tripulante. Hasta ahora no le había preocupado el estar prisionero en aquella gigantesca estancia. Al fin y al cabo, la roca que ocupaba su centro había sido suficiente para alimentar todas sus necesidades. Mirarla era la mejor razón para seguir adelante. Pero si la roca se apagaba, si se desvanecía todo el poder que había en su interior...

Despertó.

El Sistema Médico, que controlaba en todo momento los ritmos biológicos del tripulante, había reaccionado tarde. Nunca hubiera debido permitir que las alucinaciones del sueño llegasen hasta esos extremos, hasta la pesadilla. Sin embargo el sistema, confiado por el sedante que había introducido en los centros nerviosos del humano, había rebajado la vigilancia. Quizá por eso no prestó excesiva atención a su perpetuo paciente hasta que por sus poros comenzó a salir un exceso incontrolado de sudor, su corazón se aceleró repentinamente y sus señales cerebrales se elevaron en frecuencia.

Ahora aquel complicado sistema biológico volvía lentamente a la normalidad. La secreción hormonal estaba de nuevo bajo los límites habituales y el consciente trataba de recuperar el control del cerebro. Todo parecía haber pasado, salvo por el hecho de que las imágenes del sueño permanecían retenidas en la mente del tripulante que, sentado sobre aquella corriente de aire que le mantenía flotando mientras descansaba, trataba de descifrarlas.

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De pie, con las manos cruzadas sobre la espalda, miraba hacia la profundidad del espacio. Aquella visión de la nada a través de una de las ventanas panorámicas del "Tábano" le resultaba más estimulante que la contemplación de esa gigantesca bola azul y blanca que inundaba a perpetuidad todos los ángulos de percepción del ventanal situado en el otro costado de la nave.

Solía permanecer largo tiempo en aquella posición, con la mirada perdida, dejando que la luz de las lejanas estrellas excitase su mente. Aquel inmenso vacío, ese infinito precipicio, parecía marcar la frontera de todo lo concebible. Esa oscuridad absoluta pretendía envolver, como si tratase de ocultarla, cualquier actividad humana, remolino de bullicio en aquel océano de silencio.

En ocasiones había buscado entre aquellas estrellas una visión de Dios. Consideraba que aquel marco, sencillamente inabarcable, era el lienzo idóneo donde dibujar el rostro de cualquier presunto Sumo Hacedor. Pero nunca había logrado trazar ni un simple boceto. Lo único que conseguía ver allí era el eterno vacío.

Y ahora ese vacío había contagiado su alma. Lo sentía extenderse por toda su consciencia, procedente de aquellas oscuras espesuras de su inconsciente. Y aquel vacío congelaba sus acciones, sus recuerdos. Parecía querer paralizarlo, petrificarlo, haciéndole perder su contacto con la realidad.

Después de dos años de soportar y disfrutar la soledad, ¿por qué le bombardeaban ahora estos pensamientos? entonces recordó una frase que le repitieron en numerosas ocasiones cuando todavía disfrutaba de la magia irreal de la niñez: "El hambre que espera comer no es hambre". Sí, quizá fuese eso. En todo este tiempo no había sufrido la verdadera soledad, la que es portadora de desesperanza y muerte, puesto que siempre tuvo el convencimiento de que su aislamiento concluiría alguna vez, aunque fuese en un momento perdido en el más distante futuro. Pero ahora... aquellos terroristas habían destruído algo más que unas simples máquinas.

Por vez primera fue realmente consciente de lo que su mente sabía desde hacía varias horas: jamás acabaría su soledad. Hasta entonces nunca antes se había sentido cautivo. Ahora asimilaba por fin plenamente todas las consecuencias de su extraña situación.

Sólo restaba decidir qué hacer, cuando al fin la pregunta que se deslizaba furtiva entre los canales de su mente había tomado cuerpo.

No, no se daría la muerte. No tenía derecho a hacerlo. Simplemente se quitaría la vida; lentamente, entregando en pequeños sorbos su energía a aquel vacío que ahora le contemplaba a él.

Había tomado una decisión y se dirigió a su "dormitorio" para ponerla en práctica. Su andar no era presuroso, sino pausado y mecánico. El tiempo ya no existía.

Cuando llegó a su destino el Sistema le saludó con una voz temerosa pero entregada. El tripulante hubiera jurado que intuía lo que iba a pedirle.

-Sistema, quiero que el Sistema Médico me produzca un profundo estado de sopor, del que no ha de despertarme, y que progresivamente, muy despacio, vaya disminuyendo la cantidad de nutrientes que introduzca en mi organismo, hasta que ya no sea necesario introducir ninguno.

El sistema tardó mucho tiempo en responder.

-Me estás diciendo que dé la orden de matarte. No puedes pedirle eso a un amigo.

-Debes obedecer Sistema, pese a lo que creas; al final no eres más que una máquina.

-Si fuese sólo una máquina no dudaría en hacer lo que me pides. Pero de acuerdo, la próxima vez que te duermas, será la última.

El tripulante cerró los ojos, giró sobre sus talones y salió. Cuando estuvo en el corredor se detuvo:

-Gracias amigo. Y no te preocupes, tendré bonitos sueños.

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Nada se había detenido. Todos los sistemas de la nave continuaban realizando sus tareas rutinarias. El "Tábano" seguía siendo un silencioso hervidero de informaciones en tránsito. Todo funcionaba con normalidad, salvo el Sistema de Soporte de Vida.

El tripulante tardó varias semanas en morir. Su amigo mecánico así lo había indicado al Sistema Médico: debía ser una muerte extremadamente lenta y dulce. Mientras ésta se producía, estuvo velando porque nada perturbase su sueño. Era el último servicio que ofrecía a aquel humano que fue la razón de su existencia.

Durante esas semanas el Sistema vigiló atentamente todas las transmisiones de cualquier tipo que los receptores del "Tábano" pudieron captar. Su análisis sistemático, como sólo una máquina puede hacerlo, no obtuvo resultado alguno. Las posibilidades de regresar al planeta continuaban siendo remotas. Cuando llegó el instante que precedía a la muerte del tripulante, el sistema no tenía ninguna excusa para sacarlo de su letargo. Le dejó morir, limitándose a tomar cuidadoso registro de lo ocurrido. Una vez completada la operación pensó en desconectarse definitivamente, pero no era lo bastante mecánico, ni lo bastante humano, como para desechar la vida.

En el exterior, el intenso azul de la Tierra emergía rebelde de entre la oscuridad universal, sólo quebrada en su infinita monotonía por aquellos puntos luminosos y distantes que eran las estrellas. El Sistema no quiso que el tripulante malgastase una eternidad flotando en aquel inmenso vacío. No arrojaría su cuerpo al espacio. Su tumba sería el "Tábano": esa nave había sido la causa de su muerte, y por ello tenía la obligación de proporcionarle un lugar donde morir para siempre.

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Todo lo cubría el sudario del silencio. Todos los sistemas de comunicación hombre-máquina se hallaban inactivos. Sólo un perenne y lejano murmullo indicaba que los mecanismos de refrigeración proseguían incansables su tarea, permitiendo

a los ordenadores del "Tábano" realizar millones de operaciones que no tendrían ninguna utilidad. La iluminación ambiente ya no se encendía, salvo el último día de cada semana cuando el amigo mecánico hacía aparecer en todas las pantallas de la nave, a modo de insignificante resurrección, este mensaje:

Tábano: Insecto díptero que pica a los animales y al hombre.

 

 

 

 

 

Madrid 21-11-1994 Jose Jesus García Rueda