Una historia de peces (sin colores)

Jose Jesus García Rueda

 

 

 

Podemos concluir que los peces de este río se dividen en dos subespecies, provenientes ambas de un tronco común, que conviven en sus aguas en armonía las más de las veces, en abierta disputa otras, pero nunca, pese a la excepción esa que dicen que tienen todas las reglas, repito, nunca, en indiferencia. Así escribía, o pensaba, el anciano o anciana cuyos ojos tenían más brillo que los de un anciano o anciana. Iba caminando con tranquilidad, muy despacio, por el lecho del mismo río sobre el que meditaba, con el agua cubriéndole hasta las rodillas las altas botas de goma. Y así, entre los reflejos del sol en la superficie y el brillo de algunas gotas mañaneras en las hojas de los arbustos de la orilla, seguía escribiendo en su cuaderno de campo; o pensando. Que mirando desde muy detrás de sus ojitos curiosos, a veces pensaba y a veces escribía, y ni él o ella mismo, en su concentrado despiste, se daba cuenta de cuándo hacía una cosa, o cuándo se perdía en la otra. Muy interesante. Muy interesante. Denominaremos a las dos subespecies como “peces de superficie”, a los primeros, y como “peces de profundidad”, a los restantes. Pues no es muy profundo este río en el que habitan, pero sírvanos dicha característica para diferenciarlos con mayor claridad, ya que en el resto de sus cualidades, sobre todo en su vertiente fisiológica, presentan un notorio parecido, siendo ambas subespecies menudas y vivarachas, y estando todos sus ejemplares cubiertos de unas escamas especialmente refulgentes. Tanto es así que, cuando se reúnen en algún rincón de la corriente, dan a la zona escogida el mismísimo aspecto de un espejo deslumbrante. Por lo demás, dejaremos también constancia de algunas diferencias menores, como una mayor envergadura y corpulencia en los peces de superficie, suplida en los profundos con una fusiformidad más perfecta. Y el anciano o anciana y sus ojos curiosos sonreían. Y chapoteaban. Y chapoteaban y sonreían, sin apercibirse de ello. Pues caminaban distraídos, no sólo sonrientes y chapoteantes, perdidos en una abstracción curiosa.

 

            A Julián, hombre ni joven ni no, recio y con el ceño fruncido, le había llovido encima aún antes de salir de su casa. No lo entiendo. Otra vez está rara. Como ida. Es que no hay manera de sacar algo en claro con esta mujer. ¿A qué viene esto ahora? Tan feliz, tan sonriente, todo mimos y carantoñas. Y desviviéndose por darme gusto, que es rarita mi Juliana, pero cariñosa la que más. Tan miradita. Siempre preocupada por mis asuntos, siempre interesada en lo que le cuento. Le encanta escucharme, y llevarme la contraria de mentira. Bueno, no tan de mentira, a veces. Para ejemplo la bronca de anoche. En voz baja, por supuesto, que de estas cosas no deben enterarse los niños. Y todo porque me olvidé de echar su carta al buzón. ¡La que pudo armar por esa tontería! Que si era muy importante, que si cómo podía habérseme olvidado... No le daba la gana entender que yo venía hablando con el Alberto sobre el fin de semana de pesca que planeamos, y se me fue el santo al cielo, que tampoco era la cosa para ponerse así... Entonces va y le entra la llorera, y yo, aunque cabreado por tanta montaña y tan poca arena, un poco triste sí que me sentí, y no tengo ni idea de por qué. ¡Qué manera de buscarle tres pies al gato! Julián, mientras camina sin mirar el cielo encapotado, pero sintiendo frío y metiendo en consecuencia las manos en los bolsillos, sin darse cuenta, no escribe, sólo piensa. A Julián le gusta escucharse mientras piensa, y así se interroga, y se responde, y hasta se pone muecas. Piensa y piensa, aunque entender entiende poco, y el asfalto de la carretera que soporta sus pasos no parece servir de mucha ayuda, por más que lo mira. ¡Qué mujer! Ayer se duerme llorando, pero sin dejar de abrazarme, y más fuerte que nunca, ¡ojo!, que para mí que se estaba arrepintiendo de haber armado tanta historia, y no sabía cómo disculparse. Aunque es raro, porque mi Juliana orgullosa no es, y además sabe bien que yo le perdonaría lo de anoche, y mil berrinches más que pillase. Que no soy persona intransigente, eso lo ha de tener claro, y no me cuesta disculpar al que reconoce su error. Pero entonces, ¿a qué viene lo de esta mañana? Entro y allí está, en la cocina, preparando el desayuno, y claro, yo la saludo con mi buenos días de siempre, para que ella me responda lo acostumbrado, pero en lugar de eso se vuelve y me sonríe, sin decir ni una palabra. Una sonrisa de esas dulces que tiene ella, pero dulces dulcísimas, encantadoras, pero sin decir una palabra. Después se gira, que estaba pelando unos huevos cocidos, a lo suyo, la miro antes de sentarme a la mesa y veo... ¡Una lagrimita diminuta resbalándole por la cara! ¿A qué viene eso, vamos a ver? ¿A qué? Pero Julián continúa pensando solo, pues no espera que esas pareces oscurecidas, que hace no mucho parecían recién encaladas, le respondan.

 

El anciano, o anciana, de las botas de goma se detuvo un momento a observar ciertos reflejos entre unas rocas. Remueve la espuma despacio, para no espantarla. Con un sol tan claro en este día abierto y sin nubes, no ha de ser difícil encontrar ejemplares de ambas subespecies cerca de la superficie, jugando a hacer relampaguear sus escamas. Porque pese a lo que sus respectivos nombres parecen indicar, a los peces profundos también les encanta la superficie, y de hecho de mis observaciones sólo podemos deducir que allí es donde se sienten mejor y más a gusto. Dicha situación también complace sobremanera a los peces de superficie, que encuentran en la compañía de sus vecinos un motivo para nadar con más soltura. Incluso a saltar fuera del agua se atreven algunos en estas frecuentes ocasiones, entre jugueteos y alardes. Lo contrario no es tan común, sospecho. No es habitual que los peces de superficie se alejen mínimamente de su lugar, aventurándose hacia el fondo. Su cuerpo, que por tamaño y resistencia no ha de tener problemas para soportar la presión de tantos litros de agua envolviéndolos, se siente aturdido ante la maraña de algas, las montañas de guijarros y los remolinos de arena tan comunes en el lecho de este río. Me atrevo a sugerir que si algún ejemplar de esta subespecie es encontrado dirigiéndose hacia el fondo, lo hará sin ser consciente de ello. Estará como alienado, confuso y, sobre todo, en un estado de despiste más que notable. Hasta que de repente vuelva a sí mismo y, descubriéndose en terreno extraño y perturbador, utilice la fuerza de su aleta dorsal para subir de un único impulso a la superficie, y desde allí olvidarse de nuevo de mirar abajo, recobrando de esta forma, más rápido que lento, su estado habitual.

 

¡Pero Julián! ¿Adónde vas con esta mañana de perros que ha amanecido? Mira que la llovizna tonta termina por calar... Son los pescadores del pueblo, que tienden sus redes bajo el único ojo del puente. Casi sorprenden al cariacontecido marido de la Juliana aún absorto. Pero sus saludos llegan un poco tarde, pues hace cinco minutos que Julián pensó que ya estaba todo bien, si está rara, ya se preocupará ella de dejar de estarlo, que tampoco es la primera vez. Para mí que ni ella sabe lo que se lía por su cabeza, cuanto más para que yo también me enrede allí. A ver si llego pronto al pueblo y me tomo un café con los de la fábrica de harina, que tengo ganas de reírme un rato. ¡Hola gente! ¿Cómo se va dando la mañana? ¡Nah! No mal del todo. Hoy los peces éstos parecen un poco nerviosos, y se meten en la red sin darse ni cuenta. Julián se apoya, sin estirarse, que la humedad le encoge, sobre la pared granítica del puente. ¿Pero es que ni en un día como hoy podéis quedaros en casa y tomaros la jornada libre, avaros? ¡Mira éste! ¿Y nos vas a poner tú el pan en la mesa, si nos quedamos en casa? ¡Venga ya! Tampoco andaréis tan necesitados... Lo que no queremos es estarlo, Julianito... Bueno, va, dejadlo un rato, que os invito a un café. ¿Vas al Casino? Sí, y luego a ver si me acuerdo de echar al correo una carta de la Juliana. ¿Una carta? Para su madre. ¿Pero no hace casi una década que no ve a su madre? Pues ya ves, ahora le ha escrito; está muy rara. ¿Cómo “rara”? Sí, ya sabéis, neuras de éstas que le dan a las mujeres de allá para cuando. ¡Nah! Tú ni caso. No, si eso lo tengo claro; ¡cualquiera se mete a entenderlas! A mí... no me gusta verla triste, ¡pero estoy harto de calentarme la cabeza! Bueno, qué, ¿me aceptáis la invitación? Ahora no podemos dejar esto, Julianito, que hay que aprovechar el nerviosismo de los peces, para llenar las redes; pero si cuando regreses seguimos aquí, te invitamos nosotros a un aperitivo, ¿te hace? Y no te preocupes por la Juliana. Se le pasará...

 

Desde la distancia y el río, el puente apareció ante el anciano, o anciana, con un fulgor de granito húmedo. Casi le parece ver formarse un arcoiris. Unos minutos después recibe los saludos de algunos pescadores, a los que mira como regañándolos comprensivo, y de Julián, el de la Juliana, que bien sabe que no lo tiene en mucho aprecio. Devuelve los saludos casi sin darse cuenta, y continúa con sus pensamientos y sus escritos, y eso que, qué extraño, hay una nube oscurísima sobre el puente. No adivina que Julián, el de la Juliana, está también pensando, y que en ese instante en concreto piensa que siempre igual, que “Peces”, así llaman por aquí al anciano, o anciana, se ha pasado la vida en lo mismo, embobado con las musarañas; un bicho raro, sí, ¡ya podía emplear su tiempo en algo que tuviese alguna utilidad! Pero “Peces” ya está lejos, escribiendo y pensando, o pensando y escribiendo, bajo un cielo en extremo claro y brillante. Cielo al que mira una vez, que ya empieza a hacer calor. Se da el caso en los peces de este río, y me refiero sobre todo a los profundos, que en ocasiones se quedan atrapados en el fondo, bien sea por un alga más enrevesada que las demás, o un remolino de arena demasiado denso, y, si no reciben pronto la ayuda de otros peces, asunto éste poco probable, pues los peces de superficie quedan, dado su carácter y naturaleza, descartados en la práctica, y sus compañeros, los otros profundos de la zona, estarán en un gran número de ocasiones atrapados en sus propias trampas, si no reciben, repito, la ayuda de otros peces, irán perdiendo vigor y brillo, abandonándose a una muerte lenta e inmóvil que los mantendrá, hasta el fin, infinitamente alejados de la superficie. El anciano, o anciana, vuelve a mirar al sol, y allí descubre a dos pájaros que, al volar, juguetean frente a éste. Un día debería hacer públicos los resultados de mis observaciones, se dice, mientras camina hacia la orilla. Justo en el momento de pisar la tierra para salir del río iba pensando, o escribiendo, que todo parece indicar que los pájaros de esta comarca se dividen en dos subespecies, provenientes ambas de un tronco común, que conviven en sus cielos en...

 

 

 

 

Jose Jesus García Rueda

11-11-2004

Madrid