Vuelo Madrid-Lisboa en barco
Todo había sucedido como estaba previsto, y hasta que sonó el anuncio, así parecía que iba a continuar. Habían llegado a la terminal dos del aeropuerto de Madrid Barajas a las 12:15 en un taxi, que tras recogerlos en su casa media hora antes, se había encontrado una carretera casi limpia de tráfico. Era sábado en un mes de julio caluroso, y tan sólo llevaban una maleta cada uno, con un par de bañadores, algunas camisetas y algo de ropa para salir. Ella, para esos ocho días en Lisboa, creyó no necesitar más. El grueso del equipaje de él, en su caso, lo enviaría ella desde Madrid a su regreso. Tuvieron que hacer cola en los mostradores de facturación durante diez minutos, y cuando fueron atendidos solicitaron por favor viajar junto a la salida de emergencia, para poder disfrutar de un poco más de espacio. Liberados del equipaje, se dirigieron al cajero automático y extrajeron una cantidad suficiente para los ocho días de viaje, a fin de evitar luego el pago de enojosas comisiones. Después, quedando aún algo menos de cuarenta y cinco minutos para el despegue, pasaron por el control policial y buscaron su puerta. Por el camino, él aprovechó para hablar por teléfono, mientras ella vagabundeaba en las tiendas libres de impuestos, sin llegar a comprar nada. A las 13:25 se sentaron frente a su puerta de embarque. Aunque en teoría iban a llamarlos en cinco o diez minutos, ella extrajo de su bolso un libro para él, una selección de relatos y ficciones de Borges que había empezado a leer hacía poco, y un reproductor de música para ella. Mientras escuchaba por los audífonos una nueva versión de “Esta tarde vi llover”, se fijó en que él abría el libro por “El jardín de los senderos que se bifurcan”. Pensó que, tal vez, dentro de ocho días, sólo ella tomaría el avión de regreso.
Entonces fue cuando una azafata anunció que su vuelo, el 7428 con destino Lisboa, había sido retrasado, trasladándose la hora de embarque a las 14:35; se había dispuesto para los pasajeros que así lo deseasen un pequeño refrigerio gratuito en la cafetería situada justo frente a la puerta de embarque; muchas gracias, y disculpen las molestias. Mientras estiraba el cuello para asomar la cabeza por encima del remanso inquieto de protestas, la mujer supo que no tenía hambre, y que de haberlo tenido, aún así preferiría permanecer allí sentada, aguardando el regreso a la normalidad. Pero él ya había cerrado el libro y se incorporaba entre gruñidos. Sola no, pensó, y cuando él la invitó a levantarse, ella prefirió acompañarlo a comer algo. Mientras caminaban hacia la cafetería se dijo que el retraso era un contratiempo molesto, pero no grave. Habría que cambiar algún plan, quizá, modificar el “después” ya que el “ahora” había mudado. Introducir algunos cambios, en eso consistía todo. De repente, la terminal ya no tenía un suelo firme y unas paredes quietas; a sus ojos pareció difuminarse, temblar ligeramente. Cerró un instante los ojos sin dejar de caminar; se sentía un poco mareada.
Al sentarse en una de las mesitas de la cafetería él debió de notar la palidez en el rostro de ella, pues la tomó de la mano y murmuró algo sobre lo bien que le iba a venir comer alguna cosa, que ella casi no escuchó. Sólo lo vio marcharse, dirigirse hacia la barra con la figura firme y los pasos rápidos y seguros. Se quedó sola, finalmente, mirando la puerta de embarque. Lisboa. Las letras ondulaban en su cabeza. De allí iba a partir el barco, dentro de ocho días.
Si él se marcharía en ese barco o no, aún estaba por decidir. Cerró los ojos de nuevo, sintiendo que el vaivén regresaba. La oferta era muy buena. Sobre todo para él. ¿Cuántas veces le había escuchado soñar en voz alta que recorría el mar en un buque oceanográfico? Juntos habían acariciado ese sueño en los huecos que dejaba el resto del amor. Él, como una fortuna concebible, aunque ya renunciada en la práctica. Ella tan sólo como una ensoñación más de enamorados y caricias. Y entonces un día, hacía exactamente un mes, todo fue precipitado, repentino. Ella misma cogió el teléfono. El barco partiría el veintidós de julio. Su objetivo era circunnavegar África, en el aniversario de algún histórico evento marinero portugués. El viaje, de carácter científico, duraría un año. Alguien del Instituto Oceanográfico de Lisboa había leído un par de artículos suyos, de él, en un “International Journal on Marine Biology”. Les había gustado mucho su trabajo. Sus ideas. Querían ofrecerle un puesto en el buque. El viaje duraría un año. El barco partiría el veintidós de julio. Tras la noticia, él fue feliz y ella también. Antes, habían planeado tener un niño en el año entrante, cambiar los muebles del salón, comprar una segunda plaza de garaje y, en último término, pasar juntos cada día que aún les quedase por vivir. Después, llegó la felicidad del sueño imposible milagrosamente cumplido. Llegó la felicidad y se quedó por un día. Porque, a la mañana siguiente, ella se despertó y ya no tenía delante su viejo camino de planes. Sólo un vacío lleno de bruma.
Aún no hay nada decidido, se dijo, a lo mejor no le gusta lo que le proponen y no se va. Así el sueño se acabaría y volvería a ser suyo el despertar y el mundo tendría orden de nuevo. Él regresó con un par de bocadillos, dos refrescos y alguna pieza de fruta a modo de postre. Le gustaba comer con él, pensó, aunque ella a duras penas pudiese tragar cada uno de los bocados que acercaba a su boca, como si su cuerpo rechazase aquel alimento, cuya presencia era la prueba de que su viaje no estaba siguiendo la pauta esperada; de que su vuelo había sido retrasado y ellos, que deberían estar ya aterrizando en el mar de Lisboa, habían sido apartados a un rincón imprevisto. Sintió una nausea y alejó de sí la bandeja con la comida. Se dedicó a verlo comer a él. Devoraba. Cada pedazo de bocadillo y cada sorbo de refresco, tomado directamente de la botella, era absorbido por aquella enorme boca devoradora. No tardó ni cinco minutos en quedar su bandeja vacía y olvidada. Le había sabido a poco, pensó ella. Notó como su instinto buscaba más con la mirada. Quería más. Parecía a gusto allí sentado, comiendo comida de plástico en un paréntesis erróneo del tiempo. Como si no recordase que ellos, en ese momento, deberían estar volando juntos, y no encallados en este lugar de tránsito, en este aeropuerto de mierda que no dejaba de balancearse por no sabía qué vaivén. Él, con lo que a ella le pareció una irritante y estúpida euforia, comenzó a decir, ¿cuántas veces habían repetido esta conversación en los últimos días?, que bueno, a ver qué le contaban los del instituto éste, que todo tenía muy buena pinta, y que la oportunidad era tentadora, claro, pero… no sé, tanta precipitación, llegar a Lisboa y zarpar tan sólo ocho días después, que estas cosas hay que hacerlas con más calma, claro que, cuando llega el momento, al final todo son prisas, siempre, parece que las personas no sabemos funcionar de otra manera, y luego dejarte sola, estar separados todo un año, ¿qué vamos a hacer el uno sin el otro tanto tiempo?, la verdad es que no me apetece nada… Pero ella percibió demasiado ánimo en la voz, un entusiasmo infantil que desmentía los sentimientos sinceros del adulto. Contuvo la nausea y le miró a los ojos, consiguiendo extraer de no sabía dónde una sonrisa imposible. Él repitió que no estaba nada convencido de querer marcharse. El adulto al menos pareció honesto, y ella, dejando hablar a su sonrisa, respondió que se dejase de estupideces, que tenía que irse, que nada en toda su vida podría significar tanto para él como aquello. Que sólo era un año, y que a su regreso, en un suspiro, ya verás, renacería su vida juntos. Que nada habría cambiado entonces. Nada. Sintió como si un torrente de agua de mar se deslizase por su garganta.
¡Cambiará todo, todo!, pensaba mientras se dirigían de regreso a la puerta de embarque. Agarrada con fuerza a su brazo, para que no la derribasen las olas de vértigo que el aire parecía empujar contra ella, se imaginaba sola, de pie en el puerto, pegada a la tierra, mientras escuchaba al capitán dar las últimas órdenes y el barco se separaba de la orilla. Él, en la cubierta, tiene un millón de lágrimas con que decirle adiós. Ella también. Pero las lágrimas de él huelen a mar inmenso y desconocido, mientras se evaporan y llegan hasta las nubes, y las de ella sólo caen a tierra, y tras oscurecerla un instante, desaparecen bajo el polvo. Él ya navega, ya cambia. La deja atrás, anclada, mientras curiosea cada rincón del barco. El aire cargado de sal y agua le crea unos pulmones nuevos. El barco se marcha, recorriendo un camino de mar que el mismo barco dibuja, y que no necesitará conservar en el pasado. Él, acostumbrado a la finitud de su laboratorio, se sentirá crecer hasta ocupar el espacio sin límites que entre el cielo y el mar enmarcan pero no cierran. Al principio, se conformará con el recién descubierto tesoro de la paz libre. Pero hay demasiado sol y demasiado aire y demasiada agua. A los pocos días sus ojos serán salvajes y buscarán jungla y vida. Trepará con los pies descalzos y el cuerpo desnudo y ya marinero al observatorio de proa. Ese ha de ser su lugar favorito para sentarse, con las piernas colgando sobre la espuma. Allí el viento en el rostro y los cabellos le hará sentir que se mueve. Mirará durante horas el flujo azul y verde que atraviesan, buscándole nuevos matices al sol, a las ondas en la superficie, a los difuminados y a las formas del agua. Descubrirá que en cada ola, así sea diminuta, hay siempre decenas de tonos diferentes. Que aún cuando el barco mece sus ojos y los cierra, la luz y las aguas siguen dibujando cenefas vivas en el interior de sus párpados. Entonces el viento hará estremecer su piel caliente, que él sentirá como cuero duro, y no piel. Cuero viejo de irresistible juventud. Y sólo cuando anochezca, cuando el mar y el cielo sean únicamente misterio oscuro que aún suena a espuma, irá a su camarote. Desde allí la llamará por teléfono y ella, que aunque parece estar recostada en el sofá de ambos, viendo la televisión de ambos y cenando el plato favorito de ambos, en realidad aún sigue clavada al suelo sucio del puerto, tomará el auricular y le dejará que le cuente cómo es su nuevo mundo sin ella. No será una conversación muy larga, que el satélite es caro y hay que racionar el uso del teléfono. Un beso, mi amor. Un beso. Y ella no podrá sentir la sal de la boca de él en sus labios de agua dulce.
Al llegar a la sala de embarque, una ola de sangre en las sienes la derrumbó sobre un asiento, tan rápido que él podía darse cuenta, así que el cerebro de ella, alerta de nuevo, abandonó la opción de perder por un instante el conocimiento, y para disimular, la hizo agacharse y sacar del bolso el reproductor de música y el libro. La gente iba arremolinándose poco a poco alrededor del mostrador. Dentro de un año, pensaba, él regresaría, y el mundo habría hecho sus ojos más grandes, brillantes y claros, y cuando mirase a los de ella, quietos, todo ese tiempo estancados, él sentiría que esos ojos aún habitaban la prehistoria del mundo. Entonces daría un paso atrás, la miraría con compasión y miedo, y saldría huyendo de sus brazos. Gritó un ensordecedor ¡No! en su cabeza, y trató de distraerse observando al resto de viajeros.
Aquel leía el periódico. Aquella jugaba con su niña a reírse sin ruido. Junto a los ventanales, un matrimonio mayor se explicaba mutuamente las causas del retraso. Todos hacían algo y nadie hacía nada, buscando terminar ese tiempo muerto que ninguno había planeado vivir. La mujer siguió mirando. Frente a ellos había una chica joven que charlaba con lo que debían de ser algunos amigos y compañeros de viaje. Era bonita y jovial, y la mujer, nada más verla, estuvo segura de que aunque ella, tapados los oídos por la música y los ojos por la observación de los viajeros, no le hubiese visto hacerlo, él ya había mirado a la joven. Seguro que sus ojos de hombre la habían localizado antes que los suyos. La había visto hacía ya algunos minutos, entonces, y sin querer evitarlo, su mirada se había fijado en el misterio de timidez y salvajismo que destilaba la piel de la joven. Él la había recorrido entera con un rostro de repente hecho ilusión, que le preguntaba de dónde había llegado. Como un furtivo sin vocación, había anhelado, quizá aún anhelaba, que su mirada fuese descubierta. La mujer no le había visto hacerlo, pero seguro que él, disimulando ante ella pero no ante la chica, devolvía una y otra vez a sus ojos el placer de explorar aquella piel morena, sintiéndose libre al menos para desear. Él ya tendría a buen recaudo en su memoria la imagen de sus dos piernas abriéndose, indecorosas pero inocentes, bajo el vestido del verano corto y ligero. Llevaría un rato sin pasar página en su libro, soñando con acariciar aquellos brazos descubiertos desde el fino tirante del hombro hasta las manos sinceras, hermosas por desnudas. Pensaría casto en descubrir los volúmenes de los senos redondos, que temblaban con pudor al reír su dueña, imitando sobre su torso la postura abandonada de ésta. La mujer pensó que la joven, con su melena de rizos pelirrojos enmarcando la ensoñación isleña del rostro, era como una campesina del mar. Una especie de sirena en tierra, bajo un sol sensual y fuerte, que aún olía a grácil brisa de océano. Lo miró a él, a su lado, leyendo, y su ceño se arrugó sin llegar a fruncirse. No era cierto, no leía. Esperaba el momento de la próxima insinuación. La joven probablemente ya había notado su acoso, y ahora él insistía. Porque aunque la chica le había mirado con el mismo desinterés que a cualquier otro par de ojos masculinos y espías, al menos no había habido desprecio en la mirada, e incluso, unos segundos después, sin pensarlo, sus ojos habían invertido un instante innecesario en comprobar que él la seguía mirando. La muchacha entonces se había puesto seria, en guardia contra sí misma, con una expresión que seguramente significaba Por favor, no, pero que dibujaba trazos involuntarios de Por favor, sí, sigue mirándome, aunque al final sólo haya miradas. Ella era la jungla secreta y húmeda, la aventura del navegante. De repente, alguien de su grupo señaló hacia el mostrador de embarque, donde se estaba formando un pequeño revuelo, y todos se levantaron para dirigirse allí. La mujer bajó la vista, para no sacar del secreto la intensidad de sus ojos espías, y no pudo verlo, pero supo que la campesina del mar le había lanzado a él una última mirada, encantadoramente interrogante y sin sonrisa.
Cuando los creyó suficientemente lejos, alzó los ojos. El grupo se movía con una gracilidad joven, risueña. La muchacha caminaba de la mano de un chico de pelo rubio y expresión de segura indiferencia. A su alrededor ondulaba otra pareja, otro él y otro ella con las manos sin cruzar, que envolvía en aspavientos y risas a los amantes. Los cuatro juntos avanzaban elegantes y juguetones. Como aquellos delfines, se dijo la mujer, y el pensamiento la sorprendió. Ella una vez había navegado con los delfines, sí, pero eso parecía ya tan en otra vida, que en ocasiones creía que no era ella la que se había inclinado hipnotizada sobre la borda del catamarán. Fue durante un viaje a la isla de Madeira con sus amigos de la universidad, entre los que no estaba él, ni su libro, ni un buque oceanográfico. En realidad, no había ningún “él” en aquel viaje, y sus ojos pudieron vagar libres por la lujuria frondosa de la isla. Jóvenes y libres. Tras pasar varios días riendo por encima de las nubes y jugueteando bajo el océano, alguien sugirió apuntarse a uno de esos viajes en catamarán que prometen encontrar delfines y ballenas y galápagos, para ponerlos ante los ojos de turistas de temporada. Ella no creía en esos reclamos, pero le encantaba saberse sobre las aguas sin límite, lejos de sendas y caminos, y apoyó con entusiasmo la propuesta. A ella, que en aquel viaje ya era feliz antes de pisar el catamarán, y que lo fue más todavía cuando se soltó el amarre y la embarcación sólo fue del mar, a ella, además, se le cumplió la promesa, el reclamo se hizo cierto, y aquella mañana tierna, sin esperarlo y sin extrañarse, navegó entre delfines. Primero habían sido los avisos tentativos, inciertos, Mirad ahí, a la derecha, ese punto oscuro sobre el mar. Ella, asomada sobre la borda, sabía que eran indicios de conformismo, pero formaba parte del juego. Muy lejos, casi invisibles, pero si nada más sucedía, al menos sus ojos habrían contemplado el guiño de los delfines nadando en libertad. Pero a ella, que era todavía más feliz, se le cumplió la promesa y los delfines vinieron. Estuvieron tan cerca, que si alargaba el brazo tenía la certeza de que podría tocarlos. Elegantes y gráciles nadaban bajo la red del catamarán, delante de éste, a sus costados. Jugaban a nadar más rápido, a saltar, a columpiarse en la estela de la embarcación. Eran muchos, más de lo prometido, y hermosos. Pintaban brillos de plata en el turquesa fresco del mar. Revoloteaban unos alrededor de los otros, se perseguían. Una pareja comenzó a nadar bajo los mismos ojos de la mujer. Se movían con tal facilidad, con el agua resbalando por sus cuerpos suaves y curvos, entre transparencias de colores, que la mujer miró al sol, sintió quemarse su piel caliente, y deseó arrojarse entre aquellos dos cuerpos sensuales. Olvidarse del avión de regreso a Madrid, de los exámenes de septiembre, de que su hermano se casaba en enero y de que de este año no pasaba sin que empezase a salir en serio con alguien. Olvidarse, cambiarlo todo por esa mañana de sol y agua. Ser una caricia más en el presente eterno de dos delfines amándose…
La mano de él, en una pausa entre página y página, tomó la de ella. El revuelo del mostrador comenzaba a deshacerse, malhumorado; había sido una falsa alarma, y al parecer, aún tardarían unos quince minutos en llamarlos para embarcar. Entre los que volvían a sus asientos, la mujer vio a la muchacha y su grupo, y le parecieron aún más gráciles y elegantes. Con la excusa de cambiar el volumen del reproductor, se zafó de la mano del hombre, que siguió pasando páginas en su libro. ¿Comenzaban sus vacaciones o las concluían? ¿Quiénes eran la pareja que orbitaba alrededor de los enamorados? ¿Por qué en el grupo sólo había piruetas y risas, si con toda seguridad el hombre ya estaba mirando a la joven de nuevo? Aunque quizá esta vez hubiese sido ella la primera en mirar. Seguro que lo había buscado nada más sentarse. Quería que él la mirase. Le gustaba. Su rostro, ahora serio, había renunciado a la risa a cambio de saber que aquel hombre deseaba apartarla de todos y llevársela. Con él, a cualquier parte. Donde quiera que el hombre fuese. La joven ya se había dado cuenta de que él no estaba solo, pero aún así seguiría sosteniéndole la mirada, respondiendo a su deseo y deseando a su vez. Sus ojos lo retarían, le estarían diciendo Cobarde, tú que tanto me miras, que me deseas, no vas a tener el valor de venir, dejarás que nuestro amor no nazca y te subirás a ese avión con ella, porque si te acercas aquí me iré contigo, aunque no pueda irme, ¿sabes?, ya que si lo hago mataré a este delfín rubio al que adoro, pero que no me mira como tú, desde lo desconocido, desde el camino y la vida de otro que no soy yo, así que sigue mirándome, al menos, para que yo sienta miedo ante la posibilidad cierta, pero imposible, de que tú me pidas que rompa la alegría de los que me rodean y la mía propia, mírame, mira cómo me abrazo al cuello de este chico que me ama pero que no me llevará lejos, mira cómo le dedico mi sonrisa más sensual y mi voz más dulce mientras te miro a ti, mientras te sigo mirando a ti, porque quiero que veas que no tienes derecho a mirarme, que eres un hijo de puta por no mirar de esa manera a la mujer que se sienta a tu lado, un hijo de puta porque vendrías conmigo si yo te llamara, a condición de que ella no se enterase nunca, que a ella también la miraste así muchas veces, hace tiempo, pero ella no se aferró a su vida retándote a que hicieses algo de verdad, no sólo alargar la mano desde la seguridad de tu caparazón, ella se fue contigo, a dejar a tu lado de ser un sueño, un deseo, a seguir contigo cuando el robo ya ha sido consumado y el ladrón quiere otro botín, así que mírame, ¡mírame!, al menos recuérdame durante unos minutos más que eres un hijo de puta y que te deseo. La mujer, que mientras pensaba todo esto había cerrado los ojos, fingiendo concentrarse en la música, los abrió de repente, como quien llena sus pulmones de aire después de la asfixia, y se encontró con los ojos de la joven, calmos y vírgenes, mirándola. A ella.
Sintió el calor de la sangre en las mejillas y apartó los ojos. Se supo desnuda y avergonzada, como si la muchacha hubiese presenciado todos y cada uno de sus pensamientos. Levantó la vista despacio. Los ojos de campesina seguían allí, fijos en ella con rostro de preocupación curiosa. Escuchó una voz preguntarle si estaba bien, tenía muy mala cara. Aunque así lo creyó por un momento, no era la voz de la joven la que se interesaba por ella, ni tampoco era suya la mano que acarició su antebrazo helado. No, no es nada, respondió al hombre, que había apartado su libro para atenderla, Estoy un poco mareada, creo que la comida no me ha sentado bien, mira, parece que por fin vamos a embarcar. Él, muy serio, honestamente solícito, le ofreció su brazo para caminar. El cuerpo de ella lo aceptó sin dejar hacer preguntas a su cabeza. Que el viento soplaba fuerte tras su rostro empalidecido, y podía derribarla. El único pensamiento que se hizo un camino en la marea fue el recuerdo de la mirada de la chica. ¿Y si aún la seguía mirando? Confusa, quiso soltar aquel brazo, apartarlo. Pero de reojo comprobó que la sirena y sus delfines ya no nadaban con ella, así que siguió dejándose sostener por aquel bastón con libro que caminaba y la hacía caminar hacia ese avión, cuyo destino era un buque oceanográfico en el puerto de Lisboa.
El miedo que llevaba semanas acompañándola se hizo casi corpóreo en su interior. No quería tomar ese avión. No quería decir adiós desde un muelle oxidado, ni contemplar un barco navegar hacia el horizonte, temiendo, por desconocido, el instante que se escondía tras esa frontera de agua y cielo. Vámonos a casa, mi amor, pensó mientras le miraba, apretándose con fuerza a su brazo, Llévame a nuestro sofá, a nuestro televisor, a nuestro plato favorito; dame hoy las buenas noches en nuestro dormitorio y sorpréndeme mañana con una sorpresa pequeña; no me ames al despertar, tan sólo abrázame y dime que me quieres mientras hacemos el desayuno; por favor, amor mío, déjame esperar tu llamada desde el laboratorio, y pasar a recogerte al final del día; vayamos este fin de semana a la compra, y después a comer a cualquier parte; soñemos, mi amor, soñemos sin vivir ningún sueño, pero siendo reales sobre el suelo que pisemos juntos; olvidemos los vuelos y el mar y las sirenas y llévame a casa, a la casa en la que nos atamos, y déjame vivir así para siempre; por favor, amor mío, por favor.
Señora, me permite su tarjeta de embarque, fueron las palabras que hicieron desaparecer la corrosión y la niebla. La mujer se sintió despertar. Como quien recupera el equilibrio tras un tropiezo, el suelo volvió a ser firme y la terminal ya no temblaba. Estaba caminando hacia el avión. El paréntesis había acabado. La continuidad rota por un aviso en los altavoces parecía restablecerse en sus ojos y en su cabeza. Se sintió extraña al encontrarse a sí misma derrumbada sobre el brazo del hombre, y al instante lo soltó y sus pasos se hicieron independientes y erguidos. Después del corto y rutinario pasillo hasta el avión, el saludo a las azafatas, los pequeños empujones y pausas en el camino a sus asientos y, por último, la búsqueda de un hueco donde dejar el equipaje de mano, la mujer se sentó suavemente y se abrochó el cinturón de seguridad. A su alrededor, la euforia de la inminente partida había hecho pasado los ceños fruncidos y las expresiones de resignación. Por fin todos estaban en el lugar donde habían planeado estar desde el principio, y ahora, más cerca de su inicial destino, el paréntesis del retraso se recordaba como una incertidumbre sin consecuencias perennes. La mujer, de nuevo introducida en la rutina del vuelo, se sintió más relajada. Abrió al máximo la salida del aire acondicionado, y el viento frío y artificial terminó de deshacer cualquier residuo de mareo. Él aún no se había sentado. Con la excusa de que bastante tiempo iban a permanecer quietos, esperaba siempre al último momento para hacerlo. Pero esta vez ella, completamente lúcida y sonriente en su asiento, sabía que él estaba buscando a su sirena. Se asustó ligeramente. Seguía sabiendo que él buscaba a su sirena. Querría mirarla por última vez antes de sentarse, y tras abrocharse el cinturón, volver definitivamente con la mujer. Aún así, eran las últimas líneas de su historia de amor, pensó. La joven le devolvería la mirada mientras su novio concluía con el equipaje de mano. Las azafatas comenzarían su demostración de las salidas de emergencia y allí terminaría todo. Aunque quizá tanto el hombre como su sirena prefiriesen morir poco a poco, refugiándose en el pensamiento de que, mientras el vuelo no hubiese finalizado, aún podía ocurrir el milagro de la palabra, que el valor o la casualidad se hiciese presente, se hablasen, tan sólo para un breve saludo, si cabe, y de esa manera pudiesen cerrar su sueño o iniciarlo para siempre. La mujer sabía que eran tan sólo esperanzas terminales, para no regresar de golpe. Una idea con la que enternecerse y a la que compadecer, porque en realidad, el viaje de él ya había concluido. Cuando por fin se sentó, ella le dio un beso que él respondió con una mirada de amor profundo.
Con el avión ya en el aire, imparable hasta su destino, la mujer se quedó dormida pensando que en Lisboa iban a pasarlo bien, que para eso habían decidido que ella le acompañase durante aquellos ocho días. Saldrían a cenar, pasearían por la playa y se recorrerían cada rincón hechizado de la ciudad. Iba a ser como una luna de miel. La mujer soñó. En su sueño, se asomaba por la borda de un barco, un gran ferry. De alguna forma, estaba aún en Madeira, joven y feliz, durante aquel remoto viaje con sus amigos, aunque ellos no participaban del sueño. Miraba hacia la costa en paz, sonriendo ante el chocar rítmico de las olas contra el casco. Todo era mar y aire marino, pero en un cielo otoñal, apagado aun cuando estuviese limpio de nubes. Él apareció entonces junto a la mujer, y ella lo reconoció, aun sintiéndose como si no lo hubiese visto nunca antes, como si apareciese en su vida por primera vez. Traía el mismo libro que había estado leyendo en la sala de embarque del aeropuerto. La mujer sonrió al ver como el hombre arrojaba el libro por la borda. Luego se quedó junto a ella, y ambos miraron, en silencio, hacia la costa. Frente a sus ojos pasaron acantilados gigantescos, pequeños pueblecitos con sus barcos pescadores, un gran puerto e incluso una ciudad. Todo eso lo miraron juntos, sin mirarse mutuamente. La vida entera de la isla se mostró a los ojos de ambos, que eran sólo dos, mientras él rodeaba con su brazo la cintura de la mujer, y ella recostaba la cabeza en su hombro. Los dos iban vestidos de blanco.
Pasó un tiempo difícil de medir en el sueño, hasta que él pareció sentir que aquel instante se estaba haciendo demasiado eterno. Entonces se giró suavemente y le tendió la mano a ella, invitándola a seguirle hacia las salas interiores del barco. La mujer dudó un momento, pues el barco se alejaba de la orilla, pero miró de nuevo al hombre y su promesa, y deseó acompañarlo. Ambos caminaron de la mano distanciándose del agua. Para siempre. Hasta que la mujer vio a la hermosa sirena. Allí, en el barco. Se sorprendió cuando pasó junto a ellos, con dirección a la popa. Seguro que iba a contemplar la estela que el barco dejaba lento tras de sí. Seguro que iba a decirle adiós a la isla a la que planeaba regresar algún día, aunque ahora ya no quedase de ella más que un punto cada vez más pequeño. La mujer miró al hombre con ojos despiertos y asustados. Éste comenzaba ya a desaparecer por la escalera que abandonaba la cubierta. Tras un pensamiento único que duró un segundo y que lo ocupó todo, la mujer soltó la mano del hombre y corrió hacia la muchacha. Ahí fue cuando la expulsó el sueño y abrió los ojos. Estaban descendiendo hacia el aeropuerto de Lisboa.
Tras aterrizar, él recuperó el equipaje de mano y ambos ocuparon un lugar en el torrente de pasajeros que se precipitaba a la salida. Por el camino, la mirada de la mujer se cruzó con la de la joven, que aún permanecía sentada con el resto de su grupo, sin intención aparente de levantarse. No se baja todo el mundo aquí, preguntó la mujer, y él respondió que, mientras ella dormía, la azafata había comentado que el destino final del avión era Madeira; en Lisboa tan sólo hacía escala, Por cierto, creo que la expedición del Instituto Oceanográfico tiene previsto pasar por allí, por Madeira; ojalá sea cierto, porque estoy deseando conocerla. Mientras conversaban, la joven quedó atrás y ellos ya estaban fuera del avión.
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Ocho días después, todo estaba sucediendo según lo previsto. El taxi llegó a la terminal adecuada con tiempo más que suficiente, la cola en el mostrador de facturación no fue muy larga y las puertas de embarque no estaban demasiado lejos. Entonces la megafonía anunció que el vuelo iba a comenzar a embarcar. La mujer, sola y con el reproductor de música olvidado en el fondo de su bolso, sintió por un momento la vibración de un recuerdo cercano. Pero todo estaba bien, y su vuelo con destino Madeira partió a la hora prevista.
Jose Jesus García Rueda Alcorcón 17-8-2006
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