Adiós  

Ya estoy dentro del edificio. En la oscuridad es difícil percibir el contorno del recibidor. Quizá sea por esto, pero creo que es la primera vez que no me siento intimidado por la exagerada altura del techo, flanqueado todo él por hileras de interminables cristaleras. El lugar está desierto, vacío en toda su enormidad; en las mesas de las recepcionistas las pantallas de ordenador no brillan; no hay guardias jurado paseando su aburrimiento por el recinto. Es un edificio de oficinas muerto en mitad de la madrugada.

Mientras me dirijo hacia los grupos de ascensores mis pies permanecen callados, uniéndose al silencio general, salvaguardando con su ligereza la quietud del lugar. Aunque ya no dispongo de mi tarjeta de identificación, los tornos que permiten el acceso no son ningún obstáculo. Un ruido característico me indica la apertura de uno de los ascensores. Comienzo el ascenso.

Ni siquiera sé qué planta es a la que me dirijo. Recuerdo que ella me lo comentó pero, y esto sí que es difícil de creer, lo he olvidado. En las últimas horas he olvidado muchas cosas. Da igual. Se que llegaré a la planta correcta. No creo poder ir a ningún otro sitio.

-Planta veinticinco.

No entiendo cómo hay a quien la voz femenina de estos ascensores puede resultarle atractiva.

Ya he llegado. Las dos pesadas puertas acristaladas que se cierran ante mí deben de ser las de su oficina. Entrar no supondrá ningún problema.

Éste es el lugar. Aquí es donde ella ha estado trabajando en los últimos meses. No está mal. Durante el día ha de ser luminoso y, quien sabe, quizá hasta posea algún tipo de encanto. Ahora por la noche todo es negro, desde la moqueta a las puertas de los despachos. Nada se destaca y nada se desprecia. Se me ocurre que quizá la oscuridad sea la única forma de igualdad. Observo con atención la negrura que rezuman cada uno de los objetos al intersectar mi mirada. No, ni siquiera en estas condiciones hay realmente homogeneidad. Aquel rincón del que la luz de la Luna arranca destellos blanquecinos debe de ser su puesto de trabajo. Creo que ese es el final del trayecto.

Estoy junto a su mesa. Realmente es una chica ordenada. Lápices, bolígrafos, papel, sobres de correo interno... todo parece estar situado en su lugar apropiado. Es la belleza del equilibrio, maravillosamente roto con azarosos adornos: un perrito de porcelana haciendo cabriolas sobre el ordenador, un calendario con arabescos en la estantería, una... una flor junto a una pequeña fotografía. El que está junto a ella debe de ser ese novio del que me habló una vez. Aunque lo intento, no puedo evitar el dolor: su felicidad parece rebosar los límites de la imagen.

Con lo lejos que he estado de su mente desde aquella conversación en que le dije lo que sentía por ella, resulta cómico lo cerca que su cuerpo se ha encontrado de mí. La de veces que mi ascensor se ha detenido en esta planta, cuando subía desde la veinticuatro a la treintaiuno para tomarme un café. Afortunadamente, hasta esta semana no he sabido que ella estaba aquí.

Era la hora de comer, y un revuelo despreocupado parecía invadir el recibidor del edificio. Rubén, mi compañero de trabajo, y yo nos disponíamos a atravesar los tornos de salida. Como todos los días desde hace siete meses. Como todos los días. Pero en esta ocasión mis ojos vieron a alguien a lo lejos que no debía estar allí. El corazón se aceleró aún antes de poder confirmar su identidad. Sentía la esperanza y el temor de que realmente fuese ella, y no otra fallida intuición. Con la de veces que, por un momento, me ha parecido verla caminar por la calle o charlar alegremente con algún amigo en la cafetería, para un instante después descubrir que la figura que ha incrementado el ritmo de mis latidos no era la suya. Pero en esta ocasión las dudas tuvieron una corta vida. Esa forma de rendirse su pelo ante los rayos del sol, reflejando destellos de alabanza. Esa figura grácil y elegante que sostenía el giro maravillosamente descuidado de su cuello. Pero sobre todas las demás cosas, ese rostro sereno en su hermosura de diosa, que sólo la infinita dulzura de su sonrisa hacía mortal. No, realmente no había lugar para la duda.

Así que ella estaba allí, en mi santuario sin recuerdos, en la prisión que me mantenía alejado del origen de mis sentimientos. Pero no me había visto. No pasaba nada. Ahora giraríamos a la derecha, en dirección hacia una de las puertas laterales y, al menos por el momento, allí acabaría todo.

Esa era nuestra perenne rutina, la que me evitaría el tenerme que encontrar con ella. Estaba convencido de que no sabría cómo comportarme en su presencia, reflejándome en sus ojos. No, mejor huir, darle la espalda nuevamente a mi mayor deseo. Pero hasta yo hay veces que tengo mala suerte.

Ella no estaba sola: un armario de dos puertas la acompañaba. No le presté mucha atención; no quería mirar atrás en mi huida. Desgraciadamente, Rubén sí que se fijó. Al parecer, le conocía.

-Espera un momento, que voy a saludar al chico éste.

Creo que fue en ese momento cuando la sangre huyó de mis mejillas. Por fortuna, conseguí que mis piernas no temblasen cuando comenzamos a caminar hacia ellos. Ya me había visto. Nuestros ojos se olvidaron de parpadear, mirándose entre sí. Ella no parecía sorprendida. Si mi memoria no trata de engañarme, creo que en nuestros encuentros siempre nos hemos comportado de igual forma: ella tranquila y serena, como si me estuviese esperando; yo nervioso y aterrorizado, pero al mismo tiempo gozando mi mente con su presencia.

Cuando estuvimos frente a frente, Rubén se puso a hablar con el armario, mientras yo la saludaba tratando de aparentar seguridad. Fue una extraña conversación, sin cruces: hablábamos por parejas.

-Qué coincidencia. ¿Trabajas aquí?

-Más o menos- un gesto oscilante de mi mano acompañó a las palabras. Estoy con una beca.

-Yo también. Vaya, es raro que no te haya visto nunca por aquí. ¿En qué planta estás?

-En la veinticuatro.

-Yo en la veinticinco- era algo mágico escucharla mientras buceaba en sus pupilas- aunque nos han dicho que a lo mejor nos cambian a la veintisiete.

No soy un gran conversador, pero no podía quedarme callado, sin nada que decir.

-Pero llevarás aquí poco tiempo...

-Desde noviembre.

-Yo desde enero- vaya, resulta que llevaba allí más tiempo que yo-. Y ¿qué haces?

-Pues...

No recuerdo cómo terminó la conversación. Mi memoria parece borrarse cada vez más deprisa. Sólo sé que poco después volvía a encontrarme en el camino hacia las puertas laterales, hablando con Rubén sobre cosas del trabajo. La única señal que quedaba de que yo acababa de hablar con ella era que todavía hacía esfuerzos por mantener mis piernas firmes.

Ahora mis piernas ya no tiemblan, y la palidez de mi rostro es tan sólo debida al reflejo de la Luna. Toco ligeramente el escritorio, tratando de sentir su encantadora presencia.

Su presencia, la que mi corazón, traicionando al cerebro, busca con la mirada cada día, cuando me dirijo a mi puesto de trabajo. Éste ya no es buen sitio para olvidar. Estos últimos días la frialdad de la construcción no ha conseguido protegerme de mis propias obsesiones. Mi refugio se derrumba y el aire helado de la soledad y la impotencia amenazan con matar mi alma. Necesito descansar. Descansar...

No es posible. Estos pensamientos no puedo estarlos teniendo ahora. Miro mis manos. Una tenue aura blanquecina parte de ellas, rodeándome por completo. Esos pensamientos... son del pasado. Esta mañana. Sí, esta mañana. En eso iba pensando mientras cruzaba la calle. Después... Bueno, después he estado vagando de un sitio para otro, tratando de descubrir qué es lo que me retenía en este mundo.

Vi como el conductor del autobús se agachaba histérico sobre mi cuerpo inerme. Una multitud de curiosos me observaba con ansiedad.

-Es que la gente va por la calle sin prestar atención a lo que hace.

-Sí, se ha plantado de golpe delante del autobús, y el conductor no ha podido esquivarle.

"Bueno, esto me pasa por ir siempre despistado, pensando en mis cosas". No era buen momento para bromear, pero es que me pareció cómico el ver a toda esa gente, a las ambulancias, los coches de policía, etc, pendientes de alguien que ha vivido siempre tratando de pasar desapercibido.

El aura se hace más intensa. No podía irme sin despedirme de ella, ahora lo sé. Despedirme de forma anónima, silenciosa, como ha sido mi relación con la chica más maravillosa que, desgraciadamente, no he llegado a conocer. Ya está hecho. No puedo quedarme más. Mi cuerpo es ya solamente una intensa luz blanca.

Adiós N. No sé si en el nuevo estado de vida que ahora comienzo me dejarán recordarte.

 

 

 

 

Jose Jesus García Rueda

Agosto de 1996