Caudal oscuro(Retrato de un cuadro)
Y con rabia aprieta los párpados. ¡Bórrate de una vez! ¡Desaparece! Pero las aguas siguen allí, y la noche, y el silencio. Algunas lágrimas escapan a la presión de su rostro contraído. No consiguen deshacer la imagen. Hay dos troncos verdes, putrefactos, saliendo del agua. Rompen la corriente, la desgarran en gemidos. Son dos piernas de mujer que se abren, dobladas, a la fuerza del caudal. Como una orden. Como una amenaza. Aguas oscuras, pero no negras. Si fuesen negras todo resultaría más sencillo. Acabado, muerto. No. Son de un azul intenso, profundo, lo bastante opacas como para ocultar el resto del cuerpo de la mujer de madera. Pero no negras. No lo bastante. Y así la imagen nunca desaparece. Se queda ante sus ojos, de nuevo abiertos, y en su ropa hecha jirones, y entre los olores nauseabundos del cuarto. Lo golpea. La corriente lo golpea, con cada murmullo y cada rugido. Como lo hacían las bofetadas de ella. Como lo hacían sus insultos y gritos. Como lo hacían sus miradas. Se levanta y huye. Huye de la corriente que lo atrapa en un bosque al anochecer, que le ha robado la luna. Está ciego, loco. Se mueve por la estancia como un animal herido. Cabecea, gime. La imagen lo encierra. Los dos troncos, el sexo húmedo entre ellos... Y regresaba, una y otra vez, a adorar su cuerpo, mientras ella se reía. Estúpido infeliz, ¿es que ni follar sabes como Dios manda? No, no es cierto. Sí sabe. Y la follaba, con más fuerza, el sudor corriéndole por la espalda, la expresión obsesionada. Ahora, ahora lo estoy haciendo bien. Y de la garganta de ella surgía otra carcajada. Tropieza. Una vez más. Mil veces. Ya no quedan muebles en pie. Todo está desparramado por el piso. Cristales de copas y vasos, fragmentos de jarrones, macetas y de un par de palomas de cerámica que él le trajo una vez del mercadillo. El suelo corta. Se clava en sus rodillas al caer. No grita. Sólo siente la humedad del torrente que la noche sin estrellas ha eternizado en sus ropas. Noche oscura, pero nunca negra. Gatea implorante, con mil astillas hiriendo su piel de bestia de carga. Babea. No, no, por favor, no más. Pero las patadas seguían. En su vientre, en su pecho. En sus oídos. -¡Estúpido animal! Llora, que es para lo único que vale ese montón de mierda que tu madre trajo al mundo. Hasta que la bestia asediada se desploma, sobre el costado, con un doloroso crujir de cristales bajo su peso. Aunque él sólo escuche el rumor de la corriente. El gigantesco feto se convulsiona. Una imagen viva consigue colarse por algún resquicio de su ceguera. Está allí, junto a su rostro, en el suelo. La fotografía de una joven pareja entre los restos de un marco roto. Él es un par de ojos adoradores vestidos de domingo. Ella, una hermosa mujer envuelta en tela verde. El animal se cubre el rostro con las manos y grita. Esas manos enormes, encallecidas, le huelen a asfixia, a convulsiones inútiles. Por cada dedo supura el hedor a rostro amoratado y a ojos que chillan de pánico. Las piernas de ella chapoteando en el arroyo, retorciéndose. Hasta que el agua se volvió oscura y ya no pudo ver nada más. Allí tirado, entre las ruinas de una estancia desmoronada, un grito por fin le roba la consciencia. Horas más tarde, temprano en la mañana, la Guardia Civil encontró en el río el cuerpo sin vida de una mujer. Pese a que sólo las piernas sobresalían entre la corriente, la transparencia del caudal dejaba ver el resto del cuerpo desnudo, con las huellas de unos gruesos dedos profundamente marcadas en la garganta. Jose Jesus García Rueda Madrid 8-9-2002 |