Cristales
Había un perezoso en el zoológico de Toronto. Tenía que haberlo. No era posible la ausencia de ese exótico trofeo en aquella selva civilizada, donde el verde dominaba al cemento, y el control eran finos hilos de pescar instintos. Allí, donde el hogar era un paraíso lejano que no corría ninguna prisa. Hoy el movimiento en el aeropuerto es intenso. Decenas de pasajeros corren, hablan, preguntan, mientras los aviones despegan sin pausa, acompañados siempre por los comentarios de asombro que gritan decenas de gargantas cachorras, estrujadas en forma de sonrisa contra el cristal de la terminal dos del aeropuerto de Vancouver. ¡Wow! Mira, mamá, mira ese grande que acelera. ¡Ya se levanta! ¿Y cómo es que vuela, mamá? ¿Cómo es que vuela? Yei nunca terminará de acostumbrarse al acento canadiense, y así los pequeños grititos flotan en el limbo de las ideas que se entienden fuera de la mente, sin llegar nunca a visitarla. A Yei le gusta contemplar la algarabía nubosa de estos lugares, y sonreír mientras lo hace. Y moverse poco. Y pensar mucho. Y de vez en cuando comprobar que está sentado en la puerta de embarque correcta. No hay duda: había un perezoso en el zoológico de Toronto. Estaría tras una mampara de cristal, en su pequeña jungla sin depredadores, contando aburrido los pasos de los turistas. ¿Lo has visto, hijo, has visto que animal tan raro? ¿A quién te recuerda con esos ojos alucinados y el corpachón tan torpe? Por favor, no le digas esas tonterías al niño, que cualquier día te va a poner en un aprieto. Y decenas de pequeños asienten con sus sordas cabecitas. Yei está inmóvil. Piensa en abrir su
petate y extraer ese libro que nunca lee cuando viaja, o una pequeña
radio repleta de emisoras extranjeras. Pero no puede. Está absorto,
ensimismado, y el deseo nunca fue para él un buen titiritero. Mejor
mirar, observar siempre. A los niños, a sus padres. A aquella hermosa
mujer que lo miró a él hace apenas un par de eternidades. Una mujer
que viajará en su mismo avión, a varias filas de mundos de distancia.
Observar. Observar más allá. Observar siempre. A través del cristal.
Hacia la pista repleta de vehículos de juguete y hombrecitos uniformados
de luces. Otro avión parte camino del cielo. Las pupilas del perezoso son la cueva donde Alí-Babá encontraría un tesoro incierto. El “ábrete sésamo” de una mirada profunda y compasiva, que sólo sabe mirarse a sí misma, aunque de tarde en tarde finja sentir curiosidad por el flujo de camisas floreadas y pantalones cortos que la señalan. La expresión bobalicona del perezoso se mueve despacio, testigo fiel de las evoluciones de su cuerpo. Alcanza una hoja con sus uñas de gigante, que tras varías glaciaciones llega a su boca. Y vuelta a empezar. ¿En qué piensa el perezoso mientras asciende sin pensar por la maraña de ramas? Está anocheciendo. Yei se encuentra
a once mil kilómetros de casa y está anocheciendo. Queda media hora
para embarcar, y ya desea que el vuelo comience. Debería ir al baño,
y quizá beber un poco de agua. En unas horas aterrizará en Barajas,
donde su familia lo estará esperando. Ojalá el jet-lag lo trate bien
esta vez, que mañana tiene clase a primera hora. A ver si durante el
vuelo encuentra un momento para repasarla. Tendría que levantarse e
ir al baño. Pero hay un cristal frente a él, y detrás demasiadas luces,
demasiadas extremidades en movimiento. Y esas enormes máquinas voladoras
que tienen cautivo el divagar de su mente. El perezoso se mueve por instintos lentos. No sabe a dónde va, pero su camino es siempre ascendente, hacia las ramas más finas y delicadas de la maraña. Avanza parado, como si lo llevase la energía de lo invisible. Yei lo vio. Está seguro de haberlo visto. ¿Cómo no fijarse en aquel ser de latidos rápidos y extremidades lentas, que parecía poder ralentizar el Universo? El animal se detiene en su pausa y mira con atención más allá de la jaula trasparente. Algo se mueve. Un abrigo negro y un petate, que se levantan por fin de su asiento y se dirigen al cristal. La pista ha cambiado, es diferente. El perezoso acerca su rostro a la barrera invisible, cuando Yei está apunto ya de tocarla con sus dedos. Fue sólo un segundo, pero el cristal
se volvió líquido, cubriendo de humedades abrigo y pelo, humano y bestia.
De repente Yei avanza por una pista de despegue rebosante de enrevesados
árboles y matas, mientras un perezoso confuso y asustado evoluciona
sin prisa por entre la techumbre acerada de la terminal dos del aeropuerto
de Vancouver. El hechizo fue breve, y para cuando Yei regresó de él se estaba ya abrochando el cinturón ante las indicaciones de una voluntariosa azafata. En aquel vuelo que volvía a llevarlo a casa, una y otra vez, sin remedio, al menos iba a contar con el consuelo efímero de una sonrisa de mujer hermosa, sentada en el asiento contiguo. Así, sumergido en una conversación extranjera y sin futuro, esperaba sobrevolar el zoológico de Toronto, donde el perezoso ya habría regresado a su lento deber de observar turistas. Jose Jesus García Rueda Madrid 12-12-2002 |