La gallina y el Empire State Hoy he escuchado cacarear una gallina en lo alto del Empire State. Yo estaba en la última de las terrazas, aquella a la que sólo tenemos acceso el personal del edificio, inclinado sobre el vacío por encima de la pequeña baranda. Hacía bastante frío allá arriba, como siempre, pero aún así el cacareo me ha llegado de forma nítida. Imposible confundirlo con los caprichosos silbidos de las corrientes de aire. Había una gallina cacareando en la cima del Empire State. ¿Qué pintaba allí? ¿Qué sentido hubiese podido tener esa extraña presencia en la azotea del mundo civilizado? Ninguno, estoy convencido de ello. La vida es un humorista absurdo al que no merece la pena escuchar. ---------- Han pasado cuatro días. Hoy he vuelto al Empire State. Pero lo cierto es que no he pasado de la planta baja, aunque mi credencial sigue permitiéndome mover por todo el edificio. Al entrar en el recibidor Martin, el vigilante de seguridad, ni siquiera me ha saludado. No importa, no es algo nuevo. En los últimos tiempos, hasta mis amigos íntimos pasan de largo sin hablar cuando nos cruzamos por la calle, o en algún local del centro. Supongo que no gustan de presencias embalsamadas. Pero no importa. Lo importante es que he vuelto a escuchar a la gallina. Estaba esperando el ascensor del personal cuando ha comenzado el monótono cacareo. Se oía muy cerca, aunque era imposible precisar dónde. Quizá tras una de aquellas puertas cerradas. No es que me interesen mucho las gallinas, pero lo paradójico de su presencia en aquel sitio ha encendido mi curiosidad, así que me he puesto a buscarla, alejándome del ascensor. Con la cabeza inclinada hacia delante lo suficiente como para adoptar una actitud detectivesca, pero no tanto como para llamar la atención, he comenzado a mirar en los rincones más improbables: detrás del cenicero, dentro de la papelera, en la mesita de los de la oficina turística... Tan sólo en una ocasión me ha parecido ver a la gallina caminando torpe entre las piernas de algunas secretarias. Pero la he perdido, y a partir de entonces, ni una pluma. Quizá mi oído ya no es el que era, como dicen los resignados sonrientes. No sé. El caso es que el cacareo parecía escucharse siempre a escasos metros de mí, tras la siguiente esquina, o detrás de alguna planta. En mis merodeos por los pasillos he llegado incluso a mirar con disimulo en un carrito de la limpieza. Me ha dado tanta vergüenza descubrirme haciéndolo, que me he ido a casa. ---------- Han pasado tres días. Hoy he vuelto al Empire State. Tras el no-saludo de Martin, he comenzado el ascenso. El elevador del personal no tiene ascensorista, y a esta hora los trabajadores están sentados en sus escritorios, como buenas hormiguitas, así que me encontraba solo cuando ha vuelto el cacareo. Esta vez ni siquiera me ha sorprendido. De hecho, ya me parecía hasta extraño que no se hubiese presentado aún. Era claro que la gallina no estaba en el interior del ascensor. ¿Dónde entonces? ¿Encima? No, no era ese el origen del cacareo. Provenía de un lado, como si... Entonces he detenido bruscamente la máquina. El cacareo emanaba de aquella planta. La gallina estaría al otro lado de la puerta. Cuando he salido, me he encontrado en medio del torbellino de mi oficina. De hecho, en la mesa del rincón es donde recibí, hace algunos días, la noticia de mi despido. “Vamos, alegra esa cara. La vida sigue”, me dijeron los que se quedaban. Debían de referirse a ellos mismos. Las gallinas no son muy listas. Si no, sabiéndose perseguida por mí, ¿cómo se le hubiese ocurrido venir a refugiarse en mi propio terreno? Esta vez yo jugaba con ventaja. Fingiendo saludar a diestro y siniestro, he peinado toda la planta, desde los lavabos hasta algunos despachos que antes hubiese preferido no pisar. Los corredores, la fotocopiadora, el almacén... El cacareo ya sólo podía tener un origen: la pequeña cocina. No era un mal escondrijo para una gallina estúpida. He abierto la puerta con cuidado, para no asustarla, y... ¿Dónde había podido meterse? La cocina es un cubículo insignificante, sin más acceso que la puerta que yo mismo tapaba. ¿Entonces? Entonces me he marchado a casa, de veras molesto. ---------- Han pasado dos días. Hoy he vuelto al Empire State. Pero esta vez contaba con un buen equipo. Esta vez iba de caza. No más burlas de esa gallina. En mi mochila una linterna, una pequeña palanca y hasta un fonendoscopio, que me ha costado muy caro, por cierto. Ahora ya no habría ni un solo rincón al que no pudiese acceder, ninguna puerta cerrada en cuyo secreto refugiarse. Hoy le tocaba perder a la esquiva gallina. Atento como iba a cualquier mínimo indicio del ave, ni me he fijado en Martin al pasar. Todos mis sentidos colaboraban en la caza. Dentro del ascensor me he agazapado en una esquina, escuchando, mirando. ¿Dónde está el cacareo? Vamos, ¿cuándo piensas empezar a retumbar en mis oídos otra vez? ¿Acaso es que las gallinas tenéis miedo? ¡Vamos! He llegado al fin del recorrido, cambiado de elevador en la planta cincuenta, continuado el ascenso en el bloque interno del edificio... Nada. Casi empezaba a sentirme decepcionado cuando, rompiendo mi concentración, una voz en off ha traído el anuncio del final del viaje: última planta pública, la terraza mirador. Y el cacareo ha comenzado. Ésta es la planta que sale en todas las películas, en las que casi siempre los protagonistas acaban citándose aquí, esperando recordar quién sabe qué cosa. Es la planta de los turistas. El lugar donde sacarse la foto y decir “yo estuve en el Empire State Building”. No me gusta. Hay demasiada gente. Sólo una vez accedí a traer a mi exmujer, cuando aún no lo era, y a mis hijas, cuando aún sí. Además, la vista de Nueva York desde aquí es espantosa. Desde esta altura el monstruo invivible, lleno de hormiguitas muertas, no puede esconderse. Al final deberé reconocer que la gallina es el más inteligente de los animales. Allí la caza iba a resultar imposible, en la práctica. No había un solo rincón sin ocupar por un par de pies viajeros o una cabeza embobada. Como pude traté de abrirme paso entre la amalgama de abrigos, bolsas y cámaras fotográficas, que no se quejaban de mis codazos y pisotones. Aunque mi equipo no tenía aquí ninguna utilidad, quizá pudiese lograr algo si miraba en los escondites estratégicos, como la base de los telescopios de moneda o las estanterías de la tienda de recuerdos. Nada. Al final estaba tan cansado, que me he marchado a casa. ---------- Hoy estoy en lo alto del Empire State. Ha pasado un día. Mi acreditación está apunto de caducar. Hoy el cacareo no ha interrumpido mi ascenso, y así he llegado hasta la última de las terrazas, aquella a la que sólo tenemos acceso el personal del edificio. Esperaba escucharlo en el recibidor, en los ascensores o en la terraza mirador. Pero no vino. Y no vendrá. Creo que la gallina ha decidido que no merezco la pena. Hay mucho viento aquí arriba, y no puede oírse nada. Mis compañeros hace rato que habrán terminado el turno. Estoy inclinado sobre el vacío, por encima de la pequeña baranda. Jose Jesus García Rueda Febrero de 2003 Madrid |