Mariposa nocturna Se va a morir, y me pregunto si ya lo sabe. Trata de encontrar un resquicio en el cristal que protege la llama, un camino que la lleve hasta allí. Entró hace un rato, por la ventana que da al paseo, pocos segundos después de que yo encendiese la lamparita de aceite. Huía de la noche. Hoy no hay luna, ni estrellas, y este viento del norte le habrá hecho volar a la deriva. Pero ahora está aquí, obsesionada por el calor de la luz. Mi pequeña mariposa se va a morir. Sólo tengo que levantar el cristal protector de la lamparita, abrirle el camino hacia la llama. Lo anunció durante la cena, hace meses, como para romper un silencio que ya parecía alargarse demasiado. En tiempos de guerra la gente habla poco, aún cuando el campo de batalla esté lejos. Quizá sea respeto, quizá miedo; o quizá sólo se preparan para recibir las malas noticias que siempre parecen apunto de llegar. Me he alistado. Esas fueron sus palabras, las que todos escuchamos como no queriéndolas oír. “Marcho a la guerra de España”. Su madre agachó la mirada, y yo busqué la mano cálida y firme de él, tratando de aplacar con ella mi ligero temblor. Se marchaba a buscar la muerte, y yo sólo podía temblar. Mi pequeña mariposa es fea, con sus alas tiznadas y ese cuerpo contraído y frágil, pero todo lo compensa su candidez. Su fe ciega en esa llama que va a matarla. En sus manos ha puesto la poca vida que le queda. Vuela alrededor de la lámpara, venerando su luz inaccesible como a una idea que alcanzar. Como a un sentimiento que vencer. Si su condición de insecto se lo permitiese me odiaría, por no tener valor para retirar el vidrio y dejarla así conseguir ese calor que la matará. Más tarde, en privado, sobre un lecho de sábanas frías, mi temblor se transformó en llanto. Abrazada a él, le supliqué que me llevase a su lado. No podía pedirle la renuncia a sus ideas, no podía cortar así sus alas de ángel de paz. Pero sí podía rogarle que me dejase formar parte de ellas, que me llevase con él al frente. Que me permitiese a mí también luchar por lo más importante. Luchar por estar a su lado. Yo lo seguiría ciega y sonriente a cualquier infierno por el que transcurriesen sus horas. Él me miró, como sólo puede mirar la ternura misma. Mis lágrimas empapaban sus ojos y su sonrisa. Hundí el rostro en su pecho cálido, buscando evaporarlas. Afuera, la noche era inusualmente fría para estar ya tan avanzado el mes de junio. Su abrazo entregado ahogaba escalofríos. Una semana después ese mismo abrazo se repitió en un andén solitario. Soplaba un fuerte viento. Él partía. ¿Qué te ocurre, pequeña mariposa? ¿Qué tienes? ¿Por qué ese vuelo desesperado, de repente? Tu luz sigue ahí, ¿no la ves? ¿Contra qué combates, pequeña? ¿Para qué tanta lucha? Hay barreras invisibles, ¿sabes? Nos apartan de nuestra vida, y no podemos plantear batalla. Porque ni siquiera las vemos. Porque lo único que ganaríamos es golpearnos una y otra vez, hasta la locura, contra ellas. Como haces tú, mi amiga. Como haces tú. Recuerdo que, tras su partida, corrí a nuestro hogar de recién casados y me dejé consumir por la histeria. No hubo cajón que no vaciase, no hubo estancia libre de mis manos y mi demencia. Buscaba. Buscaba. Algo. Cualquier cosa. Una pequeña foto, un pedazo de tela. Algo suyo. Sí, algo que no hubiese visto antes. Algo para descubrirlo aún, aunque lejano, no para recordarlo. Me movía frenética, con la mirada perdida y los dedos atenazados. Y no encontraba nada, ¡nada! Sólo basura. Su ropa, sus cigarrillos, sus libros... ¡Todo pasado! ¿Es que no había dejado nada vivo? ¿Nada que yo pudiera hallar? Hasta que apareció. Estaba envuelta en trapos, escondida en una grieta de la despensa. Aquella era, con seguridad, la pistola que una vez me contó haberle robado a un policía, durante una manifestación estudiantil. ¿Ya estás más tranquila, mariposita? Ya no debes preocuparte por el viento del norte, ni por la falta de estrellas y de luna. Aquí dentro has encontrado tu propio sol. El que te traerá la muerte. ¿Sabes mariposita? Hoy ha llegado una carta. El mensajero ni siquiera me ha saludado al entregármela. Te he comentado lo silenciosa que es la gente en tiempos de guerra. Era una carta del Ministerio de Asuntos Exteriores. Pero, ¿qué haces, mi pequeña compañera? No, no te acerques a la pistola. Tú ya tienes tu luz. La pistola es mía. Raoul está muerto, ¿sabes? Encontraron su cuerpo en una cuneta hace un par de semanas, junto con otros fusilados. La pistola está cargada. Yo misma he introducido la munición. ¿Crees que será muy difícil quitar el seguro? No, claro, perdona: tienes otras obsesiones en que ocuparte. Ahora lo entiendo: desde el principio sabías que ibas a morir. Lo sabías. Tranquila, ya queda poco. Sólo dame un minuto para que pueda retirar el cristal protector... |