TARTÁN Autor: Jose Jesus García
Rueda “Siempre hay un rumor
de gaitas en Escocia. No es un tópico, sino una vibración constante
en cada retazo de viento. Una vez que los pies del viajero acarician
las historias de la vieja Edimburgo, las gaitas ya no cesarán en su
música hasta que abandone el sueño de las Highlands. El sueño imperecedero
de la magia.” No parecía
tan diferente, en realidad. Al menos por escrito. El mismo vocabulario,
la misma construcción de frases... Posiblemente, las mayores diferencias
estarían en el acento, claro. Su padre siempre decía que las vacas lanudas
de las Highlands hablaban un inglés mejor que el de sus dueños. Aunque
Virginia no lo cree. Es imposible que la autora, una tal Sara McLuhan,
hable peor que una vaca. Las palabras de su libro son tan hermosas...
Su padre tenía que estar equivocado: Virginia estaba segura de que ella
entendería sin ninguna dificultad a los escoceses. ¿Qué hora
era? La última vez que había mirado el reloj, aún quedaba más de una
hora para la comida. Pero era consciente de que allí, tumbada boca abajo
en su cama, las rodillas dobladas y los pies cruzados, el tiempo tendía
a desaparecer con facilidad. Sobre todo desde que se decidió a leer
el libro, regalo de sus padres antes de marcharse. Fue en
el aeropuerto, en el último instante, cuando se disponían a pasar por
el control de equipajes. Su madre la miró sonriente, como tratando de
cambiar el gesto malhumorado que había aparecido en el rostro de la
niña. Pero esta vez no lo iba a conseguir. Sus padres la abandonaban.
Por primera vez en su corta vida plagada de viajes, ella quedaba atrás.
Ni por lo más remoto pensaba permitir que se llevasen el consuelo de
saber que la pequeña Virginia por fin comprendía. No, la sonrisa estaba
vetada hoy. Su padre
susurró algo en el oído de su esposa, evitando así que la esperanza
llegase a morir del todo en la mirada de la mujer, y ésta se apresuró
a extraer de su bolso de viaje un pequeño paquete. Sus movimientos eran
torpes, pues un par de pequeñas lágrimas difuminaban su visión. “Estas
prisas...”, murmuró. “Virginia”. Una pausa. La niña ni siquiera miraba.
“Virginia, esto es para ti. Espero que te guste. Utilízalo para viajar
con nosotros durante el verano, ¿de acuerdo?”. Virginia giró el rostro
pecoso hacia su madre, llenos de furia sus ojos verdes. Si por un momento
había vacilado, faltando muy poco para que saltara, los ojos cubiertos
de lágrimas, al cuello de su madre, ahora sólo deseaba arrojar al suelo
de un manotazo aquel señuelo y gritar. Gritar con rabia, como no había
gritado en su vida. Poner a aquel par de traidores en evidencia, ver
cómo su padre miraría a todos lados, tratando de excusarse, mientras
su madre se reclinaría, intentando hacerla callar con gestos lastimeros. Pero no.
El silencio era un castigo más cruel, haciendo que sus padres se sintiesen
aún peor que ella. Si es que eso era posible. Fue un
largo silencio, sin duda. Y en extremo resistente. Nada pudo contra
él el brazo que su padre pasó sobre los hombros de su madre, mientras
ésta apretaba temblorosa la cabeza contra su pecho. Tampoco pudo doblegarlo
el ver cómo su figura siamesa se ahogaba en un torrente de prisas y
maletas. Sus labios no se despegaron durante todo el trayecto de regreso.
Ni siquiera las bromas de Ramiro, el chofer del colegio, le hicieron
titubear. Su resolución era inquebrantable: todos sabrían cuán infeliz
la pequeña Virginia era capaz de ser. “¿Qué hora es?” La niña miró de
soslayo el reloj de la pared. “¡Y veinticinco!” Se incorporó de un salto
y se arregló el uniforme como pudo. La falda de tartán rojo tenía casi
tantas arrugas como Sor Nuria, la profesora de geografía, y la blusa
blanca... En fin, no importa; peor era llegar tarde a la comida. ¡El timbre
de llamada! Ya le extrañaba no haberlo oído. Ese estruendo significa
que tiene dos minutos para recorrer el largo pasillo sin ventanas, bajar
por las estrechas escaleras de caracol hasta la planta baja, atravesar
el recibidor, abrirse paso entre el resto de cuerpecitos cuadriculados
y ocupar su lugar en el extremo derecho de la segunda mesa, entre los
ventanales que dan al patio y el aparador con los cubiertos. ¡Ah! Y
por supuesto sin olvidarse de cerrar despacio sus “Sueños de las Highlands”,
así se llama el libro, acariciándolos por última vez antes de empezar
la carrera. Virginia,
perdida en la algarabía del comedor, que llega puntualmente en grandes
pucheros pasados de moda, no puede remontar el vuelo. Si lo hiciese,
si se elevase sobre el revoloteo de orquillas, coletas, calcetines tobilleros,
faldas tableadas y petos con tirantes, descubriría un paisaje cuadriculado:
cuadros grandes, los coloridos manteles; cuadros pequeños, los caminos
de baldosas sonrojadas que se cruzan enmarcándolos. Una tela exótica
que poco a poco va llenándose de migas.
______________ “Cuando el grupo de
viajeros ve su primer kilt, las cámaras de fotos parecen multiplicarse
de repente, condensando en un tamborileo de
“clicks” todas las miradas de curiosidad y las sonrisas maliciosas.
“¿Qué llevan los hombres debajo de la falda?” es, como siempre, la pregunta
inmediata. El guía, divertido, ni siquiera se molestará en aclarar de
nuevo que no es una falda, sino un kilt, la prenda más elegante que
un escocés puede lucir, fabricada con el mejor tartán del mundo. Simplemente
girará la cabeza, los ojos entornados, y regalando una sonrisa pícara
a las damas murmurará: “Nada”.” -
Oye,
¿todavía no hablas? La voz
proviene de una maraña de pelos rubios que juegan a esquivar un plato
de legumbres. Virginia presume que bajo ellos hay una niña, aunque en
todo caso menuda, superada por los pliegues de una blusa que es como
una carpa, definitivamente, sin cuerpo debajo. Sólo una voz, que lo
intenta de nuevo: - Oye, llevo ya un mes sentándome frente a ti en el comedor, y no has dicho ni una palabra en todo ese tiempo. Eres un poco aburrida ¿sabes? Te estás haciendo famosa en el colegio, Virginia. Porque esa eres tú, ¿no? Leí tu nombre el otro día en la puerta de tu dormitorio. Oye, ¿me escuchas? Sí, Virginia
escucha. No quisiera hacerlo, pero a los trece años es difícil mantener
un enfado durante varias semanas. De hecho, está deseando responder.
Ella también sabe su nombre. Se llama Marta. Se lo ha a oído a ese grupo
de alborotadoras con las que va. Le cae bien. A Virginia le encanta
su acento, porque es muy parecido al de su madre. Le gustaría decirle
que los rumores que corren por el colegio no son verdad. Sus padres
no son extranjeros. Aunque en realidad su padre sí lo es. Un londinense
viajero, como buen inglés, que se pasa la vida practicando el juego
de la oca entre todos los rincones y rinconcitos de Europa. Es que es
un militar de alta graduación, miembro activo de varios comités de la
NATO (perdón, la OTAN). Pero su madre no. Su madre es de aquí. De un
pueblecito cerca del colegio. Por eso ha venido Virginia: siendo ésta
la primera vez en que su hija no podía acompañarles, quería que al menos
pudiese aprovechar para conocer sus queridas montañas asturianas, y
su frío, pero sincero, Cantábrico. Marta hace mal en pensar que Virginia
no la escucha. Al contrario: nada le apetece más que preguntarle por
su pueblo, pues ya ha averiguado que también es de los alrededores,
y por esta comida tan pesada hecha con judías, que les sirven día sí
y día también. Y, además, trataría de recordar el nombre del pueblo
de su madre para ver si Marta lo conoce. Y oye, ¿qué soléis hacer los
fines de semana? Y los chicos de la zona, ¿son guapos? Ella, a su vez,
le contaría que es increíble cuánto se parece esta tierra a Inglaterra.
Bueno, con la diferencia de que en este lugar todo son montañas, y allí
no hay ni una. Pero por lo demás... la vegetación inagotable, la lluvia
constante, la apariencia de la gente,... Aunque aquí parecen más alegres,
eso sí. Ha leído en su libro que los escoceses sí son gente divertida.
“Además, Escocia tiene montañas. ¿Sabes algo de Escocia, Marta?” Pero lo
que a la postre hace Virginia es fruncir el ceño y continuar mirando
fijamente el plato. Está harta de todo, se dice: de esta comida (¿es
que nunca se le acaban las judías a la cocinera?), de esa escobita con
uniforme que se empeña en sentarse frente a ella y no parar de hablar,
de ser tan débil,... Escocia.
¿Dónde estarán sus padres ahora? ¿En Inverness, en Glasgow? ¿Contemplando
la cumbre del Ben Nevis? Su mano busca con disimulo bajo la mesa, en
el bolsillo de su falda. ¿Dónde está? Debería haberlo cosido al uniforme
para no perderlo. Ya, ya lo tiene. Sus dedos ya lo tocan. Tanteando
ciegos, tiran hacia sí de la tela. La estrujan. Por fin la siente en
su mano, apretándola con fuerza. El ceño se relaja. Con qué gusto cerraría
los ojos, soñando cómo encontró aquel pedacito de cuadros entrelazados. Tartán
original, de Escocia. Y no esa irritante imitación con que fabrican
estos estúpidos uniformes que les hacen llevar. La superioridad se ve
incluso en el color: más apagado, más serio; más acorde con los héroes
highlanders. Seguro que este trozo de tartán, deshilachado pero todavía
noble, pertenecía al kilt de algún apuesto soldado de la Guardia Real
Escocesa. Un soldado que una noche fue enviado a las costas de la España
céltica, a cumplir una difícil e importante misión. Un soldado que llegó
a la playa en una barca sin luces, hablando inglés con un acento que
Virginia no había oído nunca. Fue dos
semanas atrás, cuando la niña acababa de descubrir que la pequeña puerta
metálica situada en el extremo norte de la muralla de piedra, no se
cerraba nunca. Ni siquiera por la noche. Se lo había oído decir a las
mayores, en el taller de manualidades, cuando intentaban asustar a las
respondonas enanas contándoles que cualquiera podría entrar por la noche
en el edificio y llevárselas, resultándole además muy divertido observar
el escaso efecto que estas antiguas patrañas tenían en las nuevas generaciones. Sonriendo divertida, al menos internamente,
no dio mucha importancia a lo que había escuchado. Hasta que con la
oscuridad regresó el resentimiento y la rabia. Tras estar durante largos
minutos intentando taponar las lágrimas con la almohada, se incorporó,
cogió la chaquetilla de lana que colgaba detrás de la puerta y, como
un huracán silencioso, caminó a tientas sobre los rayos de luna que
acompañaban la soledad del edificio. Se escaparía
por la terraza del recibidor, donde en las pocas tardes sin lluvia les
estaba permitido salir a jugar. Las pesadas puertas de cristal se abrían
sin llave desde dentro, por lo que la única precaución a tomar era evitar
que volviesen a cerrarse antes de su regreso. Una silla metálica se
convirtió en su perfecto aliado. Fuera,
la noche era oscura, pero cálida y seca. Aunque el cielo sin nubes dejaba
al descubierto un mar de estrellas, su luz no sería suficiente para
alcanzar sin percances la puertecita en la muralla, así que Virginia
no tuvo más remedio que encender la pequeña linterna que yacía oculta
en el bolsillo de la chaqueta desde la misma noche en que llegó al colegio,
cuando amenazaba mentalmente al mundo con fugarse, correr hasta algún
pueblo costero y tomar allí un barco hacia la Gran Bretaña. El pequeño
círculo de luz despierta en su memoria los detalles del camino. El comienzo
de la aventura sería fácil: una vez sorteado el montón de arena donde
juegan las pequeñas y el par de troncos caídos que sirven de “salón
de té”, sin té, para que las quinceañeras sueñen en voz alta con esos
ojos masculinos que dejaron fuera, el resto del trayecto hasta la puerta
de metal es un despejado caminito de tierra, hoy por fin libre de barro,
cuyo único peaje son algunos matojos que el jardinero ha dejado crecer
a su capricho junto a la puerta. Algunos
arañazos, un empujón, un chirrido apagado y... la orquesta de olas dormidas
le da la bienvenida. Fuera de
los límites del colegio, sobre el sendero que baja hasta la cala, la
noche parece más luminosa. Las estrellas revolotean juguetonas, robándole
pequeños destellos a la espuma, para depositarlos después sobre las
rocas que bordean el camino. Quizá, después de todo, la noche sí que
tenga luna. Al principio,
Virginia quiere tocar el agua. Salir corriendo, devorar el camino y,
tras volar sobre la arena, sentir en sus dedos ese frío que viene de
las tierras del norte. Pero no es tan valiente. Bajo los reflejos y
la espuma, las aguas negras protegen la intimidad de los demonios nocturnos.
No, mejor quedarse en la mitad del trayecto, acuclillada sobre una pelada
roca. Desde allí, todo es suyo: el agua, la arena, el cielo, ese horizonte
que no llega a distinguir. Un horizonte indefinido sobre una distancia
indefinible. La niña
piensa que así debe de ser mirar el lago Ness de noche. Al menos si
uno lo hace desde algún lugar no conquistado aún por los pubs locales.
Un lugar como las cercanías de aquella casa solitaria, en la orilla
este del lago, de la que dicen que está embrujada, y en la que nadie
puede pasar una noche entera y pretender seguir vivo a la mañana siguiente.
Si ella estuviese allí, buscaría una roca como la que en este momento
la sostiene, miraría hacia el corazón negro del lago, la casa embrujada
a su espalda, y gritaría en un susurro: -Nessy... Y otra
vez, en voz aún más queda: -Nessy... Está convencida
de que los monstruos mitológicos tienen muy buen oído, y no gustan de
ser llamados a voces. -Nessy... Entonces,
cuando el menor remolino de agua le indicase que su milenario amigo
ha llegado, comenzaría a contarle, no sin antes saludar con toda formalidad
y respeto, que por fin está en la tierra de los sueños, y que espera
quedarse en ella, quizá para toda la vida. Tendría que pedirle consejo
sobre las costumbres del lugar, y sobre cómo tratar a la gente, él que
la conoce desde hace tanto tiempo. ¡Ah! Y también necesitaría que le
recomendase un buen sitio para vivir, sobre todo durante el frío invierno.
Pero, eso sí, desde donde cada noche pudiese contemplar el lago. Quizá
una antigua casa de piedra con tejado de paja oscura. Una casa que haya
estado allí siempre, y de cuyas paredes nunca se alejaría demasiado. En la cala
se ha levantado algo de brisa. ¿Es por eso que vibra el agua? ¿Qué es
ese lejano murmullo que ha devuelto la sal al mar que contempla? Hay
una sombra cubriendo la espuma. -¿Ness...? Todo ocurrió
muy deprisa. Un vehículo llegó a la cala desde la carretera lateral
que se oculta tras los acantilados de la izquierda. Sus dos ocupantes
descendieron ágilmente y corrieron hacia la orilla, donde tres hombres
trataban de sacar del agua una lancha fueraborda. En la oscuridad casi
total, las cinco sombras parecieron saludarse un instante, comenzando
sin demora a descargar los voluminosos bultos que deformaban la figura
de la lancha. Entre juramentos
inaudibles, el traslado de los bultos al vehículo, que parecía un todo-terreno
de mediano tamaño, no duró más de cinco minutos. Después, más lentos
sus movimientos y más sonoras sus palabras, los cinco se reunieron a
hablar brevemente. La brisa llevó hasta Virginia una conversación hecha
jirones. Ahora una palabra en español, después dos gruñidos, al poco
rato tres ladridos en... ¿inglés? ¿Es inglés lo que hablan los ocupantes
de la lancha? Pero ese acento tan extraño no se parece al de su padre,
que pasó gran parte de su infancia en Gales, ni al inglés pulcro y musical
de su abuela, típico de las clases acomodadas londinenses. Se hace difícil
de entender, con esas terminaciones abruptas, y un ritmo que se acelera
al terminar cada frase, precediendo a la gran pausa final. Pero es inglés,
no hay duda. Hablan
del estado del mar, del barco que les espera, de que antes del amanecer
han de estar en aguas internacionales. Hablan de que, por esta noche,
el trabajo ha concluido y todo ha salido bien. En respuesta, el conductor
del todo-terreno les ofrece un cigarrillo. La luz breve del mechero
deja entrever ropas que recuerdan a las que Virginia ha visto en tantos
cuarteles. Un clic,
y aparece una camiseta verde. Otro clic,
y ahora son unos pantalones de camuflaje lo que vislumbra. Un tercer
clic y... la llama dibuja un par de ojos azules, una melena rubia que
no logra ocultar los recios hombros, y un rostro joven de rasgos delicados. Instantes
después el todo-terreno ha desaparecido, y la lancha devuelve la espuma
a su lugar. Virginia
respira, quizá por primera vez en varios minutos. Nada ha ocurrido:
las olas duermen de nuevo, lamiendo las heridas de la arena, mientras
las estrellas silban y disimulan. El mechero
vuelve a encenderse una y otra vez en la memoria de la niña. Le muestra
de nuevo la mirada de esos ojos venidos de lejos. Le permite ocultar
sus manos en aquel pelo rubio, mientras unos brazos fuertes la levantan,
llevando su rostro junto a una sonrisa de acento extraño y dulce. Un ligero
temblor. La noche se hace fría. Virginia se pone en pie, se abraza.
El viento hace volar su pelo hacia la sombra del colegio. El mar, la
arena... Y Virginia corre. Salta de la roca, borra la distancia. El
aire arranca lágrimas de sus ojos. Ya están sus pies manchados de arena,
ya mojados y fríos. Se detiene. Respira deprisa, jadeante. El horizonte
aún sigue oculto, las aguas oscuras. Da un paso atrás. No queda nada
que sus ojos puedan percibir. Otro paso
atrás. Y otro. Un momento, ¿qué es esto? No es tacto de arena lo que
siente su pie derecho. Virginia agacha la cabeza, curiosa. Es un pedazo
de tela. Allí, donde todavía están frescas las huellas de botas, y las
cinco colillas yacen apagadas. Ojos azules, pelo rubio, hombros recios. La niña
recoge la tela. Con dificultad distingue su patrón cuadriculado, una
multitud de caminos que se pierden en fronteras deshilachadas. Es tartán.
Como el de su uniforme. Pero éste es de verdad. Lleva la tela a su boca
y la besa. Sonrisa dulce con acento extranjero. -¡Eh! Virginia,
¿me vas a decir algo o qué? ¿Sabes que las chicas ya te llaman “la Alucinada”?
Oye, ¿qué haces? ¿Qué tienes en el bolsillo? Nada. Virginia
no tiene nada. Nada que se pueda tocar.
____________ “Sin duda, lo más bello de Escocia son sus castillos. Todo
el país está plagado de ellos, recuerdos de una historia de guerras
interminables. Pero sus piedras por fin descansan. Ya no resisten asedios
o albergan ejércitos. Ahora son calderos en tierras de magia. Los hechizos
nacen en las ruinas de Urquhart, el viejo vigilante del lago Ness, y
de allí parten a todos los confines de las Highlands. En su camino se
alimentan con los espíritus inmortales de castillos como el de Eileandonan,
donde aún se escucha rugir a los héroes highlanders, hasta que, finalmente,
todo embrujo se reúne en el de Edimburgo. Gigante de piedra que, desde
las alturas y entre fuegos de artificio, vigila por siempre las fuentes
de la magia”. No es fácil
volar en un día como hoy. El aire está húmedo, orvalla muy levemente
y las gotitas van, poco a poco, acumulándose en las plumas. Eso no es
problema para un ave marina, desde luego, pero sí hace la tarea del
vuelo más incómoda y fatigosa. El aire caliente escasea en estas mañanas
grises, lo que obliga a las gaviotas a mover con frecuencia sus alas.
Y entonces volar ya no es un placer. En días
así, es extraño que las gaviotas abandonen las cercanías del agua: el
mal tiempo revuelve las olas, y esto hace aumentar el número de pequeños
pececillos que, aturdidos, se acercan a la superficie. En días así,
las gaviotas sólo vuelan para ir de mercado. Pero hoy
una ha sentido curiosidad. Harta ya
de disputarse la comida con sus hermanas mayores, ha decidido hacer
el primer viaje de su corta vida a ese montón rectangular de roca, salpicado
aquí y allá de agujeros que, al llegar la noche, ella ha visto brillar
con más intensidad que el mismo sol. Por precaución,
se aproxima a la imponente estructura volando muy alto, para evitar
la proximidad de las paredes del acantilado que le impedirían ver con
claridad su objetivo. Ella, que se ha adentrado en más de una ocasión
decenas de kilómetros en el mar, con la intención de robar algún pequeño
trofeo a pescadores despistados, se siente ahora intranquila al acercarse
a esa montaña de caras planas y aristas afiladas. Más allá
de suspicacias y temores, el punto de vista de la gaviota es sin duda
privilegiado. Ninguna niña ha tenido nunca la oportunidad de observar
desde las alturas el viejo caserón que es su colegio, dominando orgulloso
la totalidad del mar. Cuando
los humanos, siempre pegados a la tierra, alcanzan la puerta principal
del edificio por la carretera privada que trae hasta aquí, sólo pueden
ver los inmensos portones de roble, a los que se accede tras superar
tres pequeños escalones, bajo la sombra de un balcón acristalado desde
el que la directora, parapetada tras unas gruesas cortinas, vigila la
llegada de los, por lo común, lujosos vehículos. Aunque, si uno se fija
bien, es posible incluso atisbar las fachadas laterales, este y oeste,
dos murallas de un par de metros de altura formadas por setos tupidos
y densos, que disuaden sin dificultad al perezoso. No han de darse facilidades
a quien pretenda espiar a las niñas. Al llegar
desde el aire la impresión es muy diferente, aunque la gaviota no sepa
apreciarlo. La sencilla planta rectangular, cuya geométrica monotonía
sólo rompe la terraza que a ras de suelo sobresale en el ala oeste,
sustenta un rotundo edificio de tres pisos, más una hilera de ventanitas
semienterradas que se corresponden con los almacenes del sótano y con
las cocinas. Sobre ella, los grandes ventanales de la planta baja, pensados
para guiar al interior la escasa luz de un sol tacaño. Es esa la luz
que baña las aulas y el comedor. Menos diáfano es el primer piso, horadado
a intervalos regulares por las ventanas de los dormitorios de las niñas.
¿Cuántas hay? ¿Quince? ¿Veinte? En todo caso da lo mismo: demasiado
monótono para llamar la atención de una gaviota. Es más interesante
el tejado de pizarra gris, casi negra, por el que asoman, además de
dos grandes chimeneas, un conjunto de simpáticos balconcillos donde
el servicio pone a secar ropa interior y camisetas, marcando así la
propiedad de cada una de las pequeñas habitaciones que hay detrás. La gaviota
se mantiene algunos segundos flotando cerca del tejado. Busca un lugar
donde posarse. Algo que excite su curiosidad. Descartados los árboles
y setos que rodean el colegio, esos son para otro tipo de pájaros, se
aplica a escoger algún emplazamiento en el conjunto del edificio, que
al fin y al cabo es lo que la ha traído hasta aquí. Los balconcillos
son una buena opción pero... la mayoría están cerrados a estas horas.
¿Qué queda por investigar? Extraña forma de pensar la de las aves, que
deja para el final lo que cualquier humano siempre pondría primero:
la torre. Ese cubo de dos plantas, con el tejado almenado, que rompe
la simetría en la esquina noroeste. Un prisma con cuatro ventanucos,
pensados para espiar con disimulo a la rosa de los vientos. El apéndice
caprichoso que hace más de un siglo un burgués romántico, el primer
dueño del caserón, mandó incluir en los planos de la edificación, como
lugar desde el que soñar mirando al horizonte, y recuperar así, por
la noche, el tiempo perdido en sus fábricas durante el día. ¿Quién
sabe qué extraño atractivo tienen los pequeños agujeros para algunas
aves? Da igual si pueden abarcar todo el paisaje con su vuelo. Al final,
siempre terminarán acurrucadas en el fondo de una pequeña cavernita. La gaviota
da un par de vueltas a la torre. Con sus ojuelos nerviosos y el semblante
muy serio, curiosea a través de los ventanucos. En el interior distingue
una pequeña figura acuclillada, casi inmóvil, pero viva, le dice su
instinto. La figura levanta la cabeza, sobresaltada, y la mira fijamente
a los ojos. Volverá más tarde. El corazón
de Virginia late con fuerza: ese pájaro le ha dado un buen susto. Ha
ido a aparecer cuando más embelesada estaba contemplando a su héroe
escocés. Con delicadeza,
vuelve a fijar sus ojos en la postal, medio envuelta ésta en el pedazo
de tartán que encontró aquella noche en la playa. Es la fotografía de
un soldado de la Guardia Real Escocesa, marcialmente inmóvil junto al
acceso al castillo de Edimburgo. Su mirada, dura y perdida, hace olvidar
lo extravagante de su atuendo: una pequeña gorrita a cuadros rojos y
blancos, cubriendo el cabello rapado; una chaqueta verde, de estrechos
hombros y largas mangas, profusamente decorada con botones dorados,
medallas y hasta un cinturón blanco, a juego con los delicados guantes;
en el otro extremo, unas botas de gruesa suela y recio tacón, casi ocultas
por un par de cobertores también blancos, que encuentran su continuación
en dos medias del mismo color, coronadas por debajo de las rodillas
con más cuadros blanquirojos. Y en el medio, el broche que destaca el
conjunto: el kilt. Un kilt sobrio, como corresponde a un uniforme de
gala, con el mismo tono verde, serio y austero que el tartán que la
niña sostiene entre sus manos. No es,
desde luego, la estampa de un guerrero la que se recorta, junto a su
también verde garita, frente a las murallas del castillo. Pero sí la
estampa de un héroe. Virginia ve en el guardia el mismo pelo rubio,
aunque mucho más corto, los mismos ojos azules, que ahora ya no chispean,
y aquellos hombros robustos, a duras penas contenidos por la chaqueta. La postal
llegó un par de días después de que el misterioso visitante nocturno
dejase olvidado sobre la arena aquel pedazo de tela que, ahora estaba
claro, debía haber pertenecido sin duda a su uniforme. La enviaban sus
padres desde la capital escocesa. Pese al anhelo con que la había estado
esperando, al ver la imagen casi se olvidó de leer el texto que su héroe
traía escrito a la espalda. Pasó con prisa sobre el escueto “Hola cariño.
Esto es precioso. Estamos muy bien. Te echamos de menos. Tus padres”.
Al fin y al cabo, no aportaba nada nuevo: a todas luces, era su madre
la autora de estas líneas. Se respiraba en ellas esa mirada triste que
siempre la acompañaba en los últimos tiempos. Y su padre, también como
era costumbre desde hacía algunos meses, estaba ausente. Nada nuevo.
Nada comparable a ver su sueño convertido en imagen. De inmediato,
aquella postal pasó a ocupar un lugar preferente entre sus tesoros:
en la última página de su libro, junto a la foto de su madre y el pedazo
de tartán, que reposa allí los escasos momentos en que no está en su
bolsillo. Esta mañana
Virginia ha madrugado. Hoy es sábado y no hay clases, por lo que puede
dedicar todo el día a mimar sus sueños. Sin perder ni un solo minuto.
Así que, con las primeras luces del amanecer, se despierta, lo cual
no es fácil cuando los rayos de sol que entran por su ventana no brillan,
y tras asearse y vestirse con rapidez, se ha tumbado en la cama, en
su postura favorita, comenzando a pasar despacio las hojas del libro.
Muy despacio. Rescata una palabra aquí y otra allá, atiende a cada brillo
del papel, pasea por cada fotografía. En una página, la hermosa imagen
de un anochecer en Inverness. En otra, un pequeño poema a la isla de
Skye. Un poquito más adelante, un grupo de cómicos callejeros en el
Festival de Agosto. Una tras otra, por enésima vez, todas las páginas
han pasado bajo sus ojos. Hasta llegar a la última. Allí la
esperaban fieles la sonrisa dulce de su madre y los ojos líquidos de
su héroe, reposando pacientes en el lecho de tartán. A Virginia siempre
le ha encantado esa vieja foto en blanco y negro, con el borde troquelado
y una iluminación pasada de moda, que muestra a una bella veinteañera
aún ignorante de que, años después, iba a convertirse en su madre. Virginia
encontró ese retrato siendo muy niña, cuando jugaba a cotillear en los
viejos álbumes de la familia. Era casi un ritual, al llegar a una ciudad
nueva: abrir el mueble bajo en el salón de su nueva casa, siempre había
un mueble bajo en todos los salones de todas las nuevas casas, buscar
los volúmenes repletos de estampas pasadas, extraer uno al azar y sentarse
en el suelo a bucear entre recuerdos de papel. Los suelos también son
similares en todas partes. En ocasiones compartía el ritual con su madre.
Pero entonces era ésta la que elegía el álbum, y siempre acababan mirando
alguno repleto de imágenes de ese bebé pecoso y diminuto que había sido
Virginia. Instantáneas de los primeros años de la familia, llenas de
sonrisas, pedorretas y ojos ilusionados. El día
que Virginia descubrió aquel retrato de su madre estaba sola, y pudo contemplarlo a su gusto. Tenía una hermosa
melena negra, ahuecada, y un rostro blanquecino, como de princesa antigua.
Se convenció de que su físico se lo debía a su padre. Salvo los ojos,
quizá, que miraban hacia el objetivo de la cámara con las mismas ganas
de soñar que, dicen, tiene la mirada de la niña. Se lo había dicho su
abuela paterna en aquella única ocasión en que la habían llevado a visitarla:
“Cariño, tienes el color de ojos de tu padre, pero para tu fortuna,
la mirada es la de tu madre”. Tras contemplar
la fotografía durante largo rato, se incorporó y corrió hacia la cocina,
¿dónde estaba la cocina esta vez?, a interrumpir la trabajosa conversación
que su madre mantenía con la nueva criada, que en esta ocasión ni siquiera
hablaba inglés (y, mucho menos, español o italiano), para preguntarle
si podía quedarse con ella. La madre contestó casi sin pensar y, desde
entonces, el retrato nunca se ha separado de Virginia. Contemplándola
puede comprender por qué aquella hermosa muchacha abandonó, a la muerte
de su madre, el pueblecito costero del que rara vez había salido, y
se fue a vivir al sur de Italia, a donde se la llevó una amiga, antigua
compañera del colegio, que llevaba trabajando allí varios años en una
panadería. Las historias del brillante sol italiano, el color de las
aguas mediterráneas y la calidez del carácter de los parroquianos prendieron
en los ojos de la joven, que al instante imaginó una vida lejos de la
lluvia constante, donde el mar fuese una balsa caliente y los muchachos
revoloteasen a su alrededor musitándole hermosas palabras en una lengua
desconocida. Y las imágenes
se hicieron reales. Al poco tiempo de llegar encontró
trabajo en un pequeño restaurante del paseo marítimo. La tarea era dura,
pero los dueños del local, en aquel entonces, aún trabajaban para vivir,
y no para ganar dinero, lo que impedía que sus obligaciones se convirtiesen
en estresantes y agotadoras. Enseguida hizo amistad con la hija de sus
jefes, con la que compartía habitación. Esta vivaracha y parlanchina
italiana, un par de años menor que ella, había pasado el verano anterior
en las playas de Valencia y, desde entonces, se aplicaba con firmeza
al estudio de la lengua española, soñando casarse un día con un apasionado
español, que la llevaría todas las noches a bailar hasta el amanecer. Así las
cosas, la terraza del restaurante pronto se convirtió en una improvisada
escuela de idiomas, donde entre lasañas, pizzas y panetones se corregían
subjuntivos, pasados perfectos y artículos. En seis meses, ambas dominaban
ya unas lenguas que empezaron siendo amigas, y que ahora eran ya hermanas. Y de este
modo pasaron cinco años repletos de carcajadas, aventuras y romances.
Cinco años de paseos en moto por la costa, de pañuelos cubriendo la
cabeza y de voluminosas gafas de sol para mirar con disimulo a los turistas.
Cinco años que borraron por completo a la emigrante asturiana, logrando
ensanchar su sonrisa y embellecer el brillo de sus ojos. Entonces
llegó aquel verano en el que las dos amigas decidieron viajar allí a
donde, en los últimos tiempos, iban todos los jóvenes del pueblo con
una posición algo desahogada: Londres, la tierra en la que nacía la
modernidad. Sin pensarlo demasiado compraron un par de billetes baratos,
hicieron el equipaje y, de la noche a la mañana, ya estaban sus radiantes
sonrisas plasmadas en un par de fotos junto al Big Ben. La madre
de Virginia sólo regresaría a su pueblecito italiano una vez más, un
año después, para meter sus recuerdos en dos viejas maletas y trasladarlos
a una mansión de Queen Street, donde vivía con el joven teniente de
la marina británica con el que se acababa de casar, y la madre de éste. Desde que
se conocieron, por casualidad, en un café cercano a Picadilly Circus,
la caída por el tobogán de la felicidad aceleró los acontecimientos,
y dos semanas después las dos amigas se decían adiós en el aeropuerto
de Heathrow. Hubo muchas lágrimas, sí, pero ninguna de ellas hablaba
de tristeza, si no de nuevos sueños que vivir, mecidos en los brazos
de un amor sincero y apasionado. Los meses
que siguieron fueron como un picnic en una tarde de primavera: alegres,
despreocupados y plácidos. Ella aprendió el nuevo idioma gracias a la
ayuda de su futura suegra, que la adoró desde el primer instante, y
los días pasaban arrastrados por un torrente de risas y caricias. Torrente
que, tras la feliz boda, trajo la noticia más deseada por la pareja:
la joven esposa estaba embarazada. Virginia
nació un año y medio después de la boda, llegando el parto casi al mismo
tiempo que el nombramiento de su padre como miembro del personal diplomático
británico en la OTAN. Tres meses
más tarde la pequeña familia partía para Bruselas, primer destino del
militar. Para la nueva y felicísima mamá, aquello era la confirmación
de que la dicha puede no tener límites: Europa entera puesta a sus pies,
llamándola una y otra vez desde todas y cada una de sus grandes capitales.
Y seguía soñando. Virginia
recuerda haber tenido una infancia muy feliz, creciendo confiada en
la nube que formó para ella el amor de sus padres. Su memoria está atestada
de risas infinitas, vuelos de fantasía sobre los hombros de su padre
y estampas de toda la belleza que el viejo continente puede ofrecer.
A lo mejor es por eso que no entiende lo que ocurrió después. ¿Cuándo
se convirtieron sus vidas en una cuadrícula de caminos perpetuos? ¿Cuándo
empezó a dormirse el brillo en los ojos de su madre? ¿En cuál de todas
aquellas ciudades extravió su padre la sonrisa? Quizá fue en el mismo
instante en el que la niña empezó a soñar con una tierra eterna, más
allá del tiempo, donde las paredes de las casas nunca cambian de aspecto,
y las gentes se duermen cada noche sabiendo que un mismo sol les saludará
a la mañana siguiente. La pequeña soñadora se incorpora
en la cama, sobresaltada. ¿Qué ha sido ese ruido? Se gira veloz hacia
la puerta del dormitorio, donde un diminuto torbellino rubio hace una
breve pausa antes de proseguir con la invasión. -
¡Oh,
oh! Perdona, Vir. Creo que me pasé empujando la puerta... “Vir” no
tiene tiempo para responder. Ni siquiera para fruncir el ceño. - ¿Qué haces aquí? Estamos todas abajo, en el comedor. Susana nos
va a contar cómo consiguió meter a un chico en su habitación el verano
pasado. Por cierto, que la directora pregunta por ti. Se ha extrañado
de que no bajases a desayunar. Quería saber si estabas enferma. Pero
yo le he dicho que no se preocupase, que seguro que estabas ocupada
con alguna rareza de las tuyas. Aunque se ve que no se ha quedado tranquila
del todo, porque me acaba de decir que subiese a verte. Así que date
prisa, a ver si por tu culpa me voy a perder el principio de la historia...
¡Oye! ¡Qué tío más guapo el de la postal! Aunque mira que viste raro.
¿Quién es? Ahora Virginia
sí que ha tenido tiempo de fruncir el ceño. Cierra el libro con fuerza,
se pone en pie sin soltarlo y abandona corriendo la habitación. Lo siento,
Marta; éste tampoco es un buen momento. Se dirige
hacia las escaleras de la fachada norte. No ve los mechones rubios que,
a su espalda, todavía sorprendidos, asoman por la puerta del dormitorio. -
¿Pero
dónde vas? ¿Qué pasa? ¿Qué le digo a la directora? Una pausa
en el rellano de las escaleras. El libro es pesado y le cuesta respirar.
¿Dónde ir? Lo normal sería bajar y mezclarse con la típica algarabía
que llena las salas de un colegio en un día de lluvia. Pero eso significa
renunciar a seguir contemplando a su héroe, en favor de unos infantiles
juegos de colegialas. ¿Qué poder tendría su pequeño pedacito de tartán
verdadero frente a toda aquella ofensiva imitación de los uniformes,
los tapizados, los manteles y hasta las servilletas? Ninguno. No, ha
de estar sola. Mejor subir,
entonces. Nunca ha estado en las buhardillas donde vive el servicio.
Y la verdad es que tampoco siente ninguna curiosidad. Pero seguro que,
a estas horas, es la zona menos concurrida del colegio. Además, Marta
no la seguirá hasta allí, a riesgo de perderse la estúpida historia
de Susana. -
¿Vir?
¿Virginia? ¿Qué haces? ¿Dónde vas? O quizá
sí. Tiene que esconderse. A su derecha nace un corto pasillo, plagado
de pequeñas puertas, todas ellas idénticas. Nada prometedor. Gira sobre
sí misma, buscando una salida. Justo detrás de la escalera hay una puerta
entreabierta. La madera es vieja y está agrietada. Eso no es un dormitorio. Cuando
Marta alcanza el rellano de la planta abuhardillada, Virginia ya no
está. No hay
mucha luz detrás de la demacrada puerta. Sólo una tenue claridad que
llega de arriba, y que con dificultad ilumina algunos escalones de madera.
Comienza a subir, despacio. Sus ojos se van acostumbrando lentamente
a la oscuridad, hasta descubrir que el origen de la luz son las rendijas
de una trampilla. De todo
eso hace ya unos cuarenta y cinco minutos.
Desde entonces lleva la niña acuclillada aquí, en la torre del colegio,
acariciando la imagen del héroe con el pedazo de tartán. Pero hace frío
en esta cárcel de piedra, y la humedad de las nubes se cuela por los
cuatro ventanucos. Es tiempo de regresar, antes de que un resfriado
la encierre en su cama, a merced del pequeño diablo de Marta. Deja el
libro en el suelo, abierto por la última página, mientras se levanta
y compone un poco su arrugado uniforme. Cada vez hace más viento. Un
viento que no deja salir al sol. Un viento ladrón. De repente, una ráfaga
especialmente intensa llega por su espalda, traicionera, haciendo volar
su falda, la foto, el tartán, la postal... La niña se arrodilla de inmediato
sobre el libro. Con su pierna izquierda inmoviliza la titubeante fotografía,
mientras su mano derecha atrapa al vuelo la tela. ¿Y la postal? Virginia
levanta la vista, preocupada. Su héroe de papel se ha posado en el alfeizar.
Alarga la mano izquierda para cogerlo, pero la retira casi al instante,
asustada. ¿Otra vez ese pájaro? ¿No se había marchado ya? La joven
gaviota se ha decidido por fin a posarse en el ventanuco. Empieza a
tener hambre. Ha reconocido a un pequeño ser humano en la figura del
interior, y en ocasiones hay comida cerca de los seres humanos. Desde
su improvisada pista de aterrizaje, observa curiosa las evoluciones
de la niña. Se mueve demasiado. No se atreve a seguir hacia el interior.
Cogerá lo primero que encuentre y se marchará. Segundos
después, Virginia ve volar a la gaviota mar adentro, donde la esperan
sus hermanas. La postal viaja en su pico.
____________ “La isla de Skye hay
que recorrerla a pie. Calzarse unas zapatillas fuertes, cómodas, y perderse
en su interminable paisaje de lomas verdes. La brisa fresca del cercano
mar mantendrá vivas las energías del caminante, al menos hasta que la
puesta de sol más hermosa del país le recompense de toda fatiga: el
atardecer derramándose sobre las rocas y las pequeñas poblaciones, como
si prefiriera deshacerse en la tierra antes que acabar hundido en el
océano. En el instante previo a que se vacíe por completo, el viajero
debe estar ya de regreso en su albergue, dejando el camino libre para
que elfos, hadas y duendes celebren sus fiestas. Es momento entonces
de curar las heridas que la larga jornada en la montaña haya producido
en los pies, y de aplicar ungüentos sobre las picaduras de los mosquitos,
muy abundantes en estas tierras”. El islote no es más que un pedazo
de roca en medio de las olas. Un promontorio verde y gris que en los
días soleados rompe la línea del horizonte. Lo bastante grande, eso
sí, como para llevar a un grupo de niñas alborotadoras a que olviden
los nervios de una noche un tanto movida. Entre matojos
y laguitos, rocas que se difuminan en el mar y explanadas en miniatura,
se reparten los coloridos uniformes. Aquí un grupo juega a la comba.
Un poco más allá, otro cuchichea animadamente. Junto a la edificación
de piedra que corona el islote, y que ejerce de faro, también liliputiense,
las más pequeñas se arremolinan en torno a una joven profesora que les
enseña canciones y les cuenta con grandes aspavientos viejas leyendas
del mar. El sol
brilla con fuerza sobre la islita, rompiéndola en una multitud de destellos
que obligan a mantener los ojos entornados. Incluso el mar se rinde
al poder de esta luz, dejándose acariciar, mimoso. Ronronea feliz y
se acurruca contra la isla, lamiendo sus algas, lamiendo sus piedras.
Lamiendo los pies de una solitaria niña. Virginia
está sentada sobre una roca, abrazadas las piernas y perdida la mirada
en otra roca más pequeña, frente a ella, donde reposa cuidadosamente
estirado el pedacito de tartán. Anoche
ocurrió algo. Algo importante. Lo presintió con las primeras sirenas,
con los primeros gritos. En la penumbra de su dormitorio, su chaqueta
no pudo protegerla de un escalofrío que venía de muy dentro. Se disponía
a bajar a la cala cuando todo empezó. Desde aquella primera aventura
nocturna, en dos o tres ocasiones más había vuelto a traspasar la puertecita
metálica. Descendía por el sendero hasta la arena, y allí se sentaba
a llamar a su Nessy cantábrico, mientras su alma deseaba y temía que
apareciese de nuevo la lancha con su héroe. No tardaba mucho en escucharse
un ligero burbujeo, o una ola un poco mayor que las demás. El inequívoco
saludo de su monstruoso amigo. Entonces Virginia sonreía y, tras corresponder
al saludo, iniciaba su particular conversación. Durante horas hablaba
a las aguas de sus sueños, sus disgustos, y de una niña muy simpática
pero muy pesada que se llama Marta. A ratos sonreía y entremedias lloraba.
Mientras el monstruo seguía escuchando, siempre comprensivo y paciente. La noche
pasada tenía verdadera necesidad de toda aquella comprensión. Deseaba
contarle que había perdido el único vestigio tangible de su héroe, además
del tartán. Una gaviota estúpida se lo había llevado, probablemente
a Escocia, a reunirse allí con todas las cosas que de verdad le importan.
A buscar a sus padres, quizá. A devolverles su postal y a echarles en
cara que desde hace semanas no han vuelto a dar señales de vida. Que
la última vez que supo de ellos fue a través de una brevísima conversación
telefónica. -
Virginia,
tu madre al teléfono. Y Virginia,
según bajaba las escaleras en dirección al recibidor, dejaba la ira
crecer en su mente. Entonces agarró el auricular y... Su madre había
estado llorando. Podía adivinarlo en sus vocales rígidas, sin vibración.
Sabía bien cómo hablaba su madre después de llorar. No era la primera
vez. La ira
se disipó al instante, quedando tan sólo una pesada tristeza, y la idea
borrosa de una preocupación profunda, pero aún no identificable por
completo. De eso
quería haber hablado anoche con su amigo también. La linterna guardada
como precaución en el bolsillo de la chaqueta, su mano giraba ya el
pomo de la puerta cuando el techo de la habitación se tiñó de una parpadeante
luz naranja, acompañada de una voz fuerte, artificialmente amplificada,
y de estruendosas sirenas. Venía todo de la cala. Incluso los dos disparos
que se escucharon a continuación. Virginia
corrió hacia la ventana, la abrió. Los árboles impedían ver lo que estaba
sucediendo en la orilla. A través de sus hojas se intuía movimiento.
Vehículos, carreras. La niña creyó imaginar que incluso forcejeos. Nada
cierto, nada seguro. Salvo la luz del comedor, que se proyectó de repente
sobre la terraza, una planta más abajo. Alboroto, gritos, cuchicheos,
preguntas y un tropel de calcetines que atropellan los escalones y que,
instantes después, aparecen nerviosos sobre el cuadrado de luz. Allí está
ya la directora, única docente que duerme en el colegio, envuelta en
una bata y tratando de averiguar qué ha pasado. Como respuesta a sus
preguntas, por el sendero de la puerta metálica aparece un guardia civil
que, nervioso, casi tropieza con los juguetes de las pequeñas. Después
de una breve conversación, la directora ordena al servicio que lleve
a las niñas a los dormitorios. La tarea no es fácil, pues tanto pastoras
como rebaño están muy excitadas. Al final, y tras escucharse alguna
palabra malsonante de por medio, la terraza queda otra vez vacía. La
directora se despide del agente, que vuelve sobre sus pasos, pero con
una linterna en la mano esta vez. En pocos minutos, la cala guarda silencio
de nuevo, aunque las luces aún tardarán un rato en apagarse. Virginia
respira con fuerza frente a la ventana, ahora cerrada. En ese instante,
unas gotas de sudor frío le avisaron que algo importante acababa de
ocurrir. La niña, en su roca, bajo el sol
brillante de la islita, recuerda todas estas cosas. Se abraza con más
fuerza las rodillas. Algo va a salir mal. Lo intuye. Mirando al infinito,
se prepara para recibir las malas noticias. No sabe
cómo llegarán, ni cuándo, pero será pronto. Las espera. Las ha estado
esperando sin saberlo desde que se separó de sus padres en el aeropuerto.
Y ahora la espiral acelerada de los últimos días se las va a traer.
Está segura. Quizá el
vehículo sea una nueva llamada de su madre, o con mayor probabilidad
una carta, en la que le cuenten con palabras amables que han tomado
una importante decisión. Que a ella no le va a gustar, pero que en este
momento es lo mejor. Que no es definitivo, y que quizá vuelvan a formar
una familia en el futuro, pero que, tal y como están las cosas, es preferible
que cada cual viva su propia vida. Que ella, Virginia, tiene que ser
fuerte, y entender que esto no es fácil para nadie. Y también que esté
tranquila, que aunque su madre y ella vayan a vivir solas a partir de
ese momento, su padre irá a verla tan a menudo como le permitan sus
obligaciones. “Todo irá bien, hija. Te queremos mucho. Tus padres”. Sí, está
segura: esas serán las malas noticias. Desde que sus padres le dijeron
que no podía acompañarles, que si no era como las otras veces, que eran
sólo tres meses y que tendrían que estar cambiando continuamente de
localidad, demasiado movimiento para una niña, sospechó que el motivo
de ese viaje iba más allá de las razones de trabajo. Ese viaje
iba a poner fin, para bien o para mal, a años de miradas tensas y gestos
de reproche. A largas conversaciones silenciosas y a ese mapa de carreteras
interminable, donde la familia había acabado por extraviar la felicidad. Más o menos
al cumplir los diez años, Virginia había empezado a odiar cada cambio
de ciudad. Estaba cansada de escuchar los reproches que los acompañaban.
Reproches que su madre, no tan joven ya, dirigía a su padre, demasiado
orgulloso para aceptarlos. Aquella no era forma de vivir, decía, conociendo
siempre gente nueva que nunca llegaría a significar nada. Sin una casa
en propiedad. Sin unos vecinos de toda la vida. ¿Y qué decir de la niña?
¡No puede estar continuamente cambiando de colegio! Su padre, antes
que agachar la mirada, se levantaba y se iba. Le dolía ver sufrir a
su mujer. Pero aún más le dolía no saber qué hacer. Mientras tanto,
Virginia se enfurecía en su escondite, desde el que lo había oído todo,
y odiaba con fuerza los coches y los aeropuertos y la OTAN, y a aquellos
estúpidos compañeros de su nuevo colegio. Esta vez
sus padres la habían dejado atrás. Iban a tomar una decisión en la que
ella no debía influir. Quizá pretendían recuperar el mundo tal y como
era antes de su llegada. Quizá sólo querían escribir el final de forma
elegante y sin testigos. Extinguida
la rabia, Virginia ya sólo esperaba noticias. -
¡Ay! Virginia
se gira. Es Marta, que hace equilibrios sobre una roca. No la había
oído acercarse. - Estas piedras resbalan muchísimo. Casi me mato. Oye, tú como siempre,
en el centro de la animación, ¿no? Marta se
aparta un par de mechones del rostro, mientras tantea con el pie el
paso siguiente. - Gran idea la de la directora ¿a que sí? En esta isla se está de
maravilla. Por lo menos se pierde de vista el colegio, aunque sólo sea
por un día. Yo ya he venido varias veces. Aquí suelen traernos a celebrar
la Fiesta de Final del Verano. Si hace bueno, claro. Pero esta vez hemos
venido para “tranquilizarnos”. Eso cuchicheaba hace un rato la de religión
con el dueño de la barca que nos ha traído. La directora quiere que
olvidemos cuanto antes la movida de anoche. Está un poco desfasada,
la pobre. ¡Si fue de lo más emocionante! Después
de mil tambaleos, temblores y traspiés, ya está junto a Virginia, en
la misma roca. Se sienta despacio, procurando no mojarse los zapatos. - ¿Está fría?- pregunta mientras se descalza.- ¡Brrr! Pregunta tonta.
Está helada, como siempre. ¡Ah! Se me olvidaba. Toma. ¿Es tuyo, no? Virginia
observa sin ganas el pedazo de cartón arrugado y húmedo que le tiende
la pequeña mano de Marta. ¡Pero si es su postal! Está arrugada, descolorida,
y parece que se vaya a desintegrar, pero sobre tanta destrucción aún
prevalece la mirada altiva de su héroe. - ¿Dó...
dónde la has encontrado? -Bueno, verás, es que hace un rato
Susana y Araceli se han puesto a tirar piedras al mar, y a gritar que
se aburrían. ¡Jo! Son la leche las dos: lanzan más lejos que la mayor
parte de los chicos. El caso es que una de las piedras ha pasado rozando
a un grupo de gaviotas que descansaba en la orilla. Algunas se han mosqueado,
claro, y se han ido volando. Pero otras se han quedado, las pobres.
¡Si llegan a saber lo brutas que son Susi y Ara! No sé bien quién ha
sido la promotora de la idea, pero al final han acabado apostándose
un cigarrillo a ver quién conseguía dar a una gaviota. Yo creo que no
iban en serio, que ni de lejos pensaban que lo podían hacer. Oye, qué
a gusto se está aquí con los pies en el agua. Voy a subirme las mangas
de la blusa, a ver si me pongo morena... Virginia
no la escucha. Sólo mira la postal, sonriente, los ojos desbordados
de reflejos. La sostiene con mucho cuidado, para que no se rompa. - Pues eso, que yo creía que ni
de coña le darían a una gaviota. La verdad es que empezaba a estar un poco harta de piedrecitas. De hecho ya me iba,
cuando Ara ha lanzado una piedra y... ¡Ha sido increíble! ¡Le ha dado
a una! Ella misma estaba boquiabierta. Un lanzamiento fantástico. Le
ha acertado a la gaviota con tanta fuerza, que la ha dejado allí, medio
atontada, mientras el resto de pajarracos salía volando. Susi ha dicho
“¡Wow, tía!”, y ha ido corriendo a coger a la gaviota, y todas nosotras
detrás. Pero se ve que la pedrada no fue para tanto después de todo,
porque al final la gaviota se ha ido volando antes de que llegásemos.
Una pena. Marta parece
de veras desilusionada, aunque ni siquiera sabe qué habrían hecho con
el ave de haberla cogido. - Lo único
que quedaba donde había estado la gaviota, era tu postal. Por suerte
yo soy la única que la ha visto; las demás estaban todavía mirando la
huida del bicho. Si la llega a encontrar Araceli, seguro que se la guarda
para ponerla en su carpeta, con las otras fotos de chicos que tiene.
Por cierto, ¿las has visto? ¡Están buenísimos! Tiene una del cantante
ese inglés, ¿cómo se llama? Bueno, ¡el caso es que está desnudo! O casi,
al menos. Y cómo mira ese chico... - Gracias. - ¿Perdona? Virginia
le sonríe con dulzura. La mirada baja, como un poco avergonzada. - Que gracias
por recuperar la postal. - Oh,... Nada, no te preocupes. La respuesta
de Virginia ha pillado por sorpresa a la cazadora de gaviotas. Ya no
esperaba oírla hablar. - El tío
es mono. ¿Quién es? - Es de
la Guardia Real Escocesa. Vigila a las puertas del castillo de Edimburgo. - ¡Vaya!
Entonces, ¿es de donde el monstruo ese que hay en un lago? ¿Por eso
lleva falda? - No es
una falda, es un kilt. Los escoceses lo llevan en las ocasiones importantes. - Llámalo como quieras, pero es una falda. Silencio.
Escocia no es, obviamente, un buen tema de conversación. - Tú eres
de por aquí, ¿no? - Sí, de
un pueblo a unos cincuenta kilómetros del colegio, muy cerca de Cantabria.
Es bonito, pero muy aburrido. ¿Y tú? No eres española, ¿verdad? - Mi madre
es española, de un pueblo cercano también, creo. Oye, si vives tan cerca,
¿por qué pasas los veranos aquí? - ¡Uy,
los veranos! ¡Espérate que este año no me toque quedarme todo el curso! - ¿Todo
el curso? - Sí, hija,
sí. Es que mi padre se dedica a vender retretes, y al parecer ahora
por ahí por cerca de Rusia necesitan muchos retretes. Ya sabes, como
estuvieron en guerra y eso. Total, que mi padre se va allí todos los
veranos, a “fortalecer su nuevo mercado”, como él dice. Y mi madre se
va con él, que para algo es miembro del consejo de administración de
la empresa o no sé qué. Además, como le encantan todas estas movidas,
pues no pierde oportunidad de coger un avión y pirarse una temporada. - Pero
eso sólo es en verano... - Antes, sí. Antes, el resto del
año lo pasaban aquí. Muy ocupados, claro, pero aquí, atendiendo clientes,
yendo a cenas y esas cosas. Pero ya te digo: por lo que se ve ahora
necesitan muchos retretes por allá lejos, porque el año pasado cada
dos por tres tenían que marcharse. Y mi madre se iba preocupada, obvio,
porque no le gusta dejarme sola. Aunque cuida de mi Inés, nuestra criada,
que es un sol. Pero para mi madre no es suficiente. Así que, si sigue
tan bien lo de la venta de retretes, este año me veo aquí todo el tiempo... Virginia
vuelve la mirada a su postal. - Lo siento-
dice. - ¡Bah!
Tampoco es tan malo. O eso espero. Lo peor es que en este sitio nunca
sucede gran cosa. ¡Que no siempre hay movidas como la de anoche! ¡Qué
gozada! Con las sirenas de la policía y los tiros. ¡Qué pena no haberlo
podido ver más de cerca! Tuvo que ser genial. ¡Una redada delante de
nuestras narices! - ¿Una
redada? - Sí, claro.
Por aquí ocurre de vez en cuando, aunque yo nunca había visto una antes.
Anoche, por ejemplo, cogieron a unos contrabandistas de pieles. Especies
protegidas y esas cosas. Mi padre dice que las llevan desde Escandinavia,
un sitio por ahí arriba, ya sabes, a Irlanda, y desde allí las traen
a España. Aquí venden unas cuantas, pero la mayoría las pasan a Marruecos,
donde les gusta mucho decorar los dormitorios de los harenes con pieles
exóticas. Lo de los harenes no me va pero... ¡cómo me gustaría visitar
uno de esos palacios árabes, como los de las pelis del año del pedo
que echan por la tele! - Entonces,
anoche... - ¿Anoche?
Anoche la cagaron del todo. He oído en la radio de la directora, mientras
veníamos, que la policía ya tenía la mosca detrás de la oreja. Así que
estuvo preguntando aquí y allá, y al final a alguien se le debió de
escapar. Total, que anoche les estaban esperando, y cuando empezaron
a trasladar las cajas de pieles desde la fueraborda donde las traían
a un todo-terreno que llegó después, se les echaron encima. ¡Y ahí empezó
la fiesta! Pero, ¿tú no te enteraste? - Sí, sí... Algo preocupa
a Virginia. - ¿Y viste al guardia civil que
vino al colegio? No le llegaba la camisa al cuerpo. ¡Seguro que no había
oído un disparo en su vida! Aunque la cocinera dice que ha salido por
la tele esta mañana, y que estaba muy serio y muy gallito, como si él
solo hubiese detenido a los tres irlandeses y a los dos del todo-terreno.
Han echado incluso imágenes de cuando los sacaban del cuartelillo para
llevarlos a la capital, y según la salida de la cocinera, uno de ellos
era un tío alto y rubio, así como con cara de nena, pero muy guapo,
y con unos ojos azules increíbles. Claro que cualquiera se fía de la
cocinera, conociéndola... Virginia
tiembla. ¿Contrabandistas? ¿Irlandeses? La postal se resbala de las
manos de la niña. - ¡Cuidado! ¡Que se te va a caer
la postal al agua! Oye, ¿has visto ese trozo de tela que hay ahí? ¿Es
tuyo? Virginia
fija la vista en el pedazo de tartán. Querría acariciarlo, llorar con
él. Se limita a asentir con la cabeza. - ¿Y para qué guardas eso? ¿Quién
te lo ha dado? ¿Es que tienes amigas en el otro colegio? ¿Otro colegio?
Virginia mira a Marta. Sus ojos preguntan confusos. - Ya sabes, joer, ese otro internado
que hay hacia el interior, en la carretera de Oviedo. Un montón de estúpidas
que, como en su colegio no tienen playa, se dedican a venir de excursión
a la nuestra. Es que las dos directoras son muy amigas... La última
vez que vinieron fue más o menos a principios de verano. Espera, creo
que justamente el día antes de llegar tú. Y tuvimos bronca, por supuesto,
porque a esas guarras no hay quien las soporte. A Natalia, una chulita
que no tiene ni media torta, se le ocurrió decir que había estado en
la piscina con Miguel, el chico de Susana, y claro, ahí se lió. Fue
una pelea fantástica. La tal Natalia acabó llena de arañazos y con el
uniforme roto. Una lástima que la directora las separase... Pero entonces,
si no te lo ha dado nadie, ¿de dónde has sacado eso? ¡Es mejor que las
chicas no te vean por ahí con un trozo de tela del uniforme del otro
colegio! Se podrían pensar cualquier cosa. Fíjate, si es que ni el uniforme
lo tienen bonito. ¡Con ese verde tan horrible! Algo se
rompe. Ahora sí, es definitivo. La tierra de los sueños desaparece en
el horizonte. La sangre huye del rostro. El corazón duele con cada latido.
Virginia no puede respirar. Boquea, solloza. ¿Dónde se ha ido todo de
repente? Se le nubla la vista, comienza a sudar. Aprieta con fuerza
los párpados. Tiembla. -
Oye,
¿qué te pasa? ¿Qué ocurre, Vir? ¡Me estás asustando! Marta propina
a Virginia una sonora bofetada, que libera por fin las lágrimas de sus
ojos y los gemidos de su garganta. Se hunde en el regazo de pelo rubio,
llorando sin pensar en nada. Sólo percibe. El brillo del sol coloreando
sus lágrimas, la brisa de sal acariciándole las piernas. Hace calor.
Se oye murmurar a las olas, y las risas de los juegos de las pequeñas.
La mano de Marta acaricia su cabello con ternura. Ninguna
de las dos niñas sabe cuánto han tardado en secarse las lágrimas de
Virginia. Sólo saben que de repente todo está bien, que no hay nada
más que llorar. Que ya están allí de nuevo sentadas, mirando al mar,
mientras éste juguetea entre los dedos de sus pies. - Al final
se te ha caído la postal al agua. ¡Con lo bonita que es! Todavía no
está lejos, puedo cogerla, ¿quieres que vaya a por ella? - No, no
importa. No te preocupes. - Es una lástima, porque el guardia
real ese era muy guapo. Y hablando de chicos guapos: esta noche van
a venir a buscarnos unos tíos del pueblo. Hemos quedado con ellos en
la cala, un rato después de que se apaguen las luces del colegio. Son
unos amigos de Araceli, y dice que están muy buenos. Oye, ya sé que
tú no hablas mucho, pero de esto ni mucho ni poco: ¡nada! Si nos pillan
la cagamos. ¿Vale? Bueno, la cosa es... que te lo digo por si te quieres
venir. A las otras no creo que les importe, y más diciendo que te he
invitado yo. No es por nada, pero a Susi y a Ara les caigo muy bien.
Entonces ¿te apuntas? Virginia
gira de nuevo la cabeza. Su sonrisa es abierta, franca, agradecida,
aunque no sepa aún si el nuevo brillo en sus ojos es todavía restos
de lágrimas o no. - ¿Bajar
a la cala? ¿Esta noche? - Sí... - Vale. -¡Genial! ¡Uff! Esperemos que haya
chicos para todas... Pero vamos entonces, que te presento al grupo.
Ya verás, son unas tías fantásticas.
A algunas las conozco desde que éramos pequeñas y... Las dos
figuras, los zapatos en la mano, se alejan, perdiéndose entre los matojos
que cubren el interior de la isla. Horas después,
el sol comienza a ocultarse. Hace rato que la isla ha vuelto a quedar
desierta. Están ya lejos las últimas canciones infantiles, los últimos
juegos. La brisa se ha transformado en viento. La temperatura baja despacio.
Pronto la marea cubrirá casi toda la isla. Pronto se llevará un pedacito
de tela, gastado y descolorido, que quedó olvidado sobre una pequeña
roca.
____________ Epílogo “14 de octubre de 199... ¡Hola Marta! Qué bien hablar contigo por teléfono el otro día, aunque
sólo fuese un momentito. Es que vinieron a buscarme unas amigas para
ir a dar un paseo por el puerto. Se llaman Gianna y Lucia, y son tremendas.
Les he hablado de ti, y están convencidas de que os llevaríais muy bien
las tres. Oye, espero que no te enfadases por tenerte que colgar. Te
prometo que la próxima vez estaremos hablando un buen rato. ¡Tengo tantas
cosas que contarte, que no me van a caber en esta carta!” Llueve
fuera, aunque no es noticia: hace dos semanas que no para de llover,
y el aburrimiento comienza a extenderse por la amalgama de uniformes
cuadriculados. Marta se ha separado un poco del grupo para abrir en
privado el paquete que el cartero acaba de traerle. Viene de Italia,
de un pequeño pueblecito del sur. Recostada sobre un mullido sillón,
de cara a los ventanales de la terraza y siempre al alcance de los gritos
de sus amigas, en su postura favorita, Marta lee la carta que acompaña
al paquete. Es de Virginia. “¡Este
sitio es fantástico! Incluso más bonito de como lo describía mi madre.
Está lleno de terracitas y de plazas empedradas. También hay varias
iglesias preciosas, y una carretera que sube bordeando los acantilados
hasta el faro. Allí vamos a veces a contemplar la puesta de sol. Pero
no andando, claro, porque está un poco lejos. Aquí todo el mundo tiene
moto, aunque sea una de esas pequeñitas, para las que no hace falta
“patente” (como le dicen aquí al carné). Por cierto,
Marta, siento mucho que al final tengas que quedarte en el colegio todo
el año. ¡Qué lata que lo de los retretes siga yendo tan bien! ¿Hay muchas
chicas nuevas?” Marta frunce
el ceño: sí, hay bastantes, y precisamente llegan hoy. Así que toca
una jornada de llantinas, papás y mamás inspeccionando las instalaciones,
sonrisas de plástico en los rostros de las profesoras... Una verdadera
tortura, vamos. Esta mañana, durante el desayuno, la directora ya ha
advertido que hoy nada de carreras ni de palabras malsonantes. Aburrimiento
sobre aburrimiento. “Oye Martita,
no te olvides de darles recuerdos a todas. A Susy y a Ara, claro, pero
también a Sonia, a Sara y a Mónica. ¡Ah! Y dile a María que aquí los
chicos son tan guapos como imaginábamos. ¡Qué ojos tienen! Además, con
ese acento tan simpático... ¡Es que te hablan y te derrites! Creo que
en poco tiempo sabré italiano suficiente como para poder defenderme.
Entre mi madre y su amiga, esa con la que te conté que se había ido
a Londres de joven, me están enseñando. Desde que llegamos no se separan
ni un instante. Se llama Annamaria, y es la que nos ayudó a encontrar
casa aquí. De hecho, vivimos en la misma urbanización que ella, en un
chalecito con jardín. ¡Precioso! No es muy grande, pero tiene unas vistas
maravillosas de la costa, y por las mañanas se ve salir el sol desde
la ventana de mi habitación.” - ¡Marta, por Dios! ¡Quita los pies
de la mesa! ¿No ves que el colegio está lleno de visitas? La niña
se aparta el flequillo de los ojos, para gruñir mejor a quien se atreve
a molestarla. Pone los pies en el suelo el tiempo justo de ver desaparecer
a la entrometida profesora, pasos cortos, avance rápido, por la puerta
del comedor. Después vuelve a ponerlos sobre la pequeña mesita, mientras
observa a las gotas de lluvia hacer carreras en el cristal de la ventana. Sonríe
de nuevo. ¡Qué suerte tiene Virginia! ¡Qué envidia de esos padres que
la llevan a una a vivir a Italia! Con montones de chicos persiguiéndote,
y los helados, y la pizza, y... Y pensar que Virginia casi se desmaya
de miedo cuando la directora, muy seria, se aproximó a ellas una tarde
de la primera semana de septiembre y le dijo que acababa de recibir
una llamada de sus padres. Al parecer su viaje se suspendía y vendrían
a buscarla en breve. Tenía que recoger sus cosas. “Oye, Marta,
¿qué pasó entonces con los disfraces de Highlanders? ¿Los han tirado?
Sería una lástima, porque nos quedaron muy bien. Hay que reconocer que
la directora se portó, dándonos aquel rollo de tela casi entero que
había sobrado de los uniformes del año anterior. Ya me explicarás cómo
la convenciste, niña. Por cierto, creo que no te he dado las gracias
por la “fiesta escocesa” que organizaste como despedida. ¡Fue divertidísima!
Todas envueltas por completo en tartán, y con aquellas gorras con pompón
que tenía guardadas la cocinera desde los festejos del pueblo. ¡Parecíamos
la banda de William Wallace! Tengo las
fotos de la fiesta colgadas en la pared de mi habitación, ¿sabes? De
vez en cuando mi madre me pregunta que quiénes son aquella panda de
locas que no hacen más que dar saltos y poner muecas delante de la cámara.
Entonces yo me embalo, y le empiezo a contar que la que está subida
en el banco de piedra es Sara, la dueña del cuarto donde nos reuníamos
algunas tardes a escuchar música. Después le señalo otra foto, en la
que están Sonia y María haciendo como que pelean a espada, y le explico
que ellas son las que convencieron a sus respectivos padres para que
nos llevasen a todas de excursión a los Picos de Europa. ¿Te acuerdas?
Y así sigo y sigo y sigo contándole cosas. Después, cuando viene mi
padre, vuelta a empezar. Sigue viajando muchísimo, claro, pero el otro
día me dijo que va a intentar que le den un destino fijo cerca del pueblo.
¡Ojalá lo consiga! Cuando
íbamos camino del aeropuerto de Oviedo, sí, sí, el día que fueron a
buscarme al colegio, me explicaron que ya era hora de que la familia
se estableciese, y que había sido mi madre la que había elegido el lugar.
¡Uff, chica! De verdad que casi lloro de alegría. Con el pánico que
se me metió en el cuerpo al verles llegar aquella mañana. Es que no
me lo podía creer. ¡Iba a tener una casa!” La sonrisa
de Marta va haciéndose más y más amplia, extendiéndose por todo su cuerpo.
Mira a su alrededor. No hay nadie. Se ha quedado sola. Deben de estar
todos, niñas, padres y personal, en el aula grande, celebrando el acto
de bienvenida a las nuevas alumnas. Sólo se escucha la musiquilla de
la lluvia contra los cristales. Marta se estira, perezosa. Cuando se
dispone a reanudar la lectura, sus ojos tropiezan con el pequeño paquete
que acompañaba a la carta. Alargando la mano lo coge y lo pone sobre
sus rodillas. Es un libro. En la portada, con hermosas letras doradas,
está escrito “Italia di luce” sobre un paisaje lleno de flores. “Un momento
Marta, alguien llega... ¡Es Annamaria! ¿Me esperas un minuto que voy
a saludarla? Ya estoy
de vuelta. Siento haber tardado tanto, pero es que a Annamaria le encanta
hablar. Le he dicho que te estaba escribiendo una carta, y entonces
me ha preguntado por ti. Y claro, yo le he enseñado las fotos en las
que salís tú y el resto de las chicas, y nos hemos reído muchísimo.
Al final ella y mi madre me han preguntado que si te gustaría venir
el próximo verano. ¿No te parece una idea fabulosa? Imagínate a las
dos aquí, tomando el sol, montando en moto... ¿Vendrás? Gianna y Lucia
te van a caer de maravilla. ¡Lo pasaremos en grande! Para convencerte,
te envío el libro más bonito que he encontrado sobre Italia. Está en
italiano, pero tiene unas fotografías preciosas. Se titula “Italia de
luz”, y el paisaje de la portada es de la Toscana, un sitio de ensueño
al que mi padre ha prometido llevarme la próxima vez que venga por el
pueblo. ¡Ah! Casi
lo olvido. Annamaria me ha dado para ti uno de esos preciosos pañuelos
que usaban mi madre y ella cuando vivían aquí de jóvenes. Espero que
te guste. Te echo
mucho de menos. Un montón
de besos,
Virginia PD: ¡Te llamo pronto!” Marta tiene
los ojos húmedos, aunque no le importa demasiado. Allí está el pañuelo,
en la última página, perfectamente doblado junto a una foto de Virginia
con otras dos chicas y la postal de un hermoso paseo marítimo. Tiene
un vivo color naranja. Marta lo acaricia. Cierra los ojos. Es suave. Minutos
después, el pañuelo descansa en el bolsillo de su uniforme, acunado
por los sueños de unos dedos delgados y pálidos. Queda mucho tiempo
para que llegue el verano. “Italia
es ese lugar donde la luz puede tocarse. Quizá por eso los colores suelen
reunirse allí cuando tienen algo que celebrar. Serpentean entre las
montañas, los ríos, y acechan juguetones en cada piedra y en cada rincón
milenario. Incluso los habitantes de esta tierra, cuando hablan, tiñen
con ellos sus palabras saltarinas. Palabras capaces de convencer al
viajero de que, por fin, ha alcanzado una realidad con la que sustentar
todos los sueños.” Jose Jesus García Rueda Madrid 28-4-2002 |